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Chapter 6 - El Juicio del Heraldo

La pendiente descendente hacia el valle no era un camino, sino una cicatriz abierta en la geografía del Limbo. La niebla, densa y de un tono ceniciento que parecía devorar la luz antes de que esta tocara el suelo, se aferraba a las botas como un manto húmedo y pesado. No soplaba viento; en su lugar, una brisa gélida y constante se deslizaba por el desfiladero, filtrándose a través de las costuras de la ropa y mordiendo la piel con la precisión de una cuchilla invisible.

El avance del grupo se redujo a una cadencia agónica, una marcha fúnebre marcada por el crujido rítmico de la escarcha bajo la suela y el eco sordo de la fatiga.

Entre los matorrales secos y el lodo congelado, Daichi y Lumin avanzaban cargando el peso de Sakura. La rodilla de la mujer, destrozada y envuelta en una férula improvisada con ramas de pino y tiras de tela rasgada, no soportaba la más mínima fricción sin enviarle descargas de dolor que le contraían los músculos del rostro. Cada paso requería una coordinación milimétrica. Daichi sostenía su costado izquierdo, con el brazo de ella cruzado firmemente sobre sus hombros, mientras Lumin soportaba el lado opuesto, sus anchos hombros tensos bajo la presión constante.

—Si puedes... si el dolor se vuelve insoportable, avísame —murmuró Daichi, con la voz seca por la falta de agua y la tensión acumulada. Su respiración dibujaba volutas de vapor blanco en el aire helado—. Podemos detenernos diez segundos. Solo diez.

—No —respondió Sakura, con los dientes apretados con tanta fuerza que las encías le dolían. Su voz era un hilo rasposo, apenas audible por encima del crujido del suelo—. Si nos detenemos ahora, el frío se asentará en mis articulaciones y no podré moverme en absoluto. Sigan caminando.

Yo puedo soportarlo.

Pero ninguno de los dos era ciego. Sabían que la resistencia de Sakura tenía un límite implacable. Cada segundo que pasaba en ese valle reducía sus probabilidades de supervivencia, no por las aberraciones que habían masacrado a los participantes la noche anterior, sino por una matemática mucho más simple y cruel: la hipotermia y el desgaste físico.

Delante de ellos, abriendo el paso a través de la negrura matutina, marchaba Ryuusei.

Tenía la mano derecha firmemente cerrada alrededor del mango de su cuchillo de caza, el único trozo de metal útil que conservaban tras la masacre de la fosa. Su antebrazo izquierdo, envuelto en un vendaje improvisado con tela sucia, palpitaba con un dolor sordo y constante. No era una herida limpia; el tejido estaba amoratado y tenso, recordatorio físico del esfuerzo desesperado con el que había triturado la estructura ósea de aquella carcasa usando únicamente una piedra caliza.

Cada vez que parpadeaba, la imagen de la criatura regurgitando a sus congéneres en la oscuridad de la cueva volvía a su mente con una nitidez perturbadora. Ya no quedaba rastro del chico que creía que su voluntad o algún tipo de destino excepcional podrían protegerlo. En el Limbo, las reglas del mundo anterior se habían desvanecido como humo. Aquí, la carne se desgarraba con facilidad, la sangre era caliente y pegajosa, y la muerte no guardaba ninguna clase de épica.

A su lado, caminando con pasos cortos pero firmes, iba Aiko. La niña, de apenas seis años, avanzaba en silencio, aferrada con los nudillos blancos al borde del abrigo de piel de ciervo que habían recogido entre las pertenencias de los caídos. El abrigo le quedaba enormemente grande, arrastrándose ligeramente por el suelo y cubriéndola casi por completo, protegiéndola del viento cortante. De vez en cuando, Aiko alzaba la vista hacia Ryuusei, buscando en su perfil algún signo de seguridad, pero el rostro del chico era una máscara de fría concentración.

—Ryuusei... —susurró la niña, su voz temblaba ligeramente por el frío—. ¿Falta mucho para llegar a un lugar seguro?

Ryuusei detuvo su andar por una fracción de segundo, mirando hacia el horizonte cubierto de bruma donde el valle parecía ensancharse entre colinas desoladas. No había refugios naturales visibles, ni luces, ni señales de civilización. Solo una extensión infinita de terreno yermo.

—No falta mucho, Aiko —mintió con una seriedad férrea, obligándose a suavizar ligeramente el tono—. Mantente cerca de mí y no te detengas. El frío no nos atrapará si seguimos moviéndonos.

La mentira era necesaria. La cruda realidad era que ninguno de ellos sabía si encontrarían un lugar donde guarecerse antes de que el sol, débil y pálido, volviera a ocultarse en el horizonte.

Minutos antes, al cruzar la cresta de la colina, las pantallas suspendidas en el cielo gris habían emitido su actualización diaria. El número global de participantes se había desplomado de forma catastrófica. De los doce mil cuatrocientos setenta y seis iniciales, apenas restaban 842 supervivientes en todo el territorio. La masacre de la primera noche había funcionado como un filtro biológico brutal, eliminando a los imprudentes, a los lentos y a aquellos que confiaban en falsas seguridades.

Pero la reducción de la cifra no trajo alivio. Al contrario; incrementó el factor de riesgo más impredecible de todos.

A medida que avanzaban hacia el fondo del valle, el terreno comenzó a mostrar evidencias inquietantes de actividad humana. Las huellas sobre la nieve sucia y el lodo congelado ya no eran solo las marcas informes dejadas por la huida despavorida de la noche anterior. Eran rastros deliberados: botas bien abrochadas, surcos dejados por arrastre de cargas pesadas y, lo más alarmante, restos de hogueras apagadas a toda prisa con tierra y nieve para ocultar el rastro del humo.

Lumin, que caminaba con la alabarda firmemente en su mano derecha —utilizándola tanto como arma como un bastón de apoyo para equilibrar el peso de Sakura—, detuvo al grupo con un gesto seco del brazo izquierdo.

—Silencio —ordenó en un susurro grave, apenas perceptible por encima del silbido del viento.

Todos se inmovilizaron al instante. Aiko se pegó instintivamente a la pierna de Ryuusei, mientras Daichi y Lumin sostenían a Sakura con absoluta firmeza, evitando que cualquier movimiento en falso generara un ruido innecesario.

A unos cuarenta metros de su posición, medio oculto entre un bosquecillo de pinos achaparrados y cubiertos de escarcha, yacía un bulto oscuro sobre la tierra.

Ryuusei avanzó con extrema cautela, dando pasos lentos, con el cuchillo preparado por delante. A medida que acortaba la distancia, el olor dulzón y penetrante de la sangre coagulada comenzó a mezclarse con el aroma limpio de la pino y el hielo.

No era un monstruo. Era un hombre.

Yacía boca abajo, con la parte posterior del cráneo completamente destrozada por un impacto contundente, probablemente una roca pesada. Su equipo había sido sistemáticamente despojado: no llevaba cantimplora, ni raciones, ni siquiera las botas de invierno que habrían podido salvarle la vida. Sus atacantes le habían quitado hasta la última brizna de utilidad antes de abandonarlo a la intemperie para que el frío terminara el trabajo.

Daichi se acercó cojeando ligeramente por el esfuerzo, su mirada recorrió la escena con una frialdad. No había sorpresa en sus ojos, solo un profundo y pesado cansancio.

—No fue una de esas cosas —dijo Daichi en un susurro, señalando la herida en la cabeza del cadáver—. Las carcasas desgarran, trituran, consumen. Esto es nacida de la desesperación. Alguien lo mató por sus provisiones.

—La Regla Tres —escupió Lumin, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se marcaron bajo la gruesa ropa—. Cuando el suministro de recursos es finito y la muerte acecha en cada esquina, los monstruos dejan de ser la principal amenaza. Son los propios sobrevivientes quienes empiezan a cazarse entre sí.

Ryuusei miró las huellas que se alejaban del cuerpo hacia el oeste, adentrándose aún más en la densa negrura del valle. Eran tres juegos de pisadas distintas. Marchaban con paso firme, organizados, y lo peor de todo: iban en la misma dirección que el grupo.

La tensión en el aire se volvió tangible. Ya no se trataba de avanzar para escapar de la fosa; se trataba de sobrevivir a un territorio donde ochocientas cuarenta y dos almas desesperadas competían por los escasos recursos de un mundo muerto.

La niebla se espesó a medida que descendían por la vaguada del valle, transformando el paisaje en una sucesión de siluetas fantasmagóricas y contornos desdibujados. El terreno, antes dominado por tierra sucia y grava congelada, comenzó a dar paso a fragmentos de asfalto agrietado y pilares de hormigón desgastados por el tiempo. Eran los vestigios de un antiguo puesto de control militar o una estación de paso olvidada, devorada por la maleza seca y el manto implacable de la nieve.

El frío, lejos de dar tregua, se intensificó con el desplome definitivo del sol tras los picos montañosos. La temperatura descendió de forma drástica, haciendo que la piel expuesta de los párpados y los labios comenzara a agrietarse.

—Ahí —murmuró Ryuusei, deteniéndose junto a un bloque de cemento derrumbado y señalando hacia el frente con la hoja de su cuchillo.

A unos cincuenta metros, emergiendo de la bruma como un bastión ceniciento, se erigía una estructura de piedra maciza. Paredes gruesas de mampostería, un techo de losa que había resistido el impacto de los elementos y una única entrada estrecha protegida por un marco de madera reforzado con pletinas de hierro oxidado. En términos de supervivencia, aquella edificación no era solo un refugio; era una fortaleza impenetrable contra el viento helado del páramo y una barrera física indispensable contra cualquier amenaza que rondara en la penumbra.

Sin embargo, el instinto de Daichi, forjado en años de disciplina y lectura táctica, hizo que el grupo se detuviera antes de cruzar el umbral del patio exterior.

—Deténganse —susurró Daichi. Su mano descansaba con firmeza en la empuñadura de la katana que llevaba en la cintura, la única arma blanca de hoja larga que poseían en el grupo—. Miren el umbral. No hay acumulación de escarcha en los bordes de la puerta. Alguien ha abierto esa entrada hace poco.

Lumin ajustó el agarre de su alabarda, utilizando la asta de madera para sostener el peso de Sakura mientras inclinaba el torso hacia adelante, olfateando el aire con atención.

—Humo —asintió el hombre alto, con la voz ahogada por el esfuerzo físico—. Hay un rastro débil de combustión. Alguien encendió yesca dentro para calentarse o cocinar.

Sakura apretó los labios hasta dejarlos blancos. Apoyada fuertemente sobre el hombro de Daichi, sintió cómo la tensión acumulada hacía que los músculos de su pierna lesionada sufrieran espasmos involuntarios. Tenía la rodilla hinchada bajo las tiras de tela sucia, pero se obligó a no emitir ni un solo quejido.

—No podemos seguir buscando —dijo Sakura, con una voz firme pero desgastada por la fiebre que comenzaba a gestarse en sus heridas—. El frío nos matará antes de que encontremos otra estructura sólida. Si hay alguien ahí dentro, tendremos que negociar... o luchar por el espacio.

Ryuusei miró a Aiko. La niña temblaba de forma ininterrumpida dentro del pesado abrigo de piel de ciervo; las puntas de sus dedos comenzaban a tomar un matiz azulado debido a la mala circulación provocada por el viento cortante. La pequeña no resistiría dos horas más a la intemperie. La decisión no era una cuestión de elección, sino de estricta necesidad.

—Lumin, quédate atrás con Sakura y Aiko —ordenó Daichi, asumiendo el mando con esa templanza pragmática que lo caracterizaba—. Ryuusei y yo entraremos primero. No hagan ruido. Si la situación se vuelve hostil, utilicen el marco de la entrada como punto de estrangulamiento.

Ryuusei asintió sin dudarlo. Se deslizó a lo largo del muro de piedra, manteniendo la espalda pegada a la superficie helada y el cuchillo de caza en posición defensiva, con la hoja orientada hacia abajo. Cada parpadeo le dolía; el aire seco congelaba la humedad de sus ojos, pero sus sentidos estaban aguzados al máximo, impulsados por la adrenalina que aún corría por sus venas desde la noche en la fosa.

Al llegar al marco de madera, Daichi empujó la puerta con la punta de la bota, aplicando la fuerza justa para que cediera sin crujir sobre sus bisagras oxidadas.

El calor residual del interior los golpeó de inmediato, acompañado por el olor a humedad, tela quemada y grasa rancia.

En el centro del recinto, rodeando una lata de conserva utilizada como bracero improvisado con pequeñas astillas de madera, se encontraban tres figuras humanas.

El impacto visual fue mutuo y paralizante.

Los tres ocupantes se pusieron en pie de golpe, provocando un rasguño metálico al arrastrar sus pertrechos sobre el suelo de piedra. Eran tres hombres demacrados, con mejillas hundidas por el hambre, ojos inyectados en sangre y rostros marcados por el hollín y la suciedad del páramo. Uno de ellos sostenía una barra de hierro afilada en un extremo; el segundo empuñaba un machete oxidado pero mellado con frecuencia de uso; y el tercero, que parecía el líder del trío, llevaba un hacha de mano pequeña pero pesada.

Ninguno de los dos grupos pronunció una palabra durante los primeros tres segundos. En la lógica brutal del Limbo, el tiempo no se medía en minutos, sino en la evaluación fría de la capacidad destructiva del adversario.

—Da un paso más y te abro las entrañas, niño —escupió el hombre del hacha, su voz era un gruñido ronco, cargado de paranoia y desesperación. Llevaba una chaqueta militar raída que le quedaba pequeña y sus manos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la falta de alimento.

Daichi no desenfundó la katana, pero mantuvo la mano derecha sobre el pomo, adoptando una postura neutra que transmitía un dominio absoluto del espacio. Sus ojos rasgados recorrieron a los tres sujetos, catalogando sus armas, sus posiciones de apoyo y su nivel de agotamiento.

—Este recinto es bastante amplio para los tres y para nosotros —dijo Daichi con voz pausada, serena, usando un tono bajo que no incitara al pánico pero que exigiera respeto—. No venimos a arrebatarles nada. Tenemos una persona herida y una niña pequeña. Solo buscamos resguardo contra la noche.

El hombre del hacha lanzó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor, que resonó contra las paredes de piedra de la cabaña.

—¿Un refugio? ¿Una niña? —escupió al suelo, dando un paso lateral para intentar flanquear la puerta—. ¿Acaso creen que esto es un orfanato? En este valle solo hay ochocientos cuarenta y dos nombres marcados. Cada boca extra que respire cerca de nosotros es un pedazo de pan que nos quitan. Si quieren quedarse con este techo, entreguen las botas de ese muchacho, la chaqueta de piel y las provisiones que lleven en las mochilas.

Ryuusei dio un paso al frente, interponiendo su figura entre el sujeto del hacha y el acceso exterior donde aguardaba Aiko. Su mirada no reflejaba vacilación. Tras haber triturado la cabeza de una criatura con una piedra a centímetros de su cara, la amenaza de tres hombres hambrientos con armas improvisadas no producía pánico en su interior, sino una fría e implacable resolución.

—Las botas se quedan en mis pies —dijo Ryuusei en un murmullo cortante—. Y nadie toca a la niña.

—¡Entonces van a morir todos aquí dentro! —gritó el hombre del machete, perdiendo el control por la desesperación del hambre y abalanzándose sobre Ryuusei con un tajo descendente dirigido a su cabeza.

El ataque no tenía técnica; era un movimiento torpe, impulsado únicamente por el peso del cuerpo y la rabia ciega.

Ryuusei no intentó bloquear el machete con su cuchillo de caza. Recordando las lecciones de supervivencia física y las restricciones de su propio cuerpo humano, se hizo a un lado con un movimiento seco, dejando que la hoja metálica se estrellara inútilmente contra el marco de madera de la entrada. Antes de que el agresor pudiera recuperar el equilibrio, Ryuusei clavó la punta de su bota pesada directamente en la rótula del atacante.

Un crujido sordo resonó en la estancia, seguido por un alarido de dolor cuando el hombre cayó de rodillas al suelo, soltando el machete mientras se agarraba la pierna fracturada.

El líder del grupo, viendo a su compañero caer en cuestión de segundos, alzó el hacha con la intención de embestir a Ryuusei por el flanco desprotegido. Sin embargo, no llegó a completar el movimiento.

La hoja pesada de la alabarda de Lumin irrumpió desde la penumbra del exterior como un relámpago de acero. El extremo romo del asta de madera impactó con la fuerza de un ariete directamente en el esternón del líder, arrojándolo hacia atrás contra el muro de mampostería. El impacto fue tan violento que le arrebató todo el aire de los pulmones, haciendo que el hacha saliera despedida de sus manos y fuera a parar al rincón de la estancia.

El tercer individuo, el que sostenía la barra de hierro afilada, se congeló en su sitio. Miró a Daichi, quien ya había desenvainado tres centímetros de la hoja de su katana, mostrando el destello frío del acero pulido, y luego observó la imponente figura de Lumin, que llenaba casi por completo el marco de la entrada con su alabarda lista para asestar un golpe mortal.

El duelo de intenciones había terminado antes de convertirse en una masacre.

—Llévense a su hombre y salgan —ordenó Daichi, señalando la salida con la punta envainada de su arma—. Si intentan volver durante la noche, no habrá advertencias ni espacio para negociar.

El sujeto de la barra de hierro no lo pensó dos veces. Tiró su arma al suelo en señal de rendición, arrastró a su líder aún aturdido hacia la puerta y ayudó a levantarse al agresor que tenía la rodilla inutilizada. Entre insultos ahogados y gemidos de dolor, los tres hombres se vieron obligados a internarse en la bruma densa del valle, dejando atrás el calor de la cabaña y perdiéndose en la negrura de la noche que amenazaba con congelarlos.

Ryuusei observó la puerta vacía durante varios segundos, escuchando cómo los pasos de los tres expulsados se extinguían a la distancia. No sentía satisfacción ni triunfo. Sabía con perfecta claridad que haber sacado a esos tres hombres a la intemperie en esas condiciones climáticas era, para todos los efectos prácticos, una sentencia de muerte diferida.

Sin embargo, al darse vuelta y ver a Aiko acurrucada en el abrigo de piel mientras Lumin ayudaba a Sakura a sentarse sobre un montón de paja seca cerca del brasero, comprendió que en el Limbo no había espacio para la culpa moral. La supervivencia era una ecuación de suma cero: para que ellos vivieran hasta la mañana siguiente, otros debían quedarse afuera en el frío.

El portón de madera rechinó sobre sus bisagras al cerrarse, amortiguando de golpe el aullido del viento helado que recorría las hondonadas del valle. Lumin deslizó una viga de roble reforzada con abrazaderas de hierro a través de los soportes metálicos del marco, atrancando la entrada con un golpe seco. La estructura quedó aislada del exterior, convertida en una pequeña celda de piedra en la que el aire ocre y estancado conservaba aún un hilo tenue del calor dejado por los anteriores ocupantes.

Daichi permaneció junto al ventanuco del muro norte, una rendija estrecha pensada para el tiro de ballestas o la observación lejana. Su mirada penetrante cortaba la bruma exterior, siguiendo el rastro informe de las tres siluetas que se alejaban torpemente entre los peñascos. Uno de ellos cojeaba de forma severa, apoyado en el hombro de su compañero mientras la densidad de la niebla terminaba por engullirlos.

—No regresarán esta noche —declaró Daichi sin apartar la vista del páramo. Su voz era grave, desprovista de matices emocionales—. El que tiene la articulación fracturada no aguantará dos kilómetros sobre el lodo congelado. El frío de la madrugada se encargará de frenar cualquier intención de venganza.

Lumin no respondió de inmediato. Asentó la base de su alabarda contra la pared de mampostería y se dejó caer sobre las rodillas junto al pequeño brasero de lata. Sus manos, anchas y encallecidas, estaban cubiertas por una fina capa de suciedad y sangre seca que no le pertenecía. Con cuidado meticuloso, comenzó a alimentar la pequeña llama con astillas de madera seca que recolectó del rincón, evitando generar volutas gruesas de humo que pudieran delatar su posición a través de la rendija del techo.

—La piedad en este lugar es un lujo que cuesta vidas —dijo Lumin, observando cómo las chispas anaranjadas bailaban en el aire antes de extinguirse—. Si no los hubiéramos expulsado, habrían esperado a que la fatiga nos venciera durante la tercera guardia para rajarnos el cuello mientras dormíamos. No había otra alternativa.

En el rincón más resguardado del recinto, apartado de las corrientes que se filtraban por las grietas del muro, Ryuusei ayudaba a acomodar a Sakura. La mujer se dejó caer de espaldas contra la pared de piedra, soltando un largo suspiro ahogado que tembló en sus labios pálidos. El sudor frío le pegaba varios mechones de cabello oscuro a la frente, y su piel, habitualmente bronceada por el entrenamiento a la intemperie, presentaba un matiz ceniciento alarmante.

Ryuusei se arrodilló a su lado y desató con delicadeza los nudos de tela que sujetaban la férula de pino a su pierna. Al retirar la última tira de paño, la articulación de Sakura quedó al descubierto: la rodilla estaba deforme, rodeada por un hematoma violáceo que se extendía desde la mitad del muslo hasta el gemelo, y la piel se sentía peligrosamente caliente al tacto.

—Hay infección en los tejidos —evaluó Ryuusei en voz baja, examinando el daño sin aplicar presión directa—. El hueso no ha atravesado la epidermis, pero el impacto desplazó la articulación y rompió los ligamentos internos. Si no conseguimos reducir la inflamación y limpiar la zona con agua hervida, la fiebre te dejará inconsciente antes del amanecer.

Sakura apretó los puños sobre el suelo de tierra, clavando las uñas en la grava hasta hacerse daño.

—Haz lo que tengas que hacer —respondió ella, mirando fijamente el techo de losa para no concentrarse en el dolor—. No me voy a convertir en un lastre para el grupo. Si mañana no puedo ponerme en pie con la férula, me dejan aquí con un cuchillo y siguen adelante.

—Nadie se queda atrás —interrumpió Daichi, apartándose del ventanuco y acercándose con paso firme hacia ellos. Su figura proyectaba una sombra alargada sobre la pared de piedra gracias a la luz del brasero—. Hemos sobrevivido a la primera purga y a la cueva juntos. La cohesión del equipo es lo único que nos diferencia de las jaurías de desahuciados que vagan por el valle. Si empezamos a descartar integrantes por heridas físicas, la estructura del grupo se desmoronará en menos de cuarenta y ocho horas.

Aiko, que se mantenía acurrucada dentro del voluminoso abrigo de piel de ciervo, se deslizó en silencio hasta quedar al lado de Sakura. La niña no habló; simplemente extendió su pequeña mano y sujetó los dedos helados de la mujer herida, ofreciéndole un punto de anclaje emocional en medio de la penumbra. Sakura bajó la vista hacia la pequeña, y la rigidez de su rostro pareció suavizarse por un instante.

Ryuusei sacó su cuchillo de caza y cortó una tira limpia del dobladillo de su propia camiseta interna, la cual había permanecido protegida del lodo bajo su chaqueta. Limpió el exceso de sangre seca de su antebrazo herido —la marca indeleble de su enfrentamiento contra la carcasa— antes de concentrarse en cambiar las tiras de la férula de Sakura. Cada movimiento era ejecutado con una precisión fría, mecánica, nacida de la necesidad de mantenerse ocupado para no dar espacio a las imágenes que asaltaban su mente cada vez que el recinto quedaba en silencio.

El crujido de la piedra al romperse. El hedor a bilis ácida y carne en descomposición. La sensación táctil del cráneo del monstruo cediendo bajo el peso de la piedra caliza que sostenía entre sus manos.

Ryuusei miró sus palmas. Estaban limpias de fluido biológico, pero las grietas en sus nudillos y la rigidez de sus tendones le recordaban de forma constante que la línea entre la civilización y la barbarie se había borrado por completo. Ya no había vuelta atrás. En este entorno desprovisto de milagros, donde las habilidades celestiales y los títulos de generación carecían de todo valor, la supervivencia exigía una adaptación biológica brutal.

—¿En qué piensas? —preguntó Aiko en un susurro, alzando sus ojos oscuros hacia él.

Ryuusei detuvo el ajuste de los nudos en la férula y la miró durante unos segundos.

—Pensaba en el número del cielo —respondió con honestidad, manteniendo un tono de voz bajo para no alterar la atmósfera del refugio—. Ochocientos cuarenta y dos. Ayer éramos más de doce mil. Eso significa que más del noventa por ciento de los participantes murieron en las primeras veinticuatro horas.

—Eso significa que los que quedan con vida son los más peligrosos —añadió Lumin, alimentando el brasero con una última astilla de madera—. Los débiles, los descuidados y los que esperaban que alguien los rescatara ya han desaparecido. Los que caminan por este valle ahora mismo son cazadores pragmáticos, veteranos de combate o personas que estuvieron dispuestas a matar a sus compañeros por un trozo de pan rancio.

Daichi tomó asiento en el suelo, cruzando las piernas y apoyando la katana sobre sus rodillas. Su rostro, iluminado por el resplandor anaranjado del fuego, reflejaba la serenidad de un hombre que había aceptado las reglas del juego antes incluso de que comenzara.

—Estableceremos turnos de guardia de dos horas —estructuró Daichi, dividiendo el tiempo restante antes del amanecer—. Yo tomaré la primera vigilia. Lumin tomará la segunda para descansar los hombros tras el esfuerzo de cargar a Sakura. Ryuusei cerrará la tercera guardia hasta que la luz del sol nos permita evaluar el terreno exterior. Sakura y Aiko deben dormir. Necesitan recuperar cada caloría perdida.

Nadie objetó la distribución. La disciplina militar implícita de Daichi se había convertido en el eje organizativo que mantenía al grupo alejado del caos.

Lumin se envolvió en su manta raída y se recostó contra la pared opuesta, cerrando los ojos casi de inmediato. Sakura, abrumada por el cansancio y la fiebre leve que comenzaba a adormecer sus sentidos, cayó en un sopor pesado con la mano de Aiko aún sujeta entre las suyas. La niña no tardó en imitarla, quedando completamente cubierta por el pelaje del abrigo de ciervo, respondiendo al calor reconfortante del brasero.

Ryuusei se acomodó cerca de la entrada atrancada, apoyando la espalda contra la madera de la viga. Aunque su turno de guardia era el último, sabía que no podría conciliar un sueño profundo. Cada crujido del viento contra las losas del techo, cada silbido del aire filtrándose por las grietas, mantenía sus nervios en un estado de alerta constante.

A través del ventanuco de observación, la noche en el Limbo se desplegaba como un manto de negrura absoluta. A la distancia, en lo profundo de la hondonada del valle, el eco distante de un disparo resonó entre las colinas, seguido por un silencio sepulcral que confirmó el desenlace de otro encuentro entre supervivientes.

Ryuusei apretó la empuñadura del cuchillo de caza que descansaba sobre su regazo. La primera noche en la estructura de piedra no representaba el fin de la amenaza, sino la consolidación de una nueva realidad: el verdadero peligro ya no venía únicamente del cielo o de las profundidades de la tierra, sino de la desesperación calculada de los seres humanos que compartían ese infierno helado.

Con el indicador del cielo marcando 842, el grupo de cinco cerró la noche resguardado tras los muros de la cabaña, conscientes de que al salir el sol, el valle exigiría un precio aún más alto por cada paso hacia la frontera del territorio.

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