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Chapter 194 - Entre Raíces de Paz

El despertar no fue violento, lo cual fue la primera sorpresa para Hitomi Valmorth. No hubo el estruendo de los Deeps, ni el frío lacerante de la nieve, ni el dolor punzante del cuchillo de Darrick. En su lugar, el aire olía a tierra mojada, a savia dulce y a una mezcla de hierbas medicinales que adormecían sus sentidos de una forma extrañamente placentera.

Hitomi abrió los ojos con lentitud. Se encontraba en una pequeña cabaña de madera cuyas paredes parecían haber sido tejidas, más que construidas. No había clavos ni vigas escuadradas; los troncos se entrelazaban de forma orgánica, como si la casa misma hubiera crecido del suelo por voluntad propia. La luz del sol se filtraba suavemente a través de las rendijas, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire.

Intentó incorporarse, pero un gemido de debilidad escapó de sus labios. Fue entonces cuando lo vio.

Al costado de su cama, sentado sobre un taburete hecho de raíces vivas, se encontraba un ser que desafiaba toda lógica. Su piel tenía la textura de la corteza de un roble joven, sus ojos eran dos esferas de un verde luminoso y profundo, y pequeñas hojas brotaban de lo que parecían ser sus hombros y cabello. El ser estaba concentrado, moviendo sus dedos de madera para manipular unas pequeñas figuras de arcilla con la curiosidad de un infante.

Era Sylvan.

Al notar el movimiento de Hitomi, el ser de madera dejó sus juguetes y giró la cabeza con un crujido vegetal. Una sonrisa inocente, pero carente de labios humanos, se dibujó en su rostro.

—¡Despertaste! —dijo Sylvan. Su voz no era humana; sonaba como el susurro del viento entre las copas de los árboles, pero con el entusiasmo vibrante de un niño—. Yo te salvé. Las ramas feas querían morderte, pero yo las mandé a dormir.

Hitomi parpadeó, confundida. Los recuerdos de la batalla en el claro regresaron en ráfagas: el destripamiento de Darrick, la oscuridad envolviéndola. Intentó tocarse el abdomen, temiendo encontrar el mango del cuchillo, pero solo sintió vendas hechas de hojas anchas y frescas.

—Ahora me perteneces —continuó Sylvan, ladeando la cabeza con naturalidad—. Eres bonita y brillas como la luna. Eres mi nuevo juguete.

Hitomi no tuvo fuerzas para protestar ante la palabra "juguete". Estaba demasiado ocupada notando algo imposible: el dolor insoportable en su cintura y en su pierna había disminuido a un latido sordo. Sus heridas, aquellas que la estaban matando hace apenas unas horas, se estaban cerrando bajo las vendas vegetales a una velocidad que incluso superaba la regeneración natural.

En ese momento, alguien llamó suavemente a la puerta y entró sin esperar respuesta. Era Amber, llevaba una bandeja de madera con algunos bocaditos —frutas cortadas y galletas— destinados a Sylvan. Al cruzar el umbral, su mirada se encontró directamente con los ojos rojos de Hitomi, quien estaba despierta y alerta.

La reacción de Amber fue instantánea. Soltó la bandeja, que quedó suspendida un segundo en el aire antes de que ella, con una agilidad sobrehumana, sacara un cuchillo táctico de su cinturón.

—¡Sylvan, atrás! —ordenó Amber, poniéndose en posición de combate. Su mirada recorrió a Hitomi con una mezcla de sospecha y profesionalismo letal—. ¿Quién eres y cómo entraste en el perímetro?

Sylvan, lejos de asustarse, se interpuso entre Amber y la cama, extendiendo sus brazos de madera.

—¡No, Amber! No la lastimes. Es mi juguete. Yo la encontré en el bosque, estaba rota y la traje para arreglarla.

Amber frunció el ceño, sin bajar el cuchillo. —¿Tu juguete? Sylvan, te he dicho mil veces que no puedes traer personas a la base y mucho menos llamarlas juguetes. Esto es una violación de seguridad masiva. Si Ryuusei se entera...

—¿Por qué no puedo? —interrumpió Sylvan con un puchero que hizo que las hojas de su cabeza se marchitaran un poco—. Ella brilla. Es mejor que las piedras.

Hitomi, viendo la tensión escalar y sabiendo que no tenía fuerzas para defenderse, forzó su voz para sonar lo más inofensiva posible.

—Por favor... —susurró Hitomi, usando una vez más su máscara—. Me llamo Janet. Me perdí en el bosque... unos hombres me atacaron. No sé dónde estoy. Él... él me salvó.

Amber estudió el rostro de Hitomi. Vio las ojeras, la palidez extrema y el cabello blanco que, aunque sucio y enmarañado, emanaba una energía que sus instintos le decían que no era normal. Sin embargo, la chica parecía estar al borde del colapso.

—Janet, ¿eh? —Amber guardó el cuchillo, aunque su postura seguía tensa—. Tienes mucha suerte de que Sylvan te encontrara antes que las defensas automáticas de la base te hicieran pedazos.

Hitomi intentó decir algo más, pero el esfuerzo de mantenerse consciente fue demasiado. El mundo empezó a desvanecerse nuevamente. Sus ojos se cerraron y su cabeza cayó pesadamente sobre la almohada de musgo.

Amber suspiró, acercándose para revisar el pulso de la extraña. —Sylvan, escúchame bien. No le digas ni una palabra de esto a Ryuusei. Él está demasiado ocupado con los radares y si sabe que hay una intrusa de la que no sabemos nada, se pondrá paranoico.

—¿Y al tío Ezequiel? —preguntó Sylvan, —. A él le gustan las cosas que brillan.

—¡No! A nadie —insistió Amber—. Vete a jugar al bosque, Sylvan. Yo me encargaré de "Janet" por ahora. Si muere, será un problema menos. Si vive... tendremos que decidir qué hacer contigo y tus "juguetes".

Sylvan asintió con entusiasmo, feliz de no estar en problemas, y salió de la cabaña saltando, haciendo que flores silvestres brotaran a cada paso que daba hacia la espesura de la Base Genbu.

Lejos, en la mansión de los Valmorth, la atmósfera era un velo de sombras y secretos. Desde la desaparición de Hitomi, Laila Valmorth había estado un poco enferma, como si el escape de su hija hubiera abierto una grieta en su armadura de perfección. Su piel, siempre impecable, ahora mostraba sutiles líneas de fatiga, y su aura carmesí, que antes llenaba las habitaciones con presión divina, parecía más tenue, como una llama bajo el viento.

Los tres hermanos Valmorth —Constantine, Hiroshi y John— estaban sentados en un pequeño parque detrás de la mansión. Era un jardín artificial, con rosas negras que florecían todo el año y fuentes de mármol que susurraban agua teñida de rojo. El sol del atardecer filtraba rayos dorados a través de las hojas, pero el ambiente era pesado, cargado de una tensión que ninguno se atrevía a romper.

John, el más impulsivo, fue el primero en hablar. Estaba reclinado contra un banco de piedra, jugueteando con un cuchillo pequeño, girándolo entre sus dedos.

— ¿Qué le pasa a mamá? —preguntó John, su voz ronca y acusadora—. No ha salido de su habitación en días. Parece un fantasma.

Hiroshi, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, levantó la vista de un libro antiguo. Su expresión era calmada, pero sus ojos ocultaban un cálculo constante.

— Últimamente está vomitando sangre — respondió Hiroshi con un tono neutral, como si hablara del clima—. No es normal, ni siquiera para ella. Varios médicos han venido a la casa, los mejores que el dinero puede comprar, y no saben qué puede ser. Dicen que es algo... interno. Como si su propia esencia estuviera rechazándola.

Constantine, el mayor, estaba de pie junto a la fuente, mirando el agua roja con los brazos cruzados. Su postura era impecable, pero su rostro mostraba una grieta de preocupación.

— Voy a ir con Hiroshi al valle —dijo Constantine, su voz firme y autoritaria—. Se dice que allí hay antiguos Valmorth curanderos, descendientes de una rama olvidada que aún practican los ritos de Michael. Si alguien puede salvarla, son ellos. John, cuida la mansión mientras estamos fuera. No dejes que nadie entre ni salga sin mi aprobación.

John se levantó de un salto, clavando el cuchillo en el brazo del banco con un golpe seco.

— ¿Por qué yo me quedo atrás? —gruñó John—. ¿Por qué siempre soy el que cuida el nido vacío? ¡Soy un Valmorth, no un maldito guardián!

Constantine lo miró con desprecio frío.

— Porque eres el que siempre lo arruina todo, John. Quédate aquí y no causes problemas.

Los tres hermanos se separaron sin más palabras. Constantine y Hiroshi partieron al atardecer, rumbo al valle remoto donde se rumoraba que los curanderos antiguos aún vivían en cuevas ocultas, guardianes de secretos que Laila había olvidado.

Al anochecer, John vagaba por los pasillos de la mansión como un fantasma resentido. La oscuridad se había adueñado de las habitaciones, y el silencio era opresivo. Llevaba una bandeja con comida simple: pan fresco, queso y un poco de carne fría. No era para él.

En la entrada del sótano, Yusuri apareció como una sombra materializada. El ejecutor de Laila, con su estatura imponente y su expresión vacía, bloqueó el camino.

— ¿Para quién es esa comida, joven John? —preguntó Yusuri, su voz un trueno sordo.

John miró a Yusuri con una sonrisa torcida.

— Para los perros — respondió John, sin pestañear—. Los que ladran en el sótano. Déjame pasar, Yusuri. No es de tu incumbencia.

Yusuri lo miró fijamente durante un segundo eterno, pero luego se hizo a un lado. John bajó las escaleras, el aire volviéndose más frío y húmedo con cada peldaño. El sótano era un laberinto de celdas olvidadas, donde los Valmorth guardaban sus "errores".

Alistar estaba en la última celda, encadenado a la pared como un animal roto. Ciego, con los ojos vendados por trapos sucios, su cuerpo era una mapa de cicatrices que no cerraban. La Extirpación de la Esencia lo había condenado a una muerte lenta: heridas que sangraban sin parar, huesos que crujían con cada movimiento.

John abrió la puerta con un chirrido y entró. Alistar levantó la cabeza al oír los pasos, su cuerpo tensándose por instinto.

— ¿Quién...? —gruñó Alistar, su voz un hilo rasgado.

— Soy yo, Alistar —dijo John, dejando la bandeja en el suelo—. No te haré nada. Traigo un poco de comida. Come, antes de que se enfríe.

Alistar ladeó la cabeza, confundido. El olor a pan fresco lo golpeó como un recuerdo lejano de humanidad.

— ¿John? ¿Por qué...? —preguntó Alistar, su voz temblando de desconfianza—. ¿Qué quieres? ¿Gozar de mi agonía?

John se sentó en el suelo, a una distancia segura, mirando al mestizo cegado.

— No quiero nada. Solo... compasión. Tú y Luigi eran... parte de la casa. A pesar de todo. Laila te torturó porque ayudaste a Hitomi, pero... yo entiendo por qué lo hiciste. Ella no pertenecía a ese lugar. Ninguno de nosotros lo hace.

Alistar rió, un sonido amargo y roto.

— Compasión de un Valmorth. Qué novedad.

— ¿Por qué me ayudas ahora? —preguntó Alistar entre bocados—. ¿Qué quieres saber?

John suspiró, mirando al suelo sucio.

— Nada. Solo... estoy cansado de esta familia. Mamá está enferma, muriendo quizás. Y mis hermanos... son serpientes. Tú y Luigi nunca fueron como ellos. Eran... leales. A pesar de todo.

Alistar tragó el último bocado.

— Leal a Hitomi. Ella es diferente. Si estás aquí por compasión, entonces libérame. Déjame morir libre, no encadenado como un perro.

John se levantó, mirando a Alistar con una mezcla de pena y resolución.

— No puedo. No aún. Pero... si mamá muere, las cosas cambiarán. Tal vez entonces.

John salió del sótano, dejando la puerta entreabierta. Alistar quedó en la oscuridad, con el estómago lleno por primera vez en días, pero el corazón más pesado que nunca.

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