Cherreads

Chapter 55 - 55) Fin da las audiciones

De vuelta en el escenario del teatro, Moon, Eddie y Riuz se pararon frente a los concursantes. Buster contenía una sonrisa, pero no era la misma de antes; aun así, no reflejaba ningún problema, al menos no para los emocionados participantes.

Buster: Bien, todos... Lamentablemente, tengo buenas y malas noticias. —Dijo el koala, intentando mostrar su mejor cara de positividad y disculpa a la vez— Debido a ciertos contratiempos, el valor del premio del concurso ha tenido que reducirse a la mitad... —Admitió con la voz un poco baja, intentando amortiguar el golpe, pero enseguida continuó con entusiasmo para encubrirlo— ¡Pero la buena noticia es que, a cambio, se ha decidido que un porcentaje de las ganancias de las entradas del show irá destinado al ganador! —Agitó el puño en el aire, intentando resaltar la importancia del anuncio.

Las palabras de Buster, aunque cargadas de optimismo, provocaron miradas de sorpresa e incomodidad. Claro, cincuenta mil dólares seguían siendo una gran suma, pero psicológicamente era normal sentir disgusto al saber que la mitad del premio se había esfumado. Aunque, en teoría, eso solo debería importarle al ganador... hubo alguien que no se lo tomó nada bien.

Mike: ¡¿Qué?! ¡¿Qué le has hecho a mis cien mil dólares, koala?! No puedes prometer algo y luego embolsarte la mitad. ¡Los denunciaré por fraude! —Se quejó como si el dinero ya estuviera en su bolsillo, saltando con su habitual actitud arrogante y amenazadora.

Riuz: Pueden hacerlo, nadie los detiene... pero ¿qué van a lograr? —Intervino con una actitud serena y calmada— No firmaron ningún contrato; este es un concurso "casual". Podrían ponernos una multa, sí, pero serán ustedes quienes, por quejarse de cien mil dólares que ya no existen, perderán la oportunidad de ganar cincuenta mil. Además, tras el concurso planeamos darles la oportunidad de trabajar en el teatro de forma permanente... ¿En serio quieres arruinar esa jugada?

Las palabras del humano callaron a Mike y las dudas del resto del grupo. Ciertamente, la lógica y la sola presencia de Riuz bastaron para hacerlos recapacitar. Aunque el premio fuera menor, no ganaban nada con desperdiciar la oportunidad; además, si lo de la venta de entradas era cierto, el botín final aún podía ser muy bueno. Todos sabían que el simple hecho de tener a un humano codirigiendo el concurso llenaría la sala. Así, las dudas sobre la integridad del show se disiparon y aceptaron la realidad.

Mike: Bah, está bien, no tiene sentido discutir con ustedes... Pero más les vale cobrar bien cada entrada. Yo no trabajo para cualquiera. —Terminó cediendo, agitando la mano como si no valiera la pena seguir discutiendo.

Buster: ¡Entonces está decidido! ¡Todos ustedes serán las estrellas del gran Teatro Moon! —Saltó en medio del grupo, ansioso por levantar los ánimos.

Riuz: Los veremos a todos mañana. No lleguen tarde. —Añadió con su tono más indiferente, contrastando por completo con la energía de Buster.

Así, los cantantes se marcharon a sus respectivos hogares, cada uno con una emoción distinta en el corazón.

Johnny y Ash se fueron creyendo que podrían llegar lejos y cambiar sus vidas. Otros, como Gunter, solo estaban emocionados por expresarse y disfrutar de su arte. Por su parte, Mike seguía convencido de que el premio era suyo, aunque fuera menor de lo planeado originalmente.

Y luego estaba Rosita, quien en teoría no podía esperar para volver a casa... pero en el fondo sabía que no era así. Quizás en otro tiempo lo habría deseado, pero ahora no. Lo único que quería era regresar al trabajo en esa mansión que, poco a poco, se había convertido en su verdadero hogar. Quería ir con su jefe, quien se había quedado cuidando a sus hijos, y contarle su éxito. Aunque sentía una punzada de culpa, no podía negar que compartir su logro con él le parecía mucho más importante que contárselo a su propio marido. En su corazón, aquel hombre había calado tan profundo que ya consumía el espacio que le pertenecía a su esposo.

Pero así como algunos se fueron a casa felices, otros se marcharon llenos de decepción y tristeza. De todos ellos, la que peor lo pasó fue Meena, quien regresó a su hogar llorando sin parar.

La pobre elefanta sentía que su vida se desmoronaba. Desastre tras desastre, una racha de mala fortuna asolaba a su familia desde hacía tiempo, y esto era solo un golpe más.

En cuanto pisó su casa, el ambiente depresivo la envolvió. El lugar ya no desbordaba la vida de antes. Unos pocos vecinos la esperaban con un gran cartel, pero ni ellos parecían muy entusiasmados, menos al verla romper en llanto. La mala suerte de su familia era de sobra conocida, y varios vecinos ya habían tomado distancia para evitar que la "desdicha" se les contagiara. Solo quedaban los más cercanos, y ellos tampoco tenían nada que ofrecer más allá de palabras de consuelo. Este concurso debió ser el renacer de Meena, el fin de la mala racha familiar... pero terminó siendo un paso más hacia el abismo.

La elefanta intentó contenerse frente a los vecinos, pero al quedarse a solas en la casa —una casa cada vez más vacía, con muebles remendados y las luces apagadas para no gastar una energía que no podían pagar— se derrumbó sobre la cama. Lloró con amargura hasta que su madre entró a consolarla y a llorar con ella. Su abuela se unió poco después. Su abuelo, mientras tanto, se quedó en el pasillo, incapaz de entrar debido a su silla de ruedas. Desde allí les daba palabras de aliento, a pesar de que él mismo sabía lo crítica que era la situación y se sentía una carga que hundía más a la familia. Aun así, el anciano instó a Meena a intentarlo de nuevo, a exigir su derecho a cantar y a luchar por su sueño. Lo hacía en parte por la desesperada necesidad económica, pero sobre todo porque creía firmemente que Meena tenía un talento excepcional... algo en lo que todos los demás también confiaban.

...

Rosita llegó a la mansión rebosando de energía. Estacionó el auto y entró a la casa casi dando saltitos de la emoción.

Al cruzar la puerta se encontró con sus compañeras, quienes la recibieron con felicitaciones inmediatas; todas sabían a dónde había ido y, por la enorme sonrisa que traía, era evidente que todo había salido bien. Algunas incluso la festejaron con pasionales besos de lengua que Rosita tuvo que aceptar con un profundo sonrojo, aunque a esas alturas ya se había acostumbrado a las muestras de afecto del grupo.

Caminó hacia el centro de la sala y se topó con una escena que le ablandó el corazón. Su jefe —aquel hombre que parecía una versión más madura del humano que había actuado como juez en la audición— estaba recostado en un largo sillón leyéndoles un cuento a sus hijos. Varios de los pequeños cerditos ya se habían quedado dormidos sobre él, mientras que otros, aunque visiblemente cansados, todavía correteaban por el lugar.

Rosita llamó a sus hijos con la voz quebrada y los ojos al borde de las lágrimas al verlos tan felices y a salvo.

Los pequeños que seguían despiertos gritaron de alegría al verla y corrieron a su encuentro, abalanzándose sobre ella como una adorable montaña de pirañas. Rosita los abrazó con fuerza, embriagada por la dicha. Desde que Norman demostró el tipo de hombre que era, su mayor y constante preocupación habían sido sus niños; pero verlos ahora, tan radiantes en ese lugar y bajo el cuidado de este humano, hizo que su pecho se liberara con un profundo suspiro de alivio.

Mientras observaba al hombre levantarse con cautela para no despertar a los pequeños que descansaban sobre el sillón, una vieja fantasía de formar una familia feliz floreció en su mente. Intentó sacudirse el pensamiento de inmediato; se obligó a recordar que el mundo real no era un cuento de hadas. Ella era una sirvienta y el humano frente a ella era un hombre poligámico. No era un bastardo desalmado como su marido, no, pero aun así su situación distaba mucho de sus antiguos sueños románticos. Con todo y eso, una parte de ella se resistía a madurar y anhelaba que esa dulce ilusión de un hogar reconstruido pudiera ser real. Se acercó a él a paso lento.

Rosita: Señor, gracias por cuidar de mis hijos y por permitirme ir a esta audición... Yo... realmente no sé cómo pagarle por todo esto. Siento que le debo más de lo que jamás podré dimensionar. —Habló desde lo más profundo de su ser, conmovida por cómo su vida había vuelto a tomar un rumbo ascendente gracias a él.

Riuz:  Rosita... ya te he dicho que, mientras no sea estrictamente necesario, no me llames "señor". Aún no te has puesto el uniforme de sirvienta, así que ahora mismo no eres mi empleada; eres mi amiga. Y como amigo, tengo que decirte... que te felicito enormemente por tu éxito. —Le dedicó una sonrisa de apoyo y habló con total familiaridad.

Rosita: ¿Amiga? —Repitió casi de manera involuntaria, sintiendo una repentina opresión en el pecho.

Algo en su interior protestó ante esa palabra. Le dolía escucharla, especialmente después de todo lo que ya habían vivido y compartido.

Riuz: Bueno, digamos que somos buenos amigos en público... ¿No crees que es mejor dejar lo demás para cuando estemos en privado? —Sonrió con complicidad y desvió la mirada hacia los niños para señalar la situación.

La cerdita abrió los ojos de par en par al comprender la indirecta y sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso. Por un instante había olvidado que sus hijos no debían enterarse de lo que ocurría a puertas cerradas entre ellos; no sería sano ni correcto para los pequeños. Sintió una mezcla de vergüenza y una profunda gratitud hacia el hombre tan considerado que tenía delante. El pulso se le aceleró y le entraron unas ganas incontenibles de ponerse el traje de sirvienta para ir a agradecerle de una forma mucho más física.

Rosita: Señ... Riuz, yo puedo ir a dejar a los niños a casa y regresar más tarde para... —Balbuceó, intentando recuperar la compostura

Riuz: No te molestes, seguro estás agotada y la celebración de hoy es por y para ti. Las "celebraciones" privadas pueden esperar. —Levantó una mano con suavidad para interrumpirla— ¿Por qué no te quedas a dormir aquí con tus hijos esta noche? Tenemos habitaciones de sobra. Además, estoy seguro de que tus compañeras te tienen preparado un pastel o algo... Solo actúa sorprendida cuando te lo den y no digas que yo te lo advertí —Le guiñó un ojo con picardía.

Rosita: Sí... eso sería fantástico. Gracias. —Respondió al borde del llanto, abrumada por el cúmulo de emociones del día.

Riuz: Ve y acuesta a tus niños, han tenido un día largo.—Se estiró un poco antes de retomar el camino— Yo todavía tengo un par de asuntos que atender... —Se inclinó hacia ella y le susurró directamente al oído con un tono sugerente y una sonrisa perversa— Pero quiero que vengas a mi habitación más tarde para que me cuentes detalladamente cómo te fue.

Rosita experimentó un estremecimiento que recorrió todo su cuerpo, sintiendo cómo su propia anatomía reaccionaba al instante a la orden implícita. Era como si ya estuviera perfectamente adoctrinada para encenderse cada vez que su jefe expresaba deseo por ella. Se limitó a asentir con la cabeza mientras se llevaba a sus hijos con la ayuda de otras sirvientas que se acercaban al salón. Primero cumpliría con el festejo junto a sus compañeras de trabajo y, en cuanto terminara, buscaría la lencería más sexy que tuviera guardada para darle a su jefe el agradecimiento especial que se merecía.

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Hola a todos, volví... o eso creo. La verdad es que es difícil retomar esta historia (o cualquiera) después de tanto tiempo. Siento que ya no estoy en la misma sintonía que cuando la escribía. De hecho, al releerla pensé: «¡Qué bueno es esto!, ¿cómo demonios lo hice?», y por un momento no me creí capaz de repetirlo.

Pero aquí estoy. Recuerdo los sucesos que debían ocurrir, aunque temo no estar a la altura, así que les pido paciencia si el estilo cambia. Además, es probable que no sea tan detallista en ciertas partes y vaya directo al grano solo para volver que vuelva al mundo principal y, de paso, abrir camino hacia uno nuevo que sea más fácil de llevar (aunque hay escenas específicas que sí quiero mantener).

Desde ya, muchas gracias, mis queridos lectores, y perdón por hacerlos esperar tanto.

— jack_gilgamesh, aquí está lo prometido...

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