Sin previo aviso, Ágata sale volando a mi lado. Su cuerpo cruza el callejón y se estrella contra un auto con un golpe lleno de ecos del metal deformándose que interrumpió mi jadeo y cerró mi garganta hasta casi no poder respirar. Cae al suelo. Hocico roto. Mirada desenfocada. De su boca sale sangre mezclada con espuma.
Mi mano ya está dentro del saco, aferrando la pistola, antes de que mi mente procese lo que ha pasado.
Dirijo la mirada a la entrada del McPaws.
Un sonido seco. Acompasado. Suelas de vestir contra el piso.
Y entonces aparece.
Un lobo de más de dos metros. Fornido. Traje negro impecable, corbata color vino, camisa blanca. El pelaje azabache le absorbe la poca luz del callejón. Sus ojos se mueven despacio, tranquilos, de Ágata a mí.
Siento un vacío repentino que invade mi estómago. Como si el suelo hubiera desaparecido y estuviera cayendo desde lo más alto de un edificio.
Aprieto mi cuchillo con una mano y con la otra mi pistola, no sé por qué pero de repente siento escalofríos.
—Con que esto era lo que olía raro... —Su voz es grave, arrastrada. Me estudia como a un insecto—. No eres mono. Ni simio. ¿Qué eres?
No respondo. Intento disparar.
Pero antes de que siquiera apunte bien, con tres pasos ya está frente a mí.
—Te estoy preguntando. Así que ¡contéstame! —me grita mientras empieza a mostrar sus dientes.
Su gigantesca mano envuelve mi mano y la pistola al mismo tiempo. Aprieta. El metal rechina. Mis dedos quedan atrapados entre el acero y su agarre. Siento el índice a punto de romperse. El dolor me arranca un gruñido. Con la otra mano, casi a ciegas, intento apuñalarlo con el cuchillo hacia su costado. Pero sin siquiera mirar, con su mano libre atrapa mi antebrazo en el aire.
—Veo que no entiendes por las buenas. —Inclina apenas la cabeza para mirarme a los ojos.
Con la mano que sujeta mi antebrazo, me lanza contra la pared del callejón. Vuelo, dándome tiempo apenas de encoger los brazos por puro instinto. El impacto me saca el aire y el mundo estalla en puntos blancos. Intento levantarme pero todo se mueve de un lado a otro. Cuando se estabiliza un poco mi visión busco mi cuchillo en mi mano pero lo había soltado. Rápidamente dirijo mi mirada al lobo a la entrada del callejón. Clink. Me volteo así al lado de mi cabeza para ver qué produjo ese sonido: era mi tanto, el cual tenía la punta enterrada en la pared. A su vez siento como algo caliente escurre por mi mejilla y oreja pero no tengo tiempo para preocuparme por ello. Agarro por el mango mi cuchilla y con todas mis fuerzas la saco de la pared.
Lo sostengo de manera invertida. Dirijo mi mirada hacia el lobo, el cual solo me sonríe mostrándome sus dientes. ¡¿Qué hago?! ¿Escapo? ¿Peleo? ¿Puedo pedir ayuda? ¿Ganar tiempo? ¡¿Por qué tuvo que aparecer este maldito lobo?!
Antes de siquiera pensar en algo más, él tranquilamente se agacha y toma la postura de velocista. ¡No me digas! Me tiro a un costado lo más lejos que puedo. No llego a ver nada pero escucho.
¡Boom!
Mis ojos se abren lo más grande mientras siento como si un martillo me hubiera golpeado al lado de mi hombro izquierdo. Lo veo por reflejo, y lo que observo me deja escalofríos porque con solo un roce de su puño el lobo me dejó una mancha sangrienta.
Lo veo una vez más cómo adopta esa pose de arranque. ¡Hazte a un lado! Es lo único que puedo pensar. Lo hago, pero esta vez volteo mi cuerpo hacia un lado y pateo el piso con todas mis fuerzas. Cuando me moví y vi dónde estaba hace un momento, veo cómo el lobo cortó cuatro metros en un instante, pero esta vez él estaba aplicando un placaje. Y agradezco ya no estar ahí, al ver las grietas en la pared.
Él una vez más me sonríe y empieza a hablar lentamente:
—Ve preparándote porque esta será tu última oportunidad que te daré. —Su sonrisa crece. El vaho de su aliento se hace más denso en el aire frío—.
—Cuando creí que ya estaba condenado... —Gracias por la consideración —le digo mientras me quito el saco ensangrentado y lo tiro a un costado mío, frente a mí, para luego escupir sangre de mi garganta que hace rato me molestaba. Y me agacho un poco.
—¿Listo? —el lobo me lo preguntaba mientras su sonrisa desaparecía.
—Listo. —Apenas termino de hablar, el lobo toma de vuelta la postura para arrancar.
Tic. Tic. Tic.
Es el sonido de algo goteando. Miro hacia el origen: la punta de mi cuchillo se ha clavado en el antebrazo del lobo. Un tajo superficial, pero suficiente. La sangre le escurre por el filo hasta mi mano y de ahí gotea al suelo con un ritmo pausado.
Pero yo ahora empiezo a sentir mi camisa mojada; veo mi pecho y ahí ahora hay una herida que palpita y tiñe la tela de rojo a cada latido. Solo puedo maldecir en silencio. Yo había apuntado a su torso. Pero no todo se puede en la vida, ¿no?
El lobo baja la mirada hacia su antebrazo. Contrae el músculo. La sangre, de pronto, deja de escurrir. Como si hubiera cerrado un grifo.
—Quién lo habría podido imaginar, eres realmente creativo. Mientras yo estaba por darte un zarpazo, me cegaste por un momento con tu saco para luego querer apuñalarme. Eres realmente divertido, pero todo tiene un fin. —Mientras él habla, yo ya sin fuerzas solo pienso que al menos lo hice bien.
Él agarra mi cuchillo, lo ve por un momento para luego con sus manos doblarlo poco a poco hasta partirlo a la mitad. Yo solo puedo ver tirado en el piso debido a que ya no me quedan fuerzas. Una vez más me mira, me agarra del cuello, me levanta un poco del piso y me tumba de vuelta al piso. No sé cómo pero sigo consciente, pero poco a poco se va nublando todo y lo último que veo es al lobo preparando un golpe que de seguro va a mi cabeza. Lo ultimo en lo que puedo pensar antes de ver todo oscuro es que me arepiento de no haver encontrado un motivo por el cual luchar.
Antes de que el golpe impacte directo en la cara,el desvia su puño a un lado, enterrando todo el antebrazo en el duro suelo de concreto, para luego sacarlo y sacudir el escombro que ensuciaba su traje.
Mientras se acomoda el traje, en el oscuro y húmedo callejón con aroma a hierro y con el eco de mis quejidos, divisa una silueta en la entrada del callejón. Sin siquiera dirigirle la mirada, empieza a hablar:
—Cuánto tiempo, Ibuki.
—Así es, ha pasado mucho tiempo. Días, meses, años desde la última vez que te vi... o que supe de ti.
—¿Desde cuándo eres tan nostalgico? Vamos, dime: si es mi presa lo que deseas, ¿cuánto crees que puede valer tu pequeña mascota? ¿Lo vale? —Lo dice mientras mira de reojo mi cuerpo desparramado en el piso y flexiona los músculos.
—Por lo que veo, todavía vale algo. ¿O acaso tu visión se ha deteriorado con los años? —Gira un poco la cabeza y su mirada va directo a aquella pequeña raya roja que desentona con el traje del lobo.
Este sonríe mostrando todos los dientes y levanta la mano, donde apenas se nota un corte recién hecho.
—Así es, solo quería ver si no perdiste el toque. De seguro ya arreglaste todo para esto, ¿no es así?
—Claro, como todo debe ser, ya todo fue arreglado. —Saca un anillo y se lo lanza como si fuera una moneda.
—Sí, lo has hecho. Pero no quita el hecho de que cuando la fruta madure, yo vendré y lo probaré una vez más.
—Lo tengo previsto. Pero hasta entonces, se te hace tarde, ¿no?
—No has cambiado nada. —Se retira con pasos lentos, sin volver a mirar a Ibuki, el rostro indiferente como al principio.
Sus pasos se pierden entre los ecos del callejón. El aroma a hierro sigue flotando en el aire frío.
Ibuki se queda unos segundos en silencio, observando la entrada vacía. Luego, por fin, dirige la mirada hacia mí.
Me ve ahí, tirado como un trapo sucio, con el pecho manchado de rojo, la respiración entrecortada.
—Levántate —dice, sin prisa. Sin ofrecer ayuda—. Todavía no puedes morirte.
El eco de los pasos del lobo se desvanece en el callejón. Solo queda el zumbido del letrero de McPaws y el olor a sangre y concreto húmedo.
Ágata se mueve. Un quejido ronco escapa de su hocico roto. Apoya una mano en el auto abollado y se incorpora con lentitud, sacudiendo los fragmentos de vidrio del pelaje. Tiene la mirada aún turbia, pero ya busca algo. Alguien.
El lobo se detiene justo antes de doblar la esquina. Gira apenas la cabeza. No mira a Ibuki. Mira el cuerpo desparramado de Darwin, ese bulto inmóvil sobre el piso. Sostiene la imagen un segundo. Dos. Resopla, una nube de vaho en el aire frío, y desaparece en la oscuridad.
Ibuki no se ha movido. Con un gesto mínimo de la mandíbula, señala a Darwin.
—Levántalo.
Ágata obedece. Se acerca con paso tambaleante, se agacha y pasa un brazo por debajo de los hombros del chico. Lo alza sin brusquedad, como quien recoge un paquete valioso pero dañado. La cabeza de Darwin cuelga hacia atrás. La sangre de su pecho gotea sobre el asfalto.
—No te duermas todavía —murmura Ágata, con la voz rota—. Todavía no.
Ibuki ya camina hacia la salida del callejón. No vuelve la vista atrás.
