La plataforma había colapsado. Cuarenta y siete años de existencia desvanecidos en la indiferencia del mundo, y ahora ese mismo mundo yacía muerto ante él.
No había aves surcando el cielo, ni el cálido anaranjado del sol que prometiera un nuevo amanecer. Solo nubes tóxicas, inmóviles, con el tiempo detenido en un instante eterno. Había emergido del infierno solo para caer en un limbo, donde la certeza de encontrar algo más allá del final se desvanecía en la bruma opresiva que lo rodeaba.
El aire, denso y casi irrespirable, se convirtió en un asesino lento y silencioso. Sus labios se abrieron en un grito sordo, pero su garganta estaba cerrada, y todo a su alrededor parecía desvanecerse en la lejanía de sus recuerdos.
Se tambaleó hacia atrás, cayendo sobre el piso metálico, cuya frialdad se le incrustó en el cuerpo como agujas, deshaciendo lentamente cualquier resto de calor que le quedara.
No había nadie allí.
Solo la presión en su pecho, un peso insoportable, buscando implosionar su corazón. La soledad se cernía sobre él como una sombra, separándolo de cualquier posibilidad de humanidad. En ese silencio absoluto, donde incluso el sonido de su propia voz había desaparecido, la locura comenzaba a filtrarse entre las grietas de su conciencia. Su mente, atrapada en un laberinto de pensamientos oscuros, se preguntaba si realmente había escapado, o si aquello era el castigo por haberlo intentado.
A veces, el viento llevaba consigo los lamentos de las almas que, incluso en la muerte, anhelaban desesperadamente la paz. Por un momento, no estaba solo en su agonía.
Así que gritó. Gritó y nadie respondió.
La desesperación se adueñó de su cuerpo, lo único real en la vastedad del vacío. Su respiración se volvió un torbellino, el sudor resbaló por su frente, y los latidos frenéticos de su corazón retumbaban en sus oídos como tambores de guerra.
En ese instante, la vida se transformó en tortura. Y la muerte, en salvación. La humanidad ya no era más que un recuerdo distorsionado. La muerte, en su trágica simplicidad, se erguía como la única esperanza. La única paz posible en un mundo que había dejado de existir.
Caminó entre residuos oxidados, cristales rotos y fauna muerta, se aferró a la idea de estar aún dentro de una pesadilla. Hasta que algo flotando en la espuma gris a la orilla del mar lo detuvo.
El cuerpo no se movía. Flotaba con una quietud antinatural. La piel era pálida, casi plástica, sin rastro de podredumbre ni olor. Las extremidades, deformadas no coincidían con la simetría humana. Un brazo terminaba en una masa fusionada de dedos inútiles. El rostro no tenía rasgos, solo pliegues lisos, como si el agua hubiese decidido borrar cualquier identidad.
Desvió la mirada. Se encorvó, vomitó ácido y los últimos restos de esperanza.
