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Chapter 1 - Capítulo 1: El Despertar en la Orilla de los Gigantes

​El cielo de Elbaf no era una simple cúpula celeste; era una extensión infinita de un azul cobalto que, al atardecer, se desgarraba en jirones de púrpura y oro, como si el mismo firmamento intentara estar a la altura de la majestuosidad de los gigantes que caminaban bajo él. El aire allí era distinto: era denso, cargado con el aroma de pinos milenarios, tierra antigua y el salitre de un mar que golpeaba los acantilados con la furia de mil martillos. En esa orilla, donde la arena blanca se mezclaba con los restos de conchas del tamaño de escudos, el sonido del océano era opacado por un fenómeno mucho más aterrador: el llanto de una niña que poseía el poder de un cataclismo.

​Charlotte Linlin estaba sola, y su soledad era un peligro para la realidad misma. A sus escasos cinco años, Linlin ya era una aberración de la naturaleza, una masa de casi seis metros de altura cuya presencia física distorsionaba la escala de todo lo que la rodeaba. Su cuerpo era una contradicción fascinante: poseía las curvas suaves y rosadas de la infancia, pero bajo esa piel residía una musculatura de una densidad molecular aterradora. Su piel no era simplemente piel; era una armadura biológica, una barrera orgánica tan impenetrable que las rocas volcánicas de la orilla se pulverizaban bajo su peso como si fueran cristal seco, sin dejarle siquiera un rasguño. Su cabello, un matorral indomable de color rosa chicle, ondeaba con violencia, no por el viento, sino por la presión espiritual que sus gritos de agonía generaban.

​— ¡Mamá! ¡Papá! ¡Vuelvan! ¡Prometo ser buena! —rugía ella, y cada palabra era una onda de choque que hacía que las aves marinas huyeran despavoridas y que la marea retrocediera un centímetro.

​A unos treinta metros de distancia, apoyado en el tronco de un árbol de Adán cuya corteza era tan dura como el hierro, un niño de su misma edad la observaba con una calma que resultaba antinatural. Su nombre era Malfurion Stormrage.

​Malfurion era el silencio frente a la tormenta de Linlin. Mientras ella era el caos de la fuerza bruta descontrolada, él era el orden absoluto, la perfección de la forma. Su físico era el sueño de un escultor divino: una figura atlética, de proporciones áureas, tallada con una definición muscular que ningún niño humano debería poseer. Su piel, de un tono bronceado profundo, parecía emitir un tenue brillo esmeralda bajo la luz del sol moribundo, y sus ojos... sus ojos eran dos pozos de sabiduría infinita. Verdes como el corazón de una selva virgen que nunca ha visto al hombre, esos ojos no contenían la inocencia de un infante, sino el peso de una vida pasada, los secretos de un mundo llamado "One Piece" y la frialdad de un estratega que ya había ganado la guerra antes de que empezara.

​En su interior, Malfurion sentía la conexión. Sus pies descalzos estaban hundidos en la arena, pero bajo la superficie, su voluntad se extendía como una red. A través de la Mori Mori no Mi, la fruta Logia del Bosque Natural, Malfurion podía sentir cada raíz de Elbaf, cada gota de savia que corría por los árboles gigantes del fondo. Sabía que sus propios huesos tenían la densidad de la madera de diamante y que su sangre transportaba la energía pura de la fotosíntesis. Sabía quién era la niña que lloraba. Sabía que el mundo la llamaría "Big Mom", la "Destructora de Mundos", el "Monstruo de Hierro".

​Pero para Malfurion, ella era la pieza que faltaba en su tablero.

​— Qué desperdicio de energía —susurró Malfurion. Su voz, a pesar de su edad, tenía un timbre profundo, una resonancia magnética que parecía vibrar en los huesos de quien la escuchaba—. El mundo no llora por ti, Linlin. El mundo solo te teme.

​Con una parsimonia que desafiaba la urgencia de los gritos de la niña, Malfurion comenzó a caminar hacia ella. No fue una caminata ordinaria. Con cada paso, las plantas pequeñas que crecían entre las rocas se estiraban hacia él, acariciando sus tobillos en un gesto de adoración absoluta. La presión del aire cambió. El aura de Malfurion, un Haki de Conquistador todavía en estado latente pero inmenso, comenzó a chocar con la desesperación de Linlin, creando una zona de calma absoluta a su alrededor.

​Linlin se giró bruscamente. Sus enormes ojos, anegados en lágrimas que podían llenar cubetas, se fijaron en el pequeño niño que se atrevía a entrar en su radio de destrucción. Por un momento, el instinto de la niña —un hambre primitiva y una rabia por el abandono— amenazó con abalanzarse sobre él. Pero algo la detuvo.

​La mirada de Malfurion no era la de los padres que la abandonaron por miedo. No era la mirada de los gigantes que la observaban como a un bicho raro. Era una mirada de reconocimiento. Ella sintió que el niño frente a ella era de su misma especie. Un depredador de la cima. Un dios caminando entre mortales.

​— ¿Tú... quién eres? —preguntó Linlin, su voz bajando de un rugido a un susurro que aun así hacía vibrar el suelo. Sus mocos caían, pero su atención estaba totalmente capturada por la belleza serena de Malfurion.

​Malfurion se detuvo justo frente a ella. A pesar de que la cabeza de Linlin estaba varios metros por encima de la suya, él no levantó la mirada con sumisión. Se mantuvo erguido, con los hombros anchos y la espalda recta como el eje del mundo.

​— Mi nombre es Malfurion Stormrage —declaró él, y su nombre pareció quedar grabado en el aire—. He cruzado el tiempo y el espacio para estar aquí, en este preciso momento. No llores por esos humanos débiles que te han dejado en esta orilla. Ellos son polvo. Nosotros somos el bosque y la montaña. Somos lo que queda cuando todo lo demás se marchita.

​Linlin lo miró, confundida pero hipnotizada. Malfurion extendió su brazo derecho. Ante los ojos asombrados de la niña, las venas del brazo del niño brillaron con una luz verde neón, y su piel comenzó a transformarse. Capa tras capa de corteza esmeralda y fibras vegetales más duras que el acero se entrelazaron, y de sus poros brotó una rama dorada. Con un crecimiento acelerado, la rama dio fruto: una pera de cristal orgánica, rebosante de un néctar que olía a miel, flores raras y la frescura de la mañana.

​— Ten —dijo Malfurion, ofreciéndosela—. Esta es la esencia de mi poder. Calmará tu hambre, calmará tu alma. Come, Linlin, y acepta mi pacto.

​Linlin, movida por una curiosidad infantil y un hambre que siempre la acosaba, tomó la fruta con extrema delicadeza, temiendo romperla con sus dedos de hierro. Al morderla, sus ojos se abrieron como platos. No era solo dulce; era una explosión de vida. Sintió cómo la energía de Malfurion recorría sus venas, estabilizando su metabolismo, fortaleciendo su ya increíble físico y, por primera vez, dándole una sensación de plenitud que ni mil pasteles de semla podrían igualar.

​— Es... tan rico... —susurró ella, y una sonrisa genuina, la primera de su nueva vida, iluminó su rostro—. Malfurion... ¿eres un ángel?

​— No, Linlin —respondió él, colocando una mano firme sobre la rodilla de la niña. El contacto físico envió una corriente de poder a través de ella—. Soy tu hermano, tu guía y, algún día, el hombre que gobernará el mundo a tu lado. Juntos, no solo seremos poderosos. Seremos indestructibles. Fundaremos un linaje cuyos hijos serán dioses, con huesos de diamante y voluntad de hierro. Nadie volverá a abandonarte, porque no habrá nadie por encima de nosotros para hacerlo.

​Linlin se inclinó y, con una ternura torpe debido a su tamaño, abrazó al niño. Malfurion no se inmutó por la presión capaz de aplastar un barco de guerra; simplemente correspondió el abrazo, sintiendo el calor de la que sería la madre de su dinastía.

​En la distancia, una figura con túnica blanca y una sonrisa ensayada comenzó a aparecer tras las dunas. Era la Madre Carmel. Malfurion la vio por encima del hombro de Linlin. Sus ojos verdes se entrecerraron, brillando con una promesa de dominación absoluta. El juego había comenzado, y Malfurion Stormrage ya tenía a su reina en el tablero.

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