Cherreads

Chapter 71 - Capitulo 69

EVAN.

La camioneta se detuvo frente al portón principal de la villa, y apenas bajamos, Paula ya había salido disparada con las bolsas de compras, gritando algo sobre que no se le aplastaran las cosas. No quise preguntar qué había comprado esta vez.

Isabel y yo fuimos más despacio. Ella llevaba los documentos bajo el brazo, uno de los últimos paquetes legales sobre mi identidad, y en su bolso de mano, el pequeño estuche con el anillo. Porque claro, si hay un lugar donde Lucía nunca revisaría… es en las cosas de su propia madre. Y por eso mismo, le confié esa pequeña caja con el futuro dentro.

Subimos los escalones con calma. A diferencia de Lucía, para quien esos seis peldaños son una odisea olímpica últimamente, nosotros los cruzamos sin problema. Al entrar, nos recibió el bullicio de pasos veloces.

Ana y Sofía corrían como si las persiguieran fantasmas. Entraron al salón y se dejaron caer en el sillón como si nada, fingiendo respirar con dificultad mientras se hacían las despistadas.

—¿Qué estaban haciendo? —preguntó Isabel con tono de madre inquisitiva mientras cerraba la puerta.

—Nada —respondieron al unísono, demasiado rápido.

Lucía estaba en el sofá, con la computadora sobre el regazo y una expresión que claramente intentaba ser neutra. Pero no le creí. Parecía estar ocultando algo… solo que no quise presionar. Ana y Sofía tenían esa vibra de "hicimos algo y no vamos a decir qué" tatuada en la frente. Algo estaba tramando ese par de diablas disfrazadas de hermanas.

Me dejé caer a su lado, y ella apenas levantó la vista del monitor.

—¿Cómo te fue? —me preguntó, mientras cerraba la pantalla sin mucho esfuerzo. Otra señal. Definitivamente ocultaba algo.

—Bien —dije, pasándome la mano por el cabello mientras soltaba el aire—. El abogado dijo que estamos en la recta final. En poco tiempo tendré todo de regreso y… también todo nuevo. Identidad, papeles… el nombre de siempre. Ya no seré un fantasma con huellas borradas.

Ella me sonrió, de ese modo tan cálido que me derretía el pecho.

—Eso es increíble, Evan.

—Sí… y ya con eso podré terminar todo. La primaria, secundaria, prepa… y ver si quiero entrar a la universidad. Estudiar algo. Tener algo mío… sin tener que correr de nuevo.

Ella me miró con un brillo en los ojos, como si cada una de esas frases se las hubiera susurrado Frijolito desde su panza. Me estiré un poco para besar su sien, pero la panza entre nosotros me lo dificultó más de lo esperado. Nos reímos los dos cuando lo intenté de nuevo y apenas logré besarle la mejilla.

—Parece que alguien ya está tomando demasiado espacio —dije, mirando su abdomen con falsa acusación.

Lucía soltó una carcajada.

—Díselo tú. Yo ya no tengo control sobre nada. Ni sobre mi apetito… ni sobre mi vejiga.

—Ni sobre tus hermanas. Algo tramaron —susurré cerca de su oído.

Ella me miró de reojo, sin negarlo… pero tampoco confirmándolo.

Algo tramaban. Y yo no tenía ni la más mínima idea de qué era.

Me había recostado un poco a su lado, con la cabeza cerca de su hombro, cuando ella soltó algo que me hizo girar la mirada de inmediato.

—Deberíamos buscar la casa entonces —dijo con total naturalidad, como si me hubiera preguntado si quería un té o agua.

Parpadeé.

—¿Perdón? ¿Tú… hace dos días estabas totalmente en contra?

Me miró con una ceja arqueada, como si yo hubiera dicho algo absurdo.

—Estaba en contra porque tú no tenías cómo hacerla tuya —dijo, encogiéndose de hombros con aire de lógica imbatible—. No quería tener algo solo para mí cuando claramente sería para los dos. Pero ahora que estás por recuperar tus papeles, podemos compartir los derechos de la casa.

Se estiró para alcanzar el cojín detrás de su espalda, reacomodándose con ese movimiento torpe pero adorable que le había robado el equilibrio desde hace semanas.

—Aunque claro —añadió con una sonrisita traviesa—, tú dijiste que la pagarías. Así que técnicamente sigue siendo tu casa, ¿no?

—Técnicamente, sí —admití, entrecerrando los ojos con una sonrisa igual de traviesa—. Pero me gusta más la idea de que sea nuestra.

—Buena respuesta, señor adolescente romántico.

—¿Y entonces…? —pregunté, entusiasmado, apoyando mi codo en el respaldo del sofá para mirarla mejor—. ¿Vamos a ver la casa mañana? ¿La que te mostré en las fotos?

—Sí, esa. Solo espero que no esté lejos. No quiero estar a una hora del hospital o de mis papás. Ni de Sofía, ni de Ana… ni de nadie, en realidad.

Asentí, ya sintiendo la rueda girar en mi cabeza.

—Me aseguraré de eso. De que no esté lejos. Y de que tenga espacio para ti, para mí, para Frijolito… y probablemente para alguna de tus hermanas que quiera acampar allá los fines de semana.

Lucía rodó los ojos con una sonrisa resignada.

—No lo digas tan en serio. Ana seguro te toma la palabra.

Me reí, acercándome para besarle la mano.

La madre de Lucía volvió a aparecer en la sala, recién cambiada y con ese aire relajado que solo tienen las personas que han pasado todo el día corriendo en el hospital y finalmente logran sentarse.

—Buenas —saludó con voz cansada pero firme, dejando sus sandalias a un lado antes de dejarse caer en el sofá frente al nuestro.

Tomó el control como si fuera una extensión de su mano y, tras unos segundos de recorrer canales, encontró lo que buscaba: primero un documental sobre historia moderna, después una película de cuando Lucía era adolescente, al parecer bastante buena, por la forma en que Lucía murmuró "clásico"… y después, como era costumbre, las noticias.

Y ahí fue cuando el ambiente cambió.

No fue abrupto. No hubo una explosión, ni una alarma. Solo ese silencio peculiar que se instala cuando uno ve algo que le raspa el alma.

La pantalla mostraba imágenes en vivo desde Oriente Medio. Explosiones, campos reducidos a polvo, columnas de humo ascendiendo hacia cielos sucios. Se hablaba del conflicto entre Israel y Palestina, de las tensiones con Irán, del avance de milicias en zonas inestables de África Occidental. Las fechas en la esquina inferior eran del mes pasado, de hace días incluso. Las imágenes, más que actuales, parecían eternas.

El presentador tenía una voz grave, firme.

—"Durante el conflicto del pasado julio en la región norte de Sudán, fuentes locales confirmaron la presencia de un grupo armado no identificado que intervino en la evacuación de civiles. El grupo, según testigos, actuó sin distintivos oficiales, desarmando a fuerzas paramilitares y escoltando a niños y mujeres fuera de zonas de combate."

Lucía giró el rostro lentamente hacia mí. Yo ya estaba mirando la pantalla.

—"Las autoridades aún no logran identificar a qué país o fuerza pertenece este equipo táctico. Se presume que no fue parte de ninguna coalición internacional reconocida, aunque se han registrado operaciones similares en años anteriores, incluyendo en Filipinas en 2022, en la selva de Myanmar en 2021, y durante la evacuación clandestina de refugiados en Siria en 2019."

El corazón me latía más lento. Más pesado.

Paula, que se había movido a la cocina con medio cuerpo asomado, también se había detenido. Ana que estaba subiendo a su habitación por algo se quedó en la escalera, se apoyó en la baranda para mirar la TV. No decían nada, pero sentían algo.

Lucía, sin decir palabra, buscó mi mano y la tomó.

—"Quienes los vieron aseguran que estaban altamente entrenados, se comunicaban en varios idiomas, y algunos incluso creen que no eran soldados convencionales. Las autoridades de la ONU no han confirmado nada. Todo apunta a un grupo independiente, pero con entrenamiento de élite."

El noticiero pasó a otra nota, sobre crisis política en algún lado de Europa, pero yo ya no lo escuchaba. Ni respiraba bien.

Lucía me miró de nuevo.

—¿Eran ellos? —susurró.

No respondí de inmediato. Solo miré al frente. Las imágenes ya no estaban, pero mi cabeza seguía viendo otras, muy parecidas… desde el otro lado del lente.

—Tal vez —dije por fin, en voz baja, tan baja que ni Paula ni Ana debieron haberlo escuchado—. Hay muchos grupos así. Anónimos. A veces se forman por un par de meses y desaparecen. A veces solo están ahí para hacer lo que otros no pueden o no quieren.

Ella sabía que eso no era una negación.

Ella sabía lo que yo estaba pensando.

—¿V.I.D.A.? —insistió con voz suave, sin soltar mi mano.

Respiré hondo, dejando que el aire se quedara un segundo demasiado largo en mis pulmones antes de soltarlo.

—Podría ser. No puedo saberlo. Pero… suena a ellos. Sin banderas. Sin órdenes visibles. Solo un objetivo y la voluntad de quemarse en el proceso.

Lucía bajó la mirada hacia nuestras manos unidas. No dijo nada más.

Isabel, sentada a pocos metros, había bajado el volumen sin que se lo pidiéramos, como si su instinto materno detectara la energía densa en el aire.

Yo apoyé la espalda en el sofá. Ya no pensaba en casas. Ni en anillos. Ni siquiera en Frijolito.

Solo pensaba en si alguno de ellos seguía ahí.

Si me extrañaban. Si creían que estaba muerto.

O si ya me habían reemplazado.

Porque esa era la verdad de las sombras.

No dejas huellas.

Ni lápidas.

Ni despedidas.

Solo cicatrices en quienes aún te recuerdan.

Isabel no habló de inmediato. Solo bajó un poco más el volumen de la televisión y se acomodó mejor en el sofá. No me miraba directamente, pero su voz cuando por fin se escuchó fue suave, casi cuidadosa. Como si tuviera miedo de abrir una caja que no quería terminar de ver por dentro.

—Evan… ¿esas situaciones eran… tan malas como dicen? —preguntó, sin quitar la mirada de la pantalla que ahora mostraba otra noticia, algo sobre economía mundial, completamente irrelevante en ese momento—. Tú estuviste en una de esas, ¿no?

El silencio se volvió más sólido. Paula se detuvo a medio paso, y Ana, aunque fingía mirar su celular, claramente escuchaba.

Lucía giró levemente la cabeza hacia mí, pero no dijo nada. Su mano apretó la mía, como si dijera: no tienes que responder si no quieres.

Pero lo hice.

—Sí —asentí, sin rodeos, mirando hacia la pantalla aunque no viendo nada ya—. Estuve en varias. Muy parecidas… incluso peores que lo que muestran ahí.

No me enorgullecía decirlo. Ni me rompía decirlo. Solo era un hecho. Como decir que había llovido, o que el mar estaba frío.

—Las noticias… —seguí, sin que nadie me interrumpiera—. Las noticias difuminan los bordes. Te dan cifras. Declaraciones oficiales. Rostros llorando, alguna bandera en llamas. Pero eso no es lo peor.

Lucía dejó su cabeza apoyada en mi hombro. Yo sentí el calor de su cuerpo, de nuestro hijo moviéndose bajo su piel.

—Lo peor es el olor —dije, como si lo estuviera respirando otra vez—. El polvo que se mezcla con sangre, con aceite quemado, con desesperación… El sonido de alguien suplicando por un hijo que ya no está entero. El llanto de un niño sin idioma que puedas entender, pero que tampoco necesita traducción.

Isabel cerró los ojos por un segundo. Paula tragó saliva. Ana fingía ver su celular, pero sus nudillos estaban blancos.

—A veces… —seguí, sin saber muy bien por qué—, llegábamos a un lugar demasiado tarde. No quedaba nadie que ayudar. Solo cuerpos. O partes. A veces eran civiles. A veces eran enemigos. Y… eso es lo que la tele no muestra. La textura de un brazo arrancado. El temblor de un hombre adulto que ya no tiene ojos, pero aún grita. El silencio de alguien que ya no puede gritar.

Lucía se aferró más a mí. Su respiración era suave, pero temblaba un poco. No de miedo. De empatía. De rabia muda.

—¿Y tú…? —Isabel murmuró, ahora mirándome directamente—. ¿Hiciste eso?

Tardé en responder. No porque dudara. Sino porque sentí que cada palabra debía pesar lo justo.

—No todo. Pero sí. Tuve que matar. Tuve que decidir a quién salvar primero. A veces… tuve que dejar atrás a alguien para poder salvar a otros. Esa es la verdad de las guerras. No hay héroes. Solo sobrevivientes… y gente rota que aprendió a vivir con las decisiones que tomó.

Isabel asintió con lentitud. No me juzgó. No tenía lástima en sus ojos. Solo comprensión. Una muy cruda, muy adulta.

—Y estás aquí —dijo, con una pequeña sonrisa que no alcanzó a llegar a sus ojos—. Con nosotros. Con mi hija. Con Frijolito.

Volví a mirar a Lucía. Ella me devolvió la mirada, sus dedos dibujando círculos lentos sobre mi brazo, justo sobre una de las cicatrices.

—Estoy aquí —susurré—. Y no hay un solo día en que no lo valore.

No había nada más que agregar. El noticiero siguió su curso. Las imágenes pasaron. El mundo seguía girando con sus tragedias y sus silencios.

Pero yo tenía un anillo escondido.

Una promesa pendiente.

Y una vida que ya no quería perderme nunca más.

—Te pregunté eso, Evan… —dijo Isabel, esta vez dejando el control remoto sobre la mesa— porque la próxima semana me iré con Armando.

La noticia cayó como una piedra suave pero pesada en el ambiente. Me giré a verla con un parpadeo lento, y Lucía también la miró, algo alarmada. Ana dejó de fingir que no escuchaba, y Paula se enderezó en su asiento.

—¿Te vas? —preguntó Lucía, con ese tono entre hija preocupada y profesional de la salud que sabe lo que eso implica—. ¿A dónde?

—Una zona rural. Ya sabes cómo es tu padre —sonrió Isabel de lado—. Desde que regresó de su última misión, está inquieto. Acordamos ayudar en una zona que necesita asistencia médica urgente. No es una guerra activa, no te alarmes, pero hay secuelas de violencia. Médicos sin suficientes manos, hospitales improvisados, falta de suministros. Él irá como médico militar. Yo como cirujana.

—¿Cuánto tiempo estarán fuera? —pregunté con cuidado.

—Tres semanas. Volveremos días antes del parto. No me perdería el nacimiento de mi nieto por nada del mundo —dijo con una firmeza indiscutible.

Lucía bajó la mirada a su vientre, y sus dedos se movieron lentamente, como si acariciara una parte invisible de Frijolito. La conocía lo suficiente para saber que estaba procesando más de lo que decía.

—Es… pronto —murmuró Lucía—. Y tú deberías descansar. Has trabajado mucho, mamá.

—Lo sé, hija. Pero no podía negarme. Me necesitan, y tú sabes cómo funciona esto. Además —añadió con una sonrisa cálida—, tengo plena confianza en que estarás cuidada. Tienes a Evan… y a tus hermanas que te tratan como si fueras de cristal.

—De vidrio soplado artesanal, edición limitada —bromeó Paula, tratando de aligerar el ambiente.

Isabel entonces giró el rostro hacia mí.

—Sé lo que vas a decir, Evan. Lo he pensado, créeme. Pero no es como lo que viviste tú. No es igual.

—Lo sé —respondí con un pequeño asentimiento—. Pero entiendo por qué lo preguntas. Ver eso en las noticias, tenerlo en la piel… no es lo mismo. Pero si tú y Armando creen que deben ir, no soy yo quien va a detenerlos.

—Gracias —me respondió, y por un momento vi algo en sus ojos. Un respeto profundo. No por lo que había hecho, sino por lo que había vivido… y por haberme atrevido a quedarme, a empezar una vida lejos de todo eso.

Lucía suspiró, recostando su cabeza en el respaldo del sofá.

—Es raro, ¿saben? —dijo—. Yo también hacía esto. Voluntariado. No era soldado, ni doctora, ni nadie importante… pero estuve ahí. En hospitales como ese. Con gente herida. Con miedo.

—Y ahí nos conocimos —añadí suavemente—. Entre camillas y olor a desinfectante.

—Y a muerte —susurró ella—. No olvido cómo olías, ¿sabes? Cuando te encontramos. Estabas medio muerto. Sangre seca. Pólvora. Quemaduras. Y aun así… abriste los ojos.

—Y lo primero que vi fue a ti —dije sin pensar, sin temor a lo cursi—. Con la luz detrás de ti como si fueras un sueño. Un maldito ángel… aunque estabas enojada porque no me dejaba revisar.

—No estabas en condiciones de negarte —resopló—. Estúpido y terco.

—Y tú eras una enfermera con las manos temblando y los ojos llenos de fuego. Nunca había visto a alguien así. Nadie de V.I.D.A. te hubiera soportado tanto tiempo, lo sabes, ¿no?

Isabel soltó una carcajada suave.

—Ahora entiendo por qué te enamoraste de ella, Evan.

—Yo también… —susurré, mirándola con algo de asombro contenido—. Aunque no lo supe de inmediato.

Lucía no dijo nada más. Solo tomó mi mano. Su madre se levantó después de un rato, llevándose consigo el control remoto y el recuerdo de lugares que ninguno de los presentes podía imaginar del todo, excepto yo.

La televisión quedó en silencio.

Pero nuestras memorias… no.

***

LUCÍA.

Ya era tarde. La casa dormía poco a poco.

Los pasos de mis hermanas se habían apagado, mi madre ya no estaba en la sala y el silencio de la villa era una brisa tranquila que se colaba por la ventana entreabierta de nuestra habitación.

Estaba recostada de lado, porque bueno, estar de espaldas era imposible con esta panza monumental. Frijolito se movía, como si también buscara su lugar. Sentí la sábana suave, el colchón hundiéndose del otro lado, y a Evan… tan callado, tan presente.

—¿Estás despierta? —preguntó en voz baja.

—No —respondí, sonriendo levemente sin abrir los ojos.

—Entonces estoy hablando con una embarazada sonámbula.

Solté una pequeña risa.

—Tú sabes que no puedo dormir del todo. Me patea el hijo que me diste cada cinco minutos.

Se acercó. Sentí su mano cálida recorrer mi brazo y luego mi panza, como siempre hacía. Como si intentara calmarlo con solo su tacto.

—¿Está activo?

—Mucho —respondí sin abrir los ojos—. Creo que se emocionó con las noticias. Será activista o algo así. Como su abuela.

—O su madre.

—Yo solo soy una enfermera.

—Una que me salvó la vida.

Abrí los ojos lentamente. La habitación estaba apenas iluminada por la lámpara de noche. Lo vi ahí, con el torso desnudo, las cicatrices a la vista, y esa expresión que no se le iba nunca cuando creía que no lo estaba mirando.

Me incorporé un poco. La panza protestó. Frijolito también. Pero logré quedar de medio lado, frente a él. Apoyé mi mano en su pecho, justo sobre esa marca larga y fea que una vez me hizo llorar cuando supe cómo la obtuvo.

—¿Te preocupa que tus padres se vayan? —preguntó.

—Un poco —confesé—. Pero confío en ellos. Y… confío en ti.

Evan bajó la mirada a mi vientre, luego a mis ojos.

—Lucía.

—¿Mm? —respondí acariciando suavemente su nuca con la yema de mis dedos.

—Cuando tengamos la casa… prométeme algo.

—¿Otra promesa? ¿Acaso no te firmé ya un contrato de amor vitalicio?

—Estoy hablando en serio —dijo, con ese tono que mezcla ternura con advertencia, ese que usa cuando quiere que lo escuche de verdad.

—Está bien, está bien. Dispara.

—No vas a pintar la habitación de frijolito con colores feos.

Lo miré en silencio. ¿Eso era en serio?

—¿Colores feos?

—Sí, ya sabes. Nada de esos verdes chillones, ni amarillos que lastiman la vista, ni esos muebles enormes y extravagantes con forma de jirafa o castillo medieval.

—¿Quién te hizo tanto daño en el pasado para que odies una cuna con forma de nave espacial?

—No es odio, es sentido común. Solo ropita, cosas básicas, suaves, colores neutros. Nada que grite "aquí vive un bebé influenciado por Pinterest".

Tuve que morderme el labio para no soltar una carcajada. Lo estaba diciendo completamente en serio.

—¿Y eso por qué? —le pregunté acariciando su mejilla.

—Porque aún no sabemos qué es —dijo bajando la voz, como si frijolito pudiera oírlo y ofenderse—. Y me gusta que así sea. Que lo descubramos cuando llegue. Que sea nuestro primer regalo. El misterio… es bonito.

Me quedé callada por unos segundos. Mirándolo. No solo por lo que dijo… sino por cómo lo dijo.

—¿Tú eras así antes?

—¿Así cómo?

—¿Tan dulce?

Se encogió de hombros.

—Tal vez no. Tal vez sí. Solo que antes, nadie se había tomado el tiempo para descubrirlo.

Me acerqué, con dificultad por la panza, y besé sus labios despacio. Luego apoyé mi frente en la suya.

—Está bien, prometo no poner colores feos. Pero reservo el derecho de comprar al menos una jirafa decorativa. Pequeña.

—Mientras no tenga luces LED ni suene como robot, estamos bien.

Nos reímos. Juntos. Acurrucados en esa cama que ya nos quedaba pequeña por culpa de frijolito, pero que no cambiaríamos por nada del mundo.

Esa noche dormimos entre suspiros, promesas y caricias.

Y aunque las guerras estuvieran en los noticieros, y aunque el pasado de Evan aún estuviera lleno de sombras…

Aquí, en esta cama, en esta villa, en este momento…

Estábamos en paz.

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