Cherreads

Chapter 74 - Capitulo 72

LUCÍA.

A la mañana siguiente, el cielo apenas comenzaba a aclararse cuando Evan ya estaba vestido, revisando por tercera vez una carpeta con documentos, su identificación provisional y algunos papeles que su agente le había pedido llevar. Había dormido poco, pero con una calma distinta. Era como si por fin, después de meses de cargar un peso invisible, pudiera respirar más profundo.

Yo también estaba lista, con mi ropa de maternidad más cómoda y mis sandalias suaves, porque no iba a dejarlo ir solo en un momento como ese.

—¿Estás segura que quieres venir? —me preguntó por enésima vez mientras ajustaba la correa de su reloj—. Puede que sea largo… o aburrido.

—Evan —le respondí con una sonrisa tranquila—, estuve a tu lado en medio del calor infernal del sudeste asiático con agujas, sangre, y tu medio muerto. Creo que puedo aguantar una oficina con aire acondicionado y sillas acolchonadas.

Se rio suave. Ese tipo de risa que solo tenía en los últimos meses.

Poco después, salimos en el auto hacia la Oficina de Coordinación Federal de Identidad y Protección Ciudadana, una dependencia que aunque suene aburrida era una de las pocas autorizadas para manejar casos de identidad especial en cooperación con ramas del ejército. Todo había sido organizado con tanto cuidado, con abogados militares y contactos de mi tío Alejandro, para que nadie ajeno al proceso supiera quién era realmente Evan… ni lo que había pasado con él todos estos años.

Mientras avanzábamos por la carretera, Evan llevaba una mano en el volante y la otra entrelazada con la mía. No hablábamos mucho. No hacía falta.

Cuando llegamos, nos recibió un edificio de tonos grises, con ventanales que reflejaban el cielo ya despejado de agosto. El lugar estaba silencioso, con un ambiente limpio, burocrático, y lleno de pasillos que olían a tinta y café.

Un hombre de traje oscuro, alto, con una placa discreta en su solapa, nos esperaba en la entrada. El agente Valderrama, el mismo que había sido el contacto directo de Evan desde marzo.

—Callahan —dijo, con una leve sonrisa—. Es un buen día para volver a existir oficialmente, ¿no?

Evan soltó una risa por la nariz mientras se estrechaban las manos.

—Ya me estaba acostumbrando a ser un fantasma —respondió.

—No te preocupes, igual seguirás siéndolo… al menos para el resto del mundo. Tu archivo completo seguirá clasificado. Lo que hoy firmas es tu identidad civil, tu derecho a ser reconocido por tu nombre, tus antecedentes educativos previos al secuestro, y la documentación nacional vinculada a tu regreso.

Yo escuchaba todo desde la silla al costado, con las piernas cruzadas y mi mano sobre mi vientre. Frijolito se movía suavemente. Como si también supiera que algo grande estaba pasando para su papá.

Entramos a una sala privada. Ahí estaban los papeles listos, junto a dos funcionarios más y una tablet que registrarían todo electrónicamente. Evan los miró durante unos segundos, luego tomó la pluma, respiró hondo…

Y comenzó a firmar.

Una, dos, tres firmas. Luego puso su huella digital. Luego otra firma. Y finalmente, digitó por primera vez en años su nombre real en un teclado oficial.

Evan Callahan.

—Listo —dijo Valderrama mientras sellaba los últimos documentos—. Ya no estás perdido. Bienvenido de nuevo, Evan.

Yo me puse de pie, sintiendo que el aire se aligeraba en mis pulmones también.

—Ya era hora —murmuré, sonriendo.

Evan me miró. Sus ojos, aunque firmes, brillaban con ese destello de algo que había sido enterrado mucho tiempo. Identidad. Raíz. Lugar.

Por fin.

Después de ocho años perdido y casi un año desde que lo saqué del infierno... Evan estaba completo otra vez.

Y ya nada ni nadie podría quitárselo de nuevo.

Al salir del edificio, la luz del sol nos envolvió con una calidez que no había notado en toda la mañana. No sé si era el clima o simplemente la sensación de que algo muy grande acababa de cerrar un ciclo. Evan caminaba a mi lado, con los papeles en una carpeta bien sellada y su celular vibrando con notificaciones que ignoraba por ahora. Se veía… diferente. Tranquilo, pero no por fuera. Era algo interno. Una calma que rara vez se ve en alguien que estuvo perdido tanto tiempo.

—¿Y ahora qué vas a hacer, señor "ya tengo identidad legal"? —le pregunté con una media sonrisa, entre broma y curiosidad genuina.

Se detuvo junto al auto, soltando un suspiro largo, sin el peso de antes.

—Por ahora… nada. —Dijo encogiéndose de hombros, girando hacia mí—. Solo quiero unos días tranquilos. Sin papeles, sin oficinas, sin firmas. Ya después veré qué hacer.

Asentí, cruzándome de brazos mientras la brisa me alborotaba el cabello.

—Entonces —dije—, si no tienes nada urgente que hacer en unos días… ¿qué te parece si usamos ese tiempo para ir viendo las cosas para frijolito? La cuna, la ropita, los muebles, y claro… cosas para la casa. Digo, ahora que por obra divina del destino puedes ponerla a tu nombre sin depender del mío.

Evan me miró, ladeando la cabeza, su sonrisa creciendo poco a poco.

—Me parece una excelente idea.

—¿Sí?

—Claro. Y ya que no tenemos encima ningún ataque, persecución, hospital clandestino ni emboscada armada… suena incluso relajante.

Reí.

—No deberías bromear así… pero lo acepto.

Estaba a punto de abrir la puerta del carro cuando me detuve, dándole una ligera mirada de reojo.

—Pero antes que todo eso…

—¿Sí?

—Vamos a comer. Apenas nos despertamos vinimos hasta acá, y mi estómago está al borde de iniciar una revolución. Y no hablo solo por mí —me señalé la panza con una mano—. Frijolito ya pateó dos veces exigiendo desayuno.

Evan soltó una carcajada, levantando las manos en señal de rendición.

—Está bien, está bien. ¿Dónde quieres comer? ¿Algo tranquilo o buffet hasta morir?

—Mmm… —hice una pausa dramática mientras abría la puerta—. Te dejo elegir. Solo que tenga postre. Y aire acondicionado. Y sillas cómodas. Y baños limpios. Y pan.

—Ah, claro. Solo me pides todo un spa de comida.

—Soy una mujer embarazada, tengo derecho a exigir. Lo dice la ley, o algo así.

Nos reímos juntos mientras subíamos al carro, y mientras él encendía el motor, yo me acomodé en mi asiento, bajé la ventanilla y respiré profundamente. Por primera vez en mucho tiempo, el aire de la ciudad me supo a comienzo. A vida. A presente real.

Evan Callahan ya no era un fantasma.

Y ahora, íbamos a buscar el nido para nuestra pequeña familia.

Con calma. Con libertad. Con nosotros.

Apenas íbamos saliendo del estacionamiento cuando el sistema del auto vibró con una llamada entrante. Vi el nombre y sonreí. Sin mirar a Evan, toqué el botón para contestar y encendí la pantalla.

—Buenos días, suegra querida —canturreé con fingida formalidad.

—¡Buenos días, mi niña favorita! —la voz de Emily retumbó por los altavoces del auto, y de fondo se escuchó un sonido alborotado que claramente eran voces peleando por hablar—. ¡Dame el teléfono, Emma, no lo toques así! —Emily gritaba entre risas, mientras yo apenas podía contener las mías.

—¡¿Dónde está?! —la voz de Robert, el papá de Evan, llegó con fuerza.

—¡Evan, ¿estás ahí?! —Thomas.

—¡Que alguien me diga si ya acabó! —Emma, chillando de fondo como si estuviera en una película de acción.

Evan soltó una carcajada a mi lado y alzó la ceja, presionando el altavoz.

—Estoy aquí, todos tranquilos. No necesito protección testigo… todavía.

—¡Ay, por favor! —Emily resopló—. Han sido meses de estrés, de papeles, abogados, juntas por videollamada, viajes y más juntas. ¿Y así nos saludas?

—Lo siento, lo siento —dijo Evan con una sonrisa genuina—. Ya acabó. Hoy firmé lo último. Oficialmente, tengo mi identidad de regreso.

Hubo un silencio apenas contenido antes de que la pantalla explotara en gritos, aplausos y algún que otro sonido de golpe. Al parecer, Emma estaba saltando y se había caído. Robert decía algo como "al fin, al fin, por fin", mientras Thomas simplemente sonreía ampliamente en la esquina de la pantalla.

Yo los miraba a todos, con el corazón caliente y los ojos ardiendo. No podía evitarlo. Verlos tan unidos, tan emocionados por él, por lo que había logrado, por lo que estaba recuperando... me hacía querer abrazarlos a todos en persona.

—¿Cómo estás, hijo? —preguntó Robert ahora, su voz algo más seria pero cálida.

Evan lo pensó un momento. Apretó el volante con una mano y dijo:

—Bien. Realmente bien. Aún es raro decirlo… pero ya puedo respirar sin mirar detrás de mí.

Hubo un nuevo silencio, pero esta vez fue distinto. Uno emocional. De esos que dicen más que las palabras.

—Y ahora qué, ¿a celebrar? ¿Van a salir a comer? —preguntó Thomas.

—Exacto —intervine—. Vamos directo a devorar todo lo que se nos ponga enfrente. Bueno… casi todo.

—Y después —añadió Evan—, iremos a ver cosas para frijolito. Y probablemente esta semana, si todo sale bien, firmaremos para comprar la casa.

—¿Ya? —exclamó Emma desde el fondo.

—Sí, pero no hoy —dijo Evan—. Aún quiero esperar un poco antes de usar mi nombre en documentos grandes. Solo por seguridad. Darle un tiempo prudente al sistema, que se enfríen los rastros. Luego, abriré una cuenta bancaria nueva para empezar a mover dinero de forma legal, poco a poco, sin levantar alertas.

Emily suspiró como una madre que ha aprendido a vivir con ciertas verdades.

—Tú sabes lo que haces, hijo. Pero no olvides que ya no estás solo. Nosotros estamos aquí. No tienes que resolverlo todo tú, ¿sí?

Evan asintió, aunque ella no podía verlo. Yo tomé su mano sobre el volante y la apreté con fuerza.

—Lo sé. Gracias, mamá.

Thomas asintió también.

—Y oye, cualquier cosa… tengo un contacto en Chicago si necesitas pasar algo rápido por debajo del radar.

—¡Thomas! —gritaron todos al mismo tiempo.

—¡Era una broma! ¡Una broma!

Reímos todos y por fin, la llamada comenzó a despedirse. Emily dijo que nos llamaría más tarde, que los niños, como ella les decía a sus hijos de veintitantos, querían preparar algo especial cuando fuéramos a visitarlos, y que se cuidaran mucho.

—Te amamos, hijo. —fue lo último que dijo ella.

—Yo también —murmuró Evan, bajando la mirada un momento antes de cortar.

Cuando la pantalla se apagó, el auto quedó en silencio, solo con el ruido suave de la ciudad.

—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja.

—Sí. Sólo... no pensé que esto doliera tanto y sanara igual. Como si hubieran estado esperando todo este tiempo… y yo sin saberlo.

Me acerqué y besé su mejilla.

—Te estaban esperando. Solo que ahora, también te tienen.

Sonrió, sin decir nada, y giró hacia la avenida principal.

—Bueno, vamos por comida. Porque frijolito está a punto de comerse mis emociones.

—Y mis riñones —le corregí, frotándome el costado con dramatismo.

Ambos reímos mientras avanzábamos, con el día apenas comenzando… pero con una vida nueva extendiéndose frente a nosotros.

Estábamos en el centro comercial desde hacía apenas unos minutos y ya había contado al menos cinco miradas demasiado evidentes… y otras tantas más que se notaban aunque intentaran disimularlo. Algunas curiosas. Otras escandalizadas. Varias con ese toque de juicio que uno puede sentir sin necesidad de escuchar una sola palabra.

No los culpaba.

Quiero decir… ¿quién no miraría a una mujer embarazada de ocho meses, de veintisiete años, caminando de la mano con un chico de apenas diecinueve que parecía más modelo de revista que pareja en la vida real?

Yo sí los miraría. Lo admito.

—Nos están viendo —murmuré, fingiendo una sonrisa mientras me aferraba más al brazo de Evan.

—Nosotros también los estamos viendo a ellos —respondió con ese tono tranquilo suyo, como si estuviéramos caminando por un bosque y no por un centro comercial abarrotado de miradas ajenas.

—Es que parecemos… —me detuve, buscando una forma suave de decirlo.

—Parecemos una mujer embarazada hermosa y radiante, acompañada de su novio adolescente ultra sexy. Lo sé. Es un crimen —dijo, guiñándome un ojo.

Rodé los ojos, pero no pude evitar reír.

—No ayudas.

—Yo jamás ayudo. Solo te acompaño —añadió, girando su rostro para besarme la sien.

Y otra mirada más se clavó en nosotros desde la tienda de bebés.

—Ya sabes, antes de ti jamás me imaginé en esto —murmuré, mientras nos deteníamos frente al enorme escaparate lleno de cunas, mantas, peluches, lámparas suaves y colores pasteles—. Venir a buscar cosas para un bebé. Caminar por centros comerciales sintiéndome como una ballena elegante. Agarrada de la mano de un adolescente que ha vivido más que todos los hombres que conocí antes de ti juntos.

Evan me miró en silencio un momento. Luego bajó la mirada a mi vientre.

—Y yo antes de ti no sabía cómo se sentía… el hogar. Ahora, hasta en medio de un centro comercial lleno de ojos, me siento en paz. Aunque nos vean como si fuéramos una especie de anomalía biológica.

—¿Lo somos?

—Totalmente. Pero una hermosa anomalía.

Volvimos a caminar. Mis pasos ya eran lentos por la panza y el dolor en la espalda, pero él se ajustaba con una paciencia infinita. Me preguntaba todo el tiempo si quería sentarme, si necesitaba agua, si mis pies estaban bien. Me hacían cosquillas esos detalles. Me hacían suspirar. Me hacían… jodidamente feliz.

Nos detuvimos en una tienda para bebés. Entramos y el aire acondicionado me acarició como una caricia de los dioses. Apenas traspasamos el umbral, una vendedora se acercó con esa sonrisa ensayada.

—¿Buscando algo en particular?

—Todo —dije antes de que Evan pudiera hablar—. Aún no sabemos si es niño o niña, así que… neutrales, por favor. Ah, y suaves. Todo suave. Suave como nubes. No quiero que nuestro hijo tenga nada que pique.

Evan solo rió.

—Y que no sea ridículamente caro —añadió, alzando las cejas—. Aunque ella va a ignorarme por completo en eso.

—Obvio —sonreí.

La vendedora solo se rió con nosotras mientras comenzaba a mostrarnos cosas.

Evan caminaba por los pasillos con una concentración casi ridícula, tocando la tela de cada manta, de cada babero, viendo cada cuna como si fuera un ingeniero calculando estructuras de batalla. En el fondo, yo sabía que era porque estaba emocionado. No lo decía con palabras grandes… pero sus gestos hablaban por él.

Estaba emocionado.

Estaba aquí.

Y seguíamos siendo mirados. Pero ya no importaba.

Yo no solté su mano.

Y él no soltó la mía.

—¿Podrías decirme las medidas exactas de esta cuna? —le pregunté a la vendedora mientras sacaba mi libreta del bolso. Sí, libreta. Con dibujos, ideas, colores, y un par de manchas de chocolate. Lo usual en mí últimamente.

La mujer asintió con una sonrisa y fue por un pequeño catálogo técnico.

—Vamos a necesitar las medidas exactas de todo lo que compremos para frijolito —le dije a Evan, señalando mi panza como si el bebé pudiera escucharnos y asentir desde dentro—. Antes de gastar en una cuna hermosa y ver que no cabe por la puerta.

—Mejor eso a que pongas colores feos en la habitación —murmuró él, sin alzar la vista mientras acariciaba con una ternura desproporcionada una cobijita beige con pequeños dibujos de estrellas.

—¿Ya vamos a empezar con eso otra vez? —reí, dándole un pequeño empujón con la cadera—. Colores neutros. Lo sé. Nada de colores estridentes ni de muebles llamativos. Señor "me gusta el minimalismo".

—Solo digo… —se encogió de hombros con una sonrisita— que si vamos a preparar el primer cuarto para nuestro primer hijo, debería ser acogedor. Calmo. Y no un desfile de arcoíris fluorescente.

—Ugh. Eres peor que mi madre.

—Gracias —dijo, sonriendo satisfecho.

La vendedora regresó con un catálogo y comenzamos a apuntar medidas. Cuna, cambiador, sillón de lactancia o "trono de mamá", como lo llamé al instante, alfombra, y una cómoda que no gritara "vintage recargado de Pinterest".

Todo anotado.

Y justo cuando pensaba que no podía emocionarme más… llegamos a la sección de ropa.

—Oh, no —murmuró Evan cuando mis ojos brillaron como si hubiese encontrado oro—. Aquí perdemos a Lucía.

—Mira esto —dije, levantando un diminuto body blanco con un estampado de ovejas dormidas—. ¡Dios mío, es más pequeño que mis dos manos juntas!

—Y cuesta como si estuviera hecho con hilo de oro.

—Cállate y toca esto —le puse la tela en la mejilla—. ¿Sientes esa suavidad? Esto es lo que frijolito merece.

Evan rodó los ojos, pero sonrió.

—Yo creí que íbamos a ver cosas prácticas. Ya sabes… ¿dónde va a dormir el bebé? ¿Cómo se va a bañar? ¿Qué tipo de silla de carro necesita? Pero claro… tú lo llevas directo a la moda.

—¿Y quién va a cargarlo las primeras semanas mientras yo me recupero? —alzando una ceja—. Exacto. ¡Tiene que estar presentable!

—Lo único que me importa es que esté calientito, limpio… y que tenga tu misma sonrisa. Lo demás lo resuelvo yo —dijo, tocando mi panza con una ternura que me partió el alma.

No respondí de inmediato. Porque el nudo en mi garganta no me lo permitió.

Lo amaba.

No sé cómo explicarlo, pero verlo emocionado escogiendo una mantita o probando qué tan suave era una pijama del tamaño de su mano… era un tipo nuevo de amor. Uno que te pega lento, en los huesos. Que se te queda en la sangre.

Frijolito tenía un padre que lo adoraba antes de nacer.

Y yo tenía a Evan.

—Vamos a ver la casa otra vez esta tarde para medir bien la habitación —le dije cuando retomé el aliento—. Si vamos a comprar esto, quiero estar segura de que todo encaja. No me voy a arriesgar.

—Perfecto. Hoy llevamos medidas. Mañana tal vez colores. Pero nada de violetas psicodélicos, ¿queda claro?

—Neutros. Lo juro. —Y después, con una sonrisa coqueta— Pero tal vez le ponga uno que otro detallito con llamas. Ya sabes. Por los genes peligrosos que viene cargando.

—Lucía…

—Bromeo. —Mentira. No bromeaba del todo.

Salimos de la tienda con las manos vacías, pero el alma… llena. Y no exagero.

Entre los catálogos de muebles, tallas de ropa, cupones de descuento y el papelito doblado donde anoté "medidas exactas habitación frijolito", casi me sentía como una madre profesional. Casi.

La vendedora me había dado todo, incluso un calendario estimado de crecimiento del bebé durante los primeros seis meses y una hoja de recomendaciones para lavar ropa delicada de recién nacidos. ¿Quién era yo? ¿Quién era esta mujer embarazada que casi llora con una cobijita de pingüinos?

Caminamos hacia la salida mientras yo guardaba los papeles, y fue ahí cuando noté a las cajeras. Tres chicas jóvenes. Nos miraban con una expresión entre "¡Awww!" y "¡Dios mío, qué lindos!". Literalmente, como si les estuvieran brotando flores de la cabeza. Como en anime.

Me solté una risa bajita.

—¿Qué? —preguntó Evan, notando mi sonrisa.

—Nada. Solo… parece que causamos felicidad a extraños. ¿Lo ves?

—Eso es porque soy ridículamente atractivo. —Dijo con total seriedad, como si no llevara una camiseta manga larga negra básica y unos jeans cualquiera.

—No, es porque tienes cara de papá tierno. Y eso derrite ovarios, no lo sabías.

Evan resopló una risa y me envolvió el brazo con el suyo, tirando suavemente de mí mientras bajábamos hacia el siguiente piso.

—Entonces, ¿comida ahora? ¿Quieres ir al área de comida rápida, o prefieres un restaurante con meseros, velitas, música de fondo y esas cosas elegantes que detestas?

Me mordí el labio. Solo me bastó cerrar los ojos por un segundo.

Y lo vi. Jugosa. Pan suave. Dos carnes. Queso derretido. Papas crujientes con aderezo de ajo. La gloria celestial entre dos panes.

—Nada elegante —dije con una determinación que sorprendió hasta a una señora que pasaba al lado—. Solo necesito un lugar donde me sacien el antojo. Y el hambre. Por dos.

—Hamburguesas entonces —dijo Evan, como si me hubiera leído la mente, sonriendo mientras se inclinaba para besarme la frente—. Con papas extra. Y bebida grande.

—Te amo —le respondí con voz arrastrada, pegándome aún más a su brazo mientras caminábamos hacia el área de comida como si estuviera flotando.

Cada paso que daba pensaba en frijolito. En la habitación, en el color de las cortinas, en la lámpara con forma de nube que vi en el catálogo, en dónde pondríamos la cuna.

Y luego vino lo inevitable.

Imaginé su carita.

¿Y si tenía el cabello negro de Evan? Suave, rebelde, con ese brillo que se vuelve casi azul bajo el sol.

¿Y mis ojos? ¿Esos ojos verdes que mamá siempre decía que heredé de mi abuela?

O tal vez lo opuesto… ¿Y si nacía con mis rizos dorados de bebé y los ojos intensos de Evan, esos que parecen mirar a través de ti?

—¿Y si sale con tus cejas fruncidas de ex-agente retirado a los dos meses? —le pregunté en voz baja, bromeando mientras lo veía elegir el local con más fila, claramente el mejor lugar para saciar antojos de embarazada.

—¿Y si sale con tu sentido de dramatismo cuando no hay ketchup suficiente? —me respondió sin dudar, mirándome de reojo con una sonrisa.

Reímos juntos.

Y por un instante, entre los olores de comida, el bullicio del centro comercial y las luces blancas del pasillo… sentí que el mundo era exactamente como debía ser.

A nuestro ritmo.

A nuestro modo.

Con frijolito en camino, y nosotros dos, tan diferentes, tan imperfectos, construyendo una vida.

Una deliciosa, caótica, hermosa vida.

More Chapters