[Eiren]
El aire era pesado, húmedo, y cada respiración se sentía más densa que la anterior.
Habían pasado ya dos días desde aquel encuentro… desde que sostuve en mis manos el cuerpo sin vida del hombre de la Orden de la Llama Silente.
Todavía recordaba sus ojos apagándose mientras me entregaba la carta y el collar, sus dedos manchados de sangre temblando hasta el último segundo.
No podía sacarme su voz de la cabeza:
"Huyan del bosque… antes de que ella los encuentre."
Apreté el pequeño estuche de cuero donde guardaba ambos objetos. Estaban protegidos por una capa de hielo fino, mi propio hechizo de conservación.
No sabía por qué, pero algo en sus palabras me atormentaba, como si esa advertencia fuera personal.
Esa mujer vestida de negro… el hombre la describió con tanto miedo, con tanto odio, que hasta ahora su voz parecía resonar en mi mente.
Y sin embargo… había algo en mí que se revolvía al escuchar su descripción. Algo familiar.
No recordaba haberla visto, no en mis recuerdos recuperados al menos, pero… había algo. Algo que me hacía sentir como si estuviera a punto de recordarla y, al mismo tiempo, no quisiera hacerlo.
El carruaje avanzaba lentamente por el sendero cubierto de raíces y ramas, y el sonido de los cascos de los caballos se mezclaba con el canto de los insectos.
Keny cabalgaba a la izquierda, su lanza colgando de la silla, los ojos fijos al frente. Kyle, a la derecha, con la capa del marqués ondeando por el viento, su mano en el mango de la lanza y su fuego brillando débilmente entre los dedos, como si estuviera listo para cualquier cosa.
Yo iba al frente, abriendo paso.
—¿Cuánto más crees que falte para salir de este maldito bosque? —preguntó Keny, rompiendo el silencio.
Su voz sonó cansada, pero no desprevenida.
—Si seguimos este ritmo —respondí, mirando el mapa que tenía en la mano—, tal vez un par de días más.
Aunque claro, eso era si no nos topábamos con otra sorpresa.
Kyle soltó una risa baja.
—A este paso, me preocupa más morir de aburrimiento que por una bestia.
—No digas eso —murmuró uno de los soldados detrás de él—. Desde que entramos, las bestias no nos han dejado ni un día de descanso.
Kyle giró su lanza en el aire con un movimiento ágil.
—Eso fue hace dos días. Tal vez ya se cansaron de nosotros.
—O tal vez están huyendo de algo más grande —agregó Keny con tono serio.
—No bromees.
Keny no sonrió.
—No estoy bromeando. Si recuerdas lo que dijo ese hombre… las bestias no actuaban por instinto. Alguien las estaba controlando.
El silencio volvió.
Solo el viento moviendo las hojas, el crujir de los cascos sobre la madera podrida.
El marqués Shtile, desde dentro del carruaje, habló con voz débil:
—¿Creen que… esa mujer aún esté aquí?
Miré por encima del hombro.
Su rostro se asomaba ligeramente entre las cortinas. Estaba pálido, cansado, su enfermedad avanzando cada vez más.
—No lo sé —respondí—. Pero si lo que dijo el hombre era cierto, puede que haya dejado algo atrás. Algo… que no debió quedar libre.
Kyle levantó la vista, frunciendo el ceño.
—¿"Algo"?
—El hombre dijo que las bestias se mataron entre sí después de que ella las inyectó con… algo. Eso suena como magia prohibida o alquimia avanzada.
—Sea lo que sea —añadió Keny—, yo no quiero comprobarlo.
Fue entonces cuando ocurrió.
Un estruendo.
Un rugido lejano, tan profundo que hizo vibrar el suelo bajo los cascos de los caballos.
Los animales relincharon, nerviosos, algunos soldados levantaron sus lanzas al aire.
—¡¿Qué demonios fue eso?! —gritó uno de los capitanes del marqués.
El eco retumbó entre los árboles, viajando desde una distancia incalculable. No era un sonido cercano, pero su fuerza era tan grande que parecía haber cruzado todo el bosque para llegar hasta nosotros.
Keny miró hacia el este.
—Eso… no fue cerca.
—No —murmuré, intentando sentir el flujo de maná a mi alrededor—. Está muy lejos… pero puedo sentirlo.
Una onda expansiva de energía mágica, lejana pero inmensa.
Era como si una ola invisible hubiese chocado contra el bosque entero.
—Eso fue una magia de alto nivel —dijo Kyle, apretando los dientes—. ¿Una explosión? ¿Una bestia, tal vez?
—No —intervino el capitán del marqués, que desmontó del caballo para observar el suelo—. Eso fue magia. Lo sé por experiencia. Ese eco fue… demasiado estable para ser natural.
El otro capitán, el que servía a Kyle, levantó la mirada hacia los cielos cubiertos.
—Si el sonido viajó hasta aquí, y lo escuchamos tan claro, eso significa que fue una magia de escala masiva… o un combate de muchos magos de alto rango.
—¿Como las tres Órdenes? —preguntó Keny.
El capitán asintió lentamente.
—Exacto.
Me quedé en silencio.
—Si eso viene de donde creo… —Kyle señaló hacia las montañas lejanas, apenas visibles entre la neblina—, entonces están más o menos a un día de distancia.
—Eso es imposible —replicó Keny, mirando a su alrededor—. A esa distancia, no deberíamos haber escuchado nada.
El capitán del marqués levantó la mano.
—A menos que el maná desbordado esté afectando el aire del bosque.
—¿El maná? —pregunté.
—Sí. Cuando hay una acumulación masiva de poder mágico, el aire mismo vibra. Amplifica los sonidos, distorsiona el tiempo, la dirección… —explicó el capitán con voz tensa—. En otras palabras, eso que escuchamos no solo fue una explosión. Fue una ruptura del flujo de maná.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
El flujo de maná… roto.
Eso no era algo que pudiera hacer una persona normal. Ni siquiera una poderosa.
Para causar algo así, hacía falta una fuerza descomunal o una entidad fuera de lo humano.
Keny bajó la mirada al suelo, murmurando:
—Sea lo que sea, no quiero estar en su camino.
Kyle suspiró, mirando hacia mí.
—¿Qué haremos, entonces?
Miré el horizonte, el bosque que se extendía en dirección a ese sonido.
Las hojas temblaban, los árboles parecían susurrar entre ellos, y el aire… el aire estaba tan cargado de magia que podía sentirlo en la piel.
—Seguiremos avanzando —dije finalmente.
—¿Qué? —preguntó Kyle—. ¿En serio?
—Sí. No sabemos qué está pasando allá, y no tenemos por qué meternos. Nuestra misión es salir de este bosque y llegar a la capital. Nada más.
—Por primera vez estoy de acuerdo contigo —dijo Keny, soltando un suspiro.
—Mantengan los ojos abiertos —añadí, mirando a todos—. Desde ahora, nadie se separa, ni siquiera para orinar.
Los soldados asintieron.
El marqués cerró las cortinas del carruaje y Cloe se acurrucó en silencio junto a su hermana.
El camino siguió, pero el silencio que los acompañó fue aún más pesado que antes.
Algo me decía que ese era el punto donde el destino comenzaba a torcerse.
El aire se volvió… tóxico.
No por el olor, ni por la humedad que siempre cargaba el bosque, sino por algo más profundo. Algo invisible que se pegaba a la piel como una capa fría.
El silencio se tragó todo sonido de los insectos.
Solo se oían los cascos de los caballos deteniéndose, el crujir de las hojas, y el leve siseo del viento.
Y entonces, una risa.
Suave, femenina… pero con un eco extraño, deformado.
Era una risa que no pertenecía a este mundo.
No había nada de alegría en ella, ni de burla… solo una calma retorcida.
Keny fue el primero en reaccionar, bajando de su caballo con su lanza en mano.
Kyle giró hacia la izquierda, el fuego danzando sobre su palma.
Los soldados formaron un círculo inmediato alrededor del carruaje del marqués.
Yo… sentí un escalofrío recorrer mi columna.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: conjuré hielo en mis manos, y las dagas tomaron forma en un brillo azul.
—¿Sintieron eso? —preguntó uno de los capitanes, su voz apenas un susurro.
—Sí —respondí, apretando los dientes.
No era una pregunta, era una confirmación.
Todos lo sentimos.
La risa volvió a sonar, más clara, como si la mujer se estuviera acercando, aunque no podíamos verla.
Y con cada carcajada, la neblina comenzó a alzarse entre los árboles.
Primero delgada como un velo, luego espesa y lechosa, cubriendo el suelo hasta los tobillos.
Los caballos relincharon, inquietos. Algunos soldados tuvieron que sujetarlos con fuerza para evitar que huyeran.
—¡En formación! —ordenó Kyle, elevando su lanza que ardió con fuego rojo.
Yo avancé un paso, el hielo crepitando en mis manos.
No se oía ningún movimiento entre los árboles, ni ramas quebrándose, ni hojas agitadas.
Solo… esa voz.
—Vaya, vaya… —dijo la mujer entre la neblina, con una dulzura antinatural—. Qué cálido recibimiento para alguien que solo quería jugar un poco.
El sonido vino desde la derecha, pero al girar, no había nadie.
Solo sombras y la bruma bailando entre los troncos.
—¿Eres tú? —pregunté, mi voz firme aunque mi respiración se aceleraba—. ¿La mujer que atacó a las tres Órdenes?
Una risa baja fue la respuesta.
—Mmm… puede que sí, puede que no. Tal vez soy la única aquí… o tal vez hay muchas más como yo.
Keny maldijo en voz baja.
—Joder… esto huele a trampa.
Kyle chasqueó los dedos, expandiendo un círculo de fuego alrededor del grupo.
—¡Muéstrate, maldita sea!
La neblina no se disipó.
Pero la voz sonó más cerca, justo detrás de mí.
—Esos hombres… —dijo con tono suave, como recordando algo lejano—. Eran tan… débiles. Fuertes, sí, disciplinados incluso… pero no lo suficiente para mis juguetes.
Sus palabras helaron la sangre en mis venas.
Podía sentir su presencia, su maná.
Era como un remolino: cambiante, inestable, poderosa.
Una magia que vibraba en el aire y lo distorsionaba todo.
—¿Qué demonios querías de ellos? —le pregunté, girando lentamente.
Un suspiro sonó entre los árboles.
—Avances… Avances en mis experimentos. Pero ninguno de ellos pudo darme lo que necesitaba. Sus cuerpos eran tan… frágiles.
—¿"Experimentos"? —repitió Kyle, encendiendo su fuego aún más—. ¡¿Eres una maga prohibida?!
—Oh, querido, esas son palabras feas. Prefiero pensar en mí como una soñadora.
Los soldados comenzaron a moverse, algunos invocando círculos defensivos, otros preparando lanzas encantadas.
Yo no apartaba mis ojos del bosque.
Sabía que estaba cerca. Podía sentirla.
Su maná era distinto.
Oscuro, pero… familiar.
—Y tú… —su voz bajó a un susurro melódico, como si estuviera justo al oído—. Tú eres diferente.
Tragué saliva.
—¿Qué quieres decir?
—Tu maná… es hermoso. —La voz sonaba fascinada, casi infantil—. Denso, ardiente… pero contenido, como un volcán esperando a explotar. Algo en ti… me resulta familiar. Algo que me llama.
La neblina se movió como si respirara.
Una silueta se formó a la distancia, femenina, alta, cubierta por una capa negra.
Solo se distinguían sus labios, curvados en una sonrisa.
—¿Quién eres? —preguntó Keny, alzando su lanza con viento concentrado.
—Oh… eso no importa.
—Lo importante… —hizo una pausa, inclinando ligeramente la cabeza—, es por qué un chico tan lindo como tú está aquí. Ese cabello tan anormal… y esos ojos…
Su tono se volvió dulce, casi lascivo.
—Oh, dioses… esos ojos. Son como cristales. Pero… ¿dónde los vi antes?
Mi corazón dio un vuelco.
La mujer chasqueó los dedos, el sonido resonó como una campanilla.
—Ah… ya recuerdo.
Un silencio espeso cayó sobre todos.
Los soldados no se movieron, solo esperaban.
—Vi esos ojos… —continuó ella con voz cantarina—. En esa mujer. La que estaba con las Órdenes.
Keny frunció el ceño.
—¿Qué mujer?
La figura ladeó la cabeza.
—Su nombre era… ¿cómo era? Hmm… silla o algo así.
—¿Silla? —repitió Keny, confundido.
La risa de la mujer resonó otra vez, distorsionada.
—No, no… algo así, pero más elegante. Ah, sí, sí… Sivelle. Ese era su nombre.
Mi respiración se detuvo.
El hielo de mis dagas crujió al apretarlas más fuerte.
Esa palabra… ese nombre…
La mujer siguió hablando, encantada con su propio relato.
—Era poderosa, sí. Su magia de hielo era… exquisita. Pero no era lo que necesitaba. Una lástima. Hubiera hecho maravillas con ella.
Mi mente se nubló.
Sivelle.
Ella… aquí.
No podía ser.
Ella debía estar en la capital.
Los informes decían que se encontraba asistiendo al consejo del ducado.
¿Por qué estaba aquí?
¿Vino con las Órdenes? ¿Fue parte del ataque?
—No puede ser… —susurré, más para mí mismo que para nadie.
Solo seguí mirando esa silueta oscura entre la niebla.
Kyle me llamó, su voz firme:
—No ataques, Eiren. No sabes si esto es una provocación.
—¿Provocación? —replicó la voz de la mujer, que surgió entre la bruma con un susurro burlón—. Ah, entonces tu nombre es Eiren. Qué lindo… Eiren, espero que me ayudes a descubrir mis avances.
Antes de que pudiera reaccionar, se desvaneció en la neblina, y los gruñidos distorsionados se hicieron más cercanos, más violentos. Los caballos se encabritaron, y el capitán del marqués gritó:
—¡Todos a proteger el carruaje! ¡Escudos arriba, lanzas listas!
Los soldados rodearon el carruaje más estrechamente, invocando magias protectoras que brillaban con tonos azules y dorados. Las lanzas se levantaron, formando un muro defensivo alrededor de las ruedas y los pasajeros. Kyle y Keny descendieron de sus monturas, tensando sus músculos, mientras yo bajaba con ellos.
Mis dagas de hielo crecieron ante mis manos, volviéndose más largas, más gruesas y más afiladas, como si respondieran a mi tensión. El aire a mi alrededor vibraba con energía contenida. Esta vez no usaría mis círculos mágicos ni cánticos. No los necesitaba. Mis nodos internos estaban despiertos, conectándose entre sí, sincronizando cada célula con la magia del hielo que fluía en mí.
—Sé que no puedes mantener esto mucho tiempo —dijo Kyle en un susurro, observando cómo los nodos brillaban bajo mi piel.
—Lo sé —respondí, apretando los dientes—. Pero mientras más rápido lo eliminemos, más rápido podremos salir de este bosque infernal.
La primera variación se activó. El mundo pareció ralentizarse mientras mi maná se reorganizaba. Cada nodo vibraba, creando una red invisible a mi alrededor, ampliando mi percepción del espacio y del tiempo. Los árboles se veían como ecos flotando, los movimientos de los enemigos anticipables antes de que ocurrieran. Mis dagas se movían con exactitud, cortando el aire y creando filamentos de hielo que permanecían suspendidos, listos para interceptar cualquier ataque.
Keny se tensó a mi lado:
—Ese método… sigue siendo increíble… jamás había visto nada así.
—Céntrate en tus ataques —le advertí, mientras los gruñidos se transformaban en gritos y rugidos.
La primera bestia emergió de la neblina, un coloso cubierto de escamas negras que chispeaban con un brillo verdoso. Sus ojos amarillos reflejaban inteligencia y ferocidad. Saltó hacia nosotros, lanzando un rugido que hizo vibrar el suelo.
Sin dudarlo, activé la segunda variación. Mis nodos internos comenzaron a moverse en patrones divergentes, conectando incluso con los fragmentos de hielo suspendidos en el aire. Un halo azulado rodeó mi cuerpo mientras proyectaba dagas afiladas hacia la bestia, que se movía más rápido de lo que parecía posible.
—¡Cuidado! —gritó Kyle, mientras esquivaba un zarpazo que desintegró parte del suelo bajo sus pies.
—¡Keny, fuego! —ordené, apuntando a las piernas de la criatura.
Keny canalizó su maná de fuego en la lanza, lanzando una llamarada que golpeó la bestia en el costado, aunque esta apenas se inmutó. El calor del fuego parecía estimular más su fuerza, y su rugido resonó, más fuerte, más desesperado.
—¡Súper rápido! —murmuró Kyle, atacando con un círculo de fuego que giraba en torno a él—. ¡Trata de seguir el ritmo de esto!
Mientras ellos atacaban, yo coordinaba mis dagas en un patrón complejo, atrapando la bestia en un cierre de hielo que giraba y se expandía. Cada movimiento era medido: un golpe en la pata derecha, otro en la espalda, un hilo de hielo que atravesaba su hombro y otro que bloqueaba sus garras delanteras. Podía sentir cómo reaccionaba, calculando cada punto débil, cada músculo que se tensaba bajo la presión de mi magia.
La bestia rugió y embistió, golpeando a Keny y enviándolo a un lado. Kyle intentó interceptar, pero uno de sus círculos mágicos fue roto con un zarpazo. Yo salté hacia adelante, usando mis dagas como pinchos de hielo, empalando parte de su torso. La criatura cayó de rodillas, pero no estaba derrotada.
—¡Sigan! —grité, coordinando a mis soldados del ducado—. No dejen que lo rodee el carruaje. ¡Mantengan los escudos y protejan a todos!
Los soldados respondieron inmediatamente, levantando barreras de maná, lanzando hechizos ofensivos y defensivos al mismo tiempo. Los golpes chocaban contra mis dagas y los fragmentos de hielo, creando destellos de luz azul y roja que iluminaban la neblina.
—¡Keny, derecha! —alerté, viendo cómo otra garra enorme se aproximaba—. ¡Kyle, fuego concentrado en la cabeza!
El fuego y el hielo se combinaron en una explosión que iluminó el bosque, haciendo retroceder a la bestia unos pasos. Pero aún se mantenía en pie, furiosa, olfateando la magia a su alrededor.
—Está… es increíble —dijo Keny, jadeando, mientras sus ojos seguían mis movimientos—. No… no puedo seguirle el ritmo…
—¡Solo cúbranme! —les grité—. ¡Mientras estén a salvo, puedo manejar esto!
Mis nodos internos vibraban más rápido, cada uno actuando como un conductor de energía pura. Sin cánticos, sin círculos externos: solo mis dagas y mi hielo respondían a la voluntad de mi maná. La bestia intentó embestirme de nuevo; giré sobre mi eje en el aire, creando una estela de dagas que perforó sus costillas, mientras un muro de hielo proyectado a partir de mis nodos detuvo un zarpazo que venía hacia Kyle.
El impacto hizo que el suelo temblara bajo nosotros, y un árbol cercano fue partido a la mitad por la fuerza de su embestida. La bestia estaba herida, pero aún consciente, y su furia aumentaba. Sus movimientos eran impredecibles, más salvajes, más violentos.
—¡Kyle, Keny! ¡Formación! —ordené, mientras avanzaba sobre el hielo flotante—. ¡Círculos defensivos combinados!
Ambos lo hicieron: Kyle extendió su fuego creando un domo que se unió con el hielo de Keny, formando un escudo compuesto. Yo canalicé mis dagas hacia el frente, generando cuchillas que giraban alrededor del domo como lanzas giratorias, golpeando a la bestia cada vez que intentaba embestir o morder.
La bestia rugió otra vez y saltó, atravesando parcialmente el domo de hielo y fuego. Sentí un golpe en mi costado, un corte que quemaba como si su fuerza hubiera logrado penetrar mis dagas parcialmente. Jadeé, pero no me detuve. Salté sobre la criatura, girando mi cuerpo en un arco y hundiendo las dagas en su cuello, lanzando un filo de hielo que se extendió como látigo, atravesando su cráneo parcialmente.
Gruñidos y chillidos retumbaron mientras la criatura caía de rodillas, respirando con dificultad. Mis dagas temblaban, vibrando con cada latido de mi corazón. Kyle y Keny respiraban pesadamente, pero seguían protegiendo el carruaje, manteniendo la coordinación como habíamos entrenado.
—¡Manténganse firmes! —grité—. ¡No podemos dejar que toque el carruaje ni un segundo más!
El rugido vino detrás de mí.
Apenas tuve tiempo de girar la cabeza antes de que algo me golpeara.
El aire me abandonó en seco. La mano de la bestia me aplastó contra el suelo con una fuerza brutal, el impacto me sacudió hasta los huesos, y el mundo se volvió un borrón blanco de dolor y tierra levantada. Sentí crujir la tierra debajo y luego… volé. No por voluntad, sino porque aquella cosa me lanzó.
—¡EIREN! —escuché el grito ahogado de Kyle y Keny a lo lejos, distorsionado, arrastrado por el viento.
Giré en el aire, rompiendo ramas, chocando contra troncos, hasta que finalmente me estrellé contra el suelo. El impacto me cortó el aliento y las astillas se clavaron en mis brazos y hombros. El sabor del hierro llenó mi boca. Tosí sangre, intentando recuperar el control.
Pero no hubo descanso.
Un rugido descendente hizo que levantara la vista. Una sombra con alas descendía desde los cielos.
—¿Alas? —susurré, jadeando—. No es una bestia normal…
Era una de las criaturas de la mujer. Sus alas eran membranas negras con venas púrpuras que pulsaban como si tuvieran vida propia. Un experimento. Uno de sus "avances".
Mi cuerpo se movió antes que mi mente.
Clavé mi daga en el suelo y sentí mis nodos internos reactivarse.
El maná corrió como una corriente helada por mis venas, saliendo a través de la daga. Icebergs brotaron del suelo, altos, filosos, como lanzas gigantescas de cristal azul. La bestia cayó directo en ellos, empalada por el abdomen, con un rugido que se ahogó entre crujidos de hueso y hielo.
—No te levantarás otra vez —susurré, girando la muñeca.
Congelé su cuerpo entero, sellando su rugido en un cristal azul helado. Salté sobre uno de los picos y giré en el aire, descendiendo con una patada que destrozó el hielo y al monstruo con él. Fragmentos brillaron como estrellas rotas en la neblina.
Pero no terminé ahí. No podía.
En la punta del iceberg destruido, me impulsé otra vez.
Los nodos internos se alinearon en un patrón aún más complejo. Dolor atravesó mi pecho como una lanza.
Era la tercera variación.
—Icefire.
Mis dagas se disolvieron en el aire, y el hielo que cubría mis brazos cambió de naturaleza.
Ya no era sólido.
Era fuego.
Un fuego que no quemaba, sino que congelaba.
El calor helado me recorrió los brazos, ardiendo como si la sangre se transformara en cristales. El aire se volvió blanco a mi alrededor, vibrando con energía pura.
—¡Muévanse! ¡Protéjanse ahora! —grité hacia el carruaje.
El fuego helado creció desde mis manos, creando lanzas de Icefire. Cada una palpitaba con el color del alba.
La bestia que me había lanzado rugió de nuevo, avanzando con la mandíbula abierta.
—¡Ahora es tu turno!
Disparé.
Las lanzas de fuego helado cortaron el aire como relámpagos invertidos. La criatura saltó intentando evadir, pero fue demasiado lenta. El impacto la envolvió por completo. La llama blanca la consumió sin gritar. En cuestión de segundos, su piel, músculos y huesos quedaron congelados y quebrados en silencio.
Salté de nuevo, girando el cuerpo y pateando el cadáver congelado hacia el suelo.
El impacto levantó polvo, tierra y hielo.
Caí tras él, amortiguando la caída con un giro, aunque el dolor volvió a morder mi costado.
—Mierda… —murmuré entre dientes.
A lo lejos, escuchaba los rugidos de la otra bestia.
Kyle y Keny aún estaban peleando. Podía oír los estallidos de fuego y los golpes metálicos de sus lanzas chocando.
—¡Ya voy! —grité, tomando impulso para correr hacia ellos.
Pero entonces la voz volvió.
Dulce, burlona, seductora.
—Eso fue… interesante. —La risa resonó entre los árboles, suave, como si se acercara desde todas partes—. Es la primera vez que veo eso, chico lindo.
Miré en todas direcciones. Nada. Solo la niebla moviéndose con el viento.
Y entonces sentí algo en mi pierna.
Una presión, un tirón.
—¿Qué diab...?
Un hilo metálico, negro y brillante, se enroscó en mi pierna. Tiró de mí con fuerza sobrehumana, arrastrándome hacia el bosque. Golpeé el suelo una, dos, tres veces, sintiendo las rocas desgarrar mi piel.
—¡EIREN! —escuché las voces detrás de mí, lejanas, apagadas.
El maná ardió dentro de mí.
—¡ICEFIRE!
El fuego helado estalló sobre mi cuerpo, y el hilo metálico se congeló al instante, quebrándose en fragmentos brillantes. Rodé en el suelo, libre, jadeando.
Pero no tuve tiempo de levantarme.
Dos bestias salieron de entre los árboles, una por cada lado.
No corrían. Cazaban.
El enojo subió a mi pecho. Sentí mis nodos responder.
—¡Está bien… quieren más! ¡TOMEN MÁS!
Activé simultáneamente el segundo y tercer nodo.
El suelo tembló.
De la tierra brotaron estacas de hielo envueltas en Icefire, surgiendo como columnas de destrucción. Las dos bestias saltaron, pero el hielo fue más rápido. Una fue empalada por la garganta, la otra por el abdomen. El fuego blanco las congeló en movimiento, atrapadas en una escultura de su propia agonía.
Ni siquiera tuve tiempo de respirar.
El suelo bajo mis pies se partió.
Una mano gigante, cubierta de escamas negras, emergió del suelo y me agarró por completo.
—¡No!
Me jaló con una fuerza imposible. Caí, arrastrado hacia la tierra. Golpeé rocas, raíces, huesos.
Cada impacto arrancaba aire y dolor.
Hasta que, de pronto… oscuridad.
Caí sobre algo húmedo. Duro. Mi espalda chocó contra el suelo con un golpe seco.
Tosí, escupiendo sangre y tierra. Intenté invocar luz… pero el Icefire no iluminaba. Solo consumía calor.
El aire era pesado. Apestaba a hierro y podredumbre.
Di un paso y escuché un sonido…
Un gruñido.
Luego otro.
Y otro.
—Oh, no… —susurré, mirando alrededor.
Puntos rojos comenzaron a encenderse entre la oscuridad. Ojos.
Docenas de ojos.
Decenas de criaturas.
Cuerpos deformes, respirando al unísono, moviéndose con el sonido de huesos raspando el suelo.
Un nido.
Un maldito nido.
—Mierda… —me quedé quieto, alzando lentamente mis brazos. Mis nodos vibraron, cada uno encendiendo un circuito de maná diferente, enlazando mi piel con el aire frío.
La voz de la mujer volvió, ahora más cercana, más suave:
—Bienvenido a mi pequeño santuario, Eiren. —Se escuchó el sonido de sus pasos, lentos, elegantes—. ¿Qué harás ahora, niño del hielo? ¿Me enseñarás más de esa magia tuya… o dejarás que mis criaturas te devoren primero?
Sonreí, limpiando la sangre de mi labio con el pulgar.
—…Lo averiguaremos.
El hielo empezó a formarse bajo mis pies.
Y la oscuridad se iluminó con el resplandor blanco del Icefire.
