El resto del fin de semana transcurrió con una tranquilidad inusual para los Snape.
La oficina de Severus se había convertido, poco a poco, en algo más parecido a una sala familiar que a un despacho de profesor. Sobre el escritorio seguían acumulándose montañas de ensayos, pero ahora también había una fotografía tomada en el centro comercial, varios libros infantiles y algunos dibujos que Anya había dejado olvidados.
Durante dos mañanas consecutivas, Leon no bajó al Gran Comedor.
Desayunó junto a su padre y su hermana.
Y, para sorpresa de medio Hogwarts, Severus tampoco apareció.
Naturalmente, los rumores comenzaron casi de inmediato.
—¿El profesor Snape está enfermo?
—¿Está preparando alguna poción extraña?
—¿Castigó a alguien y se quedó vigilándolo?
Nadie imaginó que simplemente estaba desayunando con sus hijos.
A Severus tampoco le importaba.
Mientras observaba a Leon discutir con Anya sobre qué mermelada era mejor, sintió una extraña calidez en el pecho.
Una sensación tan poco habitual que prefirió ignorarla.
—Padre, ¿cómo está Draco? —preguntó Leon mientras terminaba su desayuno.
Snape dejó la taza sobre la mesa.
—Su lesión no es grave. La herida ya cerró gracias a las pociones.
—Entonces debería estar recuperado.
—Lo estaría —respondió Severus secamente—, si dejara de quejarse cada cinco minutos.
Leon puso los ojos en blanco.
—Ya veo.
—Sé exactamente lo que estás pensando —dijo Snape—. Pero no pienso arriesgarme a que Narcisa aparezca en mi oficina acusándome de negligencia.
Leon no pudo discutir aquello.
Conocía perfectamente a su tía.
Si Draco estornudaba dos veces seguidas, probablemente Narcisa intentaría contratar a tres sanadores.
—Entendible —admitió.
Aun así, aquello significaba problemas para el equipo de Quidditch.
Sin Draco, era probable que Slytherin pospusiera cualquier partido.
Y todos sabían que pocos alumnos se atreverían a contradecir a la familia Malfoy.
Después del desayuno, Leon ayudó a Anya con sus tareas de matemáticas mientras Severus corregía ensayos.
Las horas pasaron rápidamente.
Finalmente llegó el momento de regresar a la academia Smeltings.
Anya abrazó a su padre con fuerza.
—Adiós, papá. Nos vemos el próximo fin de semana.
Snape le acomodó el cabello.
—Compórtate.
—Lo intentaré.
—Eso no fue una respuesta tranquilizadora.
Anya sonrió inocentemente.
Leon casi se rio.
—Leon, regresa rápido.
—Sí, padre.
Los hermanos entraron en las llamas verdes de la chimenea y desaparecieron.
Durante unos segundos, Severus permaneció mirando el fuego vacío.
Luego regresó a su escritorio.
O al menos lo intentó.
Apenas habían pasado unos minutos cuando una figura fantasmal atravesó una pared.
Era el Barón Sanguinario.
El fantasma de Slytherin realizó una inclinación de cabeza.
—Profesor Snape.
—¿Qué ocurre?
—La Dama Gorda ha desaparecido de su retrato.
Severus alzó la vista.
—Continúe.
—Y Sirius Black ha intentado entrar en la sala común de Gryffindor.
El aire pareció congelarse.
Los ojos negros de Snape brillaron peligrosamente.
—¿Black?
La palabra salió como un rugido contenido.
Toda la calma acumulada durante el fin de semana desapareció.
En un instante se puso de pie.
Ya no parecía un profesor.
Parecía un depredador que acababa de localizar el rastro de una presa.
Sacó la varita.
Sin embargo, antes de abandonar el despacho se detuvo.
Pensó en Leon.
Pensó en Anya.
Pensó en que, si la situación empeoraba, no podría regresar esa noche.
—Expecto Patronum.
Una cierva plateada surgió de la punta de su varita.
La criatura iluminó la oficina con una luz suave y plateada.
Snape se inclinó ligeramente y murmuró un breve mensaje.
La cierva asintió y salió galopando por la puerta.
Después Severus abandonó la oficina a toda velocidad.
Tenía una presa que encontrar.
Mientras tanto, en Spinner's End, Leon y Anya estaban sentados frente al televisor.
Anya insistía en terminar un programa antes de regresar a Smeltings.
—Cinco minutos más —había dicho.
Eso había sido hacía veinte minutos.
De repente, una luz plateada apareció en medio de la sala.
—¡Leon! —exclamó Anya señalando.
La cierva atravesó la habitación como un espectro brillante.
Entonces la voz de Severus surgió de ella.
—Leon. Quédate esta noche en casa. No regreses a Hogwarts hasta nuevo aviso.
El mensaje terminó y el Patronus desapareció.
Anya abrió mucho los ojos.
—¿Papá está ocupado?
—Muy ocupado —respondió Leon.
Y probablemente persiguiendo a Sirius Black.
Pero eso no era algo que necesitara decirle.
Para su sorpresa, no le molestó quedarse.
De hecho, era una buena oportunidad para descansar.
No tendría que regresar al castillo esa noche.
No tendría que escuchar discusiones sobre Black.
Ni rumores sobre los dementores.
Ni soportar a Draco quejándose de su brazo.
Anya volvió inmediatamente su atención al televisor.
—Entonces podemos ver otra película.
Leon soltó un suspiro.
—Supongo que sí.
Y por primera vez desde el inicio del curso, decidió relajarse un poco.
Después de todo, Hogwarts podía esperar una noche.
Mientras tanto, en Hogwarts, los estudiantes fueron reubicados en el Gran Comedor y tuvieron que dormir en sacos de dormir.
Al día siguiente, Leon regresó a Hogwarts.
Mientras caminaba por los pasillos, escuchaba a los estudiantes relatar lo sucedido la noche anterior con Sirius Black. Otros formulaban teorías sobre cómo había logrado entrar en Hogwarts.
—Dicen que atravesó una pared.
—Escuché que entró por una ventana.
—Mi hermano asegura que se transformó en un perro.
—El prefecto asegura que se transformó en un arbusto.
—Eso es imposible.
Leon ignoró todas las teorías.
Sin embargo, en lugar de preocuparse, pensó en la recompensa que ofrecían por su captura. Tal vez podría convencer a su padre para atraparlo juntos.
Pero más adelante divisó a su Padre.
Al verlo, olvidó inmediatamente todas sus ideas.
Sus ojos mostraban un leve enrojecimiento.
Y su mirada recorría constantemente todas las entradas.
Como si esperara que Black apareciera en cualquier momento.
Leon sintió una ligera preocupación.
Nunca había visto a su padre tan cansado.
Ni siquiera durante los exámenes finales.
Sin embargo, sabía que acercarse a preguntarle solo conseguiría una respuesta seca.
Así que decidió dejarlo tranquilo.
Por ahora.
Leon continuó su camino hacia la sala común de Slytherin.
Nada más entrar, fue recibido por Astoria y Daphne.
—Leon, qué bueno que estás bien —dijo Astoria, claramente aliviada.
—¿Ves? Te dije que no le había pasado nada —comentó Daphne.
—Sigues con vida —dijo Pansy con desdén.
—Gracias por preocuparte, Pansy —respondió Leon.
—¡Yo no me estaba preocupando por ti! —espetó ella.
Pero Leon ya le había dado la espalda. Tomó suavemente la mano de Astoria y dijo:
—Lamento haberte preocupado.
Pansy, completamente ignorada, se marchó de allí enfadada.
Leon notó entonces las ojeras bajo los ojos de Astoria, señal evidente de que había dormido poco.
Astoria, por su parte, se sintió avergonzada al notar que él se había dado cuenta. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y corrió hacia su habitación.
Leon la observó alejarse con expresión confundida.
—Por cierto, ¿dónde estuviste? —preguntó Daphne.
—Fui a casa —respondió simplemente Leon.
Daphne frunció el ceño. Aquella respuesta solo le había generado más preguntas. Quiso insistir, pero Leon ya se dirigía hacia los dormitorios.
Al llegar al pasillo de las habitaciones de los chicos, encontró a Draco Malfoy junto a Crabbe y Goyle.
—Draco, necesito hablar contigo —dijo Leon directamente.
—Leon —respondió Draco con evidente irritación. Su brazo seguía vendado.
—Vamos. Esta conversación te interesará, y es mejor que hablemos en privado.
Draco observó cómo varios estudiantes los miraban con curiosidad.
Finalmente, asintió y condujo a Leon hasta su habitación personal.
Una vez dentro, Leon fue directo al grano.
—Draco, deja de fingir que sigues herido. Tienes que jugar el próximo partido, porque este fin de semana será la mejor oportunidad que tendremos para derrotar a Gryffindor.
Draco frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Lo sabrás cuando llegue el momento. Pero si no juegas, lo lamentarás el resto de tu vida. Te lo puedo asegurar.
La seriedad en la voz de Leon hizo que Draco dudara.
Lo observó durante varios segundos.
Leon parecía completamente convencido de lo que decía.
Y, por alguna razón, eso bastó para que decidiera confiar.
—Está bien —aceptó finalmente.
Leon sonrió satisfecho y abandonó la habitación.
Recordaba perfectamente el pronóstico del tiempo que había visto con Anya frente al televisor.
Las lluvias.
El viento.
Las bajas temperaturas.
Todo coincidía.
Y si sus cálculos eran correctos...
El próximo partido sería uno de los más caóticos que Hogwarts hubiera visto en años.
No pudo evitar murmurar para sí mismo:
—Será mejor que juegues, Draco.
Porque cuando llegue ese día...
vas a querer estar en ese campo.
Mientras tanto, en otro extremo del castillo, Severus Snape abandonaba la oficina del director.
La reunión había sido larga.
Demasiado larga.
Los profesores seguían discutiendo cómo Sirius Black había logrado entrar.
Nadie tenía respuestas.
Y eso era precisamente lo que más le preocupaba.
Los días pasaron y la tensión provocada por la aparición de Sirius Black fue desapareciendo poco a poco. Ahora toda la atención de Hogwarts estaba centrada en el partido de Quidditch que se jugaría al día siguiente.
Los elfos de la Casa de Apuestas de los Caballeros Negros visitaron cada sala común para recolectar las apuestas de los estudiantes.
Hermione Granger intentó varias veces hablar con ellos para explicarles sus ideas sobre los derechos de los elfos domésticos, pero los elfos la ignoraban sistemáticamente. Algunos incluso cambiaban de dirección al verla acercarse. Los demás elfos también la evitaban, pues sus ideas revolucionarias les resultaban extrañas, incómodas e incluso aterradoras.
Finalmente llegó el día del partido.
Una fuerte lluvia caía sobre los terrenos de Hogwarts. El viento soplaba con intensidad, haciendo ondear las banderas de las casas y obligando a los espectadores a sujetar sus capas.
Leon estaba sentado en las gradas de Slytherin con una pequeña sonrisa en el rostro mientras observaba el cielo gris.
Astoria, sentada a su lado, se ajustó la bufanda para protegerse del frío.
—Leon, ¿por qué sonríes? Este clima es terrible —dijo mientras se apartaba algunas gotas de lluvia del rostro.
Leon giró la cabeza hacia ella.
—¿Yo estaba sonriendo? Debe habértelo parecido.
Astoria lo observó con sospecha.
Claramente estaba ocultando algo.
Pero Leon simplemente continuó mirando el campo.
Después de todo, sus predicciones sobre el clima se habían cumplido exactamente como esperaba.
La lluvia seguía aumentando.
El viento era cada vez más fuerte.
Y eso era precisamente lo que había estado esperando.
En el campo, los jugadores de Gryffindor y Slytherin se preparaban para despegar.
Madam Hooch avanzó hasta el centro del terreno con su silbato en mano.
Los catorce jugadores montaron sus escobas.
Las tribunas rugieron de emoción.
—¡Monten sus escobas!
Los jugadores obedecieron.
Madam Hooch observó rápidamente ambos equipos.
Luego levantó el silbato.
—¡Tres... dos... uno!
¡Fiiiiiiiii!
El silbato resonó por todo el estadio.
Las catorce escobas despegaron al mismo tiempo.
El partido había comenzado.
Los uniformes rojos y verdes se elevaron entre la lluvia mientras ambos equipos luchaban ferozmente por la posesión de la Quaffle.
Desde las gradas, Leon observó el cielo oscuro y sonrió un poco más.
La verdadera diversión todavía no había comenzado.
Montague tomó la posesión de la Quaffle.
Su Nimbus 2001 era considerablemente más rápida que las Cometa utilizadas por los jugadores de Gryffindor, así que se lanzó directamente hacia los aros enemigos.
Voló a toda velocidad y disparó.
Pero Oliver Wood logró detener el tiro.
Montague lo miró con evidente molestia, aunque la voz de Flint lo hizo calmarse de inmediato.
—No olvides la estrategia, Montague —le recordó Flint.
—Lo sé —respondió él.
Wood tomó la Quaffle y se la pasó a Katie Bell.
Katie despejó rápidamente hacia Alicia Spinnet, pero el pase fue interceptado por Abraham.
El jugador de Slytherin giró en el aire y se lanzó hacia la portería de Gryffindor.
Las bludgers intentaron cerrarle el paso, pero las esquivó con facilidad.
Katie y Alicia intentaron alcanzarlo, pero los fuertes vientos las hacían aún más lentas.
Mientras tanto, Draco recorría el campo buscando la Snitch Dorada.
Sin embargo, la intensa lluvia dificultaba enormemente su visión.
Daba vueltas una y otra vez sin encontrar ninguna pista.
Aun así, sonreía.
Ahora comprendía perfectamente a qué se había referido Leon cuando dijo que aquel sería el mejor momento para derrotar a Gryffindor.
Harry Potter, por el contrario, apenas podía ver a través del aguacero.
La lluvia era su peor enemiga.
Entonces escuchó el rugido de las tribunas.
Slytherin acababa de anotar.
Treinta minutos después...
Slytherin dominaba el marcador.
70 a 0.
Flint no podía evitar recordar las palabras de Leon.
—No pierdas el tiempo intentando lastimar a los jugadores de Gryffindor. Aprovecha la velocidad y estabilidad de las Nimbus 2001. Si juegan correctamente, la victoria llegará sola.
Y tenía razón.
Los jugadores de Gryffindor apenas podían moverse con normalidad bajo aquella tormenta.
Las Nimbus 2001, en cambio, seguían respondiendo perfectamente.
Sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Madam Hooch hizo sonar su silbato.
—¡Tiempo muerto!
El partido se detuvo momentáneamente.
En las gradas de Slytherin, Leon observó la escena con confusión.
Pero entonces vio algo que llamó su atención.
Hermione Granger corría hacia el equipo de Gryffindor.
Una sensación de alarma recorrió inmediatamente su mente.
—Tengo un mal presentimiento —murmuró.
Sin perder tiempo, comenzó a bajar de las gradas en dirección al campo.
Astoria, al verlo marcharse tan deprisa, decidió seguirlo.
—¡Leon! ¿Qué sucede?
Pero él no respondió.
Su atención estaba completamente centrada en el equipo de Gryffindor.
Sobre el campo, Draco también observó el movimiento de Leon.
La curiosidad pudo más que el partido.
Descendió con su escoba y se acercó a él.
Cuando llegó a su lado, siguió la dirección de su mirada.
Hermione estaba junto a Harry Potter.
Parecía estar realizando algún hechizo sobre sus gafas.
Un momento después, los jugadores de Gryffindor comenzaron a agradecerle efusivamente.
Draco frunció el ceño.
No veía nada extraño.
Pero entonces miró a Leon.
Y lo encontró sonriendo.
Una sonrisa peligrosa.
De esas que normalmente anunciaban problemas para alguien.
Leon se dio cuenta de que Draco lo observaba.
Entonces señaló hacia el campo y dijo en voz alta:
—¡Trae a Flint aquí! ¡Rápido!
Draco parpadeó confundido.
No entendía qué estaba ocurriendo.
Pero la curiosidad era demasiado grande.
Así que giró su escoba y salió disparado para buscar al capitán de Slytherin.
