La ciudad imperial ardía bajo el asedio de los espectros.
Los rugidos de las criaturas resonaban en cada calle, mientras los caballeros luchaban desesperadamente por contener la invasión.
La flor maldita, suspendida en el aire, latía con un resplandor siniestro y convocaba a más de esas bestias, que parecían formarse de las sombras mismas.
Eran treinta. Treinta monstruos oscuros.
No eran miles. No eran un ejército. Pero cada uno de ellos poseía el poder de diez hombres.
Los caballeros caían uno a uno. Los hechiceros lanzaban conjuros para detenerlos, pero su magia apenas lograba retenerlos unos instantes.
Noah Kafgert sabía que esta era su batalla.
No podía permitir que su hermano, Ellian, ni Ronan, ni los ciudadanos inocentes murieran a causa de la maldición de aquella flor. Sabía que tenía un deber como noble. Un deber como Kafgert.
El título de los Kafgert no provenía de un linaje antiguo, sino de la decisión del propio emperador. Él se lo había otorgado a su hermano menor, Adam: el hombre que le había servido con lealtad absoluta, el archiduque Adam Kafgert, quien no heredó su nombre, sino que lo forjó con su propia sangre. Y Noah, como su hijo adoptivo, debía honrar ese nombre con cada una de sus acciones.
Sin embargo, en ese instante, Noah no pensaba en el imperio.
Pensaba en su familia. Pensaba en su hermano menor, en Ellian, que lo observaba con el miedo reflejado en la mirada, pero también con esa misma determinación que compartían. Pensaba en Ronan, su leal sirviente, siempre al lado de Ellian, dispuesto a dar la vida por él.
Ellos eran su prioridad. Y nada más importaba.
Noah levantó su espada. La hoja negra, grabada con runas plateadas, brilló al unísono con el resplandor de su poder. Las criaturas percibieron el cambio brusco en la energía y, al instante, atacaron al unísono.
Noah se movió. Su velocidad rompió el viento. Con un solo giro de su arma, cortó a la primera bestia en dos, y una explosión de cenizas negras cubrió el suelo. Pero las veintinueve restantes no se detuvieron. Saltaron sobre él al mismo tiempo, con las garras listas para despedazarlo.
—¡Hermano! —gritó Ellian, intentando correr hacia él.
Pero Ronan lo sujetó con fuerza, impidiéndole avanzar.
—No podemos interferir —dijo el joven sirviente, con voz tensa.
Ellian se negó a aceptarlo. Sabía que Noah era fuerte, pero treinta monstruos oscuros no eran un combate justo. ¿Cómo podía enfrentarlos a todos a la vez?
De pronto, Noah desapareció envuelto en un destello de luz violácea. Apareció justo encima de las criaturas y descendió como un relámpago. Su espada atravesó el pecho de otra bestia, destruyéndola de un solo golpe.
—¡Diecisiete! —murmuró entre dientes, contando los enemigos restantes.
Una de las criaturas intentó atacarlo por la espalda, pero Noah giró en el aire y trazó un círculo mágico de fuego negro a su alrededor.
—¡Arcanum Ignis! —exclamó.
Las llamas estallaron con violencia. Dos bestias más ardieron y se disiparon en el aire. Quedaban quince.
Noah aterrizó con gracia, pero respiró hondo y pesadamente. Podía sentir cómo su energía se drenaba rápidamente; sabía que no podría aguantar mucho más tiempo. Sin embargo, no podía permitirse fallar. El apellido Kafgert era una carga pesada, pero proteger a su familia era su propia elección. Y él ya había decidido: salvaría a Ellian sin importar el precio.
Estaba en medio del combate, con la espada aún caliente por la magia que irradiaba, cuando un grito heló su sangre.
—¡Noah!
Su mirada se disparó hacia la dirección del sonido.
Ellian. Ya no estaba junto a Ronan.
Los ojos de Noah se abrieron de par en par, ardiendo de furia al comprender lo que ocurría.
Ronan estaba herido, con el cuerpo inclinado hacia adelante y extendiendo la mano, tratando de alcanzar algo… no, a alguien. Ellian estaba siendo arrastrado por dos figuras encapuchadas.
—¡Malditos! —rugió Ronan, intentando levantarse.
Pero uno de los secuestradores le dio una fuerte patada en el pecho, lanzándolo contra el suelo adoquinado. El sonido seco del impacto hizo que Noah apretara los dientes con rabia.
—Es este niño —dijo una voz ronca y áspera, como si las palabras le costaran salir de la garganta.
—Llévatelo. Yo me encargaré de este mocoso —bufó el otro encapuchado, observando a Ronan con evidente burla.
Ronan escupió un poco de sangre y se obligó a levantarse, tambaleante. No le importaba si sus piernas apenas respondían, ni siquiera si iba a morir. Él protegería a Ellian, pasara lo que pasara.
Pero el enemigo fue más rápido. Antes de que Ronan pudiera dar un solo paso, el encapuchado alzó la mano y un hechizo oscuro brotó de sus dedos.
—Magia de atadura.
Cadenas negras surgieron de la nada y envolvieron el cuerpo de Ronan, inmovilizándolo por completo. Él luchó con todas sus fuerzas, pero su resistencia era inútil; la magia lo superaba.
—Maldición… —gruñó, con la respiración agitada y dolorosa.
Los encapuchados lo miraron con desdén, como si fuera un objeto inservible.
—Un perro inútil —escupió uno de ellos.
El que sostenía a Ellian dio un paso atrás, preparándose para desaparecer entre las sombras y la oscuridad.
Noah observaba toda la escena como si el tiempo se hubiera detenido. Sintió cómo su sangre hervía en sus venas, cómo el aire se volvía pesado y difícil de respirar, y cómo el mundo a su alrededor se tornaba borroso ante su ira.
La imagen de Ellian siendo arrastrado, y la de Ronan tirado en el suelo, encadenado y herido, se grabaron en su mente como una cicatriz ardiente.
Noah estaba atrapado entre dos frentes, y sabía que no podía llegar a ambos a tiempo.
Un monstruo Rugió con un estruendo ensordecedor y se lanzó sobre Noah con aún más ferocidad. Las garras del monstruo cortaron el aire con precisión asesina. Noah se movió para bloquear el golpe, pero no fue lo suficientemente rápido. Un filo ardiente atravesó su costado, y el dolor explotó en todo su cuerpo.
Noah apretó los dientes, negándose a caer. No tenía tiempo para detenerse por el dolor; Ronan seguía atado, y Ellian estaba en peligro.
Saltó en dirección a Ronan. Los hechizos oscuros brillaban en las cadenas que lo inmovilizaban, drenando su fuerza poco a poco. No podía romperlas con la espada, ni tenía el tiempo ni la energía suficiente para realizar un contrahechizo. Así que tomó la única opción posible: reunió todo su poder y lo concentró en un solo hechizo destructivo. El aire vibró con la fuerza de su magia, y un destello de luz envolvió a Ronan. Las cadenas se deshicieron en cenizas y se disiparon en el viento, pero el costo fue demasiado alto.
Noah sintió cómo su cuerpo se debilitaba; la acción había consumido una cantidad absurda de su maná. Su respiración se volvió pesada y entrecortada, y el sudor resbalaba por su frente. Sin embargo, no podía detenerse: los secuestradores huían con Ellian, las bestias aún lo perseguían, y su hermano lo necesitaba.
Giró sobre sus talones y corrió tras los encapuchados, alzando a Ronan con cuidado entre sus brazos. La herida que el joven tenía en el pecho era grave; la sangre empapaba sus ropas, y aun así, Noah no escuchó ni un solo quejido de su parte. Solo alcanzó a oír el susurro de sus palabras:
—Joven amo, no se preocupe por mí... déjeme aquí. Salve al señorito Ellian. Yo solo soy una carga para usted, joven amo.
Detrás de él, los rugidos de las sombras lo perseguían. Los monstruos no le permitirían avanzar tan fácilmente, y mucho menos ahora que llevaba entre sus brazos a alguien herido, con lesiones tan graves que ponían en riesgo la vida de ambos. Noah sabía que no sería sencillo, pero jamás podría abandonar a quien había dedicado su vida a proteger a su hermano y a cuidar de todos ellos.
Ronan era un año menor que él. Lo que más le sorprendía, más allá de su corta edad, era su forma de ser. La primera vez que lo vio, le pareció frágil: no era muy alto y su complexión era delgada. Tenía unos ojos que, a primera vista, parecían fríos, pero que en el fondo eran dulces; Noah vio en él a alguien capaz de hacer cualquier cosa por los suyos. Por eso decidió confiar en él: era una persona valiosa, con una lealtad que iba más allá de cualquier deber.
Y ahora, cargaba con él mientras perseguía a los secuestradores que se habían llevado a Ellian. Su única prioridad era recuperarlo.
Noah corría, ignorando el ardor punzante en su costado y la fatiga que amenazaba con devorarlo por completo. El viento azotaba su rostro mientras sus ojos se fijaban en las siluetas encapuchadas que se deslizaban entre las sombras. Los monstruos no se quedaban atrás; como un enjambre de pesadillas vivientes, las bestias espectrales lo perseguían: formas grotescas que se deslizaban entre los escombros, garras que rasgaban el suelo y ojos que ardían con un brillo antinatural y maligno.
Pero Noah no se detuvo. A pesar de que su cuerpo clamaba por descanso, a pesar de que sus reservas de magia se agotaban peligrosamente... Noah no tenía permitido caer.
Ronan, pálido como la muerte, no se quejaba. Aquella devoción era algo que Noah jamás esperó encontrar en su vida. Para Ronan, él no era más que alguien destinado a ser usado, a ser carne de cañón, cuyo único propósito era proteger a su amo, quien lo había criado. Noah se sentía agradecido, pero al mismo tiempo invadido por una gran decepción consigo mismo al pensar que alguien fuera visto solo como algo para ser sacrificado.
La magia negra era algo desconocido para él, algo contra lo que no podía luchar, y había sido derrotado de forma humillante... hasta que algo cambió.
Un escalofrío recorrió la ciudad entera. Algo más había despertado.
El aire se volvió denso y pesado, como si el mundo mismo contuviera la respiración por miedo. La flor maldita, suspendida en lo alto sobre las ruinas, latió con un resplandor siniestro y oscuro. Como si sintiera un peligro mayor. Como si reconociera una amenaza superior, incluso a Noah.
Una presencia se alzó entre la destrucción.
Noah se detuvo en seco. El suelo tembló bajo sus pies. Los monstruos se apartaron bruscamente y retrocedieron con gruñidos bajos y aterrados, encorvando sus cuerpos grotescos como si temieran ser aplastados. Los encapuchados, que estaban a punto de desaparecer entre las calles, también se paralizaron en seco.
Porque lo vieron. Lo sintieron.
La verdadera pesadilla había llegado.
Una sombra inmensa se alzó en medio del caos, caminando con una calma aterradora, escalofriante. Cada paso que daba resonaba como un eco lejano en la ciudad devastada. Y, finalmente, todos pudieron verlo claramente.
El primero de ellos estalló en mil pedazos.
Ni siquiera hubo un grito, ni un aviso. Solo fue el sonido de la carne y la oscuridad rompiéndose bajo una fuerza que no pertenecía a este mundo. Adam se movía entre los monstruos como una sombra; cada paso dejaba muerte, cada movimiento era una sentencia definitiva.
No era una pelea. Era una cacería. Y él era el depredador, simplemente. Sin alardes.
Los espectros intentaron rodearlo, lanzándose desde todas direcciones, pero Adam ya no estaba allí. Desaparecía y reaparecía, dejando tras de sí solo restos que se desvanecían. La ciudad retumbaba; la propia tierra temblaba, no por lo que él decía, sino por lo que era.
—¿Están viendo esto…? —murmuró uno de los encapuchados, con las manos temblando—. No está luchando… simplemente, los borra de la existencia.
La bestia florecida rugió con furia al ver caer a sus súbditos. Su cuerpo gigantesco se movió pesadamente, y raíces inmensas se alzaron del suelo como lanzas, disparándose hacia Adam con velocidad aterradora.
Adam se detuvo en seco.
Abrió la mano derecha.
El aire a su alrededor se distorsionó.
Las raíces que iban a atravesarlo se detuvieron en el aire, congeladas. Luego, con un movimiento lento y seco de sus dedos, Adam cerró el puño.
¡CRACK!
La bestia soltó un grito desgarrador. Por fuera parecía intacta, pero por dentro, toda su estructura vital se había hecho añicos bajo una presión invisible. Cayó de rodillas, haciendo temblar todo el distrito. Su núcleo oscuro parpadeó, débil, entendiendo por fin la realidad:
no tenía ninguna oportunidad.
Adam alzó la vista. Sus ojos rojos eran dos brasas frías, vacías de cualquier emoción. No había ira en su mirada, ni orgullo, ni ganas de demostrar nada.
Noah, observando desde lejos, sintió que el aire le faltaba en los pulmones.
—Padre… —susurró, con el miedo atravesándole la garganta—. ¿ese poder ?
Adam no respondió. No miraba a su hijo, ni a los encapuchados, ni a nada que no fuera esa bestia que ahora intentaba retroceder. Ella lo entendía ya: no se enfrentaba a un rival, se enfrentaba a una ley hecha carne.
Él dio un paso adelante. El suelo se hundió levemente bajo su bota.
La bestia rugió de nuevo, esta vez con miedo, intentando liberar una ola de energía oscura para destruir todo a su alrededor y escapar.
Adam habló. Su voz fue baja, tranquila, corta. Solo lo necesario. Sin énfasis, sin dramatismo. Como quien comenta algo obvio.
—Inútil.
Una sola palabra. Seca. Definitiva.
Al instante, la ola de energía negra que la bestia había lanzado se deshizo en el aire como humo ante el viento. Adam no movió ni un brazo, ni cambió su expresión. Simplemente, con la mente y el control que tenía sobre todo, anuló el ataque antes de que este existiera.
Dio otro paso. Más cerca.
—Terminó.
Dos palabras más. Y fueron más aterradoras que cualquier grito o amenaza.
La bestia intentó levantar sus pétalos para defenderse, para ocultarse, para hacer algo. Adam no esperó. No hizo poses, no avisó. Simplemente, desapareció de su lugar.
Apareció justo frente a la cara de la criatura gigante.
Levantó una mano, pequeña en comparación con aquel cuerpo monstruoso, y la apoyó justo sobre el núcleo palpitante de oscuridad.
La bestia se congeló. Sintió entonces lo que realmente era Adam Kafgert: no un hombre, no un caballero, no un monstruo… sino un fenómeno natural. Como un terremoto, como una tormenta, como la muerte misma. Algo que existe, que es poderoso, y que no necesita explicaciones.
Adam cerró los dedos.
—Muere.
Y todo se apagó.
