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Chapter 25 - The Fire of Shared Truth

El pueblo no era lo que esperaban. Las luces que veían desde la colina no eran acogedoras, pero sí hogueras. El miedo flotaba en el aire nocturno. Encontraron una casa abandonada en las afueras y se refugiaron allí.

Dentro, reinaba un silencio denso. Azrael encendió una vela con manos apenas temblorosas. Todos lo miraban.

—Antoni —dijo Azrael sin preámbulos—. Lo que viste en el Eco... cuéntamelo todo.

Antoni tragó saliva.

"Vi... otros como yo. Cuerpos usados ​​como marionetas. Y una torre... 'El Umbral'. Ahí es donde convergen los caminos de los invocados."

Miró directamente a Azrael.

"Tú también eres uno, ¿verdad?"

La vela parpadeó. James y Sara contuvieron la respiración.

Azrael asintió.

«Sí. Mi antiguo nombre no importa. En mi mundo, yo... acabé con todo. Pero Dam, una entidad burlona, ​​me dio otra oportunidad. Me envió veintisiete años atrás, a esta guerra entre dioses, para salvar a los humanos».

Sara se acercó.

"¿Por qué tú?"

"Porque ya no tenía nada que perder", respondió Azrael, mirándose las manos como si aún tuvieran la sangre de aquel puente. "Pero Dam se equivocó en una cosa. Ahora tengo todo por lo que vivir".

James le puso una mano en el hombro.

"Esa misión... ¿incluye a Nikol? ¿A tus padres?"

—No —la voz de Azrael se quebró—. Y deben permanecer inconscientes. Es la única manera de protegerlos.

Antoni volvió a hablar, ahora con más firmeza:

«En el Eco, vi a los otros dioses... convocando a sus elegidos con mentiras. Algunos creen que son héroes. Otros, que son dioses. Pero todos son peones».

Azrael recordó entonces las últimas palabras de Dam, aquella voz burlona en la oscuridad: "Tus compañeros fueron convocados bajo mentiras".

"Tenemos que ir al Umbral", dijo Azrael. "No para seguir la guerra de los dioses, sino para encontrar a los demás. Para darles la verdad que me llevó años comprender."

Sara sonrió, una sonrisa cansada pero sincera.

"No vas solo, idiota".

James asintió.

«Ahora somos tu familia, Azrael. La que tú elegiste».

Afuera, la noche era fría. Pero dentro de aquella casa abandonada, cuatro almas rotas encontraron, por primera vez, un fuego común. No era el fuego de la guerra ni de la venganza. Era el fuego de una verdad compartida y de una promesa: lucharían, pero lo harían juntos, humanos entre dioses, amigos entre enemigos.

Y Azrael, por primera vez desde que llegó a ese mundo, sintió que tal vez —sólo tal vez— su segunda vida tenía algo más que una misión divina: tenía un hogar.

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