[Sivelle]
El murmullo del fuego fuera de la tienda era constante, un sonido suave, casi hipnótico. El viento golpeaba la lona con un ritmo irregular, haciendo que las sombras danzaran sobre el interior tenuemente iluminado.
Yo estaba sentada junto a la camilla, con las manos apoyadas sobre mis rodillas, observándolo.
A Neyreth.
Había pasado tanto tiempo así… dormido, atrapado entre la vida y la muerte.
Un mes entero.
Y, aun así, su respiración seguía siendo pesada, irregular, como si cada inhalación le costara esfuerzo. El color no había regresado del todo a su piel. Seguía pálido, más de lo que recordaba.
Sus cabellos, plateados como los de su familia, se extendían sobre la almohada como hilos de luna. Pero entre ellos, brillaban algunos mechones negros, como si la noche misma se hubiera enredado en su cabeza.
No recordaba que los tuviera antes.
Tal vez se los tiñó… aunque eso no tenía sentido. ¿Neyreth preocupándose por su cabello? No, no encajaba con el niño que conocí.
¿O tal vez era algo más? Algo que cambió con el tiempo, o con… lo que sea que le haya pasado.
De todos modos, no me atreví a tocar esos mechones. No todavía.
En cambio, bajé la mirada hacia su mano, que descansaba a un lado del cuerpo, sobre la manta.
La tomé con cuidado.
Era áspera, endurecida por el trabajo.
Tenía callos en los dedos y en la palma, y pequeñas cicatrices que recorrían su piel como recuerdos grabados a fuego.
Algunas parecían antiguas, otras más recientes.
Quizá de su vida en aquel pueblo donde había estado escondido… o tal vez de los combates, de esa guerra que había enfrentado solo mientras todos los demás creíamos que había desaparecido.
"¿Cuánto sufriste, hermano?"
La pregunta resonó en mi mente, pero no me atreví a decirla en voz alta.
Miré su rostro.
Ya no era el niño de nueve años que recordaba.
El tiempo lo había cambiado de una forma que dolía reconocer.
Las facciones que alguna vez fueron suaves y redondeadas ahora eran más marcadas, firmes. La mandíbula más definida, el ceño más serio incluso estando inconsciente.
Había algo en su expresión aun dormido que hablaba de años difíciles, de heridas que no se curan con medicina.
Era… un hombre ahora.
Y me resultaba casi imposible reconciliar esa imagen con el recuerdo del niño que corría por los pasillos del castillo, riendo, lleno de curiosidad y preguntas.
El que siempre se metía en problemas.
El que hablaba sin pensar y sonreía sin miedo.
Ese pequeño que, una noche, simplemente desapareció.
Tragué saliva, sintiendo el nudo en la garganta.
Diez años.
Diez años perdidos.
Una década arrancada de nuestras vidas sin que ninguno pudiera elegirlo.
Y ahora estábamos aquí, sentados entre las cenizas de lo que fue, tratando de reconocer en los otros lo que el tiempo había dejado atrás.
Apreté suavemente su mano, temiendo romperlo si lo hacía con más fuerza.
Sus dedos se movieron apenas, como un reflejo.
No sé si fue inconsciente o si de verdad lo sintió, pero quise creer que sí.
—Te ves tan… diferente —susurré sin darme cuenta de que hablaba—. Pero… también igual.
Una sonrisa se me escapó.
—Sigues teniendo esa expresión terca incluso dormido.
Me incliné un poco, observando su rostro bajo la luz tenue de la lámpara.
Las ojeras, las marcas en su piel, la leve cicatriz que cruzaba su cuello.
Cicatrices que contaban historias que yo no conocía.
Historias que nunca podré borrar, por mucho que quiera.
Recordé la última vez que lo vi despierto.
Aquel niño con una mirada más grande que su cuerpo, con la manía de tocarlo todo, de aprenderlo todo.
Y ahora…
Ahora el hombre frente a mí parecía llevar el peso de mil batallas en los hombros.
Sus labios se movieron apenas, un suspiro escapó entre ellos, ronco, débil.
Me quedé quieta, esperando.
Pero no dijo nada más. Solo volvió a sumirse en ese sueño profundo.
—No sé si puedes oírme —dije en voz baja—. Pero… lo siento.
Las palabras salieron sin pensar.
—Por no haber estado ahí cuando todo se derrumbó. Por haber sobrevivido mientras tú… desaparecías. Por haberte buscado tarde.
El silencio fue mi única respuesta.
El lobo dormía a unos metros, vigilante incluso en reposo.
Su respiración resonaba acompasada con la de Eiren, como si compartieran un mismo pulso.
Me quedé viéndolos a ambos.
El muchacho que conocí y el ser que lo había protegido durante todo este tiempo.
Un vínculo extraño, poderoso, que no comprendía del todo.
Acaricié una última vez la mano de Neyreth antes de soltarla, y la dejé reposar sobre su pecho.
Podía sentir su corazón latiendo, lento, pero firme.
Estaba vivo.
Y por ahora, eso bastaba.
—Descansa, Neyreth —susurré, más para mí que para él—. Cuando despiertes… ya no te dejaré solo.
El viento volvió a soplar contra la lona, y el fuego afuera crepitó.
El mundo seguía girando.
Pero por primera vez en mucho tiempo, yo me permití quedarme quieta, simplemente esperando.
Me levanté y camine hasta la salida de la tienda.
El aire fresco del mediodía me recibió con una bofetada de luz y calor cuando levanté la lona de la tienda médica y di un paso afuera.
El sol estaba alto, y el brillo me obligó a entrecerrar los ojos un instante.
Respiré profundo. Después de tantas horas bajo la penumbra del interior, el olor del aire libre me pareció un bálsamo: hierba aplastada, humo de leña, hierro y sudor. El olor de los campamentos, el olor de los vivos.
El claro donde nos habíamos establecido se extendía amplio y despejado, rodeado de árboles que se mecían suavemente al ritmo del viento. Desde donde estaba, podía ver cómo el campamento cobraba vida:
Los estandartes del ducado Vyrenthal, los del marqués Shtile y los del conde Vion ondeaban juntos, por primera vez sin tensión entre ellos.
Los soldados se movían de un lado a otro con disciplina, pero también con cierta ligereza: algunos reían, otros conversaban, otros simplemente descansaban bajo la sombra, tratando de disfrutar el respiro antes de que el camino a la capital nos volviera a reclamar.
Mis ojos se detuvieron en Keny y Kyle, quienes estaban revisando el equipo junto a un grupo de hombres del ducado.
Keny, con su cabello negro recogido y su gesto concentrado, daba órdenes precisas, mientras Kyle ajustaba una montura, su expresión relajada contrastando con la seriedad de su hermana.
A pesar del cansancio que todos arrastrábamos, ambos se movían con energía. Eran buenos comandantes… y buenos amigos.
Más allá, el marqués Shtile estaba junto a sus hijas Maylen y Cloe.
Los tres repartían comida entre los soldados, sin distinción de rango, como si fueran una familia común en medio de la guerra.
Maylen con esa serenidad madura, llevaba una olla de guiso entre las manos, mientras Cloe reía con un par de soldados jóvenes que parecían más interesados en impresionarla que en comer.
El marqués, por su parte, los observaba con una mezcla de orgullo y fatiga.
A unos metros, los tres sub-capitanes de las órdenes, hombres endurecidos por el combate, repasaban un mapa sobre una mesa improvisada, rodeados de sus respectivos miembros.
Discutían rutas, tiempos y turnos de guardia, preparando la partida de mañana.
Mañana, a primera hora, dejaríamos este claro para dirigirnos a la capital.
Un viaje de unos cuantos días más.
Y allá… nos esperaban todos.
Mis padres ya debían estar allí, según la última carta del duque.
Mi madre llegaría desde el oeste, junto con la familia que había cuidado a Neyreth durante estos dos años.
Y mi padre, desde el norte, acompañado de los mellizos, Niva e Isen.
Nosotros éramos los del este.
Tres caminos distintos, todos convergiendo hacia el mismo punto.
"Por fin," pensé. "Después de tanto tiempo… por fin."
El sol se colaba entre las ramas, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
El ruido de las herramientas, las risas, el murmullo constante del campamento me mantenían anclada a la realidad.
Y aun así, parte de mí seguía en aquella tienda, junto al muchacho que dormía.
Escuché pasos a mi lado.
Una sombra dorada se proyectó junto a la mía.
—Joven duquesa —dijo una voz suave, conocida.
Me giré.
Miya estaba allí. Su lanza descansaba cruzada en la espalda, el filo cubierto por una funda de cuero. Su cabello rubio brillaba bajo el sol, moviéndose con el viento como una llama dorada.
Sus ojos verdes me observaban con atención, y en ellos podía ver una mezcla de preocupación y respeto.
—Deberías descansar un poco —dijo, cruzando los brazos—. Llevas horas dentro de esa tienda.
—Lo sé —respondí, bajando la vista hacia mis manos—. Pero… no puedo evitarlo.
—¿Sigue igual? —preguntó.
Asentí lentamente.
—Sigue respirando con dificultad, aunque un poco menos que antes. El sanador dice que se está estabilizando, pero… no sé. No quiero confiarme.
Miya suspiró.
—No puedes seguir vigilándolo día y noche, Sivelle. Te vas a derrumbar tú también.
—Tal vez —dije, alzando la vista hacia el cielo—. Pero si me alejo, tengo miedo de que… no lo encuentre ahí cuando vuelva.
Ella guardó silencio unos segundos, luego se acercó y puso una mano sobre mi hombro.
Su tacto era firme, casi fraternal.
—Tu hermano es fuerte. No lo olvides. Aguantó años solo, en el mundo exterior. Aguantó una guerra. Y aguantó enfrentarse a… lo que fuera esa mujer.
—Lo sé —susurré—. Pero verlo así… tan quieto… es diferente.
Miya miró hacia la tienda, pensativa.
—Cuando despierte, lo primero que hará será quejarse de que no lo dejaste dormir tranquilo.
—Sí —reí apenas—. Eso haría.
Un silencio cómodo se instaló entre nosotras.
El viento movió las lonas, y un grupo de soldados comenzó a desmontar las carpas innecesarias, amontonando las cajas de suministros cerca de los carros.
El sonido del metal y las risas juveniles llenaban el aire.
—Mañana partimos temprano —recordó Miya.
—Lo sé. El viaje a la capital nos tomará varios días.
—Y allá estarán todos… —dijo ella, con una leve sonrisa—. Será un reencuentro digno de una canción.
—O de una tragedia, dependiendo de cómo reaccione mi madre —respondí con ironía.
Miya soltó una risita breve.
—Bueno, espero estar viva para presenciarlo.
Ambas reímos un momento. Era raro, sentir algo tan humano después de semanas de tensión, de sangre, de muerte.
Luego, mi mirada volvió a posarse en la tienda.
El viento levantó un extremo de la lona, y por un instante creí ver el movimiento de su respiración.
Solo entonces me permití sonreír.
—Va a despertar —dije, más para mí que para ella.
—Sí —respondió Miya con convicción—. Y cuando lo haga, no creo que tarde mucho en ponerse en pie.
—Eso espero —murmuré.
El sol seguía alto, bañando el claro con una luz dorada.
El campamento entero se movía con la calma de quienes saben que la tormenta regresará pronto, pero hoy… al menos hoy, había paz.
Y en el fondo de mi pecho, por primera vez en mucho tiempo, yo también la sentí.
***
[Liana]
El traqueteo del carruaje se mezclaba con el bullicio de la ciudad, un rumor constante de voces, ruedas, cascos y vida.
Desde mi asiento, mirando a través del cristal, veía cómo la capital se extendía ante nosotros en toda su magnificencia.
Edificios de piedra y mármol que parecían tocar el cielo, calles amplias llenas de gente, mercados rebosando de colores y aromas que se mezclaban en el aire.
Era… abrumador.
—¡Por los cielos, mamá, mira eso! —exclamó Miriel, con los ojos abiertos como platos, pegada literalmente a la ventana.
—¡Y allá! ¡Ese hombre está vendiendo pasteles dorados! —añadió Alenya, su hermana mayor, con la misma emoción que su hermana menor.
Ambas tenían las narices casi pegadas al cristal, respirando vaho sobre el vidrio, fascinadas.
No pude evitar sonreír.
—Cuidado, niñas, no vayan a romper la ventana con tanta emoción —les dije, conteniendo la risa.
Joren, mi hijo mayor, se rió apenas.
Iba sentado frente a mí, con los brazos cruzados y esa expresión serena que siempre tenía, aunque se notaba en sus ojos el mismo asombro que en las pequeñas.
—No las culpes, madre. La capital es… algo que uno no puede imaginar hasta que la ve —dijo, mirando por la ventana con una sonrisa contenida.
Roderic, mi esposo, se inclinó un poco hacia adelante, asomándose también.
—Por todos los santos… —murmuró—. No sabía que existían edificios tan grandes.
—Ni calles tan limpias —añadí, observando el pavimento bien cuidado, los postes de hierro con faroles encantados, los guardias del reino patrullando en fila.
La capital era otro mundo.
Uno que solo habíamos escuchado en cuentos o en las historias de viajeros.
Pero no éramos los únicos dentro del carruaje.
A mi derecha, en silencio, la duquesa Luneth Vyrenthal miraba también hacia afuera, aunque de forma distinta.
No con curiosidad, ni admiración.
Más bien con un aire tenso… nervioso.
Su mano se movía constantemente, los dedos jugueteando con su anillo de matrimonio.
Lo giraba, lo acariciaba, lo soltaba, y luego volvía a hacerlo.
Era un gesto pequeño, casi imperceptible, pero que revelaba lo que estaba sintiendo: ansiedad, miedo, esperanza. Todo al mismo tiempo.
Por un momento, la observé en silencio.
En este último mes había aprendido a conocerla un poco.
Una mujer noble, sí, acostumbrada al lujo, a los sirvientes y al protocolo… pero con el corazón desgarrado de una madre.
Una madre que perdió a su hijo cuando aún era un niño.
Y que ahora, después de diez años, iba a verlo con vida.
"¿Qué sentiría yo si fuera Miriel, Alenya o Joren?", pensé.
Solo imaginarlo me hacía un nudo en el pecho.
—¿Se encuentra bien, duquesa? —pregunté con cautela.
Ella tardó unos segundos en responder.
Luego levantó la vista y me sonrió con gentileza, aunque su voz tembló un poco.
—Sí… sí, solo… —hizo una pausa, girando de nuevo su anillo—. Solo estoy pensando demasiado, supongo.
—Es normal —dije suavemente—. Después de tanto tiempo… cualquiera lo haría.
Ella asintió, sin mirarme, con la vista perdida en algún punto del suelo.
—Diez años… —susurró—. Diez años creyendo que mi hijo estaba muerto, que nunca volvería a verlo. Y ahora… —su voz se quebró apenas— ahora sé que está vivo. Que lo veré de nuevo.
—Lo verá —afirmé con convicción—. Y lo abrazará como no lo hizo en diez años.
—Eso… eso espero —dijo, con una risa ahogada entre lágrimas contenidas—. Tengo tanto miedo, Liana.
—¿Miedo? ¿De qué? —preguntó Roderic, con voz amable.
La duquesa levantó la vista, mirándolo directamente.
—De que no me recuerde.
Hubo un silencio.
Incluso mis hijas dejaron de hablar, quizá al notar el tono de su voz.
—Pasaron demasiados años… —continuó ella, bajando la mirada—. Era solo un niño cuando desapareció. Tal vez para él… ya no soy su madre.
Yo me incliné un poco hacia ella y le toqué la mano con cuidado.
—Escúcheme bien, duquesa. Uno puede olvidar muchas cosas… pero no el corazón de una madre. Él la recordará, aunque no sepa cómo.
Ella sonrió, temblando.
—Ojalá tenga razón.
En ese momento, un golpeteo sonó en la ventana.
Me sobresalté ligeramente, y vi a través del cristal la figura de Mariela, montada sobre su caballo blanco, con su armadura ligera brillando bajo el sol.
—¡Duquesa! —llamó, acercándose al trote—.
Ella bajó el cristal y la miró.
—¿Sí, Mariela?
—Llegaremos a la residencia del ducado Vyrenthal en un rato más. Los guardias de la puerta ya fueron avisados de su llegada.
—Entendido —respondió Luneth, tratando de mantener la compostura.
—¿Alguna noticia del duque o de Sivelle? —preguntó con voz que quiso sonar tranquila, pero no pudo ocultar la inquietud.
Mariela negó con la cabeza.
—No, mi señora. Pero lo más probable es que el duque ya esté en la residencia. Llegó antes que nosotros desde el norte. Y… —su tono se suavizó— la joven Duquesa Sivelle partió hace días desde el este. Si los cálculos son correctos, deberían llegar mañana o pasado.
La duquesa respiró hondo.
—Bien. Gracias, Mariela.
La mujer asintió y se alejó con su caballo, volviendo a su posición junto a la escolta.
Cuando el ruido de los cascos se alejó, el silencio volvió al interior del carruaje.
Las niñas seguían mirando por la ventana, pero más calladas.
Joren miraba a la duquesa con respeto, como quien comprende el peso de un corazón roto.
Y yo… la observaba en silencio.
Luneth volvió a hablar, casi en un susurro.
—¿Sabe, Liana? A veces me pregunto cómo fue que él sobrevivió… cómo llegó hasta ustedes.
—Ni yo lo sé del todo —le respondí con sinceridad—. Apareció una mañana de verano, con el cuerpo helado y sin recuerdos. Pero desde el primer día, supe que había algo distinto en él.
Ella la miró con los ojos brillando de emoción contenida.
—Y ustedes… lo cuidaron. Lo amaron.
—Como a uno más de mis hijos —dije, sonriendo—. Porque eso fue lo que se volvió: mi hijo.
—Gracias —susurró, con lágrimas contenidas—. Gracias por no haberlo dejado solo.
La miré, y sentí que por primera vez entendía el lazo invisible que nos unía.
Dos madres.
Una que lo había perdido.
Y otra que lo había encontrado.
El carruaje siguió avanzando, y frente a nosotros, al final de la avenida principal, comenzó a elevarse el emblema del ducado Vyrenthal, tallado en piedra sobre los portones de una enorme residencia.
La duquesa se enderezó en su asiento.
El carruaje se detuvo con un suave chirrido de ruedas sobre la piedra pulida. El corazón me dio un vuelco al mirar por la ventana: la mansión era enorme, casi descomunal. Columnas de mármol blanco, emblemas tallados en piedra y ventanales altos que reflejaban el sol de la tarde. Frente a las escalinatas, docenas de sirvientes perfectamente alineados aguardaban en silencio, junto a varios soldados con armaduras pulidas que reflejaban cada rayo de luz. Todo parecía tan... solemne, tan grande, que me quedé muda.
Mariela desmontó de su caballo con la gracia de quien ha hecho eso toda su vida, y en un instante abrió la puerta del carruaje.
—Hemos llegado, mi señora —dijo con un gesto firme.
La duquesa Luneth respiró profundo antes de salir. Su vestido azul oscuro contrastaba con su cabello plateado, y cuando puso un pie en el suelo, todos los sirvientes bajaron la cabeza en señal de respeto. Incluso los soldados se arrodillaron. Aquella mujer imponía con solo estar de pie.
Delante de la puerta principal, un hombre esperaba. Alto, con el cabello tan plateado como el de ella, pero más apagado por la edad. Sus ojos, celestes y fríos, parecían medir cada movimiento, cada respiración. Era, sin duda, el duque Vyrenthal. A su lado, dos niños esperaban ansiosos, un niño y una niña de unos trece años, los mellizos.
La duquesa apenas los vio y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Niva… Isen… —susurró con voz quebrada.
Los mellizos soltaron un grito y corrieron hacia ella.
—¡Madre! —gritaron al unísono.
Ella se agachó, abriendo los brazos, y los abrazó con fuerza, tan fuerte que por un momento pensé que no los soltaría jamás.
—Los he extrañado tanto… —murmuró, besándoles el cabello—. Tanto… mis pequeños.
El duque dio unos pasos hacia ella, el sonido de sus botas resonando en las escalinatas. Su expresión era dura, pero en sus ojos había una mezcla de alivio y cansancio.
—Luneth… —dijo simplemente.
Ella se levantó y se inclinó ligeramente, haciendo una reverencia elegante.
—Mi señor duque —respondió, aunque su voz temblaba de emoción.
Él negó con la cabeza y la abrazó, fuerte, sin palabras. Fue un gesto breve, pero lleno de todo lo que ninguno de los dos pudo decir en esos diez años de ausencia.
—Has llegado con bien —murmuró el duque, separándose un poco para mirarla—. Eso basta.
Entonces sus ojos se movieron, buscando dentro del carruaje. Sentí que su mirada me atravesaba incluso antes de que hablara.
—¿Y ellos…? —preguntó, con voz profunda.
La duquesa volteó hacia nosotros.
—Ellos son la familia que cuidó de Neyreth durante estos dos últimos años —dijo con orgullo—. La familia que lo acogió sin saber quién era realmente.
El duque caminó hacia nosotros. Por un momento quise bajar la mirada, pero su presencia me dejó congelada. Me levanté, y junto a Roderic, Joren, Alenya y Miriel, hicimos una reverencia torpe pero sincera.
—Es un honor, mi señor —dije yo, apenas logrando mantener la voz firme.
Pero él alzó una mano, impidiendo que continuáramos.
—No —dijo con una firmeza que me hizo estremecer—. El honor no es suyo… es mío.
Nos miró a todos uno por uno, sus ojos se suavizaron un poco.
—Ustedes cuidaron de mi hijo cuando nosotros no pudimos. Le dieron un hogar, un nombre, una familia. Ni todo el oro del ducado bastaría para pagar esa deuda.
La duquesa lo observaba, con los labios apretados, conteniendo las lágrimas. Roderic, a mi lado, inclinó la cabeza, incómodo.
—Nosotros solo hicimos lo correcto, mi señor —respondió él con humildad—. No sabíamos quién era en realidad.
El duque sonrió apenas.
—Y eso lo hace aún más valioso —replicó—. No lo hicieron por un título ni por poder, sino por bondad.
Giró hacia los sirvientes y su voz cambió, fuerte y resonante:
—¡Escúchenme todos! —exclamó.
El aire se tensó. Cada sirviente, cada soldado, levantó la cabeza y lo miró con atención.
—A partir de este día, la familia Higles será tratada como parte de la familia Vyrenthal. —Su tono no dejaba lugar a dudas—. Quien se atreva a faltarle el respeto o a causarles agravio, responderá ante mí personalmente.
Un murmullo recorrió a los presentes, y luego todos se inclinaron más profundamente.
—¡Sí, mi señor! —gritaron al unísono.
No supe qué decir. Me quedé mirándolo, sintiendo cómo se me cerraba la garganta. Alenya me apretó la mano, temblando.
—¿Nos está… adoptando? —susurró Miriel con los ojos muy abiertos.
No pude responderle. Solo asentí débilmente mientras el duque se acercaba de nuevo y colocaba una mano sobre el hombro de Roderic.
—Gracias por cuidarlo —dijo con voz baja, pero firme—. Lo que ustedes hicieron… salvó más que una vida.
La duquesa lo miró con una mezcla de orgullo y tristeza, y entonces, por primera vez desde que llegamos, sonrió.
—Ahora… —dijo suavemente, mirando hacia la mansión—. Vengan. Este será su hogar mientras mi... nuestro hijo llegué.
La puerta se abrió, y el aire cálido de la casa nos envolvió. Caminé detrás de ellos, todavía temblando, sabiendo que habíamos cruzado un umbral mucho más grande que el de esa mansión.
Entramos a la mansión, y lo primero que sentí fue el contraste: el aire dentro era fresco, perfumado, y las luces mágicas en los candelabros iluminaban cada rincón con una calidez dorada. Las paredes estaban cubiertas de tapices antiguos, retratos de antepasados y vitrales que lanzaban destellos de color sobre el suelo de mármol. Cada paso resonaba suavemente, y cada sirviente que pasaba se detenía para inclinar la cabeza con respeto.
Caminábamos todos en silencio, o al menos lo intentábamos, porque Miriel y Alenya no podían dejar de mirar todo con los ojos como platos.
—Mira eso —susurró Miriel, señalando un cuadro enorme donde un hombre con una espada flameante parecía salir del lienzo—. ¡Parece que se mueve!
—Tal vez sí se mueve —respondió Alenya en voz baja—. Es magia, ¿no ves?
La duquesa, que iba a mi lado, sonrió al escuchar a las niñas.
—No tengan miedo de preguntar o mirar —dijo con suavidad—. Esta casa puede parecer intimidante, pero… es un hogar. O al menos, intento que lo sea.
Su voz era cálida, maternal, pero también cargada de nostalgia. Me miró por un segundo y noté el brillo en sus ojos. Sabía que estaba pensando en él… en Neyreth.
El duque caminaba unos pasos más adelante, con las manos cruzadas detrás de la espalda, dando indicaciones a un mayordomo de cabello cano que parecía conocer cada piedra del lugar.
—Preparen habitaciones para los cinco —ordenó—. Que estén cerca del ala este, junto a los ventanales. Quiero que descansen después de tanto viaje.
—Enseguida, mi señor —respondió el mayordomo, haciendo una reverencia antes de desaparecer por el pasillo.
Joren, que no parecía acostumbrado a estar tan callado, se aclaró la garganta.
—No era necesario que nos dieran habitaciones separadas, señor —dijo con respeto—. Con una sola nos basta, no queremos causar molestias.
El duque se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—No es molestia, joven Joren —respondió con calma—. En esta casa hay espacio de sobra, y ustedes no son simples invitados.
Hizo una pausa, luego añadió:
—Después de todo, fueron familia para mi hijo. Eso los hace familia para nosotros también.
Roderic asintió, algo incómodo, pero agradecido.
—No sabemos cómo agradecerle, duque —dijo él—. Nunca imaginamos estar en un lugar como este.
La duquesa soltó una pequeña risa, suave y elegante.
—Yo tampoco imaginé que volvería a llenar estos pasillos con risas —respondió ella—. Así que, si quieren agradecerme… hagan ruido, rían, vivan. Esta casa ha estado demasiado silenciosa por demasiado tiempo.
Alenya soltó una risita nerviosa, y Miriel la imitó, tapándose la boca con las manos. El duque sonrió apenas, una expresión tan leve que casi pasó desapercibida.
Seguimos caminando, y la duquesa me miró directamente.
—Liana —dijo con voz serena—. ¿Cómo fue él… durante esos años?
Me tomó por sorpresa.
—¿Él? ¿Neyreth? —pregunté.
Ella asintió, mirándome con una mezcla de esperanza y miedo.
Tomé aire, recordando.
—Era… —busqué las palabras— callado al principio, un poco distante. Pero siempre se preocupaba por todos. Con Joren solía entrenar, con Roderic arreglaba cosas del taller, y a las niñas les enseñaba a coser cuando tenía tiempo. Aunque nunca hablaba de su pasado. Ni una sola vez.
La duquesa bajó la mirada, apretando el anillo que giraba entre sus dedos.
—Eso suena… como él —murmuró con tristeza.
El duque, que escuchaba en silencio, dijo con voz grave:
—Y aun así, sobrevivió. Sin título, sin nombre, sin poder. Solo con voluntad. Eso… dice mucho más de él que cualquier hazaña noble.
El mayordomo regresó en ese momento, haciendo una reverencia.
—Las habitaciones están listas, mi señor. ¿Desea que se sirva la comida en el comedor principal o en las habitaciones?
—En las habitaciones —dijo la duquesa antes de que el duque respondiera—. Deben estar cansados. Que también preparen baños calientes.
El duque asintió en silencio.
—Descansen —añadió—. Mañana habrá mucho movimiento cuando lleguen los demás.
Roderic se inclinó respetuosamente.
—Gracias, mi señor. No sabemos cómo retribuir tanta amabilidad.
El duque lo miró con una calma inquebrantable.
—La mejor forma de agradecerlo es seguir siendo quienes fueron para mi hijo. —Su voz se suavizó apenas—. No olviden eso.
Mientras subíamos las escaleras, la duquesa caminó a mi lado.
—Sé que todo esto puede ser demasiado —me dijo en voz baja—. Pero quiero que sepan que los valoro de verdad, Liana. Neyreth… no habría sobrevivido sin ustedes. Y yo… —se detuvo un instante, respirando hondo— no sé si podré mirar a mi hijo sin llorar.
—Está viva, mi señora —respondí, sin pensar—. Y él también lo está. Creo que eso basta por ahora.
Ella me miró con los ojos humedecidos y me tomó la mano con un apretón suave.
—Tienes razón —susurró con una sonrisa débil—. Eso basta.
Alenya y Miriel ya corrían adelante, maravilladas por los corredores decorados con flores y cortinas doradas. Joren y Roderic seguían detrás, hablando entre sí en voz baja. Y mientras subíamos, pude sentir cómo la casa, a pesar de su grandeza y solemnidad, comenzaba poco a poco a llenarse de algo que no había sentido allí antes: vida.
