Cherreads

Chapter 30 - Capitulo 29

Liliana.

El frío ya se me estaba metiendo en los dedos cuando nos detuvimos entre los árboles.

Nos habíamos movido lo suficiente para no estar encima de él… pero lo bastante cerca para verlo.

Ahí estaba.

Sentado en un tronco caído.

Solo.

Quieto.

Demasiado quieto.

Nadie habló por un rato.

Solo lo observamos.

—¿Qué está haciendo?… —murmuró Diego.

Negué levemente.

—No lo sé.

Y eso me inquietaba más que si estuviera haciendo algo peligroso.

Porque cuando alguien como él se queda quieto así…

No sabes en qué lugar está su cabeza.

Pasaron unos minutos.

Largos.

Hasta que finalmente…

Se movió.

Lo vimos levantarse.

Mirar hacia arriba… y luego girar.

Y empezar a bajar.

Parpadeé.

—…¿va bajando? —dijo Elena.

Entrecerré los ojos.

—Sí…

Tom soltó el aire.

—¿Entonces… todo esto fue para nada?

Elena se encogió de hombros.

—Tal vez solo nos estaba tomando el pelo.

—O tal vez cambió de idea —añadió Anaís.

Diego soltó una risa corta.

—Hermano, qué estrés para nada.

Tom ya estaba girándose.

—Yo digo que nos vayamos. Tengo hambre, tengo frío y mis calcetas están empapadas.

—Secundo eso —dijo Pablo.

Kenia dudó un segundo, pero terminó asintiendo.

—Sí… creo que ya bajó la tensión.

Me quedé mirando a Réen un momento más.

Bajando.

Como si nada.

Como si todo lo de hace unos minutos… no hubiera pasado.

—…sí —murmuré al final—. Parece que va de regreso.

Saqué el celular mientras empezaba a girarme.

—Voy a avisarle a mi mamá.

Escribí rápido mientras caminaba:

"Va bajando. Todo tranquilo. Vamos de regreso."

No alcancé a enviarlo.

Porque el suelo desapareció.

—¿¡Qué—!?

No fue un resbalón.

No fue un paso mal dado.

Fue como si la montaña… se abriera.

La nieve debajo de mí cedió de golpe.

—¡LILIANA! —escuché a lo lejos.

Pero ya no estaba ahí.

Todo se volvió blanco.

Ruido.

Mucho ruido.

La nieve cayendo, rompiéndose, arrastrándome.

Rodé.

Una vez.

Dos.

No sabía dónde estaba arriba o abajo.

Intenté agarrarme de algo—

Nada.

Solo nieve suelta.

—¡Mierda—!

El aire se me fue cuando golpeé algo.

Y luego seguí rodando.

El sonido lo llenaba todo.

El viento.

La nieve.

Los gritos… cada vez más lejanos.

—¡LILIANA!

Quise responder.

No pude.

Entonces—

Un tirón.

Fuerte.

Brusco.

Algo me sujetó.

De golpe.

Mi cuerpo dejó de girar.

Pero el impacto llegó un segundo después.

—¡Ah—!

Choqué contra algo sólido.

Duro.

Y todo se detuvo.

El ruido siguió un par de segundos más… hasta que la nieve terminó de deslizarse alrededor.

Silencio.

Pesado.

Respiré.

Una vez.

Dos.

Mi corazón estaba desbocado.

Sentía las manos entumecidas, la cara fría, el cuerpo… todavía vibrando.

Y entonces—

—Parece que te estás divirtiendo mucho con esta nueva forma de bajar la montaña.

Parpadeé.

Reconocí esa voz.

Levanté la mirada lentamente.

Y lo vi.

Réen.

Sentado, apoyado contra un árbol.

Sosteniéndome.

Literalmente.

En brazos.

Detrás de él, el tronco había detenido la caída.

Su respiración era pesada.

No agitada.

Controlada.

Como si el esfuerzo hubiera sido… calculado.

Parpadeé otra vez.

—…¿qué…?

No terminé la frase.

Porque en ese momento—

—¡LILIANA!

Las voces volvieron.

Más cerca.

Más claras.

—¡¿ESTÁS BIEN?!

Giré la cabeza un poco.

Arriba.

Entre los árboles.

Las siluetas de mis amigos, corriendo hacia nosotros.

Volví a mirarlo a él.

Aún sosteniéndome.

Como si nada.

Como si atrapar a alguien en plena caída fuera… otra cosa más del día.

—…tú… —murmuré, todavía procesando— ¿cómo…?

Pero él solo me miró.

Y por un segundo…

No parecía sorprendido.

Ni alterado.

Solo…

Molestamente tranquilo.

Me quedé quieta un segundo, todavía procesando el golpe, la caída… el hecho de que no había seguido rodando quién sabe cuántos metros más montaña abajo. Mis manos temblaban ligeramente mientras me incorporaba del todo, sacudiendo la nieve de mi ropa, sintiendo ese dolor sordo repartido por todo el cuerpo. Nada roto… nada grave… pero definitivamente iba a doler después.

Y ahí estaba él.

Sentado contra el árbol como si nada hubiera pasado.

Como si detener a alguien en plena caída fuera… cotidiano.

Mis amigos llegaron casi de inmediato, atropellándose entre ellos, resbalando, frenando como podían. Sentí manos por todos lados: en mis hombros, en mis brazos, revisando mi cara, mi cabeza, mis piernas.

—¿Estás bien?

—¿Te golpeaste la cabeza?

—¿Te duele algo?

—¡Liliana, responde!

—Estoy bien —logré decir, apartando un poco sus manos—. Estoy bien, en serio…

Y entonces…

Su voz.

Tranquila. Baja. Casi aburrida.

—Sabía que me estaban siguiendo… —dijo.

Todos nos quedamos en silencio.

Giré a verlo.

Seguía ahí, recargado en el árbol, ajustando apenas su postura, como si el esfuerzo de haberme detenido hubiera sido… mínimo.

—Pero nunca creí que se dejarían ver de esa forma —añadió, ladeando un poco la cabeza—. Que original.

Diego frunció el ceño.

—Oye, no fue a propósito—

—Claro que no —lo interrumpió él sin mirarlo siquiera—. Nadie "decide" rodar montaña abajo.

Sentí un poco de calor subir a mi cara. Vergüenza. Molestia.

—El suelo cedió —dije, más firme de lo que me sentía—. No es como si estuviera tratando de impresionarte.

Eso hizo que, por primera vez, me mirara directamente.

Y por alguna razón…

Eso fue peor.

Porque no había burla en sus ojos.

Ni enojo.

Solo… algo raro.

Como si estuviera evaluando.

—No —respondió—. No lo estabas.

Silencio.

Pablo cruzó los brazos.

—De todas formas, gracias por… —hizo un gesto vago—. Eso.

Réen se encogió de hombros.

—Estabas en el camino.

—¿En el camino? —repetí.

—Sí —dijo, como si fuera obvio—. Si no te detenía, ibas a seguir bajando. Y yo también.

Parpadeé.

—…¿también?

—Sí.

Miré alrededor.

La pendiente.

La nieve suelta.

El vacío más abajo.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Entonces… ¿me detuviste para no caer tú también?

—En parte.

Diego soltó una risa corta, incrédula.

—Este tipo…

Kenia negó con la cabeza.

—No sé si agradecerte o golpearte.

—Ambas son opciones válidas —respondió él con total calma.

Me crucé de brazos, todavía sintiendo el pulso acelerado.

—Sabías que te seguíamos —repetí—. ¿Desde cuándo?

—Desde hace rato.

—¿Y no dijiste nada?

—No.

—¿Por qué?

Se quedó en silencio un segundo.

Luego:

—Porque no me molestaba.

Eso… no era la respuesta que esperaba.

Anaís dio un paso al frente, observándolo con más atención.

—Entonces sabías que estábamos preocupados.

—Sí.

—¿Y decidiste ignorarlo?

—Sí.

—¿Por qué?

Réen la miró.

—Porque es su problema.

El silencio volvió a caer.

Pesado.

Directo.

Sin filtros.

Tom resopló.

—Eres increíble.

—Lo sé.

—No era un cumplido.

—Nunca lo son.

Y por alguna razón…

Eso me sacó una pequeña risa.

Breve.

Involuntaria.

Todos me miraron.

—¿Qué? —dije—. Es… frustrante. Pero también… —negué con la cabeza—. Da igual.

Volví a mirarlo.

—Oye.

Levantó apenas la mirada.

—¿Qué?

—Gracias.

Esta vez no respondió de inmediato.

Solo me sostuvo la mirada un segundo más.

Luego asintió.

Una vez.

Y desvió la vista hacia la montaña.

Como si el tema ya no importara.

Como si nada de esto… tuviera peso.

Pero yo sabía que sí.

Porque cuando caí…

Él no dudó.

Y eso no encajaba con alguien que "no se involucra".

Lo observé un momento más.

Tratando de entenderlo.

Sin lograrlo.

Ni un poco.

***

Réen.

Maldición.

El dolor seguía ahí.

No agudo… no insoportable… pero sí constante. Ese tipo de dolor que se instala y no se va, que se queda recordándote cada movimiento que hiciste mal.

Moví el brazo apenas… lo suficiente para confirmarlo.

Sí.

Se había salido.

Otra vez.

Bufé por lo bajo.

—Genial…

No iba a acomodármelo aquí. No frente a ellos. No después del pequeño espectáculo de hace unos minutos. Además… no era urgente. Podía aguantarlo. Siempre podía aguantarlo.

Si no me hubiera metido…

Giré apenas la cabeza hacia la chica —Liliana—, rodeada ahora por su grupo, todavía revisándola como si fuera de cristal.

Si no la hubiera detenido…

Se habría estrellado contra el árbol.

Y entonces sí… el problema sería otro.

Chasqueé la lengua suavemente.

—Tsk…

Seguí caminando sin decir nada más, dejando que ellos se encargaran de lo suyo. El crujido de la nieve bajo mis botas era constante, rítmico. Familiar.

Diez minutos.

Tal vez un poco más.

El dolor en el hombro se volvió parte del fondo, como siempre. Una sensación más en la colección.

Entonces los vi.

A lo lejos.

Un grupo.

Moviéndose juntos, en dirección hacia la montaña, pero no hacia donde yo iba… sino hacia donde yo había estado.

Entrecerré los ojos.

Uno… dos… tres…

Reconocí la forma de caminar antes que las caras.

Guillermo.

Por supuesto.

Y luego…

Mi madre.

Mi padre.

Alan.

Mi mandíbula se tensó un poco.

Y detrás…

Más figuras.

Los mayores.

Los abuelos.

Todos.

Y una mujer más que no reconocía.

—…claro —murmuré.

Venían a buscarme.

Obvio.

Miré por encima del hombro.

El grupo de chicos seguía ahí atrás.

Miré de nuevo al frente.

Luego al cielo.

Exhalé lento.

No tenía ganas de esto.

Pero tampoco iba a dar media vuelta como si nada.

Así que hice lo único práctico.

Metí dos dedos en la boca…

Y silbé.

Fuerte.

Agudo.

El sonido cortó el aire frío.

Una vez.

Dos.

Tres.

Esperé.

No mucho.

Fue Guillermo el primero en reaccionar. Lo vi girar la cabeza casi de inmediato, como si ese sonido fuera algo que reconociera demasiado bien.

Sus ojos me encontraron al instante.

Y luego…

El resto comenzó a notar.

Mi madre fue la siguiente.

Incluso a la distancia… pude ver cómo cambiaba su expresión.

—…mierda —murmuré por lo bajo.

Levanté una mano.

Un gesto simple.

Escuché cómo la nieve dejaba de crujir detrás de mí.

Se detuvieron.

Claro… el silbido no era precisamente discreto.

—Oye… —dijo Diego—. ¿a quién le silbaste?

No me giré de inmediato. Mantuve la vista fija en el grupo a lo lejos, viendo cómo empezaban a reorganizarse, cómo claramente ya habían entendido dónde estaba.

—A mi familia —respondí, simple.

Hubo un pequeño silencio detrás.

—¿Tu… familia? —repitió Tom.

Asentí apenas.

—Sí. Parece que salieron a buscarme.

—¿TODOS? —añadió Pablo, incrédulo.

—Ajá.

Exhalé por la nariz.

—Son… un poco intensos.

Escuché un pequeño resoplido nervioso de alguien… creo que fue Kenia.

—"Un poco", dice…

Entonces Liliana habló.

Pero su tono ya no era solo sorpresa.

Era… otra cosa.

Más atenta.

—Espera…

Giré apenas la cabeza lo suficiente para verla de reojo.

—Mi mamá… —dijo lentamente—. Creo que… viene también.

Parpadeé.

Ahora sí me giré un poco más.

—¿Qué?

Ella señaló hacia el grupo.

—La mujer que va con ellos… —entrecerró los ojos—. Sí. Es ella.

Hice una pausa.

Volví a mirar.

La mujer extra.

No la reconocía.

Pero ella sí, claramente.

—Mi mamá me llamó hace rato —continuó—. Me dijo que quería reunirnos con una familia… que necesitaban ayuda con alguien.

Silencio.

—…¿ayuda? —repetí, más plano de lo que pretendía.

Liliana asintió, ahora completamente segura.

—Sí. Y mencionó un nombre.

No dijo nada por un segundo.

Solo me miró.

—Réen.

El viento pasó entre nosotros.

Frío.

Directo.

Molesto.

—Dijo que era un chico que había desaparecido hace años —añadió—. Y que había vuelto.

Nadie habló.

Podía sentir las miradas del resto del grupo sobre mí.

Pesadas.

Intentando encajar piezas.

—Y… —Liliana inclinó un poco la cabeza—. parece que esa familia… es la tuya.

Exhalé lento.

—Parece.

Diego soltó un "no puede ser…" en voz baja.

Pablo se pasó la mano por la cara.

—Entonces… espera… —miró entre nosotros—. ¿todo esto…?

—Sí —lo interrumpí—. Todo esto.

Kenia frunció el ceño.

—¿Y no pensabas decir nada?

Me encogí de hombros.

—No preguntaron.

—¡Claro que no preguntamos! —respondió—. No es como si dijeras ese tipo de cosas caminando por ahí.

—Depende del día.

Volví la vista hacia adelante.

El grupo ya venía en esta dirección.

Más rápido ahora.

Mi madre…

Podía verla incluso a esa distancia.

La forma en que caminaba.

Casi corriendo.

Mi mandíbula se tensó un poco.

—Genial… —murmuré.

Liliana dio un paso más cerca.

—Entonces… ¿qué hacemos?

Solté una pequeña risa sin humor.

—¿Hacemos?

Negué con la cabeza.

—Nada.

Me giré apenas, mirándolos a todos.

—Ustedes querían ayudar, ¿no?

Nadie respondió.

—Perfecto —añadí—. Ahí vienen.

Señalé con la cabeza hacia el grupo.

—Empiecen por no decir nada estúpido.

Diego soltó una risa nerviosa.

—Eso va a estar difícil.

—Lo sé.

Volví a mirar al frente.

El viento levantó un poco la nieve entre nosotros y ellos.

Reduciendo la distancia.

—Muy difícil… —murmuré.

No tuve que esperar mucho.

La distancia se cerró rápido.

Demasiado rápido.

Y me preparé.

De verdad lo hice.

Enderecé un poco la postura, ignorando el tirón en el hombro, apreté la mandíbula y bajé apenas la mirada, listo para lo de siempre: preguntas, regaños, tensión… todo de golpe.

Pero no fue eso.

Fue peor.

—¡Réen!

Y entonces—

El impacto.

Los brazos de mi madre rodeándome con fuerza, enterrándome prácticamente contra ella. El calor, el olor familiar, el temblor en su cuerpo…

Y el dolor.

—…gh—apreté los dientes, pero no me moví.

El hombro protestó de inmediato, un latigazo que me subió hasta el cuello.

Pero no la aparté.

No podía.

—No vuelvas a hacer eso… —su voz estaba rota, pegada a mi abrigo—. No vuelvas a irte así…

Exhalé lento, dejando que el aire saliera por la nariz.

—Estoy aquí…

No fue un "lo siento".

Pero fue lo único que salió.

Poco a poco me soltó, aunque sus manos no se alejaron del todo, como si no confiara en que no iba a desaparecer otra vez.

Alrededor…

Las miradas.

Mi padre, serio, pero claramente aliviado.

Alan con los brazos cruzados, evaluándome como si estuviera contando cuántas piezas me faltaban.

Y los abuelos…

—Así que… —la voz de mi abuelo Matías rompió el momento—. ¿es cierto lo que escuchamos?

Levanté la vista.

—¿Qué cosa?

—Que estabas buscando un lugar para meterte a nadar —dijo, frunciendo el ceño—. ¿En serio, muchacho? ¿En este frío?

Me encogí de hombros.

—Es algo que hago.

No elaboré.

No hacía falta.

El silencio que siguió lo dijo todo.

—…¿"algo que haces"? —repitió.

—Sí.

Alan resopló.

—Te juro que estoy considerando seriamente ponerte un rastreador.

Lo miré.

—No es mala idea.

Parpadeó, sorprendido.

—¿Ah, sí?

—Sí —asentí—. Pero son caros.

Por un segundo…

Solo un segundo…

Se le escapó una media risa.

—Idiota…

—Probablemente.

El ambiente… no se relajó, pero dejó de estar al borde.

Hasta que—

—¡Liliana!

La voz femenina rompió la escena.

Todos giramos.

La mujer que venía con ellos se acercó más rápido, claramente alterada.

—¿Qué te pasó? ¿Estás bien? —sus ojos recorrieron a la chica de pies a cabeza.

Liliana levantó las manos, tranquila.

—Estoy bien, mamá. Solo… la nieve se deslizó y caí.

—¿Caíste? —repitió, tensa.

—Sí, pero él— —señaló hacia mí— me detuvo antes de que chocara con un árbol.

Hubo un pequeño silencio.

Sentí varias miradas sobre mí otra vez.

La mujer me observó con más atención ahora.

Evaluando.

Agradeciendo… tal vez.

—Mañana me va a doler todo el cuerpo —añadió Liliana, medio resignada—, pero estoy bien.

Su madre exhaló, claramente aliviada.

—Dios…

Poco a poco, la tensión bajó.

Lo suficiente.

Entonces ella habló de nuevo, pero esta vez mirando entre nosotros.

—Ellos… —dijo, señalando a mi familia— son de quienes te hablé.

Liliana asintió.

—Sí… ya me di cuenta.

—Y bueno… —la mujer hizo un pequeño gesto hacia mí—, ya conoces al chico.

Silencio.

Ese tipo de silencio que se llena de intención.

De expectativas.

De palabras que vienen.

De "ayuda".

De "hablar".

De "entender".

No.

Di un paso al frente antes de que alguien abriera la boca.

—No.

Todos me miraron.

—No quiero ayuda —dije, claro.

Miré directamente a la mujer.

Luego a Liliana.

Luego al resto del grupo.

—Antes de que empiecen con discursos, preguntas o lo que sea que hagan en su grupo…

Mi voz salió más fría de lo que pretendía.

—No.

El viento pasó entre nosotros otra vez.

—Bastante tengo con que pocas personas sepan lo que viví —añadí— como para que más extraños se metan en eso.

Silencio total.

Nadie interrumpió.

Ni mi familia.

Ni ellos.

—Así que no —concluí—. No me interesa.

Sostuve la mirada un segundo más.

Luego la aparté.

Guillermo dio un paso al frente.

No dijo nada al principio.

Solo me miró.

Esa mirada… la conocía.

La de "ya terminaste" y "ahora me toca a mí".

—Cálmate un poco —dijo, tranquilo, como si nada de lo que acababa de pasar importara demasiado.

Bufé por la nariz.

—Estoy calmado.

—No —respondió—. No lo estás.

Antes de que pudiera decir algo más, extendió la mano hacia mi brazo.

No me aparté.

Sabía lo que estaba haciendo.

Y él sabía que yo lo sabía.

Pero no avisó.

Nunca lo hacía.

Solo... Jaló.

El mundo se contrajo en un punto.

El sonido fue seco.

Claro.

El chasquido del hueso regresando a su lugar.

El dolor explotó y desapareció en el mismo segundo.

Mi cuerpo reaccionó por instinto, tensándose, pero no hice ruido. Solo apreté los dientes, dejando que el aire saliera entre ellos.

Y luego…

Silencio.

—…ahí está —dijo Guillermo, soltando mi brazo como si nada.

Alrededor…

Reacciones.

—¿¡Qué fue eso!?

—¿Qué le hiciste?

—¡Se escuchó horrible!

Kenia dio un paso atrás.

—¡Eso sonó como si se rompiera algo!

Diego tenía la cara desencajada.

—Hermano, ¿estás bien?

Moví el hombro lentamente.

Arriba.

Atrás.

Un pequeño círculo.

Dolía… sí.

Pero ahora era el dolor correcto.

—Sí —respondí—. Ya está en su lugar.

—¿CÓMO que "en su lugar"? —dijo Tom—. ¿Qué pasó?

Suspiré.

—Cuando la detuve —señalé vagamente hacia Liliana— y me estrellé con el árbol… se me salió el hombro.

Se hizo un silencio breve.

—…¿y estabas caminando así como si nada? —preguntó Pablo.

—Sí.

—¿Desde hace cuánto?

—Unos… diez minutos.

Diego negó con la cabeza.

—No estás bien.

—Nunca dije que lo estuviera.

Miré de reojo a Guillermo.

—Iba a acomodarlo cuando regresara a la cabaña.

Hice una pequeña pausa.

—Pero "alguien" —añadí, marcando ligeramente la palabra— no fue muy cauteloso.

Guillermo soltó una pequeña exhalación que casi parecía una risa.

—Si lo dejabas, se iba a inflamar más.

—Lo sé.

—Entonces no te quejes.

—No me quejo.

Lo miré un segundo.

—Solo digo que podrías avisar.

—¿Y arruinar el momento? —respondió, completamente serio.

Lo sostuve la mirada.

Y por un segundo…

Muy breve…

Casi sonreí.

Casi.

Detrás, el grupo seguía procesando.

Liliana me miraba distinto ahora.

No como antes.

Más… consciente.

—¿Eso… te pasa seguido? —preguntó, señalando mi hombro.

—Lo suficiente.

—¿Y… tú mismo te lo acomodas?

—Cuando hace falta.

—Eso es… —negó con la cabeza—. No tengo palabras.

—Yo sí —murmuró Diego—. Está loco.

—También.

Volví a mover el brazo una vez más.

Funcional.

Bien.

Listo.

Levanté la vista.

El frío seguía ahí.

El viento.

La montaña.

Y demasiada gente a mi alrededor.

—¿Ya? —dije finalmente—. ¿Terminamos con el espectáculo?

—Escuchamos algo interesante.

La voz de mi madre cortó el aire.

No era suave.

No era temblorosa.

Era… esa voz.

La que usaba cuando algo no le gustaba en absoluto.

Levanté la vista hacia ella.

Su expresión lo decía todo.

Había escuchado suficiente.

—Así que —continuó, cruzándose ligeramente de brazos— vamos a regresar y vamos a hablarlo.

Exhalé por la nariz.

Claro.

Esto.

Miré de reojo a Liliana.

Luego a su madre.

Luego al resto del grupo.

Puente.

Perfecto.

Lo entendieron mal.

Todos.

Como siempre.

Abrí la boca para decir algo…

Para corregirlo, para cortar la idea antes de que creciera más.

Pero me detuve.

El estómago.

Ese vacío.

Ese recordatorio constante que había ignorado por días.

Tres días.

Casi cuatro.

Suspiré.

—Primero… —dije, interrumpiendo todo antes de que alguien más hablara— regresemos.

Hubo un pequeño silencio.

—Tengo hambre.

Silencio total.

No incómodo.

No tenso.

Otro.

Más… raro.

Giré la cabeza apenas.

Y los vi.

Todos.

Mi familia.

Quietos.

Inmóviles.

Como si alguien hubiera pausado la escena.

Alan parpadeó.

—…¿qué?

Mi padre me miró como si no hubiera escuchado bien.

—¿Dijiste…?

—Que tengo hambre —repetí, más claro—. Quiero comer algo.

Nadie se movió.

Nadie habló.

Mi mirada fue directamente a mi madre.

Y ahí fue donde lo noté.

El cambio.

No era preocupación.

No era enojo.

Era…

Algo más.

Sus ojos se abrieron apenas más.

Y su expresión…

Se iluminó.

Literalmente.

Como si acabara de escuchar algo imposible.

Como si…

Eso…

Fuera un milagro.

Tragué saliva, incómodo de repente.

—…¿qué? —murmuré.

Ella negó con la cabeza rápidamente, como si no quisiera romper el momento.

—Nada… —su voz salió baja, pero llena de algo que no supe nombrar—. Nada, hijo.

Hijo.

No corregí eso esta vez.

—Vamos —añadió enseguida, limpiándose un poco el rostro como si necesitara recomponerse—. Vamos a comer.

Alan soltó una pequeña risa incrédula.

—Sí… sí, vamos a comer —repitió—. Definitivamente vamos a comer.

—Antes de que cambie de opinión —murmuró mi padre, casi para sí mismo.

Rodé los ojos levemente.

—No voy a cambiar de opinión.

—Más te vale —dijo Alan.

—Cállate.

Pero aun así…

Di media vuelta.

Y empecé a caminar.

Esta vez…

No para alejarme.

Sino para volver.

Y por alguna razón…

Eso hizo que el silencio detrás de mí…

Se sintiera completamente diferente.

More Chapters