Cherreads

Chapter 211 - El Loto Blanco

La transformación de los terrenos de los Valmorth fue un testimonio del poder y la influencia del Clan Kurogane. Donde antes había estatuas de gárgolas europeas y rosales negros, ahora se erigía un santuario sintoísta temporal pero asombrosamente auténtico. Decenas de artesanos traídos directamente desde Japón habían trabajado durante la madrugada, levantando un majestuoso torii de madera de ciprés sin pintar, marcando la entrada al espacio sagrado.

El contraste era brutal. La imponente y lúgubre arquitectura gótica de la Mansión Valmorth se alzaba en el fondo como un monstruo acechante, mientras que en primer plano, la elegancia minimalista de la cultura japonesa dictaba las reglas. El camino hacia el altar estaba flanqueado por linternas de papel de arroz y ramas frescas de sakaki, el árbol sagrado, que perfumaban el frío aire danés con un aroma terroso y purificador.

A las 10:30 a.m., los invitados comenzaron a tomar sus lugares. La élite europea de la Casa Valmorth murmuraba entre sí, incómoda al no estar rodeada del oro y los excesos a los que estaban acostumbrados. Sin embargo, nadie se atrevía a quejarse en voz alta. El motivo estaba de pie en los bordes del recinto: samuráis modernos del Clan Kurogane, vestidos con trajes de corte impecable pero con katanas envainadas en la cintura. Junto a ellos, figuras aún más intimidantes observaban a la multitud. Eran representantes oficiales de la Asociación de Héroes, hombres y mujeres con auras pesadas y miradas calculadoras. La simple presencia de estos observadores recordaba a todos que, detrás de esta boda, estaba la inmensa sombra de Aurion.

A las 11:00 a.m. en punto, el silencio cayó sobre los jardines como una guillotina.

La procesión comenzó. Hiroshi Valmorth caminaba al frente, vistiendo un montsuki negro, la vestimenta formal masculina japonesa. Aunque intentaba mantener una expresión solemne, la arrogancia de su naturaleza de 5ta Gen se filtraba en su media sonrisa.

Detrás de él, caminando con pasos cortos y medidos, apareció Himari Kurogane. Era una visión irreal. Llevaba el Shiromuku, el inmaculado kimono completamente blanco que simbolizaba su muerte para el Clan Kurogane y su renacimiento como una Valmorth. Sobre su cabeza, la pesada capucha blanca, el tsunokakushi, ocultaba sus "cuernos de celos y ego", como dictaba la tradición. Su rostro estaba empolvado de un blanco inmaculado, con los labios pintados de un rojo intenso que resaltaba en la palidez de la mañana.

No hubo música estruendosa, solo el sonido ocasional de instrumentos de viento tradicionales (hichiriki y sho) que emitían notas largas y melancólicas.

John Valmorth observaba desde la primera fila, con una sonrisa falsa pegada al rostro, mientras Ryuusei, bajo su disfraz de "Helmut", permanecía de pie detrás de él, con los brazos cruzados y la mirada fija.

El ritual sintoísta procedió con una lentitud hipnótica. Un sacerdote purificó a los novios agitando una vara de madera con tiras de papel zigzagueantes (haraegushi). Luego llegó el momento central: el San-san-kudo. Tres copas de laca roja de diferentes tamaños fueron presentadas. Hiroshi tomó la primera, dio tres pequeños sorbos y se la pasó a Himari, quien hizo lo mismo. El proceso se repitió con las tres copas. Tres por tres, nueve sorbos. La unión de las almas estaba sellada ante los Kami.

Mientras los nobles europeos contenían bostezos por la falta de espectáculo, Ryuusei observaba cada detalle con un respeto silencioso. Le recordaba a su hogar, a una vida que había perdido hacía mucho tiempo.

Una vez concluida la ceremonia espiritual, el ambiente se relajó drásticamente. El almuerzo fue una extravagante fusión: caviar danés servido junto a sushi de atún aleta azul traído en vuelo privado desde Tsukiji, y champán francés fluyendo junto a sake de la más alta pureza.

En la mesa asignada a la "rama belga", la tensión de la misión chocaba cómicamente con el aburrimiento y el hambre de las generaciones más bajas del equipo.

Brad Clayton, el coloso de la 3ra Gen, estaba apoyando la barbilla en su enorme mano, mirando con resentimiento su plato. Había terminado su porción en tres minutos y su metabolismo elemental exigía más. A dos mesas de distancia, un importante ejecutivo de la Asociación de Héroes tenía una fuente entera de brochetas de carne wagyu que apenas había tocado.

Brad bajó la mano izquierda por debajo de la mesa. Sus ojos se iluminaron brevemente con un tono marrón. Usando su manipulación de tierra, creó un diminuto topo de piedra sólida, del tamaño de un ratón. El pequeño gólem de tierra comenzó a cavar silenciosamente por debajo del piso de madera pulida, dirigiéndose hacia la mesa del ejecutivo con la intención de "rescatar" una brocheta.

Charles, la 4ta Gen que estaba sentado a su lado, notó el leve temblor en el suelo. Sus ojos se abrieron de par en par, inyectados en pánico.

—Brad, pedazo de animal, ¿qué estás haciendo? —susurró Charles, agarrándolo del brazo. Sus propias manos empezaban a calentarse, amenazando con soltar chispas por el nerviosismo.

—Tengo hambre, cerilla. Ese trajeado ni siquiera está comiendo la carne. Es un desperdicio —murmuró Brad, moviendo los dedos bajo la mesa para guiar a su topo de piedra.

—¡Estamos rodeados de héroes profesionales y samuráis! —siseó Charles, hiperventilando—. ¡Si te descubren robando carne con magia de 3ra Gen, nos van a ejecutar por espionaje!

Sin pensarlo dos veces, Charles levantó el pie y dio un pisotón sordo pero firme bajo la mesa, aplastando al topo de piedra justo antes de que emergiera cerca del objetivo. Brad soltó un gruñido ahogado por la pérdida de su creación, mientras Charles se secaba el sudor frío de la frente, sintiendo que acababa de evitar la Tercera Guerra Mundial.

Al otro lado de la mesa, Aiko, la experta en combate de 1ra Gen, mantenía una postura impecable, comiendo con la delicadeza que se esperaba de una dama de sangre pura. Sin embargo, su estómago también exigía más combustible.

En su regazo, oculta por el largo mantel blanco, descansaba la maceta de Sylvan. El ente biológico en forma de bonsái sentía el hambre de su compañera. Con una sutileza digna del mejor asesino, Sylvan extendió una liana delgada y verde, fina como un hilo de pescar. La liana trepó por la pata de la mesa, se deslizó por el borde, enganchó un jugoso rollo de sushi de anguila de la bandeja central y retrocedió a la velocidad de un látigo.

El rollo de sushi cayó suavemente sobre las rodillas de Aiko. Ella, sin cambiar su expresión plácida ni dejar de mirar al frente, bajó una mano, tomó el sushi y se lo llevó a la boca en un movimiento tan rápido que ni Volkhov, el francotirador de la 1ra Gen sentado enfrente, logró registrarlo del todo. Sylvan agitó sus hojitas felizmente bajo la mesa, recibiendo una suave caricia de Aiko como recompensa.

La fiesta estaba en su apogeo, con los invitados ahogados en alcohol y falsas cortesías. Hitomi Valmorth, harta de las miradas lascivas de los socios de Constantine, cruzó la sala y pasó por el lado de Ryuusei. Sin mirarlo, le dio un ligero golpe con el codo y caminó hacia los pasillos traseros.

Ryuusei captó la indirecta y, asegurándose de que nadie los siguiera, fue tras ella.

Hitomi lo guio hasta un jardín interior zen, un pequeño patio de grava rastrillada y un estanque poco profundo con peces koi. Era un lugar apartado, silencioso, donde el ruido de la fiesta apenas era un murmullo lejano.

Hitomi se detuvo frente al estanque, cruzando los brazos detrás de su espalda. La luz de la tarde iluminaba su cabello blanco, dándole un aura casi etérea. Quería continuar la conversación de la madrugada. Quería explorar esa extraña calidez que la idea de un futuro con este hombre le había provocado.

Ryuusei se paró a su lado, escaneando los tejados y las sombras por instinto, buscando francotiradores.

—Es un lugar hermoso, ¿no crees? —comenzó Hitomi, su voz suave, intentando establecer un tono romántico—. Mira esos peces koi. Nadan juntos. Dicen que en la cultura oriental, los koi que nadan en parejas representan la fidelidad y un futuro próspero...

Ryuusei miró al estanque con el ceño fruncido.

—En realidad, nadan juntos para reducir la fricción del agua y conservar energía —respondió Ryuusei con total seriedad—. Además, mantenerse en formación cerrada confunde a los depredadores aéreos. Tienen un excelente instinto táctico para ser solo peces.

Hitomi parpadeó, sintiendo que una vena en su frente amenazaba con palpitar. Suspiró, intentando no perder la paciencia. Era un soldado. Tenía que ser más directa.

—Son bonitos —dijo él, con una sonrisa sincera—. Se ven tranquilos. A veces me gustaría tener esa paz, simplemente nadar por ahí sin preocuparme por martillos, herencias o bodas.

Hitomi lo miró de reojo. Le gustaba esa faceta de él. No era el arma de la 5ta Gen que todos temían, era un chico que podía apreciar un pez en un estanque. Se sintió cómoda, tal vez demasiado, y decidió dar un paso valiente.

—Ryuusei... sobre lo que pregunté antes en el bosque... lo de los hijos —comenzó ella, jugando nerviosa con un mechón de su cabello blanco—. Sé que apenas nos estamos conociendo y que todo esto es una farsa para el público, pero... cuando hablabas de tener cuatro, ¿lo decías en serio? ¿Es lo que realmente quieres para tu vida?

Ryuusei se rascó la mejilla, un poco avergonzado. —Bueno, supongo que sí. Crecí en un espacio con mucho amor, así que la idea de una casa llena de gente, donde todos se apoyen... suena bien. ¿Por qué lo preguntas? ¿Crees que cuatro son demasiados para un equipo de entrenamiento?

Hitomi sintió un pequeño "tic" en su ceja. ¿Equipo de entrenamiento? ¿En serio? —No, Ryuusei. No hablo de un equipo. Hablo de... —se acercó un poco más, dejando que el aroma de su perfume floral llegara a él—. De que tal vez, después de que todo este caos de los Valmorth termine, alguien tenga que ayudarte a que esa casa no sea solo ruido, sino un hogar. Alguien que tenga la fuerza para aguantar tu ritmo.

Ryuusei la miró parpadeando, procesando las palabras. —Ah... ¡tienes razón! Necesitaría a alguien muy fuerte para que me ayude a cuidar a cuatro niños. ¡Tal vez John pueda darme consejos!

—Pero una pregunta, cambiando de tema.

—Tu hermano, Hiroshi. Sé que es una 5ta Gen, una Singularidad Anacrónica —dijo Ryuusei, su tono volviéndose mortalmente serio—. Pero necesito saber específicamente cuál es su habilidad. Y más importante aún, ¿cuál es su Arma Ancestral? Si voy a pelear a muerte en unas horas, no puedo ir a ciegas.

Hitomi asintió, su rostro endureciéndose al hablar de las capacidades de su hermano.

—El poder innato de Hiroshi es perturbador, incluso para nuestra familia —explicó ella, mirando el agua ondulante del estanque—. Él manipula la densidad molecular de su propia sangre y de la cinética de su cuerpo. Se le conoce como "Fricción Cero". Puede eliminar por completo la resistencia del aire o del suelo sobre sí mismo.

Ryuusei frunció el ceño. —¿Fricción cero? Eso significa que...

—Significa que es increíblemente rápido —completó Hitomi—. Puede patinar sobre el suelo como si fuera hielo perfecto. Pero lo peor es a la defensiva. Si intentas golpearlo, él anula la fricción en el punto de impacto; tus puños, o incluso tus armas, simplemente resbalarán sobre su piel, desviando toda la fuerza cinética. Es casi imposible conectarle un golpe directo y limpio.

Ryuusei analizó la información. Sus Martillos del Caos dependían del impacto brutal. Si Hiroshi desviaba la fuerza, sería un problema masivo.

—Entiendo. ¿Y su Arma Ancestral? —preguntó Ryuusei—. Dijiste que nacen cuando el portador considera un objeto muy valioso. ¿Qué adora un sádico como él?

—El dolor ajeno —respondió Hitomi con asco—. Su arma es una locura nacida de la tortura. Él considera su "obra maestra" la primera vez que ejecutó a un traidor de la familia. Su Arma Ancestral se llama "Banquete de Cuervos". Se manifiesta como una guadaña encadenada, un Kusarigama de acero negro. No solo corta físicamente; cada vez que el filo hace contacto con tu sangre, interrumpe tus sinapsis nerviosas. Te roba los sentidos. Un corte, y pierdes la audición. Dos cortes, y tu visión se nubla. Tres, y ni siquiera sentirás tus propias piernas.

Ryuusei asimiló el nivel de peligro. Hiroshi era intocable y su arma te dejaba ciego, sordo y paralizado. Era un oponente digno de la Cima del Poder.

—Bien. Gracias por la información. Tendré que acabar con él rápido antes de que me quite los sentidos, y una pregunta ¿Por que de la nada estamos hablando de niños y bebes?—dijo Ryuusei, ajustándose los guantes.

Hitomi estuvo a punto de golpearse la frente contra la barandilla de madera. Es un idiota. Un idiota adorable pero desesperante, pensó. Pero antes de que pudiera intentar una indirecta más obvia (como tal vez agarrarlo de la solapa), una presencia gélida se materializó a sus espaldas.

—El sabor del pastel de bodas es más importante ahora —dijo una voz monótona.

Eider estaba allí, parada como una estatua viviente entre los arbustos. Sus ojos estaban fijos en el lugar donde los brazos de Ryuusei y Hitomi casi se tocaban. La "maid" no estaba feliz. De hecho, el aura que desprendía era tan fría que los peces koi se alejaron hacia el otro extremo del estanque.

—¡Eider! —Ryuusei saltó un poco por el susto—. No te escuché llegar.

—Mi trabajo es ser invisible. Y tu trabajo es no dejar que esta mujer te distraiga de la misión con charlas sobre... "hogares" —dijo Eider, lanzándole una mirada de dagas a Hitomi.

Hitomi se irguió, recuperando su orgullo.

—No es una distracción, es una conversación privada entre el líder de mi guardia y yo. ¿No tienes algún piso que encerar, "sirvienta"?

El ambiente se volvió eléctrico. Ryuusei, viendo las chispas (literalmente) entre las dos, sintió que debía intervenir. Él no quería peleas; quería que su equipo fuera una familia de verdad.

—¡Oigan, oigan! —Ryuusei se puso en medio de las dos, extendiendo los brazos—. No hay por qué ponerse así. Hitomi, Eider ha estado con nosotros en las buenas y en las malas, es de total confianza. Y Eider, Hitomi es nuestra aliada más importante, sin ella nada de esto funciona.

Ryuusei, en un arranque de optimismo idealista, tomó a Hitomi de la mano derecha y a Eider de la mano izquierda.

—Vamos, chicas. Somos un equipo. Deberíamos aprovechar este momento para ser amigos. Eider, deja esa cara seria y disfruta de la boda con nosotros. Hitomi, no seas tan dura con ella. ¡Hagamos las paces!

Hitomi se quedó helada. El contacto de la mano de Ryuusei era cálido y la hacía sentir mariposas, pero ver que él también sostenía la mano de esa maid la hacía querer incendiar el jardín. Por otro lado, Eider se quedó mirando la mano de Ryuusei con una devoción casi religiosa, antes de dirigirle una mirada de triunfo absoluto a Hitomi.

—Si él lo pide, aceptaré tu presencia... por ahora —soltó Eider, apretando la mano de Ryuusei y pegándose a su brazo, ignorando completamente el concepto de "paz" para marcar territorio.

—¿Aceptarme? —siseó Hitomi, cuyos ojos rojos empezaron a brillar con poder—. ¡Tú eres la que está sobrando aquí!

Ryuusei, completamente ajeno a que estaba en medio de una guerra de celos y convencido de que su plan de "amistad" estaba funcionando, sonrió ampliamente.

—¡Así se habla! Vamos a buscar algo de comer las dos, yo invito (con el dinero de John, claro).

Eider se dejó arrastrar con una sonrisa casi imperceptible de victoria, mientras Hitomi caminaba al otro lado, echando humos por la cabeza, preguntándose cómo un chico tan poderoso podía ser tan increíblemente ciego ante lo que estaba pasando.

El tiempo pasó rápido. La luz del sol desapareció, y con ella, la ilusión de la civilidad. A medida que avanzaba la madrugada, la fiesta en los pisos superiores fue muriendo, pero no porque los invitados estuvieran cansados. La verdadera atracción estaba por comenzar.

A cientos de metros bajo la mansión principal, existía un secreto que solo la élite absoluta conocía: la Arena Valmorth. Un coliseo subterráneo excavado en la roca viva, con gradas de mármol negro que se elevaban en círculos concéntricos alrededor de un cuadrilátero de combate de cincuenta metros de diámetro, hecho de piedra rúnica irrompible.

A las 3:00 a.m., las gradas estaban abarrotadas. Miles de espectadores habían descendido. Allí estaban los magnates de armas, los líderes de facciones secundarias, los héroes profesionales de la Asociación y los samuráis Kurogane. El murmullo era ensordecedor; el olor a adrenalina, perfume caro y sangre anticipada saturaba el aire frío de la caverna.

En el palco de honor, Constantine Valmorth estaba sentado en un trono de obsidiana, con Lady Eliza a su lado. Su rostro era una máscara de aburrimiento fingido, pero sus ojos delataban su urgencia por ver morir a la competencia. Himari Kurogane estaba sentada un poco más allá, apretando su abanico con ansiedad.

En un extremo de la arena, las enormes puertas de hierro chirriaron al abrirse.

Hiroshi Valmorth entró al ruedo. La arrogancia irradiaba de él como una enfermedad. Se había quitado la camisa de su traje de bodas, dejando su torso musculoso al descubierto, cubierto de sudor y cicatrices de entrenamientos pasados. En sus manos, no llevaba nada, pero el aire a su alrededor parecía distorsionarse, producto de su aura de "Fricción Cero". El público estalló en vítores y aplausos salvajes.

Segundos después, las puertas del extremo opuesto se abrieron.

El silencio barrió la mitad del coliseo.

Ryuusei Kisaragi cruzó el umbral. Ya no llevaba el traje elegante de "Barón belga". Llevaba su traje de batalla: una armadura táctica negra, ceñida, reforzada con placas de carbono en el pecho y las espinillas. Su cabello blanco (aún bajo los efectos del tinte) caía desordenado sobre sus ojos rojos (los lentes de contacto). Caminaba con la cadencia de un verdugo, cada paso calculado, pesado, sin malgastar una gota de energía.

Detrás de él, en la entrada del túnel, estaba su equipo. John, Hitomi, Eider, Charles, Brad, Ezekiel, Volkhov y Aiko observaban desde las sombras. Eran pocos, pero estaban listos para desatar el infierno si las cosas salían mal.

John dio un paso al frente, asomándose al borde de la arena. Su voz, potenciada por su propia energía mágica, resonó en toda la caverna, silenciando los últimos murmullos.

—¡Las reglas han sido pactadas! —rugió John, mirando directamente al palco de Constantine—. ¡Un duelo de sucesión! ¡La victoria se declara por rendición... o por muerte! ¡Yo, John Valmorth, presento a mi campeón! ¡Helmut Valmorth!

Hiroshi soltó una carcajada que hizo eco en las paredes de piedra. Hizo crujir su cuello y extendió los brazos, convocando su poder. Una densa niebla negra comenzó a materializarse en sus manos, tomando la forma de unas grotescas cadenas unidas a guadañas gemelas. El Banquete de Cuervos había sido convocado.

—Prepárate para perder los sentidos, perro belga —gritó Hiroshi, sus ojos brillando con locura sádica—. ¡Y luego, te sacaré el corazón frente a mi hermano!

Ryuusei no respondió con palabras. Extendió ambas manos a los lados. El aire vibró violentamente, el espacio mismo pareció resquebrajarse. Con un destello de luz carmesí, sus dos Martillos del Caos aparecieron en sus manos. El peso colosal de las armas hizo que las losas de piedra rúnica bajo sus botas se agrietaran con un estruendo sordo.

Ryuusei levantó la mirada hacia Hiroshi. Sus ojos debajo del cabello blanco no mostraban miedo, ni ira. Solo el vacío abismal de alguien que ha caminado por el infierno.

—Inténtalo.

More Chapters