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Chapter 12 - Capítulo 12.1 - La Mano del Rey

Kahos avanzaba emocionado, persiguiendo a Akari como un depredador seguro de su presa.

Akari corría, pero su mente estaba en otra parte.

No dejaba de pensar en Zafiro.

¿Estará bien?

Era la primera vez que ella enfrentaba a uno de los legendarios Siete Reyes Demoníacos, seres capaces de destruir el mundo con tan solo existir.

Akari murmuraba sus pensamientos sin darse cuenta...

Y Kahos, divertido, escuchó cada palabra.

—Mira nada más... —sonrió con malicia—. No somos leyendas, humano. Estás equivocado.

Nosotros no somos cuentos. Somos dioses.

Antes de que Akari pudiera reaccionar, Kahos apareció frente a el, superando su velocidad. Abrió ambas palmas y habló con voz relajada pero letal.

—Ráfagas Malditas...

Su mirada se volvió fría.

—Yo decido quién vive en mi paraíso... y quién no.

Pero...

Una voz se escuchó.

El espacio se deformó.

Un salto temporal de cinco segundos ocurrió sin que Kahos pudiera entenderlo.

Una luz verde se expandió brevemente como un latido en el aire.

Kahos quedó paralizado, confuso.

—Eso... no acaba de pasar... —murmuró.

Cuando volvió a reaccionar...

Akari estaba frente a él.

A una velocidad sobrehumana.

Su puño izquierdo ya estaba a centímetros de su estómago.

Kahos intentó burlarse nuevamente.

—¿Crees que un simple golpe puede detenerme? Te lo repito... ningún mortal insignificante podrá contra un Dios D—

—¡Cierra el puto hocico! —rugió Akari.

Su puño se iluminó.

—¡Una hora en un segundo!

Y el mundo estalló.

En ese único segundo...

Kahos recibió el equivalente a cien golpes en estómago, pecho y rostro.

Su cuerpo no podía procesarlo.

Su mente no podía comprenderlo.

Fue lanzado brutalmente hacia atrás.

Akari se movió incluso más rápido, superando su propio límite.

Apareció sobre él, giró su cuerpo en el aire y estiró su pierna derecha.

El impacto fue devastador.

El golpe descendió con la fuerza de una tormenta celestial, aplastando a Kahos contra el suelo y dejándolo inmóvil durante varios segundos.

Akari aterrizó firme.

—Mi deber no es pelear contigo... —dijo fría—.

Debo encontrar a Viktor y Kiku.

Y en un milisegundo...

Desapareció.

Kahos quedó tirado, destrozado, en silencio.

Su mente era un torbellino.

¿Cómo...?

¿Cómo un humano pudo rivalizar conmigo?

Recordó sus combates anteriores.

Kiku.

Viktor.

Itsurō.

Akari.

Y una figura envuelta en luz....

Un recuerdo borroso.

Un rostro que no sabía cuándo vio... pero que lo aterraba.

Kahos apretó los dientes.

El temblor en su cuerpo se transformó en rabia.

—¡Un simple mortal... pudo humillarme... a mí... un Dios Demonio! —rugió.

Se levantó con furia, cerrando los puños hasta hacer sangrar sus palmas.

El suelo se rompió bajo sus pies.

Una energía oscura, densa, demoníaca estalló alrededor.

—Si esos malditos humanos pueden derrotarme... entonces no puedo confiar en nadie.

Si existe la posibilidad de que surjan más... —una sonrisa enferma se abrió en su rostro—

Los destruiré a todos.

La tierra tembló.

Kahos levantó su mano.

Una esfera de energía oscura comenzó a formarse en su palma.

Pequeña al principio...

Pero creciendo con velocidad aterradora...

Su risa ya no era divertida.

Era la risa de alguien que había perdido toda cordura.

—Van a morir todos...

¡Malditos seres de porquería!

¡Haré que este mundo se derrumbe!

Y entonces... todo volverá a la normalidad.

La esfera crecía...

Y el mundo se oscurecía...

En otro punto del campo de batalla...

El cuento del niño

Kiku estaba sentado.

Su espada clavada en el suelo.

Su cuerpo alerta.

Sangre seca en su rostro.

Protegiendo a la niña.

Y a Viktor inconsciente.

La niña lo miraba.

—Kiku... ¿Por qué los demonios son tan malvados?... ¿Por qué quieren lastimarnos?

Kiku guardó silencio unos segundos.

Luego suspiró.

Soltó la espada.

Limpió un poco el suelo.

Tomó una piedra grande y la puso allí como si fuera un asiento.

Tocó la piedra.

Luego miró a la niña.

—Siéntate.

Ella lo miró confundida...

Pero sonrió.

—¿Me vas a contar un cuento, viejo pervertido?

Kiku palideció.

—¡No soy viejo! ¡Ni pervertido! —gruñó.

Pero la sonrisa de la niña lo desarmó.

Y terminó suspirando.

—Te contaré sobre un niño...

Un niño realmente valiente.

La niña se sentó atenta.

El viento sopló.

Y el pasado comenzó a revivir.

—Hace mucho... en un pueblo pobre pero lleno de risas...

Vivía una familia —dijo Kiku—.

No eran ricos... pero eran felices.

Su apellido era...

Awago.

Un hombre comía ramen en un pequeño puesto.

—Ren... —dijo el cocinero, Hiroshi, molesto—.

¿Me pagarás hoy? Me debes demasiados tazones.

Ren sonrió nervioso.

—Hiroshi... las cosas están difíciles...

—¡Consigue un trabajo digno! —gruñó Hiroshi—.

Deja de vivir de la bondad de otros.

Ren dejó los palillos.

Su mirada se volvió seria... sin arrogancia, sin orgullo.

Solo verdad.

—Quiero alimentar a mi esposa.

Y a mis dos tesoros.

Kiku... y Sakura.

Pero nadie quiere contratar a alguien como yo.

Soy pobre.

Soy común.

Pero quiero darles una vida mejor.

Ellos son todo mi mundo.

Hiroshi apretó los labios.

—Tch... si quieres... limpia el local.

Te pagaré.

Ren lo miró...

Y sonrió.

—¿En serio?

Ren terminó el trabajo en silencio.

El último plato quedó limpio.

El vapor del agua caliente se elevaba lentamente en el pequeño local de ramen, mezclándose con el olor del caldo y la grasa vieja pegada a las paredes.

Hiroshi lo observó desde el mostrador, serio.

—Ya está —dijo Ren, secándose las manos con un trapo gastado.

Hiroshi suspiró, metió la mano bajo el mostrador y dejó unas monedas sobre la madera. No eran muchas. Apenas lo justo.

Luego, empujó un cuenco hacia él.

No estaba lleno.

No era nuevo.

Eran restos de ramen.

Ren dudó un segundo.

Miró alrededor.

En las mesas solo quedaban sombras.

Sombras de clientes que ya se habían ido.

Cuencos a medio terminar.

Palillos abandonados.

Comida que nadie quiso acabar.

—No es caridad —gruñó Hiroshi—. Iba a tirarse.

Ren inclinó la cabeza.

—Gracias.

Tomó el cuenco y las monedas como si fueran algo frágil.

Como si fueran todo.

Entonces lo vio.

A través de la entrada del local.

Un grupo de soldados del rey deteniendo a una pareja en la calle.

—Ustedes ya conocen la recaudación semanal —dijo uno con voz seca—. Mil yenes por persona.

Si no pagan... serán encarcelados y torturados por la mano del rey.

La mujer temblaba.

El hombre la sujetaba con fuerza.

Por la ropa, por sus manos gastadas, era evidente que no eran ricos.

La gente alrededor miraba.

Pero nadie intervenía.

—Se lo merecen —murmuró alguien—. Esa clase de gente no sirve para nada.

Otro grupo rió.

—Si no tiene dinero, ¿por qué no vende su cuerpo? —dijo una voz burlona.

—Aunque... —respondió otra entre carcajadas— ningún hombre cuerdo estaría con ella. Solo una escoria igual.

El hombre escuchó todo.

Apretó los dientes.

Se colocó delante de su esposa.

—Si van a llevarse a alguien... llévenme a mí —dijo con voz firme—.

Pero no a mi mujer.

Está embarazada... por favor.

Uno de los soldados sonrió con crueldad.

—¿Dejarla viva? —se burló—. ¿Para que muera luego con el bebé?

Es mejor que mueran ambos por la mano del rey.

Una risa resonó detrás de ellos.

El general apareció, tambaleándose levemente.

En la mano llevaba una botella de alcohol.

—¿Por qué tardan tanto? —preguntó con voz extraña.

El hombre cayó de rodillas.

—Por favor... lléveme a mí.

Mi vida no vale mucho... pero déjela ir.

El general lo miró un segundo.

Y rió.

—Tu vida no vale nada.

Le lanzó la botella con violencia.

El vidrio se rompió contra la cabeza del hombre.

La sangre cayó al suelo.

Algunos soldados dudaron.

—Creo que... se pasó esta vez, general —murmuró uno.

El general se quedó en silencio dos segundos.

Luego gritó, furioso:

—¡Esto pasó por culpa de ellos!

¡Y ustedes, malditos chismosos! —se giró hacia la gente—

¿Quieren ser juzgados también por la mano del rey?

El miedo fue inmediato.

Las personas se dispersaron, una tras otra.

La mujer abrazó a su esposo, desesperada.

Rompió un trozo de su ropa para detener la sangre.

Algunos hombres que aún no se habían ido la miraban con lujuria.

Ren dio un paso adelante.

Pero una mano fuerte lo sujetó del brazo.

Hiroshi.

—No —susurró, apretándolo con fuerza—.

Sé lo que sientes.

Sé que te duele.

Se inclinó hacia su oído.

—Pero tienes una familia.

Ellos son tu mundo.

Si intentas salvarlos...

piensa solo dos segundos, Ren.

Ren tembló.

Miró al hombre sangrando.

A la mujer llorando.

Una figura que yacía recostada contra una casa cercana se incorporó lentamente.

El sonido del vidrio rompiéndose contra la cabeza del hombre aún resonaba en el aire.

La figura dio un paso adelante.

Llevaba un impermeable negro, largo, empapado de suciedad y lluvia vieja.

El rostro permanecía oculto bajo la sombra de la capucha.

Nadie le prestó atención al principio.

Uno de los hombres, gordo y de risa fácil, soltó una carcajada estruendosa.

—¡Jajajaja! —dijo—. ¡Mírenlo! El general se pasó esta vez.

Otra persona, más nerviosa, murmuró:

—Romperle la botella en la cabeza... eso fue demasiado, general.

La figura del impermeable siguió avanzando.

Sus pasos no hacían ruido.

El general apenas giró la cabeza, irritado por los comentarios, cuando la figura se agachó lentamente junto al suelo manchado de sangre y vidrio.

Apoyó una mano en el suelo.

Luego la otra.

Como si buscara algo.

Sus dedos recorrieron el piso entre los restos de la botella rota... Luego, en un movimiento rápido y preciso, sacó dos espadas desde el interior de su impermeable.

Sin decir una sola palabra, se lanzó hacia adelante.

Los levantó con calma.

Sin prisa.

El hombre gordo seguía riendo, sin darse cuenta.

—¿Y tú qué miras, eh? —dijo burlón, señalando a la figura—. ¿Te dio miedo la escena?

La figura no respondió.

Con un movimiento seco y preciso...

Las espadas desaparecieron bajo el impermeable.

Directamente.

Uno de los corte que le dio fue en el costado del hombre gordo.

El otro, más arriba, atravesó la carne blanda cerca del pecho.

No fue un golpe brutal.

Fue limpio.

El gordo dejó de reír.

Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido.

Sus ojos se llenaron de confusión.

La figura retiró lentamente las manos, ahora manchadas de sangre, y dio un paso atrás.

El hombre cayó de rodillas.

Luego de costado.

El silencio fue absoluto.

Los soldados tardaron un segundo en reaccionar.

El general retrocedió instintivamente, con la botella rota aún en la mano.

—¿Q-qué... qué hiciste...? —balbuceó el general.

La figura del impermeable levantó lentamente la cabeza.

Desde la sombra de la capucha, dos ojos fríos observaron al grupo.

No había rabia.

No había odio.

Solo una calma incómoda.

Una calma que no pertenecía a alguien normal.

El hombre herido en el suelo se retorcía, intentando respirar.

La figura habló por primera vez.

Su voz era baja.

—Romper una botella en la cabeza de un hombre indefenso... —dijo—

Eso sí es pasarse.

El general tragó saliva.

Y por primera vez...

Sintió miedo.

El general se tomó apenas un segundo para evaluar la situación.

Luego alzó la voz con autoridad.

—¡Rodéenlo! —ordenó a sus soldados.

Tomó su postura de mando, erguido, con el orgullo inflado por el poder que creía absoluto.

—Por la Mano del Rey, estás acusado de asesinato, obstrucción de la ley e intimidación a un general del reino —declaró con frialdad—.

Crímenes que solo pueden pagarse con la muerte.

El general soltó una risa burlona.

—¡Preparad las lanzas! —gritó—. Será ejecutado aquí mismo.

Clavó su mirada en la figura del impermeable negro.

—¿Tienes algo que decir en respuesta a estos cargos?

El hombre del impermeable negro dio un paso al frente.

Su voz fue tranquila... pero cargada de desprecio.

—¿Me acusas de asesinar a una escoria igual que tú?

—dijo—.

¿Me acusas de defender a personas que no pueden protegerse por sí mismas?

¿Me acusas de asustar a un cerdo vestido de hombre?

Levantó levemente la cabeza.

—Personas como tú, con una pizca de poder, me dan asco.

El silencio se volvió pesado.

Entonces habló nuevamente, esta vez dirigiéndose a los soldados.

—El que quiera vivir puede dejar su arma en el suelo y marcharse.

—dijo con calma—.

Pero el que decida pelear... y perder su vida por alguien que no merece vivir... demuestra que es una mente fácil de dominar.

Algunos soldados retrocedieron instintivamente.

Otros comenzaron a murmurar.

—Es... es "La Muerte"... —susurraron entre ellos, dándole ese nombre al hombre del impermeable negro.

Uno de los soldados, temblando, dio un paso al frente.

—Está bien... —tragó saliva—. Dejo mi arma aquí.

¿Me dejarás vivir, Muerte?

El hombre del impermeable negro lo miró fijamente.

—No es mi decisión si viven o mueren —respondió con voz firme—.

Ustedes eligen seguir viviendo.

Yo solo les doy una segunda oportunidad para hacerlo.

El general, fuera de sí por la forma en que "La Muerte" le había hablado, apretó los dientes con furia.

Sin decir una sola palabra, metió la mano dentro de su uniforme.

Y sin pensarlo dos veces...

Disparó.

El soldado que había intentado huir cayó al suelo al instante, con los ojos abiertos y la vida escapándosele del cuerpo.

El silencio fue absoluto.

El general giró lentamente hacia los demás.

—Si alguno intenta escapar —dijo con una sonrisa torcida—, morirá como ese cobarde.

Luego señaló con desdén hacia la mujer y el hombre de antes.

—La mitad de ustedes —ordenó—, encárguense de esos dos.

Los soldados dudaron un instante... pero obedecieron.

Mientras avanzaban, el general habló con una risa cargada de crueldad.

—Antes de que muera... —dijo, saboreando cada palabra—

me divertiré con ella frente a su querido esposo.

Después... quizá lo deje vivir. Solo para que recuerde.

El hombre gritó desesperado.

La mujer tembló, aferrándose a él.

Sin siquiera mirarlos, el general volvió su atención al hombre del impermeable negro.

—Y ustedes —dijo a los soldados restantes—, mátenlo de una vez.

A ese que llaman "La Muerte".

Su tono se volvió amenazante.

—Quiero irme de aquí ahora mismo.

Y si alguno desobedece...

será el siguiente en morir.

Las lanzas se alzaron.

El aire se volvió irrespirable.

En un solo minuto, todas las lanzas fueron arrojadas al mismo tiempo contra La Muerte.

El aire silbó.

En ese brevísimo instante previo al impacto, el hombre del impermeable negro habló con calma absoluta:

—Les di una segunda oportunidad... y la desperdiciaron.

Perdonen lo que estoy a punto de hacer.

Las lanzas chocaron entre sí con un estruendo metálico.

Y entonces...

Los soldados abrieron los ojos con horror.

Sobre la punta de las lanzas, de pie, equilibrado como si la gravedad no existiera...

estaba La Muerte.

Sin esfuerzo.

Sin temblar.

Con un movimiento lento, sacó su espada derecha.

—Recorrido de la Serpiente... Muerte Silenciosa.

La hoja se movió.

No hubo un gran destello.

No hubo explosión.

Solo un sonido seco.

Las lanzas se rompieron en mil pedazos, fragmentándose en el aire como si hubieran sido de cristal.

El silencio cayó de golpe.

Los soldados quedaron paralizados, incapaces de procesar lo que acababan de ver.

—¡N-No importa! —gritó uno de ellos, desesperado—. ¡Aunque no tengamos lanzas tenemos que matarlo como sea!

¡Si fallamos, el general nos matará!

Varios soldados se lanzaron a puño limpio contra La Muerte.

El hombre del impermeable negro los observó...

y comenzó a reír.

Una risa baja.

Sincera.

Casi divertida.

Guardó su espada con un suspiro, como si aceptara un precio inevitable.

—En serio... ¿a puño limpio?

Alzó la mirada, todavía sonriendo, pero con un dejo de preocupación irónica.

—Gracias.

Así al menos no tendré la culpa de matarlos .

Antes de que pudieran reaccionar, tres soldados atacaron al mismo tiempo:

Uno lanzó un golpe directo a la cabeza.

Otro apuntó al estómago.

El tercero atacó las costillas.

La Muerte se movió.

Detuvo el primer golpe con el antebrazo izquierdo.

Atrapó el segundo con el antebrazo con derecho.

El tercero fue bloqueado con una patada seca y precisa.

—¿Entre tres? —dijo con desprecio—. Qué cobardes.

Bajó ligeramente los brazos.

Y atacó.

Un codazo directo al estómago del primero.

Otro codazo al segundo, cortándole la respiración.

El tercero intentó retroceder con una patada desesperada.

La Muerte saltó.

Giró en el aire.

Una patada giratoria perfecta impactó de lleno.

Los tres soldados cayeron inconscientes al suelo en el mismo instante.

Silencio.

Luego habló, mirando al resto con absoluta tranquilidad:

—¿Qué pasa?

¿Por qué no vienen todos juntos?

Los observó sin guardia, sin postura defensiva, con una paz aterradora.

Los soldados restantes comenzaron a murmurar entre ellos, temblando.

Había acabado con tres de sus compañeros en segundos.

Solo quedaban cuatro.

Tragaron saliva.

Y aun así...

Con un grito desesperado, los cuatro soldados restantes se lanzaron juntos contra La Muerte

El hombre del impermeable negro dio un paso al frente y adoptó una postura de ataque.

—Puedo acabar con ustedes en un segundo... o menos.

Pero, en paralelo, detrás de él, los soldados del general ya habían actuado.

Dos de ellos sujetaron a la mujer con fuerza, obligándola a mantenerse en pie. Otro pisó la espalda del hombre y le presionó la cabeza contra el suelo, impidiéndole siquiera levantar la mirada. El hombre forcejeó, pero era inútil.

El general se acercó con una sonrisa torcida, lenta, asquerosa.

—Hagan su trabajo bien —ordenó con voz cargada de burla.

La mujer empezó a gritar.

—¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Alguien... alguien que tenga corazón!

Su voz se quebraba. Lloraba. Se retorcía. Nadie del pueblo se movía. Algunos miraban. Otros apartaban la vista. Nadie intervenía.

En su mente, por un instante, volvió a ver a su esposo. Los dos juntos. Riendo. Prometiéndose un futuro. Un hogar. Una vida.

Y luego, la realidad.

Un hombre con rostro de cerdo y uniforme de autoridad. Un monstruo con permiso para hacer lo que quisiera.

El general le bajó la ropa con lentitud, disfrutando cada segundo. Cuando terminó, se inclinó con asco y perversión.

El general dio un paso más.

Y entonces—

—No importa quién seas... ni qué poder tengas... no voy a permitir esta injusticia.

El grito cortó el aire como un relámpago.

Un soldado salió volando tras recibir una patada. Otro cayó al suelo con un golpe seco en el estómago. En un instante, el orden se rompió.

Ren estaba allí.

Su respiración era agitada. Sus ojos, firmes. Su cuerpo, temblando... de miedo.

Se colocó frente a la mujer sin mirarla, quitándose la camisa y extendiéndosela para que pudiera cubrirse.

—Perdón... —dijo con voz baja—. Perdón por no actuar antes. Tuve miedo.

La mujer, llorando, negó con la cabeza mientras se cubría.

—No importa... lo importante es que estás aquí. Gracias... gracias...

Ren tragó saliva.

—No soy nadie importante. No soy un héroe. No soy especial. Solo... soy un padre que quiere volver con su familia. Darles un mundo donde esto no exista.

Levantó la mirada y clavó los ojos en el general.

—Y ahora... por ti... voy a acabar con este animal vestido de hombre.

El aire se volvió pesado.

El general lo miró con desprecio.

Los soldados restantes apretaron sus armas.

El general, furioso, levantó su arma y empezó a disparar.

Ren lo entendió en el acto: si bajaba la guardia un segundo, una bala le daría en un punto vital.

No podía atacar.

Solo moverse.

Las lanzas de los soldados venían desde distintos ángulos, obligándolo a retroceder, a girar, a esquivar por centímetros, mientras los disparos silbaban a su alrededor y destrozaban la pared detrás de él.

Un paso en falso y estaba muerto.

Apretó los dientes, desvió una lanza con el antebrazo, giró el cuerpo para que otra pasara rozándole el costado y se agachó justo cuando una bala cruzó sobre su cabeza.

No tenía espacio para contraatacar.

Solo para sobrevivir.

Al mismo tiempo, uno de los soldados sacó un cuchillo y se lanzó contra el hombre del impermeable negro.

Él lo vio venir.

En un solo movimiento, pateó al soldado, el cuchillo salió volando por el aire, y antes de que pudiera caer, lo golpeó con tal fuerza que lo dejó inconsciente. El arma giró en el aire... y cayó clavada en el suelo, justo frente a la mujer.

El hombre del impermeable negro terminó con los últimos soldados en un instante.

Luego, con total calma, se sentó en el suelo.

Miró a la mujer.

Después, inclinó la cabeza señalando al general.

No dijo nada.

Ella entendió.

Con manos temblorosas, tomó el cuchillo.

Se levantó.

Caminó.

Mientras Ren, aprovechando ese instante, derribaba a los últimos soldados que lo acosaban.

La mujer se detuvo frente al general.

Y sin dudarlo, le clavó el cuchillo.

Una vez.

Y otra.

Y otra más.

Hasta que finalmente, con un grito ahogado, le cortó el cuello.

El cuerpo cayó.

El silencio se extendió.

Los soldados yacían en el suelo.

La injusticia... había terminado ahí.

Después de que el cuerpo del general cayó al suelo, el silencio se apoderó de la calle.

El viento pasó entre los edificios, arrastrando el olor a polvo, sangre y miedo.

Los soldados yacían inconscientes o muertos. Nadie más se atrevía a moverse.

La mujer seguía temblando, con el cuchillo aún en la mano.

El hombre se acercó de inmediato y la abrazó con fuerza, como si temiera que todo fuera un sueño y ella desapareciera si la soltaba.

Ren se quedó quieto, respirando hondo, dejando que la tensión se le fuera del cuerpo poco a poco.

El hombre del impermeable negro observó la escena en silencio.

Luego caminó hacia ellos.

No había hostilidad en su postura.

Solo cansancio.

Metió la mano dentro de su impermeable y sacó una pequeña bolsa de cuero.

La abrió. Dentro había monedas. No muchas, pero era todo lo que tenía.

Se la extendió a la mujer.

—Tomen —dijo con voz baja—. Vayan a comer algo. Descansen. Aléjense de este lugar.

La mujer lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—P-pero... ¿y usted...?

El hombre del impermeable negro negó con la cabeza.

—Yo estaré bien.

Ren lo miró de reojo.

Entendió enseguida.

—Oiga... —dijo—. Si les da todo eso... usted no va a poder comer.

El hombre del impermeable negro se encogió de hombros.

—No es importante.

Ren frunció el ceño.

—Sí lo es.

Se giró hacia la pareja.

—Vayan con Hiroshi. El puesto de ramen de la esquina. Díganle que yo los mando. Coman tranquilos.

La mujer y el hombre inclinaron la cabeza una y otra vez.

—Gracias... gracias... si no fuera por ustedes... —sollozó ella.

El hombre apretó los puños, con rabia y vergüenza en el rostro.

—Si tan solo fuera más fuerte... —dijo con la voz quebrada—. Si fuera más fuerte, podría protegerla...

El hombre del impermeable negro lo miró fijamente.

—La fuerza no lo es todo —dijo con calma—. Proteger a alguien no siempre es cuestión de músculos o armas. A veces es resistir. A veces es no rendirse. A veces es simplemente seguir de pie.

El hombre bajó la mirada.

—Gracias... de verdad.

La pareja se alejó lentamente, apoyándose el uno en el otro, todavía temblando, pero vivos.

Ren se giró hacia el hombre del impermeable negro.

—Oiga... venga conmigo.

—No necesito caridad —respondió él.

Ren suspiró.

—No es caridad. Es comida.

Lo miró serio.

—Además, usted los ayudó... y me ayudó a mí también. No pienso dejarlo irse con el estómago vacío.

El hombre del impermeable negro lo observó unos segundos.

Luego... asintió.

—Está bien.

Caminaron juntos hasta el pequeño puesto de ramen.

Hiroshi los vio llegar y frunció el ceño.

—¿Otra vez tú, Ren? —gruñó—. ¿Ahora traes compañía?

Ren se rascó la nuca.

—Je... algo así. Oiga, ¿podría servir tres tazones?

Hiroshi miró al hombre del impermeable negro de arriba abajo.

—Si no tienen dinero, no—

—Yo pago —dijo Ren rápido—. Bueno... en realidad... —dudó—. Él se quedó sin dinero por ayudar a otras personas.

Hiroshi chasqueó la lengua.

—Tch... qué molestos son los tipos buenos.

Pero aun así, se dio la vuelta y empezó a preparar los fideos.

Cuando puso los tazones frente a ellos, el vapor subió lentamente en el aire.

Ren miró el tazón de ramen y se rascó la mejilla con algo de vergüenza.

—Al final... estan rico ya se que solo son fideos y especias —dijo—. pero cumplen con su funcion llenarte el estomago.

Hiroshi resopló desde el mostrador.

—Oye, mocoso, son fideos, sí, pero no me los desprecies.

El hombre del impermeable negro sostuvo los palillos un segundo, observando el vapor que subía del tazón.

Luego habló con voz tranquila:

—No importa si solo son fideos y especias.

Ren lo miró, sorprendido.

 El hombre del impermeable negro levantó un poco el cuenco.

—Están hechos con pasión. Y con cariño. Eso cambia la comida.

Probó un bocado.

Cerró los ojos un instante.

—Para ti quizá sea solo comida —dijo—.

Pero para mí... es algo más que eso.

Ren no respondió de inmediato.

Solo sonrió, en silencio.

En un momento, Ren le dijo algo al hombre del impermeable negro.

—¿Por qué ayudaste a esa gente? —preguntó.

El desconocido le devolvió la pregunta.

—¿Por qué tú los ayudaste?

Ren se quedó pensando un segundo.

—Porque no puedo mirar a otro lado cuando hay una injusticia. No importa quién sea... no importa contra quién.

El hombre de negro asintió levemente.

—Por eso actué yo también.

Comieron en silencio durante unos segundos.

Luego, el forastero volvió a hablar:

—¿Cómo te llamas?

—Ren —respondió—. Ren Awago.

—Itsurō Kuro —dijo el otro—. Gracias por la comida.

Itasuro kuro sonrió.

—Algún día, encontrare la forma de pagarte el ramen.

ren lo miró, confundido.

itsuro solo se rió.

A unos metros, la mujer y el hombre que habían salvado se inclinaron profundamente ante ellos.

—Si no fuera por ustedes... estaríamos muertos —dijo ella, llorando.

Itsurō guardó sus espadas bajo el impermeable.

— Les recomiendo irse de este lugar —dijo —. Solo se necesitan ustedes dos para ser felices.

Luego se levantó.

Con el estómago lleno.

Con el paso tranquilo.

Y sin mirar atrás.

Caminó hacia el siguiente pueblo...

hacia otro lugar...

quizá hacia otra injusticia...

o quizá solo hacia otra comida nueva que probar.

Al día siguiente del enfrentamiento, los soldados que habían quedado inconscientes fueron llevados ante el rey.

Arrodillados, contaron todo:

El hombre del impermeable negro.

Ren.

La muerte del general.

El salón quedó en un silencio pesado.

El rey, sentado en su trono, apoyó el mentón sobre su mano.

—Por mi mano dicto sentencia —declaró con voz fría—.

Pena de muerte en el Bosque Real...

Para todos los que participaron.

Y para sus familias.

Un murmullo recorrió la sala.

Los soldados sonrieron.

Esa misma tarde, golpes secos resonaron en la puerta de la casa de Ren.

Ren abrió.

Frente a él, varios soldados.

Uno de ellos —el mismo al que había golpeado el día anterior— sonreía con burla.

—El impuesto semanal es de cien yenes por cabeza —dijo—. Cuatro personas... cuatrocientos yenes.

Ren apretó los puños.

El soldado se inclinó un poco hacia él.

—Pero ahora cambió.

Cien mil por cabeza. Esta semana.

Silencio.

Ren entendió.

Era imposible pagar este monto.

Miró hacia atrás, donde estaban Himari, Sakura y Kiku.

—Himari... toma a las niños y corran—

No terminó la frase.

Un golpe brutal en la nuca.

Un zumbido agudo invadió su cabeza.

Todo comenzó a girar.

Mientras caía, una frase se repetía una y otra vez en su mente, distorsionada, como si el mundo se rompiera a su alrededor:

Himari...

Sakura...

Kiku...

corran...

Su cuerpo se desplomó.

Ren abrió los ojos de golpe.

El zumbido seguía en sus oídos.

Estaba tendido sobre tierra húmeda.

Se incorporó con dificultad. La cabeza le palpitaba.

Árboles enormes lo rodeaban.

Un bosque que no reconocía.

Un aire pesado, denso... como si algo respirara entre las sombras.

No sabía dónde estaba.

Intentó enfocar la vista.

Entonces—

Un grito.

Agudo. Desesperado.

Ren se quedó inmóvil un segundo, intentando recuperarse del golpe.

Y en ese instante lo recordó todo.

La puerta.

Los soldados.

El impuesto imposible.

Himari.

Sakura.

Kiku.

Sus ojos se abrieron con terror.

—No...

El grito volvió a escucharse.

Ren no dudó.

Sin terminar de recuperarse, salió corriendo hacia el sonido, atravesando ramas y raíces, sin saber qué lo esperaba entre los árboles del Bosque Misterioso .

Desde lo alto del palacio, el rey observaba el bosque a la distancia.

A su lado, una sombra oscura se retorcía suavemente, como humo vivo.

 El rey sin mirarlo—. ¿Ya llenaste el bosque?

La sombra respondió con una voz profunda y tranquila.

—Sí. Hay suficientes demonios.

Los humanos que perezcan en el bosque las almas seran de mi propiedad , como fue dictado en el trato de hace tres años.

El rey soltó una risa baja.

—Las almas no me importan.

Quiero verlos correr.

Quiero ver cómo se desesperan intentando sobrevivir.

Sus ojos brillaron con un placer enfermizo.

—Eso es lo que me interesa.

La sombra sonrió apenas, invisible en la oscuridad.

El rey creía que estaba usando a un demonio.

Pero hacía tres años que su voluntad ya no era completamente suya.

En el Bosque Real...

El espectáculo estaba por comenzar.

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