Dos días después - Camino hacia el paso norte
El ejército marchaba al ritmo de los tambores de guerra. No era el paso lento y conservador de antes, sino algo más rápido, más urgente. Los soldados veteranos lo reconocían: el ritmo de hombres yendo hacia la muerte.
Han Xun había vomitado dos veces esa mañana. No por enfermedad o agotamiento —aunque ambos eran compañeros constantes— sino por puro miedo. El miedo se había convertido en una entidad física en su estómago, retorciéndose y creciendo con cada kilómetro que los acercaba a la batalla.
A su alrededor, otros porteadores mostraban signos similares de terror. Uno de los niños más jóvenes, un chico de nueve años llamado Fen, había llorado durante toda la marcha matutina hasta que un soldado le había gritado que se callara o lo dejaría atrás. Fen se había callado, pero las lágrimas silenciosas continuaban rodando por sus mejillas sucias.
Tiene nueve años, pensó Han Xun, sintiendo algo cercano a la náusea nuevamente. Debería estar jugando, aprendiendo a leer, teniendo una infancia. No marchando hacia una batalla donde probablemente morirá.
Pero ese tipo de pensamientos no ayudaban. Este mundo no se preocupaba por lo que debería ser. Solo se preocupaba por lo que era.
"Formaciones apretadas," gritó Wei Ting desde algún lugar adelante. "Si se dispersan cuando comience la lucha, los matarán. Manténganse juntos, manténganse cerca de los carros."
El terreno había cambiado durante las últimas horas. Los campos planos dieron paso a colinas ondulantes, cortadas por arroyos y bosquecillos densos. Era un terreno táctico terrible, Han Xun se dio cuenta con su mente de ingeniero. Mala visibilidad, muchos puntos de emboscada, difícil mantener formaciones cohesivas.
Si yo fuera el comandante de Zhao, habría apostado arqueros en esas colinas. Esperaría hasta que el ejército estuviera comprometido en el valle, entonces atacaría desde arriba. Causaría el caos, destrozaría la formación.
Como si sus pensamientos hubieran invocado la realidad, un silbido agudo cortó el aire.
Flechas.
"¡Escudos!" El grito resonó por toda la columna. Los soldados reaccionaron con velocidad nacida del entrenamiento: escudos arriba, formación de tortuga, protegiendo a los vulnerables en el centro.
Los porteadores, que no tenían escudos, hicieron lo único que podían: se tiraron al suelo detrás de los carros.
Han Xun golpeó la tierra dura, el impacto expulsando el aire de sus pulmones. A su lado, Liang hizo lo mismo, sus ojos enormes con terror. Alrededor de ellos, el mundo se convirtió en caos: gritos, el golpeteo de flechas contra escudos de madera y metal, el sonido horrible, húmedo de flechas encontrando carne.
No mires. No pienses. Solo respira. Mantente bajo.
Pero la curiosidad —o tal vez la necesidad de entender qué estaba pasando— lo obligó a levantar la cabeza ligeramente, mirando entre las ruedas del carro.
Los soldados de Qin habían formado un muro defensivo impresionante. Los escudos se superponían como escamas, creando una barrera casi sólida. Pero no era perfecta. A través de los espacios, Han Xun podía ver cuerpos: soldados que habían sido demasiado lentos, que habían estado en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Un hombre yacía a menos de cinco metros de distancia, una flecha sobresaliendo de su garganta. Todavía se movía, tratando de quitársela, pero solo lograba que más sangre brotara. Sus ojos encontraron los de Han Xun: confundidos, aterrorizados, suplicantes.
Luego se detuvieron. Simplemente... se detuvieron. Los ojos se pusieron vidriosos, la mano cayó, y el hombre estaba muerto.
Han Xun apartó la mirada, su estómago revolviéndose.
Primera muerte que veo de cerca. No será la última.
"¡Arqueros, devuelvan fuego!" El Capitán Meng Hu había asumido el mando de la sección, su voz clara sobre el caos. Los arqueros de Qin se posicionaron, sus arcos curvándose mientras apuntaban hacia las colinas.
El contraataque fue impresionante. Cientos de flechas oscurecieron el cielo brevemente antes de caer sobre las posiciones enemigas. Han Xun escuchó gritos distantes —gritos en un dialecto ligeramente diferente, soldados de Zhao— seguidos por más flechas respondiendo.
Esto continuó durante lo que parecieron horas pero probablemente fueron solo minutos: intercambio tras intercambio de proyectiles, cada lado tratando de romper al otro a distancia.
Luego, tan repentinamente como comenzó, se detuvo.
"¡Manténganse en posición!" gritó Meng Hu. "Exploradores, verifiquen las colinas. El resto, permanezcan en formación."
Silencio se asentó sobre el campo de batalla, roto solo por los gemidos de los heridos y el sonido de botas pesadas moviéndose con cautela. Han Xun se obligó a respirar, inhalaciones lentas y profundas, tratando de calmar su corazón acelerado.
"¿Estás bien?" susurró a Liang.
El niño asintió, aunque su rostro estaba pálido como la ceniza. "Yo... creo que sí. ¿Tú?"
"Vivo." Era todo lo que podía decir honestamente.
Miró alrededor, evaluando el grupo de porteadores. La mayoría parecían ilesos, gracias a los carros que los habían protegido. Pero no todos. Fen, el niño de nueve años, yacía inmóvil a unos metros de distancia, una flecha en su espalda. Nadie se movió para ayudarlo.
Porque está muerto, comprendió Han Xun. Y los vivos no tienen tiempo para los muertos en medio de una batalla.
"Porteadores," Wei Ting apareció, su armadura salpicada de sangre que no parecía ser suya. "Recojan las flechas utilizables. Tanto las nuestras como las de ellos. Los arqueros las necesitan. Muévanse."
Era trabajo macabro. Han Xun se obligó a ponerse de pie con piernas temblorosas y comenzó a recoger flechas del suelo. Algunas estaban rotas, inútiles. Otras estaban intactas, sus puntas de hierro todavía afiladas. Y algunas...
Algunas estaban clavadas en cuerpos.
"No esas," dijo Wei Ting bruscamente, viendo a Han Xun vacilar cerca de un cadáver. "A menos que puedas sacarlas sin perder tiempo. Los muertos pueden esperar. Los vivos necesitan municiones."
Han Xun asintió, forzándose a continuar. Era pragmatismo brutal, pero tenía sentido. En batalla, los recursos importaban más que el respeto a los muertos.
Este mundo va a cambiarme, se dio cuenta con una claridad fría. Ya lo está haciendo. Cada día aquí, pierdo un poco más de lo que era antes.
Pasó la siguiente hora en un estado de entumecimiento semi-consciente: recogiendo flechas, ayudando a mover heridos, siguiendo órdenes sin pensar. Era más fácil así. Pensar significaba sentir, y sentir significaba enfrentar el horror de todo esto.
El ejército se reagrupó y continuó la marcha, aunque más lento ahora, más cauteloso. Los exploradores montados a caballo cabalgaban adelante y en los flancos, verificando cada colina, cada arboleda.
"Emboscada cobarde," escupió un soldado cerca de Han Xun. "Zhao siempre pelea sucio."
"Toda guerra es sucia," respondió otro. "Honorable es solo otra palabra para muerto."
Era una filosofía cínica pero honesta. Han Xun la agregó a su creciente catálogo de lecciones de supervivencia.
El sol había pasado su cenit cuando finalmente vieron el campo de batalla principal.
El valle se extendía ante ellos, quizás dos kilómetros de ancho y tres de largo. Y estaba lleno de hombres.
La fuerza de Zhao era visible en el lado opuesto: miles de soldados en formaciones ordenadas, sus estandartes ondeando en el viento. Incluso a distancia, Han Xun podía ver el brillo del sol en armaduras y armas.
Diez mil, dijeron. Se ve como diez mil. Tal vez más.
El ejército de Qin comenzó a desplegarse, oficiales gritando órdenes, unidades moviéndose a sus posiciones asignadas. Era como ver una máquina compleja ensamblarse: cada parte tenía su lugar, su función.
Los porteadores fueron dirigidos a la retaguardia absoluta, detrás de incluso las reservas. Wei Ting fue muy claro en sus instrucciones:
"Cuando comience la batalla —y comenzará, no se equivoquen— ustedes se quedan aquí. No avanzan. No tratan de ayudar. Simplemente se mantienen con vida y listos para mover suministros cuando se ordene. ¿Entienden?"
"Sí, señor," respondieron, aunque Han Xun sospechaba que pocos realmente entendían lo que estaba por venir.
Él tampoco, realmente. Toda la teoría del mundo, todos los documentales históricos, todos los libros sobre estrategia militar no te preparaban para la realidad de estar parado en un campo de batalla real, sabiendo que miles de hombres estaban a punto de intentar matarse entre sí.
El sol continuó su descenso. Las formaciones se solidificaron. Un silencio extraño se asentó sobre el valle, como si el mundo mismo estuviera conteniendo la respiración.
Entonces, desde el lado de Zhao, llegó el sonido de tambores de guerra.
Boom. Boom. Boom.
Rítmico, implacable, como un latido gigante. El ejército de Zhao comenzó a avanzar, miles de pies golpeando el suelo al unísono.
Los tambores de Qin respondieron.
Boom. Boom. Boom.
El ejército de Qin se mantuvo firme, esperando, dejando que el enemigo viniera a ellos.
Táctica defensiva, observó Han Xun clínicamente, su mente de ingeniero tratando de imponerse al miedo. Dejar que el enemigo se canse con la marcha, mantener la posición elevada. Básico pero efectivo.
La distancia entre los dos ejércitos se redujo: quinientos metros, cuatrocientos, trescientos.
A doscientos metros, los arqueros comenzaron.
Miles de flechas se elevaron de ambos lados simultáneamente, oscureciendo el cielo como nubes de langostas. Luego cayeron, y el aire se llenó de gritos.
La infantería pesada de Zhao golpeó las líneas de Qin como una ola contra un acantilado. El sonido fue indescriptible: metal contra metal, madera astillándose, hombres gritando, muriendo, matando.
Incluso desde la retaguardia, Han Xun podía sentir el impacto, ver las líneas ondeando, soldados siendo empujados hacia atrás o hacia adelante en un flujo caótico de violencia.
Esto es guerra. No heroica. No gloriosa. Solo caos y muerte y horror.
Un soldado de Qin fue empujado hacia atrás desde la línea del frente, sangrando de múltiples heridas. Corrió —o más bien se tambaleó— hacia la retaguardia, sus ojos salvajes. Pasó por el área de los porteadores sin siquiera verlos, colapsando finalmente unos metros más allá.
Nadie fue a ayudarlo. Todos estaban demasiado aterrorizados para moverse.
Alguien tiene que hacer algo, pensó Han Xun. Si todos los heridos son ignorados, el ejército se debilita. La moral cae. Las líneas se rompen.
Pero no soy médico. No sé cómo...
Pero sé primeros auxilios básicos. Presión en heridas. Mantener al paciente caliente. Básicos que ellos no...
Se obligó a ponerse de pie, sus piernas protestando. Liang lo agarró del brazo.
"¿Qué estás haciendo?"
"Algo útil," respondió Han Xun, liberándose gentilmente. "Algo que me mantenga vivo al hacerme valioso."
Caminó hacia el soldado caído con pasos inseguros. El hombre todavía respiraba, pero poco. Sangre empapaba su costado donde una lanza había atravesado parcialmente su armadura.
Han Xun presionó sus manos contra la herida, aplicando tanta presión como sus pequeñas manos podían. El soldado gimió.
"Aguanta," dijo Han Xun, sorprendido por lo firme que sonaba su voz. "Aguanta y vivirás."
Era una mentira. Probablemente era una mentira. Pero a veces las mentiras eran todo lo que tenías.
Otros porteadores, viendo a Han Xun actuar, comenzaron a moverse también. Liang fue el primero, luego Dao, luego otros. Comenzaron a ayudar a los heridos que se retiraban del frente, haciendo lo que podían con conocimiento inexistente y recursos mínimos.
No salvaron a todos. Ni siquiera salvaron a la mayoría.
Pero salvaron a algunos.
Y en un campo de batalla donde cada cuerpo contaba, donde cada soldado que podía regresar a la línea marcaba la diferencia...
Eso importaba.
La batalla continuó durante horas, el sol cayendo gradualmente hasta que el valle estaba bañado en luz naranja sangrienta. Finalmente, cuando la oscuridad amenazaba con hacer imposible la lucha, ambos ejércitos se retiraron simultáneamente, como si hubiera un acuerdo tácito.
El campo de batalla estaba sembrado de cuerpos. Miles de ellos. Algunos muertos, algunos heridos, algunos en el limbo entre ambos.
Han Xun se sentó en el barro ensangrentado, sus manos temblorosas cubiertas de sangre que no era suya, y se dio cuenta de algo:
Había sobrevivido su primer día de batalla.
Y en el proceso, había aprendido algo que ningún libro le había enseñado:
La guerra no era sobre heroísmo o estrategia brillante.
Era sobre resistir. Sobre hacer lo siguiente que necesitaba hacerse. Sobre sobrevivir un minuto más, una hora más, un día más.
Y él había resistido.
Por ahora.
Continuará...
