Nota del autor: Recientemente estoy experimentando con varios estilos de escritura. Tal vez notaron los cambios en la interacciones o en el flujo de la trama. La razón es que quiero definir un patrón antes de iniciar con lo que sería "el arco de viaje".
Capítulo 40
La mañana comenzó como todas… es decir, con Mela golpeando la puerta de mi habitación como si quisiera arrestarme.
—Joven Alerion, son las seis. Levántese.
—Cinco minutos… —gruñí, medio enterrado en las sábanas.
—Cinco minutos es el tiempo que me toma sacar a un intruso por la ventana. El desayuno se enfría.
No sé si era una amenaza o un recordatorio amable. Con Mela, nunca se sabe.
Me levanté medio a ciegas, tropezando con Max, que estaba agazapado junto a mi escritorio. No sé qué es más inquietante: que el lagarto no haga ruido al moverse, o que siempre parezca estar planeando un robo.
En el salón principal, Pelusa estaba… exactamente igual que ayer: tirada en la alfombra como una alfombra encima de otra alfombra. Ni siquiera al verme se molestó en mover la cabeza. Solo me lanzó una mirada lenta, como diciendo “no me molestes, humano”. Me pregunto si está engordando otra vez o simplemente está en huelga de actividad.
—Pelusa ha rechazado salir dos veces esta semana —comentó Mela mientras colocaba un plato frente a mí—. Tal vez se está echando a perder por tanta comodidad.
—O tal vez está pensando en el significado de la vida —murmuré, dándole un bocado al pan.
—Eso sería preocupante —respondió Mela con total seriedad.
Max, por su parte, estaba sentado sobre la mesa, mirando fijamente mi desayuno. No a mí, no a Mela. Solo al pan con mantequilla. En cuanto aparté la vista para tomar agua, desapareció un pedazo. Ni siquiera lo vi moverse.
---
Después de comer, tuve la genial idea de intentar preparar algo de mi mundo anterior. Unos panqueques simples… o eso creía.
—Mela, confía en mí, esto es muy fácil. Solo hay que mezclar harina, huevo y leche —expliqué, mientras Max intentaba robar la jarra de leche.
—Joven Alerion, si esto termina como la vez de la sopa verde, será su última oportunidad en la cocina.
—¡Esa sopa estaba bien!
—Era sólida.
Pelusa nos miraba desde su alfombra, ladeando la cabeza. Estoy convencido de que disfrutaba viendo el desastre.
El primer panqueque salió crudo por dentro y carbonizado por fuera. El segundo parecía una almohada pequeña. El tercero… bueno, Max lo atrapó al vuelo y se lo llevó quién sabe dónde.
Al final, Mela tomó el control como si estuviera dirigiendo una operación militar. Terminamos con un montón decente de panqueques que ella no dejó que tocara “hasta que los enfriara correctamente”. Me pregunto si algún día me dejará tener autoridad en esta casa.
---
Un día la esposa de Roderick llegó sin anunciarse. La vi cruzar el patio desde mi ventana, con ese andar de noble que cree que todos deben apartarse del camino. Venía con dos sirvientes, el vestido perfecto y el ceño fruncido como si la ciudad le debiera algo.
No tuve ni que adivinar a qué venía. Desde que Roderick desapareció, varios han intentado acercarse a mamá buscando apoyo o respuestas.
Me asomé al pasillo justo cuando ella y mamá se encontraban en la sala principal. Mela estaba de pie cerca, con una bandeja de té y la misma expresión de siempre: neutral, pero lista para incapacitar a alguien si se acercaba demasiado.
—Capitana Aelinne —empezó la esposa de Roderick, sin rodeos—. No he recibido noticias de mi esposo en semanas. Como usted sabe, me corresponde ahora manejar la ciudad, pero necesito su ayuda para mantener el orden… y para encontrarlo.
Mamá le ofreció asiento y sonrió con esa calma que engaña a cualquiera. Si yo no supiera la verdad, juraría que estaba preocupada.
—Por supuesto. La guardia está a su disposición —dijo mamá—. Organizaré un grupo de hombres para buscar información.
Mientras hablaban, Max apareció por detrás del sofá, caminando sobre el respaldo como si fuera suyo. Se acercó a la noble y le olfateó la cabeza. La mujer se tensó.
—¿Eso… es seguro? —preguntó, sin quitarle los ojos de encima a Max.
—Absolutamente —respondió mamá, sin perder la sonrisa—. Aunque no le aconsejo tener comida en los bolsillos.
La conversación terminó con cortesías y promesas de cooperación. Apenas la mujer salió, mamá me llamó.
—Alerion, necesito que tú y Max se ocupen de unas inspecciones. Comerciantes y almacenes que trabajaban con Roderick. Si algo parece fuera de lugar, me lo traes.
—¿Como “fuera de lugar” tipo ilegal o “fuera de lugar” tipo estúpido?
—Ambos —respondió sin pestañear.
---
Esa tarde comenzamos la primera misión. Max iba sobre mi hombro, quieto, aunque sabía que estaba evaluando todo. Los guardias que nos acompañaban eran de los leales a mamá, tipos curtidos que no hacían muchas preguntas.
El primer almacén parecía normal… hasta que Max desapareció dentro y volvió con algo en la boca. Era una bolsita. Al abrirla, encontramos polvo azul. Uno de los guardias me explicó que era una droga común entre ciertos mercenarios.
En el segundo almacén, un comerciante intentó sobornarnos con monedas y “mercancía exclusiva” (esclavos). Lo miré sin decir palabra y el guardia lo derribó de un golpe. Max lo olfateó y luego se fue directo a inspeccionar una jaula.
Al final del día teníamos tres arrestos, dos decomisos y una lista más larga de gente a la que mamá querría “visitar personalmente”.
Cuando volvimos a la mansión, Pelusa ni se movió de la alfombra. Si no fuera porque respiraba, juraría que estaba disecada.
---
El mes siguiente nos cayó encima como lluvia fina: no te empapa, pero cuando te das cuenta ya tienes frío hasta en los huesos. Mamá me asignó a “recuperación de orden” con nombre y apellido… y con “consultores”. Los consultores eran, por supuesto, los tres favoritos de papá: Thrain Martilloperdido, Rauven y Syrrash.
—Consultores de Seguridad Independientes —dijo Syrrash, presentándose con una inclinación impecable, traje negro perfecto, cuernos cortos y sonrisa de funeral caro—. Facturamos por hora… o por resultado.
—Cobramos en especias también —añadió Rauven, corpulento, pelaje oscuro, ojos ámbar y un olor vago a cuero y asador—. Yo acepto costillas.
—Y yo acepto cerraduras —remató Thrain con su barba trenzada—. Sin preguntar de dónde salieron.
Mamá los miró como quien recibe termitas de regalo.
—Si tocan la mercancía incautada —dijo con calma—, dormirán en el calabozo. Otra vez.
Los tres se miraron, luego miraron a papá, que respondió con un encogimiento de hombros de ustedes verán. Max, en mi hombro, sacó la lengua un milímetro como para decir estoy tomando lista.
---
A media semana, hicimos base en la oficina de mamá para cruzar nombres. Ella estaba en modo capitana: cabello recogido, ojos que no parpadean y una pila de informes que parecían crecer cada minuto.
—Thrain —dijo de pronto—. ¿Recuerdas por qué te arresté hace dos inviernos?
—Por abrir la caja fuerte de la herrería principal —respondió sin levantar la vista.
—¿Y por qué no te dejé en la celda más de tres días?
—Porque encontré la plata que el dueño decía que le habían robado.
—Bien —asintió. Giró la cabeza—. Rauven, ¿recuerdas por qué te arresté el otoño pasado?
—Por “asustar” a un prestamista —respondió, mirando al techo.
—¿Y por qué te solté al día siguiente?
—Porque te enteraste de que cobraba el doble a viudas y el triple a huérfanos —dijo, apretando la mandíbula.
—Exacto. Syrrash…
—No hace falta —interrumpió él—. Sé por qué me arrestó. Y sé por qué me soltó. —Sonrió—. Porque la hipocresía pesa más que los barrotes.
Mamá dejó el sello en la mesa con un cloc seco.
—Me dan dolor de cabeza. Pero hoy son útiles. No me hagan arrepentirme.
Los tres asintieron con sincera disciplina por… dos segundos. Luego Syrrash levantó la mano:
—Consulta administrativa: ¿podemos cobrar una modesta tarifa de consultoría?
—Cobran una cena en la cocina —dijo mamá.
—¿Mela cocina? —Rauven abrió mucho los ojos.
—Mela cocina —confirmé.
—Aceptamos —dijeron los tres al unísono. El poder de Mela trasciende la ley.
---
1) El burdel con libros dobles
Primer objetivo: un burdel que Roderick “protegía”. Tenía fachada limpia, cortinas caras y perfume de flores falsas. Por dentro, contable nervioso, cajones con doble fondo y una pared entera que no sonaba igual al golpear.
—Hueco —sentenció Thrain, tocando la moldura con los nudillos. Sacó tres ganzúas, movió la muñeca y la pared “decorativa” se abrió como boca de pez. Atrás, cajas: monedas, joyas baratas, un par de collares de esclavos y una libreta con columnas prolijas.
—Libros para los impuestos… y libros para el jefe —dije hojeando.
Syrrash ya estaba oliendo una botella con líquido que cambiaba de color lentamente.
—Mentiras —dictaminó, ofreciendo la botella a Max. Él olió, chasqueó la lengua y se la devolvió con cara de miente mucho.
Rauven, mientras tanto, interrogaba al dueño como si fuera su tío borracho.
—¿Quién pasaba a cobrar? ¿Con qué frecuencia? ¿Nombre del intermediario? ¿Tenía verruga? —No sé por qué, pero Rauven siempre pregunta por verrugas—. ¿Sabes que ahora la capitana no comparte?
El dueño intentó la vía clásica: saco de monedas discretamente hacia mi mano. Max lo interceptó con una velocidad indecente, arrastró el saco hasta mis botas y se sentó encima. El dueño se quedó mirando al lagarto como si le hubiera mordido la dignidad.
Mamá llegó justo cuando estábamos cerrando.
—Todo muy ordenado —dijo, mirando la pared hueca—. Arresto y decomiso.
—¿Y nuestra comisión por el hallazgo? —probó Syrrash, sin pudor.
—Su comisión es no volver a la celda hoy —replicó mamá.
2) El almacén “de especias”
Segundo objetivo: un almacén con olor a hierbas… el tipo de hierbas que te hacen ver la luna a mediodía. Max se coló por debajo de un palé, reapareció con una bolsita azul. El encargado sudó al instante.
—Es para perfumar —dijo.
—Claro —asentí—. Y esos collares con cierre interno son para… perros muy traviesos.
Thrain estaba contento: candados de varias marcas en fila. Los abrió todos como si fueran semillas.
—Dueño cuidadoso —gruñó Rauven, olfateando el ambiente—. O dueño asustado. Hay un túnel atrás.
Siguiendo su nariz, encontramos una trampilla disimulada. Bajamos con linternas. El pasadizo conectaba con otra casa; al final, dos guardias privados jugando a los dados. Se quedaron congelados al vernos. Max se plantó frente a ellos, seis ojos juzgando, y simplemente señaló con la barbilla la escalera… como indicando arriba, detenidos. Obedecieron. A veces un lagarto funciona mejor que una orden.
Confiscamos toda la “especia”. Mela haría una lista muy bonita con sellos. Y luego la quemaríamos en el patio, como siempre.
3) El noble menor indignado
Tercer objetivo: casa de un noble menor que “heredó” tres almacenes justo después de la desaparición de Roderick. Tenía la voz en falsete de quien no está acostumbrado a que alguien le diga no.
—¡Abuso! ¡Me protege mi linaje! —gritó al ver a la guardia.
—Lo protege su mercenario si paga a tiempo —dijo Syrrash, sacando un papel de “contrato” con letra pequeña. Rauven lo miró y susurró:
—Eso no es legal.
—Nada es ilegal si nadie lo entiende —respondió Syrrash, doblándolo con elegancia.
El noble me reconoció y trató de cambiar de táctica.
—Tú eres el pequeño jefe, ¿no? Vamos, muchacho, hablemos como hombres.
—Ya no soy el pequeño jefe —dije—. Soy aventurero de tiempo parcial. Y hoy tocó confiscar.
Empezó a lanzar amenazas: familia, contactos, arrasaríamos con sus tierras, etc. Pelusa, que estaba de paseo “forzado” para adelgazar, eligió ese preciso instante para tumbarse en la puerta del salón. El noble se dio vuelta… y quedó frente a una pantera enorme, pelaje brillante, mirada de no me muevo ni por milagro. Se le fue la voz. Admito que disfruté esa pausa.
—Inventario —ordenó mamá al llegar, con su libreta—. Lo que no tenga papel, al depósito municipal. Lo que tenga papel falso, también.
Thrain encontró otra puerta secreta. Detrás, retratos pequeños de personas “en lista”, monedas con marcas de paga “R.” en el borde. Rauven tomó nota de nombres con una caligrafía sorprendentemente linda para alguien con manos de oso.
—¿Siempre escribes así? —le pregunté.
—Me gusta que mis chismes sean prolijos —dijo, serio. No estaba bromeando.
El noble terminó firmando una “donación” para la ciudad. Syrrash redactó el documento en dos minutos. Mamá lo miró por encima del hombro y dijo:
—Si esa letra no fuera tuya, diría que está perfecto.
—Lo sé —respondió él, feliz.
4) Limpieza fina y cosas raras de Max
El ritmo se volvió rutina. Max se convirtió en nuestra brújula: olía mentiras, encontraba huecos, señalaba la caja exacta que sí valía la pena abrir. En un mercado, se llevó en la boca una navaja diminuta con mango de hueso; resultó ser la “firma” de un contrabandista que marcaba sus entregas. En una taberna, arrastró hasta mí una bolsa con monedas del mismo lote que habíamos confiscado al burdel; rastreamos al corredor y encontramos el camino entero de pagos.
A veces, Max volvía a casa con “trofeos”: una cuchara torcida, una tuerca que brillaba, una ficha de juego con el número 7. Empezó a guardar su colección en una caja bajo mi cama. Mela la ordenó en silencio por tamaños cuando pensó que no la veía. Dice que no le gustan los “montones”.
Pelusa… seguía en modo alfombra, salvo cuando la obligábamos a caminar la manzana. Hacía exactamente ocho pasos y se tiraba al suelo como diciendo hasta aquí. Rauven intentó levantarla una vez; Pelusa soltó un ronroneo grave que sonó a amenaza educada. Decidimos que la pantera sabe negociar mejor que muchos nobles.
6) Un cierre que no suena a cierre
La ciudad empezó a respirar distinto. Menos gritos a altas horas, menos borrachos de “polvos” raros en callejones, más comerciantes con papeles en regla. Las patrullas que mandó mamá fuera de la ciudad regresaban con “nada a la vista”. La esposa de Roderick nos enviaba notas con sellos elegantes y frases largas que no decían nada. Y, sin embargo, el día a día rodaba: inventarios, interrogatorios cortos, firmas, sellos, papeles, papeles, papeles. Si crecí soñando con magia y espadas, hoy entendía por qué en este mundo el sello de una capitana puede cambiar más vidas que un hechizo.
Esa noche, la mesa de la cocina fue un festival. Mela sirvió estofado con pan recién hecho; Thrain comió en silencio, Rauven pidió tres veces más y Syrrash intentó pagarle con un contrato que lo autorizaba a “repeticiones ilimitadas”. Mela lo miró una vez. Guardó el papel en el delantal. No quiero saber qué hizo con él.
Papá llegó tarde, dejó un beso en la cabeza de mamá y se sentó a mi lado.
—¿Cómo va nuestra cruzada moral? —preguntó, con ese tono cansado pero contento.
—Limpio por fuera, revuelto por dentro —resumí.
—Así se ve una ciudad viva —dijo él.
Mamá terminó de firmar un último informe y cerró la carpeta. Me miró. No dijo “buen trabajo”. No lo hace. Pero me pasó una taza de té caliente y, para ella, eso es lo mismo.
Max se subió a mi hombro con un suspiro satisfecho. Pelusa, desde el salón, soltó un ronquido de terremoto.
No hubo discursos sobre “la calma antes de la tormenta”. Solo platos vacíos, botas con barro en la entrada, un lagarto que guardó una tuerca en su caja y una pantera que decidió, por fin, cambiar de posición. Y a veces, eso es todo lo que necesitas para saber que, por ahora, la casa sigue en pie. Y nosotros también.
