[Liana]
Había pasado una hora.
Una hora eterna, sofocante, llena de susurros, oraciones y el zumbido constante de la magia en el aire.
Yo me mantenía al fondo de la habitación, con los brazos cruzados, mirando cómo la docena de magos médicos rodeaban la cama. La mitad entonaba cánticos en una lengua antigua, sus voces entrelazándose como un murmullo hipnótico, mientras la otra mitad trazaba sellos y círculos luminosos que flotaban sobre el cuerpo de Eiren.
El aire olía a incienso y a ozono. Cada vez que un círculo se encendía, una ráfaga de energía templada recorría la estancia, haciendo vibrar las cortinas y las flamas de las lámparas.
A su izquierda, la duquesa Luneth sostenía la mano de Eiren con una calma que era puro esfuerzo. Su expresión no mostraba pánico… pero cualquiera podía ver en sus ojos el miedo contenido. A la derecha, el duque Vyrenthal permanecía erguido, la mirada firme, una mano apoyada sobre el hombro de su hijo, Isen, mientras Niva, la melliza, se aferraba al borde de la cama.
Sivelle había regresado hacía poco, limpia, aunque aún con los ojos hinchados por el cansancio. Se colocó junto a su madre, sin decir nada, simplemente observando los sellos mágicos que giraban sobre el pecho de Eiren.
Y nosotros —Roderic, Joren, Alenya, Miriel y yo— esperábamos al fondo. Ninguno de nosotros era mago, así que lo único que podíamos hacer era mirar… y esperar.
El silencio solo era roto por los cánticos y por el suave tic-tic del reloj de la pared.
—¿Cuánto tiempo llevan así? —preguntó Roderic en voz baja, sin apartar la vista de los magos.
—Una hora, más o menos —respondí, igual de bajo—. Y parece que apenas comienzan a entender algo.
Joren resopló, cruzándose de brazos.
—"Entender" es una palabra generosa. Han hecho tres diagnósticos distintos en menos de media hora.
—Shh —lo interrumpió Alenya, dándole un codazo suave—. No digas eso tan alto.
—¿Y qué? —murmuró él, alzando apenas una ceja—. No pueden escucharnos, están tan concentrados que podrían no notar si la habitación se derrumba.
Miriel, que se mantenía cerca de mí, observaba en silencio. Su expresión estaba llena de preocupación, pero también de curiosidad.
—¿De verdad creen que podrán descubrir algo? —preguntó al cabo de unos segundos.
Yo exhalé despacio.
—No lo sé. Pero dudo que entiendan lo que le pasa.
—¿Por su método? —susurró Roderic, mirándome de reojo.
Asentí.
—Exacto. Su magia no sigue las normas comunes. No responde al flujo de maná convencional, ni se canaliza a través de los circuitos naturales. Si intentan rastrearlo como a cualquier otro mago, solo encontrarán vacío.
—Y ese vacío es justo lo que los tiene confundidos —añadió Alenya, con un tono sombrío—. Los veo mirándose entre ellos como si Eiren estuviera muerto, y aun así respira.
—Está drenado, no muerto —aclaré, un poco más firme—. Hay una gran diferencia.
Frente a nosotros, uno de los médicos levantó la voz:
—¡Más energía al círculo principal! Su flujo vital fluctúa, pero sigue estable.
Otro respondió, con evidente frustración:
—No hay interferencias mágicas externas, pero su cuerpo no responde a los impulsos de recuperación. ¡Es como si rechazara cualquier enlace mágico!
—Eso no tiene sentido —gruñó un tercero, colocando las manos sobre el pecho de Eiren mientras otro círculo se expandía a su alrededor—. No hay bloqueo, no hay corrupción… ¿cómo puede su cuerpo negar la conexión si su maná sigue fluyendo?
Yo cerré los ojos un instante, apretando la mandíbula.
Porque su maná no fluye como el de ustedes, pensé. Fluye con su propio ritmo, con su propia voluntad.
Sivelle se giró hacia ellos, con tono tenso:
—¿Entonces? ¿Qué ocurre con él?
Uno de los médicos, un anciano de barba blanca, bajó lentamente las manos y suspiró.
—No lo sabemos, mi lady. No hay veneno, ni maldición, ni sello activo. Su energía vital se mantiene, pero… es inestable. Diría que está atrapado entre la conciencia y el agotamiento total.
—¿Está muriendo? —preguntó el duque con voz grave.
—No, mi lord. Pero… —el mago titubeó, mirando a los demás— su estado no encaja en ninguna dolencia conocida.
—Entonces sigan buscando —dijo Luneth sin levantar la voz, pero con un tono que no admitía réplica.
—Sí, mi lady.
El lobo, levantó la cabeza. Sus ojos brillaban en la penumbra, observando cada movimiento con atención. Nadie se atrevía a acercarse demasiado al animal, pero tampoco se movía; parecía comprender que su lugar era vigilar.
Joren se inclinó hacia mí, susurrando apenas:
—Ese lobo… ¿también estaba en el bosque?
—Segun lo que escuche, si—respondí—. No se apartó de él ni un segundo.
—Raro —murmuró Roderic—. Los animales suelen alejarse cuando sienten la magia de los círculos.
—No este —dijo Miriel con voz baja—. Ese no se apartará mientras Eiren no despierte.
Alenya suspiró.
—Y nosotros tampoco, supongo.
Yo asentí, aunque no lo dije.
No podíamos irnos. No mientras los magos, con toda su arrogancia y su ciencia incompleta, trataban de descifrar algo que jamás entenderían del todo.
Eiren no manipulaba el maná a través de canales naturales. Él lo movía con el flujo mismo del mundo, lo atraía sin filtros ni runas. Y eso lo hacía poderoso… pero también frágil, si se excedía.
Miré de nuevo la cama. Las luces arcanas iluminaban su rostro pálido, sus labios apenas moviéndose con la respiración lenta.
"Te dije que te detuvieras", pensé, con un nudo en la garganta. "Siempre empujas más allá del límite."
Uno de los magos se apartó, limpiándose el sudor de la frente.
—No hay más que podamos hacer hasta que despierte. El cuerpo está estable, pero no responde a la estimulación.
Luneth lo miró fijamente.
—Entonces no se irán. Permanecerán aquí hasta que despierte.
El mago bajó la cabeza.
—Por supuesto, mi lady.
Yo sentí una punzada de respeto por esa mujer. Su serenidad era la única cosa que mantenía a todos los demás en pie.
Roderic, a mi lado, murmuró:
—¿Crees que deberíamos decirles la verdad sobre su método?
Negué de inmediato.
—Ni se te ocurra. No entenderían. Y si alguien más intenta replicar lo que Eiren hace, podría matarse.
Joren bajó la mirada, apretando los puños.
—Entonces solo podemos esperar.
—Sí —susurré, observando a Eiren una vez más—. Esperar… y confiar en que vuelva cuando esté listo.
El murmullo de los magos continuó. Los círculos seguían brillando, débiles pero constantes.
Un sonido bajo, gutural, que hizo que todos en la habitación se quedaran helados.
Volteé junto con los demás hacia el rincón donde estaba el lobo. Sus ojos azul pálido brillaban con intensidad, y su pelaje se erizaba mientras avanzaba lentamente hacia la cama.
—¿Qué… qué sucede con el animal? —susurró uno de los médicos, retrocediendo un paso.
El gruñido se hizo más fuerte, resonando en el suelo de mármol.
El duque Vyrenthal se adelantó de inmediato, interponiéndose entre el lobo y la cama, mientras los guardias se movían en formación, bajando las lanzas y extendiendo un muro de acero frente al animal.
—¡Atrás! —ordenó el duque, con voz firme—. ¡Que nadie se acerque más!
El lobo no se detuvo. Avanzó un paso más, gruñendo con el pecho vibrante, mostrando los colmillos.
—¡Atrás dije! —repitió el duque, girando hacia los guardias—. ¡Conténganlo si es necesario!
—¡No! —la voz de Sivelle cortó el aire con fuerza, tan clara que hasta el gruñido del animal se detuvo un instante.
Todos la miraron.
Ella dio un paso al frente, sus ojos fijos en el lobo.
—No se les ocurra tocarlo —dijo con tono helado—. Hasta ahora se ha quedado quieto. Si se ha movido… es por algo.
El duque dudó, sus cejas fruncidas.
—Sivelle, ese animal podría...
—Padre —lo interrumpió—, por favor. Confía en mí. El lobo no haría esto sin motivo. Déjalo acercarse.
Hubo un segundo de tensión. Los médicos miraban entre sí, algunos susurraban con miedo.
Finalmente, el duque suspiró con resignación.
—…Está bien. —Se giró hacia sus hombres—. Retrocedan.
Los guardias bajaron lentamente las lanzas, apartándose del paso. El lobo avanzó, con pasos pesados y medidos, hasta llegar al borde de la cama.
Luneth lo miraba, sin moverse, con una mezcla de miedo y esperanza en los ojos.
—¿Qué… qué va a hacer? —preguntó en voz baja.
—No lo sé —murmuró Sivelle—. Pero déjenlo actuar.
El lobo subió a la cama con cuidado, el colchón hundiéndose bajo su enorme peso.
Un murmullo recorrió a los presentes, y uno de los médicos dio un paso atrás al ver cómo el animal se acomodaba justo al lado de Eiren.
El aire cambió.
Una corriente ligera, invisible, recorrió la habitación. El fuego de las lámparas titiló.
Y entonces, todos lo vieron.
En el pecho del lobo comenzó a brillar una luz.
Primero tenue, luego más fuerte, como un corazón palpitando bajo su pelaje.
De esa luz surgieron hilos, delgados, blancos, luminosos… que se extendieron hacia el cuerpo de Eiren.
—¡Por los cielos…! —exclamó uno de los médicos, maravillado.
Los hilos se posaron sobre él, conectándose a varios puntos: los brazos, la cabeza, el pecho, el abdomen, las piernas.
Yo lo reconocí al instante. Los nodos. Los mismos que él había mencionado… el sistema que había creado en secreto.
—Eiren… —susurré apenas, conteniendo la respiración.
Luneth se estremeció.
—¿Qué está haciendo ese lobo?
Uno de los magos médicos se adelantó, observando con concentración.
—Está drenando… —murmuró, y su voz tembló—. ¡Está drenando el maná dentro del joven maestro Neyreth!
Los demás dieron un paso atrás, asombrados.
Y entonces, sobre el cuerpo de Eiren, una esfera de energía comenzó a formarse: una masa de luz azul pálida, vibrante, que flotaba a unos centímetros de su pecho.
Todos contuvieron el aliento.
Los círculos mágicos en el aire se distorsionaron, y las runas flotantes de los médicos parpadearon.
—¡Esa energía…! —gritó otro médico— ¡Es toda la magia que habíamos canalizado en su cuerpo!
La esfera brilló con intensidad, y el lobo, sin moverse de su sitio, abrió el hocico apenas, absorbiendo la energía lentamente.
Los hilos blancos se intensificaron, tornándose gruesos, más vivos.
La luz azul se desvanecía, y en su lugar, el pulso mágico en el cuerpo de Eiren se volvía más estable.
El silencio volvió.
Solo el sonido de la respiración tranquila del lobo llenaba la habitación.
Niva, la pequeña, se asomó apenas detrás de su madre, con los ojos grandes.
—¿Qué… qué pasó?
Nadie respondió.
Ni los médicos, ni los duques, ni siquiera nosotros sabíamos qué decir.
Hasta que Mariela, desde el fondo, habló con tono firme:
—Es posible… que el lobo haya extraído el maná que ustedes le pusieron. Quizás lo estaban sobrecargando. Se usó como filtro… y devolvió lo necesario.
Las miradas se cruzaron.
Algunos médicos se quedaron en silencio, pensativos. Otros negaban con la cabeza, sin poder aceptar una explicación así.
—¿Un animal actuando como filtro mágico? —susurró uno—. Es imposible.
—¿Y cómo explicas entonces que el pulso de su maná se haya estabilizado? —replicó otro.
Todos volvieron la vista hacia la cama.
El color había regresado al rostro de Eiren. Su piel ya no estaba tan pálida, y una tenue calidez recorría su cuerpo.
—Su maná… —dijo uno de los médicos—. Ahora fluye. Es perceptible, y constante.
Y entonces, un sonido.
Un quejido bajo escapó de los labios de Eiren.
—¡Se ha movido! —gritó Niva, agarrando el brazo de su padre.
Todos se tensaron.
Vieron cómo su cuerpo se estremecía levemente. Sus hombros se movieron, su cabeza se inclinó un poco hacia un lado.
Luego abrió la boca, como si masticara algo invisible, y exhaló un suspiro largo, cansado.
Y de pronto…
Un ronquido.
Suave.
Ligero.
Pero inconfundible.
Todos lo miraron, incrédulos.
—¿Está… durmiendo? —preguntó Joren en voz baja, desde el fondo.
—Parece que sí —murmuró Roderic, atónito—. Solo… está dormido.
El lobo bostezó también, un sonido grave y pesado, antes de bajarse de la cama con calma.
Cruzó la habitación, se volvió a su rincón, se enrolló sobre sí mismo y apoyó la cabeza en el suelo.
Sivelle soltó un suspiro, entre el alivio y la incredulidad.
—Supongo… que eso significa que ya está mejor.
Luneth, con lágrimas contenidas, acarició el cabello de su hijo.
—Mientras duerma… está vivo. Eso es suficiente por ahora.
Nadie respondió.
Solo el sonido suave del sueño de Eiren llenaba la habitación.
Los círculos mágicos habían desaparecido, el aire ya no vibraba con energía. Los médicos, uno a uno, bajaron la cabeza ante la duquesa, que permanecía de pie junto a la cama.
—Por ahora… no podemos hacer más, Su Excelencia —dijo el médico más anciano, con voz cauta—. Su cuerpo está estable. Solo… necesita tiempo.
Luneth asintió, sin apartar la mirada de su hijo.
—Lo entiendo. Gracias a todos ustedes.
El hombre hizo una reverencia profunda, y los demás lo imitaron.
La duquesa alzó una mano con gentileza.
—Pueden retirarse. Descansen.
Las doncellas y los mayordomos siguieron al grupo, saliendo en silencio. La puerta se cerró lentamente tras ellos, dejando la habitación en una calma íntima, casi sagrada.
Ahora solo quedábamos nosotros: Roderic y yo con nuestros hijos al fondo, el duque y la duquesa al pie de la cama, y los mellizos a su lado.
El lobo dormía en un rincón, tranquilo, con el pecho subiendo y bajando al compás de los ronquidos de Eiren.
Luneth dio un paso hacia la cama.
Su respiración era temblorosa, pero sus manos firmes. Se sentó en el borde, con cuidado, como si temiera romper algo frágil.
Lo miró por un largo rato.
Luego, lentamente, extendió la mano y le acarició la mejilla.
—Está… enorme —susurró, y una sonrisa trémula le cruzó el rostro.
La voz le temblaba, y aun así sonó cálida, reverente.
—Mi pequeño… —sus dedos rozaron el contorno de su mandíbula—. Ya no eres tan pequeño, ¿verdad?
El duque se acercó también, apoyando una mano sobre el hombro de su esposa.
—Tiene tus rasgos —dijo en voz baja, con una nota de orgullo en sus palabras—. Pero también los míos.
Luneth soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Sí… —asintió, con un hilo de voz—. Su cabello es como el tuyo… aunque esos mechones oscuros… —pasó los dedos entre ellos, con cuidado—. No sé de dónde vienen.
—Tal vez de su vida lejos de aquí —respondió el duque, mirándolo con un gesto grave—. La vida lo cambió… pero sigue siendo nuestro hijo.
Ella asintió, y las lágrimas comenzaron a caer, silenciosas, rodando por sus mejillas.
—Lo perdimos tan pequeño… —dijo con un suspiro que se quebró al final—. A veces pensaba que… que si algún día volvía a verlo, no lo reconocería.
—Y, sin embargo… —le tocó el mentón, inclinando un poco la cabeza—. Es imposible no saber quién es. Esa expresión… esos ojos, incluso cerrados… es él. Siempre fue él.
Roderic dio un paso adelante, con voz suave.
—Tiene la misma mirada que cuando llegó a casa, Duquesa. —Sonrió apenas—. Esa mezcla de calma y cansancio.
Luneth lo miró por un momento, sus ojos húmedos brillando bajo la luz.
—Roderic… —susurró, sincera—. No tengo palabras para agradecerte lo que hiciste por él. Por todos ustedes.
—No hay nada que agradecer, Su Excelencia —respondió Roderic con humildad—. Fue parte de nuestra familia. Lo sigue siendo.
—Lo sé —dijo ella, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano—. Y eso… es lo que más me duele y al mismo tiempo, más me consuela.
Niva, que había estado abrazada al brazo de su padre, se acercó un poco más a la cama, mirando con timidez.
—¿De verdad es mi hermano? —preguntó en voz baja.
Luneth sonrió entre lágrimas.
—Sí, mi amor. Es tu hermano mayor.
—Se ve tan diferente… —murmuró la niña, tocando con cuidado la sábana al borde de la cama—. Pero también se parece a mamá.
Isen, de pie junto a su padre, asintió lentamente.
—Y a ti, padre. —Luego miró al rostro dormido de Eiren—. No pensé que se vería tan… fuerte.
El duque asintió, con una sonrisa triste.
—La fuerza viene con el dolor, hijo. Y él… cargó con más del que cualquiera debería soportar.
Luneth apretó la mano de Eiren, como si temiera que desapareciera de nuevo si la soltaba.
—Todo este tiempo… —susurró—. Todo este tiempo lo creí perdido, sin vida, en algún lugar que no podría alcanzar. Y ahora lo tengo aquí, respirando… durmiendo como cuando era niño.
Se inclinó un poco más, posando su frente sobre su mano, y su voz se quebró al final:
—Bienvenido a casa, mi niño…
Sivelle, que había permanecido en silencio junto a la ventana, finalmente habló con voz baja, casi un suspiro.
—Te lo prometí, madre. Que lo traeríamos de vuelta.
Luneth levantó la mirada hacia ella, con una sonrisa llena de orgullo y tristeza.
—Y cumpliste tu promesa, hija mía.
Sivelle asintió, mirándolo en la cama.
—Pero me pregunto si… cuando despierte, sabrá que este lugar sigue siendo su hogar.
El duque apoyó su mano sobre el hombro de Sivelle.
—Lo sabrá —dijo con firmeza—. Lo recordará. Y si no lo hace… —miró a su hijo dormido—, se lo recordaremos nosotros.
Luneth asintió, acariciando otra vez el rostro de Eiren.
—Entonces… esperaremos.
Y la habitación volvió al silencio.
Solo los latidos tranquilos del joven Vyrenthal, y los suaves ronquidos del lobo en el rincón, acompañaban el momento.
****
[Eiren]
La luz en ese lugar no provenía de antorchas ni de cristales encantados. Era una luminosidad suave, suspendida en el aire como si el mismo maná exhalara un resplandor tenue.
Yo estaba sentado con las piernas cruzadas sobre un suelo liso y frío, cubierto por líneas de trazos antiguos. No eran sellos, ni runas… eran guías. Guías para aprender a respirar con la magia, o eso me había dicho él.
El aire vibraba con quietud. Podía escuchar el sonido de mis propias respiraciones, lentas, pesadas… y los pasos.
A veces cercanos, a veces lejanos.
El eco de botas contra la piedra.
—Te tensas demasiado, cuervo —dijo la voz. Grave, pero con una calma que casi sonaba divertida.
Abrí un ojo. Frente a mí, un hombre alto caminaba despacio alrededor del círculo. Llevaba el rostro cubierto por una tela oscura que se ataba por detrás del cuello, ocultando cualquier rasgo que pudiera delatar quién era. Solo sus ojos, de un brillo indescifrable, observaban con paciencia.
—No sé si puedo… —murmuré, bajando la mirada a mis manos. Las tenía apoyadas sobre las rodillas, tratando de sentir lo que él decía.
—No sabes si puedes porque sigues pensando en intentar. —Su tono sonó como una ligera reprimenda—. No pienses en hacerlo. Hazlo.
—Lo dices como si fuera fácil.
El hombre soltó una risa baja, profunda, casi como un rugido contenido.
—Nada que valga la pena lo es, cuervo. Ni la magia, ni la vida. —Se detuvo detrás de mí, y pude sentir cómo el aire se movía cuando alzó una mano—. Escucha.
Sus palabras tenían peso. Cada sílaba parecía resonar en el aire, como si el lugar respondiera a su voz.
—La magia no es solo poder —continuó—. Es la respiración del mundo. El flujo que existe entre todo lo que vive y lo que muere. El maná no es tuyo. No lo posees. Lo canalizas.
Cerré los ojos.
Traté de concentrarme.
El suelo estaba tibio bajo mis piernas, el aire cargado con ese zumbido sutil que uno solo nota cuando presta atención.
—Bien —dijo él, con una aprobación apenas perceptible—. Ahora, siente. No pienses en tu cuerpo como una cárcel… sino como un río.
—¿Un río…?
—Exacto. El maná fluye, como el agua. Si lo fuerzas, se desborda. Si lo ignoras, se estanca. Pero si aprendes a seguir su cauce, el agua se moverá donde quieras.
Asentí, dejando que sus palabras se hundieran en mi mente.
—Empieza por el centro —indicó—. Justo debajo de tu esternón. Es donde la vida y la energía se encuentran. Respira y siente cómo algo cálido… comienza a despertar.
Respiré.
Por un instante, sentí un leve pulso dentro de mí, un latido distinto al de mi corazón.
Era débil, pero estaba ahí.
—Eso es —dijo el hombre con una voz más baja, como si no quisiera romper el equilibrio—. Ahora, no lo atrapes. Solo obsérvalo.
Mi respiración se volvió más lenta, y el pequeño pulso creció. Se movía con mis inhalaciones, extendiéndose hacia los hombros, el cuello, el abdomen.
—Deja que se mueva —susurró—. No controles el flujo… guíalo.
Pero entonces sentí algo.
Una presión interna, como si una pared invisible me detuviera.
El flujo se interrumpió, se retorció, y un escalofrío recorrió mi espalda.
—Ah… —exhaló el hombre con un tono entre comprensión y cautela—. El sello.
—Sí… —susurré, llevándome la mano al pecho—. Lo siento… me corta el flujo.
—Lo hará —dijo sin dudar—. Ese sello fue diseñado para eso. Para suprimir, confinar, aislar.
—Fue… —tragué saliva—. Fue un hechizo que no era para mí.
Hubo un silencio. Los pasos se detuvieron.
Por un momento, no escuché nada.
Y luego, su voz se suavizó.
—Lo sé. —Dijo despacio—. El hechizo no fue diseñado para ti, pero aún así te interpusiste. Y en ese acto, marcaste tu destino.
No supe qué responder.
—El sello no puede eliminar tu magia por completo —continuó—. Solo restringe el flujo. Lo limita. Pero el maná es como el agua… siempre encuentra una grieta.
—¿Entonces… puedo usarla?
—Puedes —respondió él con un dejo de sonrisa en la voz—. Pero deberás hacerlo con precisión. Si fuerzas demasiado, el sello reaccionará, te dolerá… y volverá a cerrarse.
Inspiré hondo.
—Entonces… ¿qué hago?
—Aprende a moverte entre los huecos. —Se acercó un paso más—. No luches contra el sello. No lo desafíes. Engáñalo.
—¿Engañarlo?
—Sí —su voz se volvió casi juguetona—. Usa su propia estructura a tu favor. Si sientes una pared, rodea el borde. Si notas resistencia, cambia la dirección del flujo. Como el agua que esquiva una piedra.
Permanecí en silencio, intentando seguir sus palabras con el cuerpo.
Poco a poco, el flujo volvió, tembloroso, débil, pero libre.
Pude sentirlo ascender hasta mi hombro izquierdo.
—Eso es… —dijo con un tono de satisfacción—. Sutil. Preciso. No apresures nada.
El silencio volvió a reinar.
Solo el murmullo leve del aire.
Entonces, el hombre dio un paso y se agachó frente a mí.
El movimiento fue tan lento que pude escuchar el roce de la tela que cubría su rostro.
Su presencia era imponente, pero su gesto… sorprendentemente gentil.
Su mano grande se posó sobre mi cabeza, y me revolvió el cabello con una risa apenas audible.
—Excelente inicio, cuervo.
Abrí los ojos y lo miré.
—Ni siquiera logré moverlo más de un brazo…
—¿Y qué esperabas? ¿Convertir el mundo en luz el primer día? —bromeó, con ese mismo tono entre ironía y ternura—. No. Lo que hiciste es verlo. Y quien puede ver el maná, puede dominarlo.
Su mano siguió un momento en mi cabeza antes de retirarse.
Me quedé observando su rostro cubierto. La tela negra dejaba ver solo una línea de piel pálida en la frente, y los ojos, del color del metal bruñido, que me miraban con algo parecido al orgullo.
—Maestro… —dije en voz baja—. ¿Algún día podré quitar este sello?
Él se enderezó, cruzando los brazos.
—Sí. Pero no por la fuerza. Lo romperás cuando comprendas lo que intenta protegerte de ti mismo.
—¿Protegerme…?
—El sello no solo aprisiona, cuervo —dijo, girando levemente la cabeza—. También contiene. Hay cosas en ti que aún no estás listo para liberar.
—¿Y si nunca lo estoy?
Hubo una pausa larga.
Luego, el hombre rió suavemente.
—Entonces seguirás caminando, como todos los que buscan algo más grande que sí mismos. Y eso… también está bien.
Bajé la mirada, pensativo, mientras su voz se desvanecía entre los ecos del lugar.
Aquel día fue la primera vez que sentí el maná moverse bajo mi piel.
Y la primera vez que escuché a ese hombre llamarme cuervo.
El hombre sin rostro que, durante años, me enseñó cómo respirar con la magia.
***
El sonido del metal llenaba el aire, seco y nítido, como si cada respiración rozara el filo.
Estaba en otra habitación, más amplia y mucho más iluminada que la anterior. Las paredes eran lisas, blancas, y la luz mágica que las bañaba no tenía sombra.
En el centro, el suelo de piedra había sido pulido a la perfección; ahí estaba yo, con las piernas algo temblorosas y las manos aferrando dos dagas que pesaban más de lo que aparentaban.
—No las bajes, cuervo —dijo la voz del hombre detrás de mí, con esa calma profunda que se mezclaba con algo de burla—. No son palos. No son juguetes. Son extensión de tus manos.
—Son pesadas… —gruñí, los brazos temblándome.
—Y tú eres débil —replicó con naturalidad, acercándose.
Sentí sus pasos resonar detrás de mí, firmes, medidos. Luego, el toque de sus dedos contra mi hombro, presionando suavemente para girarme un poco.
—Ahí. Tu línea de ataque está torcida —murmuró, ajustando mi postura—. Si atacas así, te expones.
Sus manos pasaron a mi brazo, levantándolo un poco más.
—Extiende. No te escondas detrás del filo. El arma no te protege… te delata.
Apreté los dientes.
—No entiendo.
—Porque todavía peleas con miedo —dijo él, acercándose hasta quedar a mi espalda—. Con miedo de lastimar, de que te lastimen, o de recordar por qué sostienes esas dagas.
Su tono cambió, grave, sin rastro de suavidad.
—¿Recuerdas por qué, cuervo?
Tragué saliva.
Los dedos se cerraron sobre mi muñeca, firmes, pero no violentos.
—Recuerda —repitió, su voz bajando como un murmullo que pesaba más que un grito—. Los hombres que te arrebataron la paz. Los que atacaron a tu madre. Los que te lanzaron al vacío creyendo que la caída te mataría.
Mi respiración se agitó. La punta de la daga tembló frente a mí.
—Los que mataron a la anciana y a su hijo —continuó el hombre, sin apartarse—. Aquellos que te escondieron... Los quemaron vivos por protegerte.
—Basta… —susurré, pero la palabra me salió débil.
—No. —Su mano en mi hombro me obligó a enderezarme—. No basta. No puedes entrenar con la mente vacía. La rabia es fuego, y el fuego… también ilumina.
Se movió hasta quedar a mi lado, su rostro cubierto por esa misma tela oscura.
—Dime, cuervo, ¿qué sientes cuando los recuerdas?
—Odio —respondí sin dudar.
—¿Solo odio?
—Dolor —añadí con un hilo de voz.
Él asintió lentamente.
—Bien. No los olvides. Pero tampoco los adores. No dejes que el odio te dirija… úsalo. Que arda solo lo necesario.
Entonces, tomó una de las dagas de mis manos y la giró frente a mí. La hoja reflejaba la luz mágica, casi como si respirara.
—El acero —dijo él, levantando el arma entre nosotros—, no busca justicia. No tiene moral. Solo hace lo que su portador le ordena. Si tu propósito es venganza, hazlo con control, no con rabia ciega.
Me devolvió la daga, colocando de nuevo mis dedos en la empuñadura.
Sus manos eran grandes, callosas, y al envolver las mías sentí la fuerza contenida bajo la calma.
—Aprieta aquí, no con los dedos, con la base de la palma. Sí… así. El filo debe responder a tu respiración, no a tu temblor.
Asintió satisfecho cuando mi brazo dejó de temblar.
Luego, se agachó a mi altura.
—Tu pierna derecha, un paso atrás. —Me tocó el tobillo, empujándolo apenas con la punta del pie—. No tan lejos, o perderás equilibrio.
—El cuello —añadió, inclinando dos dedos bajo mi mentón—, nunca rígido. Un movimiento fluido vale más que una fuerza bruta.
—¿Y si me atacan primero? —pregunté.
—Entonces no te defiendas —respondió con naturalidad.
Lo miré, confundido.
—¿Cómo que no me defienda?
—Atacar es defensa. Esperar el golpe del enemigo es darle poder sobre ti. —Giró su daga en un arco lento, dejando un silbido en el aire—. No esperes. Observa. Anticipa. Corta antes de que te alcancen.
—Eso suena… cobarde.
—¿Cobarde? —rió entre dientes, una risa que vibró como un trueno contenido—. No. Suena eficaz.
Volvió a colocarse detrás de mí.
—Ahora, respira. Visualiza. Estás frente a uno de ellos. No su sombra, no un fantasma… sino el hombre real. ¿Qué haces?
—Lo ataco.
—¿Dónde?
—Al pecho.
—¿Por qué?
—Porque… ahí está el corazón.
—Equivocado. —Su mano corrigió mi brazo, bajando el ángulo del filo hacia el costado—. Nunca busques el corazón primero. Un enemigo con voluntad no necesita corazón para matarte. Ataca su equilibrio. El muslo, el costado, el antebrazo. Haz que caiga. Luego, decide si vive o muere.
Mi respiración era pesada. Los músculos me dolían, pero sentía una extraña calma.
Por primera vez, las dagas ya no parecían ajenas. Se sentían como parte de mí.
—Eso es, cuervo —murmuró él, notando el cambio—. Ya no tiemblas.
—Sigo cansado.
—El cuerpo se cansa. El propósito no.
Guardé silencio, pero sus palabras se me quedaron grabadas.
El hombre se alejó un paso, observándome en silencio mientras yo repetía el movimiento una y otra vez.
Cuando fallaba, sus dedos volvían a corregirme: el brazo, el ángulo, la respiración.
Cada ajuste era una lección. Cada contacto, un recordatorio.
Hasta que, finalmente, se detuvo.
—Mírame.
Obedecí.
Sus ojos me miraban fijos a través de la tela.
—Tu propósito te sostiene, cuervo. Pero si permites que el pasado sea tu único motor, te romperá. La venganza puede darte dirección… pero no destino.
—Entonces, ¿qué debo buscar?
—Cuando llegue el momento, tú mismo lo sabrás. —Hizo una pausa y añadió, con una nota casi afectuosa—. Pero por ahora…
Tocó con un dedo la empuñadura de mi daga, bajando el arma lentamente.
—Aprende a sobrevivir.
Sus palabras se quedaron suspendidas, mientras el eco del metal aún vibraba en la habitación.
Y ahí, entre la luz artificial y el olor del acero, entendí que aquel entrenamiento no era solo para matar.
Era para no volver a ser una víctima nunca más.
El aire a mi alrededor vibró.
Un zumbido grave, como el rugido de un tambor bajo tierra, me hizo apretar los dientes.
Tenía las dagas en mis manos. Pequeñas. Ligeras. Frías.
El eco de la voz del hombre aún resonaba en mi cabeza: "Aprende a sobrevivir."
Respiré, intentando mantener la concentración, pero entonces…
El entorno parpadeó.
Una fracción de segundo, y mis manos ya no eran las mismas.
No eran pequeñas.
Eran más grandes. Y estaban cubiertas de sangre seca.
El filo de las dagas, antes nuevo y brillante, ahora goteaba con un líquido oscuro.
El parpadeo cesó.
Mis manos eran de nuevo las de un niño. Limpias. Temblorosas.
El suelo era blanco, pulido, y el hombre de rostro cubierto aún estaba frente a mí.
Parpadeo otra vez.
El brillo mágico desapareció, y lo reemplazó el resplandor del fuego.
Mi respiración era más pesada, más profunda, y mi voz… mi voz ya no era la de un niño.
El aire olía a hierro, ceniza y carne quemada.
Mis manos, nuevamente, estaban manchadas.
Pequeños ríos de sangre recorrían mis muñecas hasta perderse entre los pliegues del abrigo oscuro que llevaba.
Las dagas chispeaban bajo la luz de las llamas.
El escenario cambió una vez más, como un suspiro entre dos mundos.
Vi brevemente las paredes blancas del entrenamiento…
Y luego regresé al infierno.
El fuego danzaba sobre lo que alguna vez fue una mansión.
Las columnas se partían, las cortinas eran solo sombras ardientes, y los cuerpos…
Dioses.
Cuerpos apilados.
Algunos chamuscados, otros congelados, cubiertos de una capa de escarcha que se derretía lentamente por el calor.
Todo lo que respiraba en ese lugar había muerto.
Miré mis manos otra vez.
El humo me quemaba los ojos, pero no bajé la vista.
Tenía que ver.
Tenía que recordar.
—Esto es… por ella —dije con voz ronca, y sentí mi propio pecho arder, más que el fuego a mi alrededor—. Por mi madre.
El viento rugió entre las ruinas.
Entonces, algo… algo se movió.
Un sonido húmedo, un jadeo ahogado.
Sentí un tirón en el tobillo.
Bajé la mirada.
Un hombre, cubierto de sangre y hollín, me miraba con ojos medio abiertos.
Su armadura estaba destrozada, una lanza rota sobresalía de su costado, y el símbolo de su casa una insignia dorada ennegrecida por las llamas aún colgaba de su cuello.
—Mal… maldito… —tosió, la voz ahogada por la sangre que subía a su garganta—. ¿Qué… qué hiciste?
Su mano temblorosa se aferró más fuerte a mi pierna.
—¿Por qué? ¿Por qué hiciste esto? ¿Qué te hicimos a ti?
Lo observé en silencio, mi respiración era calma, controlada, pero dentro de mí… solo había vacío.
—A mí —dije con voz baja—, me arrebataron todo.
El hombre me miró, confundido.
Entonces, con una lentitud casi ritual, llevé una mano a mi rostro y retiré la máscara de hielo que lo cubría.
El aire helado se quebró a mi alrededor en diminutas partículas de escarcha.
El soldado abrió los ojos con horror.
—Tú… tú… estás muerto…
—Eso decían. —Esbocé una sonrisa seca—. Qué mala suerte para ti… y para los otros dos nobles.
El fuego crepitó, proyectando sombras largas.
El hombre intentó incorporarse, pero cayó de nuevo, escupiendo sangre.
El hombre respiraba con dificultad, su armadura chasqueaba con cada inhalación.
Yo levanté la daga derecha, el filo temblando por el calor.
—¿Sabes qué es lo irónico? —continué, acercándome lo suficiente para que pudiera ver mi rostro entre las sombras—. Con solo cinco personas, derribé esta casa entera. Tu familia, tus soldados, tus sirvientes… todo lo que construyeron durante generaciones.
El hombre me miró aterrado.
—Eres… un monstruo.
—No. —Sonreí apenas, triste y sereno—. Soy el resultado de lo que ustedes hicieron.
Me incliné más, hasta que nuestras frentes casi se tocaron.
Su aliento olía a sangre y humo.
—Tú mismo cavaste la tumba de tu familia —le dije con un susurro helado— el día que tocaste a mi madre.
La daga descendió sin vacilación.
Un solo movimiento, preciso, limpio.
El filo se hundió en su cuello, y la sangre caliente salpicó mis dedos.
Su cuerpo se estremeció una vez, y luego… nada.
Me quedé quieto, observando cómo el fuego devoraba el último resto de su armadura.
El sonido de las llamas lo cubría todo, y por un instante, no supe si lo que sentía era alivio… o más vacío.
El aire se distorsionó.
El escenario parpadeó una vez más.
Las llamas se apagaron.
La mansión se desvaneció.
Y el silencio lo llenó todo, como si aquel recuerdo se hubiera hundido en la nada.
Solo el eco de mi respiración quedó…
Y el peso de las dagas, aún firmes en mis manos, como si no quisieran soltarme.
A mi izquierda, cuatro siluetas se materializaron entre la neblina, caminando con paso firme.
Kyot fue el primero en hablar, su tono grave pero calmado.
—Entonces… —dijo mientras miraba a su alrededor, alzando una ceja— ya acabamos con todos.
Yo mantuve la vista fija en las llamas. Un muro de piedra se vino abajo frente a nosotros con un estruendo seco, haciendo temblar el suelo.
Las brasas ascendieron al cielo, iluminando mi perfil.
—Sí —respondí, dejando escapar el aire lentamente—. Ya no queda nadie. Ni sirvientes, ni amos, ni herederos.
Kyot guardó silencio un momento antes de preguntar:
—¿Y ahora qué, Cuervo?
Giré un poco el rostro hacia él. La máscara de hielo ya se había derretido casi por completo, dejando ver mi rostro cubierto de hollín y sangre seca.
—Ahora… ya no hay más. —Dije con un tono que sonó más a cansancio que a satisfacción.— Todo lo que quedaba del pasado, se ha ido con estas cenizas.
Bianca, que estaba detrás de Kyot, avanzó un paso. Llevaba el cabello oscuro recogido y los ojos de un color morado casi negro brillaban a la luz del fuego.
—¿Y tu madre? —preguntó con suavidad— Dijiste que aún no sabías si seguía viva.
Asentí despacio.
—Han pasado cuatro años desde la última vez que la vi. Cuatro años sin una señal, sin un mensaje. Pero… —miré hacia el norte, donde el viento soplaba con fuerza— ya es hora de averiguarlo.
Bianca bajó la mirada, comprendiendo lo que eso significaba.
—Entonces… ¿te irás de la orden? —susurró.
—Sí. —Levanté la mirada hacia el cielo— Ya terminé aquí. Mi venganza ha concluido. Los responsables de todo esto están muertos. —Mis dedos temblaron apenas al decirlo—. No queda más que hacer. Es momento de volver a casa.
Eric, que estaba apoyado contra una roca, cruzó los brazos. Su tono fue directo, como siempre.
—¿Quieres que te acompañemos? El norte no es precisamente amable con los viajeros solitarios.
Negué con la cabeza.
—No. Si voy solo, tendré tiempo para pensar… para recordar quién era antes de todo esto. —Sonreí levemente, aunque fue una sonrisa cansada— Además, si me acompañan, no tendré excusa para detenerme.
Edgar, el cuarto del grupo, dio un paso adelante. Su rostro estaba cubierto de polvo, pero sus ojos brillaban con una mezcla de tristeza y orgullo.
—Entonces supongo que aquí es donde nos despedimos.
—Parece que sí —respondí.
Hubo un silencio breve, roto solo por el crepitar del fuego. Luego hablé, mirándolos a los cuatro.
—Gracias. A los cuatro. No tenían por qué ayudarme. Ninguno de ustedes debía cargar con esto.
Kyot sonrió, dándome un golpe leve en el hombro.
—No digas tonterías. Somos amigos, ¿no? Entramos juntos a la orden hace cuatro años. Si uno de nosotros necesitaba algo, los demás estábamos ahí. Eso no cambia.
Yo lo miré y por primera vez en mucho tiempo, sonreí sinceramente.
—Supongo que tienes razón. —Miré hacia las ruinas una última vez—. Espero volver a verlos algún día.
—Y nosotros a ti —dijo Bianca.
—No te mueras antes de eso —añadió Eric, con una sonrisa torcida.
Edgar levantó la mano en un gesto de despedida.
—Dile al líder que te entrene otra vez cuando regreses, a ver si esta vez aprendes a dormir más de dos horas.
Reí bajo, apenas un suspiro entre el humo.
—Denle las gracias de mi parte por haberme soportado estos años.
El viento sopló con fuerza, levantando cenizas en el aire.
Los observé alejarse entre la neblina, sus siluetas difuminándose con cada paso.
Cuando ya no los vi más, volví la vista hacia el norte.
El fuego rugía detrás de mí, pero en mi pecho solo quedaba el eco de una llama pequeña, silenciosa.
—Ya terminó —susurré, ajustando la capa sobre mis hombros—. Madre… espera un poco más.
Y comencé a caminar hacia el norte, dejando atrás el fuego, las ruinas y la sombra de mi venganza.
