La niebla no era solo vapor de agua.
Era una extensión del sistema nervioso de Zabuza.
Naruto, protegiendo a Tazuna junto a sus compañeros, sentía cómo la humedad se pegaba a su piel.
Para Sasuke y Sakura, era una ceguera aterradora.
Para Naruto, era una sobrecarga sensorial.
Su sangre, densa y alerta, captaba las micro-vibraciones en el aire.
Podía "sentir" dónde estaba Zabuza antes de que apareciera, pero la velocidad del Jōnin renegado era tal que saber dónde estaba y poder reaccionar eran dos cosas muy diferentes.
—Mira bien, cachorro —la voz de Kurama resonó, clara y docente. —No mires las manos. Las manos mienten. Mira los pies.
Kakashi y Zabuza chocaron.
No fue un duelo de espadas convencional.
Fue un ajedrez a velocidad supersónica.
Naruto vio cómo Kakashi copiaba el Jutsu Dragón de Agua.
Cualquier otro niño habría mirado el dragón gigante y habría gritado "¡Increíble!".
Naruto no miró al dragón.
Miró la respiración de Kakashi.
Vio cómo el pecho de su maestro se expandía y contraía en un ritmo antinatural para moldear esa cantidad masiva de chakra en segundos.
Vio cómo las venas de sus sienes se hinchaban bajo el estrés de usar el Sharingan.
Es costoso, analizó Naruto. Ese ojo le está consumiendo las reservas a una velocidad absurda. Kakashi está ganando en técnica, pero está perdiendo en resistencia.
—Exacto —confirmó Kurama, satisfecho con la observación del chico. —El Uchiha falso está quemando combustible de avión en un motor de coche. Zabuza lo sabe. Solo tiene que esperar a que el motor gripe.
Zabuza desapareció de nuevo.
Su voz resonó desde ocho direcciones diferentes, enumerando puntos vitales: —Laringe. Columna. Pulmones. Hígado...
Sasuke estaba temblando tanto que estaba a punto de apuñalarse a sí mismo para liberar la tensión.
Naruto, en cambio, cerró los ojos un segundo.
Suprimió su propio miedo.
Bajó su ritmo cardíaco a 45.
En el silencio de su propia biología, escuchó el latido de Zabuza. Tun-tun. Lento. Controlado. El latido de alguien que está trabajando, no peleando.
Zabuza atacó.
Kakashi interceptó.
Naruto abrió los ojos.
No había movido un músculo, pero había aprendido más en esos tres minutos de combate que en tres años de Academia.
Aprendió que los Jōnin de verdad no hacen movimientos superfluos.
No gritan nombres de ataques a menos que sea una distracción.
Matan con la economía de un cirujano.
—Algún día... —susurró Naruto, apretando el puño sin sacar su espada—. Yo también podré moverme sin hacer ruido.
