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Chapter 64 - capítulo 64

Capítulo 64 — Baile de serpientes

El castillo de Asura tiene la clase de brillo que fatiga los ojos si no parpadeas cada tanto. Oro donde no hace falta, mármol donde nadie pisa, cortinas tan pesadas que deben tener sirvientes asignados solo para moverlas un palmo. Yo llegué con el pelo recogido en una coleta corta, chaqueta oscura de corte limpio, botas brilladas y dos cosas que sí importaban: un brazalete y un anillo que había hecho yo mismo. No los escogí por ostentar, sino porque me sentía desnudo sin ellos. Reida caminaba medio paso a mi izquierda; no necesitaba escoltarme, pero su sola sombra mantenía al protocolo con los nervios en orden.

—Buen gusto —dijo, sin mirarme, apenas un gesto con la barbilla hacia mi muñeca.

—Intento que combine con no morirme —respondí.

El primer tramo era una procesión de nombres. Heraldos que hacían de garganta ajena, lacayos que olían a jabón caro, guardias con postura de estatua viva. El lujo aquí no es un mueble: es una disciplina. Sentí varias miradas curiosas, el tipo de curiosidad que se pregunta quién soy yo y por qué ella camina conmigo. Es normal: un muchacho de mi edad, al lado de Reida Reia, parece nota al pie que se equivocó de libro.

El salón principal era un lago de luz y música. Violines. Un arpa. Conversaciones en ondas cortas. Bandejas que aparecían por milagro en la mano justa. Yo avancé como quien entra en una biblioteca donde no lo conocen, con esa mezcla de respeto y ligera impaciencia. A veces envidio a las personas que no ven la cuerda del telón; yo la veo todo el tiempo.

—Alerion Zakhal Dragonroad —anunció un heraldo, y el nombre flotó un segundo más de lo debido—, acompañado por la señora Reida Reia.

Varias nucas se enderezaron. Un par de murmullos: “Reida…”, “¿la de verdad?”. Me hizo gracia que preguntaran, como si existiera una de mentira que se paseara por fiestas para ahorrarle trabajo a la real.

No tardó en encontrarnos Gaius. El segundo príncipe tiene el tipo de presencia que no empuja, ocupa. Cabello claro, sonrisa medida, ojos que te pesan sin pesarte.

—Bienvenido —dijo, ofreciéndome una cortesía de anfitrión que no parecía de libreto—. Y gracias por venir, señora Reia. Esta casa se siente más segura cuando pisa sus salones.

—No he venido a asegurar salones —respondió Reida, en su tono de piedra pulida.

—Lo sé. Precisamente por eso es más seguro —replicó él, y luego me miró—. He oído hablar de su trabajo. Talleres, gremio, dojo. Cuando los rumores vienen de sitios tan distintos, conviene prestar atención.

No era una pregunta. Era una tarjeta boca arriba: te he investigado. No me molestó. Me gusta más la gente que dice lo obvio con elegancia que la que disimula mal.

—Haré lo posible por no decepcionar ni al rumor ni a su anfitrión —dije.

—Haga lo posible por no decepcionarse a sí mismo —corrigió Gaius, y sonrió—. Ah, y un consejo de alguien que vive con demasiadas puertas: tenga cuidado con las doncellas. Salvan a más hombres que los templos, y arruinan a más que la guerra.

No supe si era broma, advertencia o examen. Sonreí lo justo.

—Intentaré no pedirles nada que no me quieran dar.

—Ese es el truco —dijo, satisfecho, y se retiró sin retirarse: los príncipes saben irse dejando la conversación todavía de pie.

Reida no comentó. No necesitaba hacerlo. Su silencio aprobaba con una ceja. Respiré el salón. La música cambió de tono, y con ella la temperatura del aire: eso siempre anuncia a alguien.

Ariel entró como quien olvida que no tiene edad para mandar y decide mandar igual. Vestido claro, pelo peinado con precisión que finge descuido, una expresión entre altiva y divertida. No era bonita como las muñecas de porcelana que coleccionan señoras ricas; era algo más vivo, más peligroso. Saludó con condescendencia a dos nobles mayores, hizo un comentario que los obligó a reírse de sí mismos, y, sin dejar de moverse, me miró como se mira un objeto que uno no ha decidido si comprar.

—¿Tú eres del que hablan últimamente? —preguntó, recorriéndome de arriba abajo—. No pareces tan alto como decían… pero tienes buena presencia.

—La altura de los rumores siempre es más generosa que la de los huesos —respondí—. Prometo compensarlo con contenido.

Rió. Una risa limpia, sin rencor. Se giró hacia Gaius con la familiaridad de quien lo ha molestado toda su vida.

—Me aburres menos de lo esperado —dictaminó, como si el juicio importara al mundo.

—Ese es mi proyecto secreto —dije.

—Pues sigue —replicó, y se alejó flotando un poco, como flotan las personas a las que el suelo les cede.

Grabell estaba cerca, sin estarlo. El heredero no necesita entrar para que se note que está. Conversaba con un semicírculo de nobles, dejándoles creer que opinaban. Frío, eficiente. Me habría caído pesado si no fuera porque a ese tipo de frialdad se llega por mérito, no por capricho. Cruzó la mirada conmigo cuando se acercó a Reida.

—Señora Reia —saludó—. Siempre es un alivio verla.

—Alivio para quién, depende —dijo ella.

La media sonrisa de él se permitía existir. Luego me miró, el cálculo detrás de los ojos girando despacio.

—¿Y este joven… es discípulo suyo?

—Algo así —respondió Reida.

—Vengo de Delarus —dije yo, antes de que la conversación fuera autopsia—. Taller en Ars, algo de gremio, algo de dojo. Y un calendario complicado.

—Asura devora calendarios —comentó Grabell—. ¿Cómo lo está tratando?

—Como a todo el mundo: robándome horas y devolviéndome historias.

—La respuesta de un fabricante —dijo. Se notaba que le gustaba oír frases con peso específico correcto.

Ariel reapareció como si hubiera estado siempre ahí.

—¿Y también sabes bailar, forastero? —preguntó.

—Depende de la danza. ¿Incluye armas o gente intentando matarme?

—A veces ambas —dijo, encantada—. No eres aburrido.

Grabell hizo una inclinación casi imperceptible y se excusó con una cortesía que me dejó con la sensación de que me había pesado y no me había encontrado falto. Era una impresión extraña de agradecer.

Yo no pretendía demostrar nada esta noche; me bastaba con mirar y quedarme con lo valioso. Pero el salón tiene sus propias manos, y te empuja donde quiere.

Y entonces apareció Darius Silva Ganius.

No hace falta adornar: hay gente que llega con olor a vino caro y hay gente que llega con olor a sótano. Darius venía con ambos. Sonrisa grande, dientes mostrados como inventario, un grupo de sirvientes jóvenes detrás —demasiado jóvenes—, y esa manera de ocupar el aire como si todo en él le perteneciera.

—Vaya, vaya… —dijo, proyectando la voz en un grado exacto para que varios oyeran—. ¿Quién es este muchacho? Un rostro nuevo siempre es refrescante en este salón.

Miró a Gaius con deferencia teatrera, a Grabell con respeto agresivo y a Ariel con esa sonrisa que una serpiente ensaya antes de la muda. Se inclinó un centímetro hacia mí, como quien huele.

—Con tu talento, podrías tener un… patrocinador poderoso —dijo—. Alguien que sepa apreciar la juventud y el potencial.

El estómago me pidió permiso para vaciarse. No lo dejé. Sonreí como se sonríe a los perros desconocidos: mostrando dientes, pero no todos.

—Suena tentador —dije—. Aunque, por lo general, mis patrocinadores prefieren seguir vivos.

El cristal de su copa vibró, o me lo imaginé. Reida se adelantó medio paso sin cambiar el gesto; su aura bajó la temperatura de un área prudente. Darius tragó un insulto y escupió miel.

—Ingenioso.

—Económico —respondí.

Ariel se acercó lo justo para que su voz llegara primero.

—¿Ya andas cazando talentos, Darius? —dijo—. Deberías moderarte, no todos disfrutan de tus… intereses tan peculiares.

Un susurro se propagó por el borde del salón como un incendio que busca pretexto. Darius mantuvo la sonrisa, pero los ojos se le afilaron como hojas mal lavadas.

—Y tú deberías cuidar tu lengua, niña. Este mundo no perdona a las princesas insolentes.

—Afortunadamente —replicó Ariel—, yo no soy de este mundo. Soy del que viene después de que terminas de hablar.

La gente que vale la pena medir se mide en silencios. Este duró lo suficiente para que un músico se equivocara en una nota y se corrigiera de inmediato. Grabell intervino con la cirugía propia del que ha apagado incendios con agua y con palabras.

—Darius, Ariel —dijo—. No estamos aquí para volver las copas armas. Hay invitados.

Me miró un instante, una especie de disculpa y advertencia en dos gotas. Darius se replegó un grado, guardó el veneno en la vaina, y Ariel, satisfecha por haber dicho lo que quería decir, se fue a amargarle el vino a otro noble con una sonrisa preciosa.

La música subió. Las conversaciones se abrieron en abanico otra vez. Yo dejé que mis pies me llevaran, y escuché. El salón es un mercado; la mercancía son frases. Había rumores de alzas tributarias, de contratos con clanes del norte, de negociaciones con demonios “civilizados” y de la eterna guerra en miniatura que los nobles libran con tenedores de plata. Y, claro, el fantasma. Un mercader aseguraba que vendía amuletos “aprobados por el fantasma” —apenas baratijas con utilidades menores—, y el amigo asentía con fe rentable. Yo casi me reí. Casi. Al fin y al cabo, es un pasatiempo. De noche puedo darme el lujo de ser mito; de día elijo trabajar.

—Basta —dijo Reida detrás de mí, suave, como si me colocara de nuevo la capa—. Estás llamando atención. Miradas peligrosas.

—Si sale mal, me escondo detrás de ti —murmuré—. Prometo ayudarte a retirarte con tranquilidad dentro de un par de años cuando te arrebate el puesto de Dios del Agua.

No sé qué expresión esperaba. Lo que obtuve fue silencio y tres parpadeos. A nuestro alrededor, dos nobles que habían oído medio chiste se quedaron con la mandíbula floja. ¿Quién es el idiota…?, leí en sus caras. ¿Y por qué no parece idiota?

—No sé de dónde sacas esa confianza —dijo Reida, por fin.

De que literalmente puedo matar a todos aquí menos a ti, pensé. No lo dije. No hacía falta. Ese tipo de pensamiento funciona mejor cuando no se habla en voz alta.

—De practicar —respondí.

Nos interrumpió Grabell con educación de cirujano.

—Señora Reia —saludó de nuevo—. Joven Alerion.

Nos condujo a un rincón menos ruidoso con la autoridad del que no pide permiso para moverse. Me hizo un par de preguntas que no eran preguntas: de dónde vengo, qué busco, qué me parece Ars. Respondí con honestidad filtrada.

—Delarus me enseñó a no desperdiciar oportunidades —dije—. Ars me enseña a no creerme ninguna.

—Bien —comentó—. Los que duran aprenden a hacer ambas cosas.

Y se fue. No había nada que agregar. Quedamos de nuevo yo y el ruido. Y Reida, claro, que es lo contrario del ruido.

Una copa se me acercó por impulso ajeno. No la tomé. No bebo en lugares donde prefieren que no recuerdes detalles. Me moví hacia una columna y, con la excusa de evaluar las molduras, volví a escuchar. El salón es generoso si no exiges. Oí el nombre de Darius con adjetivos que ni la música tapaba. Oí el de Gaius con respeto sincero y cauto. Oí el de Ariel con una mezcla curiosa de cariño y miedo. Oí a un par de viejos quejarse de la juventud con el fervor de quien la recuerda bien.

—Disculpe… —dijo una voz al lado. Un noble menor, con manos sudadas—. ¿La señora Reia… es su comandante?

—En mis ratos libres, la protejo —respondí con seriedad sacerdotal.

Parpadeó. No supo si reír. No lo ayudé. Se fue a procesar.

Minutos después, un niño de unos ocho años, con la cara de alguien que ha añadido por primera vez un nombre nuevo a su catálogo de héroes, se plantó frente a mí con el valor consciente de los valientes.

—¿Es verdad que entrenas con la señora Reia?

—Es cierto.

—¿Y duele?

—Sí.

—¿Mucho?

—Depende de cuánto quieras aprender.

Me miró como si le hubiera dicho que el mundo es más alto por dentro. Se lo conté exagerado: un día en el dojo donde el tatami decide si te deja estar de pie, una lección donde aprender a respirar fue más importante que aprender a golpear, un consejo de Reida que consistía en no decir nada mientras te arrojaba al suelo. Rió donde debía. Ariel, a unos metros, soltó una carcajada sincera que iluminó una esquina del salón.

Cuando el niño se fue, me di cuenta de que me sentía cómodo. No seguro. Nunca estoy completamente seguro en lugares donde el protocolo es arma. Pero cómodo con mis pies, con mi medida, con el borde de mi humor. No es arrogancia; es saber en qué suelo pisas y qué haces si se hunde. En el mío, la única persona que realmente podía derrotarme en ese salón era Reida. Y ella estaba conmigo.

La noche siguió su curso de río controlado. Vi a Gaius moverse como un anfitrión que entiende que la gente no bebe vino: bebe permiso. Vi a Grabell recibir promesas y devolver números. Vi a Ariel reírse en la cara de dos barones, luego tomar de la mano a una niña de la servidumbre que había tropezado y devolverla a la corriente con una frase susurrada. Y vi a Darius mirar, elegir, pesar, como quien cree que todo precio es un número que aún no ha escuchado. No hacía falta que hiciera nada horrendo en público para que supiéramos quién era.

Me crucé con él una vez más, inevitable como una corriente cruzada. Su sonrisa había recuperado brillo, su voz, aceite.

—Espero ver más de su trabajo, joven —dijo.

—No suelo trabajar para gente que no me cae bien —respondí.

—Qué honesto.

—Qué rentable —repliqué.

Nos separamos sin despedirnos. El mundo mejora cuando los dos lados acuerdan no hablar más.

El resto fue la ceremonia del cierre. Los músicos cambiaron a piezas con cortes limpios, los mayordomos hicieron desaparecer copas como si fueran trucos de manos entrenadas, la gente con poder fingió que no le importaba ser la última en irse. Ariel se me apareció otra vez, ya sin prisa.

—Eres interesante, forastero —dijo, sin preámbulos—. Mantente vivo. Quiero hablar contigo otra vez.

—Lo intento —respondí.

—Inténtalo más —y me guiñó, no como una niña, sino como alguien que juega un juego distinto al tuyo y te invita a perder con gusto.

Darius pasó cerca y me miró con esa mezcla de curiosidad y amenaza velada que la gente sin sentido del ridículo confunde con presencia. Grabell me sostuvo la mirada desde lejos, evaluando futuro en lugar de presente. Gaius, desde una terraza interior, asintió apenas, y yo devolví el gesto con el respeto que merece alguien que no necesita hablar para decir “observé”.

Salimos. El pasillo era de piedra honesta, sin tanto adorno, y me gustó más que el salón. Reida caminó en silencio tres puertas, cinco pasos, un suspiro, y habló.

—Hoy has llamado demasiado la atención.

—Lo sé —dije.

—No lo hagas costumbre.

—Intentaré que me salga natural la próxima vez—sonreí.

No respondió. Pero, cuando pasé por su lado para tomar la escalera, me pareció que se le ablandaba un milímetro la dureza en la boca. Puede que fuera la luz.

Afuera, el aire olía a agua guardada y a flores cruzadas con especia. La ciudad, desde allí, parecía otra; no mejor ni peor, solo más alta. Caminamos sin prisa. Tenía el cuerpo cansado de estar firme, la cabeza viva de haber mirado demasiado, y ese hormigueo en las palmas que me aparece cuando quiero forjar aunque sea medianoche. No valía la pena: mañana habría tiempo. Además, hay noches en que lo más valiente que puede hacer uno es no encender el fuego.

La fiesta había sido exactamente lo que tenía que ser: un espejo donde cada quien eligió en qué lado mirarse. Yo vi suficiente. Vi que Ariel tiene filo y no lo guarda. Que Grabell usa la cabeza como un arma de filo lento. Que Gaius entiende el juego y huele el peligro sin hacer aspaviento. Y que Darius es lo que aparenta ser, y que Asura lo tolera como se tolera un tumor por costumbre.

Esa fue mi última idea antes de la primera del día siguiente: tengo trabajo que hacer. Brazaletes que templar. Anillos que cerrar. Un mundo que no se arregla con bailes, pero que a veces —sólo a veces— te permite aprender en ellos la clase de cosas que no vienen en los libros...

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