[Eiren]
Caí del lomo del dragón y aterrizé junto a Sivelle, con las dagas de hielo aún formándose en mis manos. La observé un instante; físicamente no la recordaba del todo, pero ciertos rasgos, como su cabello y el brillo azul de sus ojos, me resultaban extrañamente familiares. No había tiempo para abrazos ni para lágrimas.
—Sivelle —le dije con una sonrisa, jadeando—, trata de seguirme el ritmo.
Ella agitó la cabeza, aún en shock.
—No… —murmuró, con voz temblorosa pero soltando una sonrisa igual que la mía—… tú eres el que debe seguirme el ritmo.
No tuve tiempo de replicar, porque la situación se volvía crítica. Salte hacia al lomo de una bestia que surgió de entre los árboles. Mis dagas se clavaron en su espalda y, al activar el icefire, explotaron, congelando a la criatura al instante. A mi alrededor, el dragón escupía fuego helado, congelando todo y derribando a las bestias más grandes que aparecían de la nada. Aún no entendía cómo lo hacía, pero era impresionante, aterrador y eficaz.
Vi a la mujer de negro, su mirada atravesando la tela de su rostro. Pude ver claramente su asombro y rabia.
—¡¿Cómo te atreves a matar a mis bebés?! —gritó, su voz ahora cargada de furia—. ¡¿Y ese dragón?! ¡He estado buscándolo por meses y nunca lo encontré!
—Estamos… conectados, por así decirlo —le respondí, con un hilo de arrogancia—. Algo que tú jamás podrías hacer.
Ella bufó, la dulzura de su voz desaparecida, reemplazada por pura furia. Alzó los brazos y decenas de hilos de metal surgieron de sus dedos, mientras círculos mágicos verdes oscuros aparecían bajo sus pies. Una neblina verdosa se levantó del suelo y las hojas comenzaron a pudrirse. Veneno. Maldito veneno.
No dudé: lancé mis dagas con icefire. Al chocar con los hilos de metal, se congelaron al instante y se rompieron en mil pedazos. Luego, lanzé una bola de icefire directamente hacia ella. Ella reaccionó con un círculo de veneno, y la magia de ambas chocó en el aire, deshaciéndose mutuamente. El veneno perdía fuerza frente al hielo, y el hielo se derretía mientras combatía el veneno, una guerra de elementos antagónicos suspendida en el aire.
—Debiste haberte quedado en ese maldito hoyo —dijo ella, con desdén.
—Gracias a ese hoyo encontré al dragón —respondí, con firmeza, mientras del suelo emergían estacas de hielo, disparándose hacia ella.
Ella se movió con agilidad, esquivando y desviando los ataques con movimientos precisos de sus manos.
—La Orden del Cuervo Escarlata no se quedará de brazos cruzados por tu intervención —dijo, su voz cargada de amenaza.
Me detuve un instante y la miré directamente.
—¿Formas parte de esa Orden? —pregunté.
—Sí —respondió con orgullo—. Soy una de las diez al mando de la mano derecha del líder de la orden, Miller.
Sonreí, un destello de reconocimiento y satisfacción recorriendo mi rostro.
—Ah… entonces estás del lado de Miller.
Su expresión cambió, tensándose de inmediato.
—¿Por qué sonríes? ¿Lo conoces? —dijo, con desconfianza.
—Más que conocerlo —dije, mis dagas brillando en mis manos—. Lo he derrotado docenas de veces. ¿Nunca te habló de mí? ¿De cómo tuvo que tenderme una trampa para acusarme de traídor y sacarme de la jugada?
Su respiración se cortó.
—Tú… eres ¡Frostfallen! —exclamó, sus ojos abiertos como platos, una mezcla de miedo y asombro.
—Por supuesto —dije, activando una máscara de hielo que cubrió parte de mi rostro, haciéndome parecer aún más imponente—. ¿Aún soy tan famoso dentro de la Orden por ser el viejo favorito del líder?
—¡Imposible! —gritó, sus hilos de metal temblando—. ¡Frostfallen murió hace dos años!
—Malas noticias —respondí, con voz fría—. No estoy muerto.
Sus ojos se abrieron más, un instante de silencio pesado colgando entre nosotros. La furia de la mujer de negro se mezclaba con confusión, y por primera vez en años, vi a alguien de la Orden del Cuervo Escarlata frente a mí completamente descolocada por lo que yo representaba.
—¡No puede ser! —susurró, como si dijera algo imposible de aceptar.
—Sí —afirmé, mis dagas de hielo listas, mi icefire listo para cualquier cosa—. Y ahora, si quieres sobrevivir… deberías dejar de subestimarme.
Por un momento, todo el bosque quedó congelado entre la tensión. Sus hilos de metal temblaban, sus círculos de veneno giraban con fuerza, pero yo ya no era solo un objetivo; ahora era un adversario con un dragón y un poder que ella jamás había visto frente a frente. La historia que había olvidado de mi pasado, los lazos con la Orden y la verdad de Frostfallen… todo volvía a mi memoria en este instante, y la mujer de negro estaba a punto de darse cuenta de que subestimarme le costaría caro.
—Prepárate —dije, sintiendo cómo la sangre aún golpeaba en mi pecho—. Voy a ir detrás de Miller y de todos los que conspiraron contra mí. Limpiaré mi nombre. Y por suerte del destino… parece que tú serás la primera en caer.
Ella rió, una risa cortante que resonó entre los árboles helados.
—¿Qué romántico? —respondió—. Primero, una venganza personal. Después, un desfile de cabezas. Muy solemne. ¿Crees que puedes con la mano derecha de Miller, niño? ¿Conmigo?
—No soy un niño —contesté, clavando la mirada—. Soy Frostfallen.
La tela de su velo se tensó. Sus dedos hicieron un gesto: los hilos de metal volvieron a surgir como serpientes brillantes. Los círculos de veneno a sus pies se iluminaron en un verde sucio. El aire olía a metal y a tierra podrida.
—Entonces demuestra que sigues vivo —dijo ella—. Demuéstrame por qué Miller tuvo que deshacerse de ti.
Di un paso adelante; mis nodos brillaron bajo la piel al ritmo que había aprendido a dominar. Sentí el dragón, ahora lobo, a mis espaldas, vigilando. Con la primera variación arrojé un filo de hielo directo hacia ella, fino, veloz. Ella cortó el filo con un gesto, haciendo chocar hilo contra hielo; chispas, olor a ozono.
—Buen inicio —murmuró—, pero falta ritmo.
—Eso veremos —respondí, y sin más pasé a la segunda variación.
Los nodos en mis brazos y pecho se entrelazaron. El hielo en mis dagas se espesó, se volvió denso, más pesado. Moví las manos con intención: no era fuerza bruta, era coreografía. Disparé un abanico de dagas que se curvaron en el aire buscando sus puntos de apoyo: costillas, garganta, muñecas. Ella contestó arrojando una lluvia de hilos que se enredaron en las dagas; algunos quedaron atrapados y se quebraron en cristales, otros desviaron la trayectoria. Ella retrocedió y con un giro liberó una nube de veneno en espiral. El veneno atacó las dagas, las hizo sudar y resbalar; mi mano lloró escarcha. Respiré, sentí pinchazos, y lancé un salto giratorio para evitar una trampa en el suelo.
—Tu hielo se torna fuego —gritó ella, sorprendida—. ¿Qué clase de blasfemia…?
—La que te va a freír las ideas —contesté, y activé la tercera variación.
El icefire no fue rugido; fue martilleo preciso. El fuego helado brotó de mis muñecas como lenguas azules, no para quemar sino para petrificar con violencia la materia en impacto. Dos hilos metálicos que buscaban mi cuello quedaron convertidos en estacas cristalinas que tronaron como vidrio al fracturarse. Ella soltó un grito que no era de dolor, sino de ira contenida. Su contraataque fue inmediato: un látigo de hilos giratorios que arrancó pedazos de corteza y envainó mi pierna. Tiré de mis nodos y, en un movimiento casi imperceptible, dejé que el hielo bajo mis botas se expandiera y formara raíces; la tracción me liberó y la hizo perder el balance.
—Eres… ruidoso —dijo ella, recuperándose—. Muy teatral.
—Me gusta el teatro —respondí—. Te entretiene antes de caer.
Se volvió más agresiva. Llamó a los círculos oscuros y los fundió con su propia carne, creando golems de sombras envenenadas que avanzaron. No eran colosos, sino dientes en la sombra: mordían, subían por las piernas, se pegaban a la piel. Los aparté con ráfagas de hielo cortante; cada misil de hielo que disparaba debía ser calculado: demasiada magia y me quedaba sin ritmo, muy poca y la nube de veneno me consumía. Ella lo sabía y sonreía, como quien prueba sabor a cada movimiento.
—¿Piensas usar siempre fuego helado? —preguntó con una mueca—. ¿No te cansas?
—No tanto como tú —respondí—. Pero no todo es fuerza. Observa.
Con voz baja recité el patrón interno de mis nodos, como quien marca una melodía. Los hilos de mana en mi cuerpo comenzaron a vibrar: pequeños estallidos de luz en las articulaciones. No lo hice para quemar; lo hice para sincronizar. Moví las dagas en un compás, dejándolas bailar por el aire hasta formar una rueda cortante a mi alrededor. Ella atacó con una lluvia de ganchos de metal, pero mi rueda giratoria los hizo desviar: hilos contra cuchillas de hielo, hilos que se petrificaban en el golpe y se convertían en estacas que explotaban en fragmentos. El terreno se volvió un efecto pirotécnico de hielo, metal y veneno.
—¡Esa es una técnica poco ortodoxa! —gritó ella—. ¡Miller debería estar orgulloso de haberte eliminado!
—Orgulloso de su mentira —dije—. ¿Sabes? Tendría que preguntarle por qué fue tan necesario mentir. ¿Tuviste algo que ver?
Ella se detuvo, el velo tembló.
—Eso no te incumbe —dijo, con voz gélida—. Tarde o temprano la Orden actuará.
—¿La Orden? —repliqué—. Que venga. Hoy no hay más órdenes que tu cabeza al final de una estaca.
Volvió a atacar con rapidez. Esta vez sus dedos trazaron círculos en el aire y una lluvia de agujas envenenadas cayó en espiral. Sentí varios pinchazos en los brazos; el veneno picó como hierro caliente, pero el hielo en mi sangre lo ralentizó. El dragón-lobo gruñó y lanzó un aullido que quebró parte de los círculos, como si su presencia alterara el tejido de la magia venosa. Eso me dio milésimas. Agarrré a dos hilos con mis dagas, los congelé de punta a punta y, con un tirón, los convertí en lanzas que arrojé contra sus rodillas. Ella esquivó, inclinado su torso con una elegancia letal, y respondió con una serie de cortes cercanos que dejaron llagas en mi costado. El frío selló la sangre en costras cristalizadas.
—Te estás lastimando —dijo ella con una fría admiración—. Insisto: eres magnífico.
—¿Admiración? —gruñí—. Lo llamas orgullo.
—Llamo a ver a un rival con gracia —contestó—. Es raro encontrar a alguien tan… parejo.
La frase fue como una escala. Nos miramos. No había furia en su voz ahora, sino el reconocimiento de algo similar: dos fuerzas que, aunque opuestas, se intuían espejo la una de la otra.
—¿Fácil? —pregunté—. No lo creo. Pero no tengo intención de perder.
—Ni yo —dijo ella—. Por eso haré que esto dure.
Acto seguido conjuró una estrategia en cadena. Los hilos se multiplicaron, formando una red que cubrió el claro. En cada intersección, un círculo verde comprimía el aire y vomitaba ácido. La red se cerró como una jaula. Mis dagas se abalanzaron los nudos, pero cada vez que rompía uno, otro se reconstituía. Me di cuenta: no quería matarme de inmediato; quería estudiarme, analizar qué hacía con mi magia, qué patrones tenía. Me estaba probando, y no por curiosidad, sino por ciencia. Mi enemigo era científica y cruel.
Con un rugido bajo activé la tercera variación en su forma concentrada: no grandes explosiones, sino microfrentes de icefire dirigidos. Los hilos que sostenían el círculo se congelaron hasta estallar en crujiente lluvia de hierro quebrado; el veneno se fracturó en nubes de vapor que se disiparon por el frío extremo. La jaula se abrió como un cristal roto. Ella retrocedió, sorprendida, y por un instante su máscara se resquebrajó. Aproveché y la embestí, golpeando su hombro con una ráfaga de dagas convertidas en cuchillas.
Ella cayó, pero se levantó al instante, clavando un puñal venoso en el suelo que liberó ráfagas de humo ácido. Me rodeó una pungencia que me quemó la garganta. Toqué mi pecho: mis nodos vibraban como campanas tensas. Me dolía sostener el icefire por tanto tiempo, la tercera variación tomaba su precio, pero la rabia y el propósito me daban más latidos. Noté que mi respiración se volvió medida, musical; el ritmo que había aprendido con el dragón volvía a mí. Con la respiración coordiné los nodos, haciendo que mi magia fluyera con economía y furia.
Dio un paso y todo cambió: tiró de una cuerda invisible y del suelo emergieron raíces metálicas que atraparon mi tobillo; simultáneamente, proyectó un círculo de hilos en el aire que lanzaron dardos invisibles de dolor que me hicieron gemir. Caí de rodillas. Ella se acercó, sus ojos brillaban tras el velo. Me miró de cerca, como quien examina una criatura interesante.
—Dime —susurró—. ¿Realmente crees que puedes arrancar todo lo que Miller te hizo? ¿Que nuestras cabezas garantizarán algo? ¿Que el mundo será limpio?
—No busco limpiar el mundo —dije, con el último aliento de arrogancia—. Solo quiero mi nombre. Y las cabezas ayudarán a que otros no sufran lo que yo sufrí.
Ella rio, amarga.
—¿Qué si Miller fue el menos malo? —murmuró—. ¿Qué si su mentira mantuvo orden? ¿Qué si la verdad destruye más que repara?
—Entonces habrás elegido mal bando —dije—. Porque la verdad no es para quienes se alimentan de moral convenientemente sucia.
Se lanzó al ataque con una rapidez que me avergonzó: sus hilos se convirtieron en lanzas giratorias, un vendaval de pinchos que buscó mi corazón. Bloqueé a duras penas con las dagas; la fuerza me hizo retroceder siete pasos. El impacto resonó en mi pecho. Ella respiró, con la misma calma con la que un verdugo prepara su hoja.
—Eres resistente —dijo—. Pero yo también soy paciente.
—Entonces termina esta farsa —manifesté, reuniendo todo lo que quedaba de mi icefire y mis nodos—. O acéptalo: no hay farsa. Solo una pelea entre dos que no van a ceder.
Sus ojos se estrecharon. No era solo una enemiga, era un espejo infecto. Alzó las manos: de la tierra brotaron estalagmitas de veneno que chispearon con mis estacas de hielo. Nos miramos, respirando con violencia. El suelo vibró con nuestro intercambio, los árboles al borde del claro se curvaron por el paso del mana.
—Hace tiempo que esperaba esto —dijo ella, en voz baja, casi reverente—. No por ti, por el espectáculo.
—Pues mira bien —dije—. Porque aún no has visto nada.
El choque siguiente fue tan violento que sacudió el bosque. Hilos contra dagas, veneno contra icefire, metal contra cristal. Cada golpe era coreografía, cada defensa, probeta.
Ninguno cedía. En el centro de esa danza de muerte, nos estudiábamos: la manera en que sus dedos temblaban antes de soltar hilos, la forma en que sus círculos vibraban con una frecuencia que delataba su cansancio; yo devolvía esa información con golpes calculados, dejaba trampas de hielo que explotaban al contacto y liberaban niebla cortante. Nos estábamos midiendo uno al otro como si preparáramos un tablero de ajedrez en movimiento.
Sonreí, feroz.
Su cara palideció bajo el velo. No hubo respuesta, porque fue entonces cuando ambos nos lanzamos al movimiento final o al menos eso pensamos: sus hilos buscaron mi cuello; mis dagas crearon un torbellino de fuego helado que pretendía cortar la red. El impacto dejó una explosión sonora, el choque de nuestras voluntades. Ni ella ni yo retrocedimos; nos quedamos, chocando, dando todo, y el bosque alrededor se volvió testigo de un duelo que podría haber partido montañas.
La pelea no terminó. No allí. Ni ahora. Nos miramos con respeto crudo y enemistad pura, sabiendo que éramos iguales en fulgor y en resistencia. Me limpié la sangre con la manga; ella remendó un hilo que había perdido con su magia.
—Seguiremos —dijo ella, respirando—. Esto no ha terminado.
—No —respondí—. Y mientras quede aliento y nodos, ire tras Miller. Y tus días, al menos los de hoy… terminarán en una estaca.
Ella siseó, como la primera vez que el mundo se dio cuenta de que había un fuego helado distinto.
—Entonces ven por mí, Frostfallen. Ven. Que la Orden vea cómo un monstruo que creyeron muerto regresa a ajusticiar.
El bosque estaba silencioso, apenas roto por el crujir de la escarcha bajo mis botas y el rugido lejano de algunos animales que todavía no se habían dado cuenta de que su ama había caído. Mi cuerpo dolía como nunca antes; las variaciones, especialmente la cuarta, me habían dejado al borde del límite. Mis pulmones ardían y cada músculo de mi cuerpo pedía descanso, pero no había tiempo para eso. No aún. No mientras ella estaba frente a mí.
Moví mis manos lentamente, dejando que el icefire se transformara poco a poco en electricidad blanca, chispeante, que recorría mis brazos. El aire vibraba con energía. Mis nodos comenzaron a palpitar con fuerza mientras el lobo-dragón se acercaba a mi lado, su propio mana fusionándose con el mío, estabilizándome.
—Prepárate —le dije a la mujer de negro, mi voz apenas un rugido—. Esto va a subir de nivel.
Su velo se agitó y sus ojos brillaron con furia. Pero algo se movió detrás de ella. Sivelle. Mi hermana. Su cabello plateado atrapaba la luz de la escarcha, su espada de hielo brillando mientras un círculo mágico se formaba frente a su otra mano. No lo dudó: atacó a la mujer cuando bajó la guardia. La hoja de hielo se hundió en la espalda de la mujer.
—¡Ah! —gritó, girándose al instante para enfrentarse a Sivelle, pero fue entonces cuando el lobo intervino.
El dragón-lobo saltó, mordiendo su brazo con fuerza. Sus colmillos congelaron la piel y los huesos, inmovilizándola. Aproveché la fracción de segundo y concentré todo mi mana en mis manos, el fuego blanco transformándose en electricidad helada que crepitaba con intensidad. Desaté un relámpago de hielo que atravesó el aire como un látigo mortal.
El lobo arrastró a Sivelle hacia un lado, fuera de la trayectoria del hechizo, protegiéndola mientras veía cómo el ataque impactaba contra la mujer. Ella intentó resistir usando su veneno para impedir que el hielo se expandiera sobre su cuerpo, pero era inútil. El hielo avanzaba, inexorable, cubriéndola como una segunda piel congelada.
—Esto… será un mensaje anónimo para Miller —gruñí mientras cargaba la energía final en mis manos—. Esto terminará ahora.
Salté hacia ella, lanzando mis dagas de hielo que se electrificaban en el aire. Su cuerpo tembló mientras la electricidad blanca atravesaba su torso. El veneno, los hilos de metal, todo desapareció bajo el poder concentrado de la cuarta variación. Su cuerpo se congeló completamente, y al instante, todas las bestias restantes se detuvieron. La conexión que ella tenía con ellas se rompió. Sus aberraciones y mutaciones desaparecieron, y el bosque quedó en un silencio helado, roto solo por el viento y el crujir del hielo.
Caí de rodillas, agotado, cada músculo gritando, la respiración pesada y entrecortada. Mi cuerpo ardía por las heridas y el esfuerzo extremo, especialmente por la cuarta variación que casi me consume por completo. Pensé que iba a dormir al instante, pero entonces lo sentí. Un mana que no era mío.
Giré la cabeza y lo vi: el dragón-lobo junto a mí, moviendo su mana, mezclándolo con el mío, estabilizándome. Y detrás de él, Sivelle. Herida, cansada, pero viva. Sus ojos azules, húmedos y cristalinos, me atravesaron. Mis sentidos se congelaron por un instante.
—Hola, Vel… —dijo, su voz apenas un susurro entre el viento—. Ha pasado mucho tiempo, ¿no crees?
La vi acercarse lentamente, arrodillándose ante mí. Sus brazos se extendieron, tomándome de la cabeza y del torso. Sus lágrimas caían por sus mejillas, pero debido al frío se convertían en escarcha. Sentí su abrazo tembloroso, lleno de años de miedo, pérdida y alivio.
—Idiota… —sollozó—. ¿Dónde diablos estuviste todos estos años? Diez años creyéndote muerto… ¡Te extrañé! Todos te extrañaron… —rompió a llorar de nuevo, su pecho presionando contra el mío mientras sus manos me aferraban como si nunca quisiera soltarme—. ¡Por fin… por fin estás aquí, mi estúpido hermano!
No pude moverse al principio, ni hablar. Todo el dolor de esos años de separación, la incertidumbre, el miedo… todo explotó en mi pecho. Apenas pude susurrarle:
—Sive… soy yo… Neyreth. Estoy aquí… contigo.
—¡No te vayas más! —gritó entre sollozos, hundiendo su rostro en mi hombro—. ¡Nunca más!
Su abrazo era firme, desesperado, lleno de amor y miedo al mismo tiempo. Sentí cada segundo de la década perdida comprimido en ese momento. La nieve bajo nuestros pies crujía, el bosque parecía contener el aliento, y por primera vez en diez años, por primera vez desde que pensé que todo estaba perdido, sentí que finalmente estaba en casa.
—Te he buscado… —dije, con la voz quebrada—. Te juro que nunca dejaré que nos separen otra vez.
—Ni yo… —murmuró, apretándome con más fuerza—. Ni yo.
Y allí, entre el hielo, la escarcha y el viento que rugía entre los árboles, finalmente nos reencontramos. Diez años de dolor, de miedo y de soledad comprimidos en un abrazo que duró toda una eternidad. El bosque parecía detenerse solo para nosotros. Por fin, mi hermana estaba frente a mí, y yo estaba frente a ella. Frente a la familia que creía perdida para siempre.
El lobo-dragón se sentó a nuestro lado, observándonos, como guardián silencioso de nuestro reencuentro. Y por primera vez en mucho tiempo, respiré, completamente, sintiendo que todo el hielo y el fuego dentro de mí por fin podían descansar, al menos un instante.
—Vel… —susurró de nuevo—. Por favor… no me vuelvas a perder.
—Nunca más —prometí, mientras la abrazaba con todo lo que quedaba de mí—. Nunca más.
El frío del bosque me golpeaba, pero no era el hielo lo que me consumía esta vez. Era el cansancio, la sobrecarga, la cuarta variación, el hielo, la electricidad… todo me había drenado hasta los últimos vestigios de fuerza. Sentí cómo mi cuerpo comenzaba a ceder, como si mis músculos y mis huesos dejaran de responder, mientras la electricidad helada aún zumbaba en mis manos, apagándose lentamente.
—Sive… —susurré con voz ronca, casi ahogada—… no… puedo… siento… sueño…
Mi hermana retrocedió de inmediato al escuchar cómo lo dije. Sus ojos azules se abrieron desmesuradamente, inundados de miedo y de desesperación.
—¡No! ¡No digas eso! —gritó, su voz quebrándose mientras daba un paso hacia atrás—. ¡Soldados! ¡Curanderos! ¡Necesito ayuda aquí, ¡rápido!
Sentí sus manos sobre mí mientras recitaba un cántico, un flujo de magia helada mezclándose con la electricidad blanca que aún corría por mis venas. Su voz era firme pero temblorosa, cada palabra un hilo de calor que intentaba devolverme la vida.
—Es magia curativa… —me dijo entre sollozos, sus dedos frotando suavemente mi pecho y mis hombros—. No controlo todo, pero puede ayudarte… puede mantenerte despierto… aguanta, por favor, no te dejes ir.
Sentí un leve calor recorriéndome el cuerpo, el hielo de mi propia magia mezclándose con su hechizo. Pero no era suficiente. Mi cuerpo se volvía más pesado con cada segundo que pasaba, los párpados se cerraban por sí mismos. Cada respiración se hacía más lenta, más profunda, más pesada.
—Sive… —susurré de nuevo, apenas audiblemente—. Quiero… quiero ir a casa… por fin…
Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras sus manos apretaban suavemente mi cabeza, mi torso, intentando mantenerme consciente.
—No… no todavía… —sollozó, su voz temblando entre los cantos de su hechizo—. Aguanta… solo un poco más… no te duermas, no ahora… por favor…
Su magia parecía envolverme, un círculo de luz y hielo que intentaba sostenerme, pero el sueño era implacable. La fuerza que aún quedaba en mí se desvanecía como nieve bajo el sol. Mis músculos no respondían, mi mente se volvía negra, el mundo se desdibujaba.
—Sive… —mi voz se hizo un hilo apenas audible—… siento… demasiado… sueño…
—No… —gritó Sivelle, inclinándose hacia mí, sus lágrimas cayendo como pequeños cristales sobre mi piel helada—. ¡Resiste! ¡Por favor… no me dejes!
Pude sentir cómo sus manos recorrían mi cuerpo, recitando cánticos mientras su magia intentaba mantenerme consciente. Pero era inútil; mi conciencia se hundía en la negrura. Todo se volvió pesado, el bosque, el aire, mis propios músculos. Sentí sus lágrimas caer sobre mi rostro, la calidez de su voz mezclándose con la escarcha, y por un instante, en medio de la oscuridad que me tragaba, escuché su último susurro:
—Iremos a casa… te lo prometo… no te dejaré…
Mi vista se apagó, el mundo se volvió negro, y por primera vez en mucho tiempo, me dejé caer, dejando que el sueño me reclamara, mientras la voz de mi hermana y su magia curativa se mantenían como un hilo frágil que me sujetaba a la vida.
