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Chapter 212 - El Rito de Sangre

(Horas antes de la pelea)

El silencio en la sala de piedra debajo de la arena era asfixiante. Las paredes, húmedas y frías, parecían cerrarse sobre el grupo. Faltaban poco más de tres horas para el combate pactado a las 3:33 a.m., y la tensión había dejado de ser una sensación para convertirse en algo físico, algo que se podía masticar.

John Valmorth, vestido con su traje negro, caminaba de un lado a otro. Se detuvo frente a Ryuusei, quien estaba sentado en un banco de madera ajustándose las vendas de las manos.

—Escúchame bien, Ryuusei —dijo John, su voz bajando a un susurro áspero, asegurándose de que nadie más fuera del círculo íntimo los escuchara—. El plan ha llegado a su punto de no retorno. Esta noche, no quiero que lo venzas. No quiero que lo humilles. Quiero que lo mates. Tienes que matar a mi hermano.

Ryuusei detuvo el movimiento de sus manos. Levantó la vista, sus ojos carmesí clavándose en los de John.

—Matar a Hiroshi no es solo apretar un gatillo, John —respondió Ryuusei, su tono reflejando un cansancio que iba más allá de lo físico—. Ya te lo dije. Si le arranco el corazón a tu hermano, es muy probable que los Kurogane me pongan en la mira de forma inmediata. No quiero más problemas con familias externas. Ya tengo suficientes fantasmas persiguiéndome.

Ryuusei se puso de pie, encarando al líder de la facción rebelde.

—Y según escuché de Hitomi, esa familia no es una simple mafia japonesa. Están estrechamente asociados a la Asociación de Héroes de Japón. Y peor aún, tienen línea directa con Aurion. Si el héroe número uno del mundo se entera otra vez que me metí en problemas por asesinar al esposo de una Kurogane, ni siquiera mi 5ta generación me salvará de la cacería global que se desatará.

El rostro de John se endureció, pero sabía que el chico tenía razón. El riesgo era astronómico. Sin decir una palabra más, John acortó la distancia y abrazó a Ryuusei. Fue un abrazo tosco, fuerte, el tipo de abrazo que un soldado le da a otro antes de una misión suicida.

—Te juro por la memoria de mi madre que, si algo sale mal, yo te ayudaré —susurró John cerca de su oído—. Usaré todos los recursos de la casa central para esconderte, protegerte y desviar la atención de Aurion. No te dejaré caer.

Ryuusei no le devolvió el abrazo. Se separó lentamente, mirando a John con una frialdad escéptica. No le creía para nada. En el mundo del poder, las promesas de los políticos y los aristócratas valían menos que la suciedad en sus botas.

—Esta va a ser la única y última vez que ayudo a los Valmorth en este tipo de venganzas familiares de sangre —sentenció Ryuusei, señalándolo con un dedo vendado—. Haz lo que tengas que hacer para tomar el trono hoy, John. Pero recuerda esto: me vas a deber una. Y cobraré esa deuda.

—Te lo prometo —asintió John con solemnidad.

Ryuusei se dio la vuelta y se fue hacia el área de casilleros para cambiarse de ropa y ponerse su armadura de combate, sin decir una sola palabra más.

John se quedó mirando la puerta por donde había desaparecido. Sabía perfectamente que acababa de meter a Ryuusei en un problema titánico que lo iba a perseguir por el resto de su vida, pero su ambición y su deseo de salvar a su familia lo cegaban. «Con tal de que mi plan funcione y Hitomi esté a salvo, defenderé a Ryuusei con todo lo que tenga... o moriré en el intento», pensó John.

Minutos después, Ryuusei salió del vestidor con su traje táctico negro y las placas de carbono ajustadas. Inmediatamente, fue rodeado por su equipo.

Brad Clayton fue el primero en acercarse, dándole una palmada en la espalda que habría tumbado a un humano normal. —¡Vas a destrozar a ese enano engreído, jefe! Eres el tipo más duro que conozco.

Charles, aún temblando por los nervios, le ofreció una sonrisa forzada. —S-solo... trata de no volar la arena en pedazos. Confiamos en ti. Ezekiel asintió en silencio, chocando los puños con él, mientras Volkhov, desde una esquina, levantaba un pulgar en señal de respeto. Aiko hizo una reverencia profunda.

Incluso Sylvan, quien había consumido suficiente energía residual de la mansión, había mutado de su forma de bonsái a la forma de un niño pequeño de piel con textura de madera y cabello verde hoja. El niño-planta se abrazó a la pierna de Ryuusei, dándole apoyo moral a su manera. Ryuusei le acarició la cabeza verde, agradecido por la lealtad de todos.

Sin embargo, a un lado de la sala, apartada del grupo, Eider estaba sentada en total silencio sobre una caja de municiones. Llevaba su impecable traje de maid, pero su postura era rígida. Ryuusei se separó del grupo y caminó hacia ella, sentándose a su lado con un suspiro pesado.

—Oye... —comenzó Ryuusei, mirando al suelo de piedra—. ¿Tienes algún consejo táctico para matar al hermano de una compañera tuya? Digo, no es una situación que te enseñen en la escuela.

Eider no lo miró de inmediato. Sus ojos, habitualmente muertos y fríos, mostraban un levísimo destello de conflicto interno.

—No sé qué decirte —respondió Eider, su voz monótona pero con un filo inusual—. A mí, desde pequeña, me enseñaron a no tener piedad con absolutamente nadie. Sea un objetivo, un desconocido o un familiar. La sangre no importa. Solo importa la misión. Pero... —Eider giró el rostro hacia él— da lo mejor de ti. Y no mueras.

Ryuusei sonrió un poco, una sonrisa genuina que rompió la tensión de su rostro.

—No te preocupes. Va a ser muy difícil que me maten. Además, nadie sabe realmente cómo matarme. Soy como una cucaracha muy obstinada.

Ese comentario cambió la atmósfera de inmediato. Eider enderezó la espalda, cambiando su postura a una de seriedad absoluta. Sus ojos se clavaron en los de Ryuusei como dagas.

—Hablando de eso... —dijo Eider, su tono volviéndose oscuro y exigente—. ¿Cuándo va a ser el día en que por fin me digas cómo matarte? Estoy aquí para terminar la misión que me mandaron. No puedo seguir posponiéndola eternamente. ¿Cuándo me darás tu debilidad?

Ryuusei no se inmutó. La miró con una suavidad que desarmaba cualquier intención asesina.

—Te lo diré cuando confíes en mí al cien por ciento —respondió él, su voz tranquila y firme—. Cuando confíes ciegamente en mí, Eider. Ese día te daré la llave para matarme. Aunque... para ser honesto, pensé que después de todo este tiempo, te estabas divirtiendo con nosotros. Pensé que te gustaba estar con el grupo.

Eider desvió la mirada rápidamente, un gesto inusual en ella. Sus manos, cubiertas por los guantes blancos de su uniforme, se apretaron sobre sus rodillas.

—No es eso —murmuró ella, casi a la defensiva—. Es que... todas las personas que te rodean casi siempre terminan lastimadas. Tienes un imán para la tragedia. No quiero ser arrastrada por tu estupidez.

Ryuusei inclinó la cabeza, observándola con una ceja levantada y una sonrisa burlona asomando en sus labios. Quería aligerar el ambiente antes de ir a jugarse la vida.

—¿Ah, sí? —preguntó él en un tono juguetón—. ¿O será que en el fondo... acaso sientes cariño por mí?

El impacto de las palabras fue inmediato. Las orejas de Eider se tiñeron de un rojo intenso que contrastaba fuertemente con su cabello blanco y su tez pálida. Se levantó de un salto, alisándose el delantal con movimientos bruscos y robóticos.

—Tus deducciones son tan deficientes como tu sentido de la supervivencia —soltó Eider rápidamente, dándose la vuelta—. Me retiro a pulir los cubiertos de plata.

Eider se alejó caminando a paso rápido, claramente sonrojada, dejando a Ryuusei con una pequeña sonrisa en el rostro. Haberla sacado de su papel de asesina implacable era una pequeña victoria antes de la gran guerra.

Ryuusei necesitaba moverse. Sus músculos estaban tensos y su mente corría a mil por hora. Salió a caminar un rato por los pasillos vacíos de la zona segura para despejar su mente. Caminando sin rumbo, llegó a una de las pequeñas bibliotecas de invitados.

A través de la puerta entreabierta, vio a Hitomi. Estaba sentada en un sillón de cuero, iluminada solo por la luz de una lámpara de lectura. Para sorpresa de Ryuusei, la temible Matriarca de la 6ta generación, capaz de empalar a ejércitos con sus lanzas ancestrales, estaba leyendo tranquilamente una copia antigua de Mujercitas. La imagen era tan contradictoria y hermosa que Ryuusei se quedó mirándola por un segundo.

Se acercó a una mesa cercana, tomó un trozo de pergamino del bloque de notas de la mansión y un bolígrafo. Garabateó algo rápidamente, sintiendo que el corazón le latía más rápido que cuando se enfrentaba a un enemigo.

Entró a la biblioteca a pasos rápidos, interrumpiéndola. Hitomi levantó la vista del libro, sorprendida de verlo allí a esa hora. Antes de que ella pudiera decir algo, Ryuusei le puso la nota doblada sobre las páginas del libro.

—Léelo cuando me vaya —dijo él, torpemente, y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se fue corriendo por el pasillo como si acabara de lanzar una granada.

Hitomi parpadeó, desconcertada. Dejó el libro a un lado y desdobló el pergamino. La letra era un poco desordenada, casi apresurada, pero el mensaje fue suficiente para que su respiración se detuviera por un instante:

"Si es que gano esta noche, ¿tú quisieras salir a caminar conmigo? Sin guardias, sin John, sin Eider. Solo los dos. Quiero que me enseñes esos lugares hermosos de Copenhague de los que la gente habla. Podríamos comer pasteles reales, ver el mar y fingir por un día que no somos soldados de nuestras familias. Te prometo que te traeré la victoria. Espérame. - Ryuusei"

Hitomi leyó la nota dos veces. Una calidez inmensa, un fuego que no tenía nada que ver con su poder mágico, le llenó el pecho. Sus manos temblaron ligeramente. La idea de una cita normal, de caminar por las calles de Dinamarca como una chica común junto al chico que estaba a punto de arriesgar su vida por ella, rompió todas sus barreras.

Se levantó de golpe, la silla cayendo hacia atrás por el impulso. Corrió hacia la puerta de la biblioteca, asomándose al pasillo oscuro por donde él había desaparecido, y gritó con todas sus fuerzas, sin importarle quién la escuchara:

—¡MÁS TE VALE GANAR, IDIOTA! ¡GANA Y VUELVE A MÍ VIVO, O TE MATARÉ YO MISMA! ¡QUIERO IR A ESA CITA, ASÍ QUE NO TE ATREVAS A MORIR!

El eco de su voz recorrió los muros de piedra. A lo lejos, Ryuusei, que seguía corriendo hacia los vestidores, escuchó el grito. Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. Ya tenía una razón más para no perder.

(Ahora en la batalla)

El bullicio en las gradas era ensordecedor. Miles de pares de ojos inyectados en sangre, sedientos de violencia, miraban el cuadrilátero de piedra rúnica iluminado por antorchas mágicas.

Ryuusei se paró en su extremo de la arena. Estaba concentrado. De pronto, la voz de Hiroshirompió el aire.

—¡Oye, Helmut! —le gritó Hiroshi desde el otro lado. El segundo hermano de los Valmorth se había quitado la parte superior del traje. Su pecho desnudo mostraba un cuerpo trabajado, pero su postura destilaba arrogancia—. ¿Por qué vienes con armadura a un duelo de honor? ¿Acaso el perrito belga tiene miedo de que lastime su hermoso cuerpo de cristal?

El público rió a carcajadas. Ryuusei no cambió de expresión. Sin decir una palabra, llevó las manos a los broches de su traje táctico. Con un par de movimientos secos, desenganchó las placas de carbono y se quitó la camiseta térmica. La arrojó a un lado de la arena.

Ahora ambos estaban con el pecho desnudo. El contraste fue evidente y provocó murmullos en las gradas. Hiroshi tenía 25 años y medía 1.60 m; era de complexión compacta, pero su aura de 5ta generación lo hacía parecer un gigante. Por otro lado, Ryuusei, con apenas 17 años, medía 1.68 m. Pero lo que calló a la multitud fueron las cicatrices. El cuerpo de Ryuusei era un mapa de guerra; marcas de cortes, quemaduras y agujeros de bala que se habían regenerado dejaban claro que el chico había estado en el infierno y había vuelto a pie.

Hiroshi, ignorando las cicatrices de su rival, levantó las manos para pedir silencio al público.

—Para aquellos que no lo saben —anunció Hiroshi, su voz resonando por la caverna—, no ha habido una pelea por sucesión dentro de esta arena en 80 años. Y según las antiguas tradiciones, deberías estar agradecido de que te conceda este honor, bastardo. Antes de que la sangre corra, el rito debe cumplirse: cada uno deberá usar un cuchillo ceremonial para tallar el nombre de su rival en su propia espalda.

Al instante, dos sirvientes de generación baja aparecieron en la arena, temblando. Cada uno llevaba una bandeja de plata con un cuchillo curvo, afilado como una navaja de afeitar, y un cuenco con líquido transparente.

Los luchadores se acercaron al centro de la arena y se dieron la espalda mutuamente, arrodillándose sobre la piedra fría. Los sirvientes les entregaron los cuchillos.

—Haz los honores, perdedor —escupió Hiroshi por encima de su hombro.

Ryuusei tomó el cuchillo. No le gustaba el sadismo, pero no tenía opción. Presionó la punta de la hoja sobre el omóplato derecho de Hiroshi y, de forma rápida y un poco ruda, cortó la piel para escribir las letras de H-I-R-O-S-H-I. La sangre brotó, pero el hermano Valmorth ni se inmutó, sonriendo complacido.

—Mi turno —susurró Hiroshi.

En el momento en que le tocó a Hiroshi, su naturaleza psicópata salió a la luz. No solo rasguñó la piel. Hiroshi no tuvo piedad; clavó casi la mitad de la hoja del cuchillo en la carne de la espalda de Ryuusei, buscando el músculo y raspando el hueso, mientras lentamente, con un deleite enfermizo, arrastraba la hoja para escribir H-E-L-M-U-T.

Un grito de dolor absoluto, ronco y primitivo, escapó de la garganta de Ryuusei. El ardor era insoportable, como si le estuvieran inyectando fuego directamente en la columna vertebral. Apretó los dientes tan fuerte que uno de sus molares crujió.

—¡Aghhh! ¡E-eso no es justo, maldito sádico! —logró jadear Ryuusei, apoyando las manos manchadas de su propia sangre en el suelo.

Uno de los sirvientes, limpiando apresuradamente la herramienta, se atrevió a susurrarle a Ryuusei: —Señor... usted también pudo haber hecho lo mismo de profundo, pero no quiso. Es la ley de la arena.

Después de eso, los sirvientes tomaron paños empapados y limpiaron las profundas heridas con alcohol puro. El impacto del alcohol sobre los nervios expuestos de Ryuusei lo hizo convulsionar ligeramente de agonía. Hiroshi apenas hizo una mueca.

Casi de inmediato, la biología anormal de ambos luchadores hizo efecto. Las heridas profundas empezaron a cerrarse, la carne tejiéndose a sí misma, expulsando la sangre restante. Aunque ambos se regeneraron, a Ryuusei le costó un poco más; se levantó tambaleándose, el dolor fantasmal aún latiendo en su espalda.

Desde el palco de honor, la figura de Constantine se alzó majestuosa. Levantó una mano hacia el cielo cavernoso.

—¡QUE EMPIECE LA BATALLA DE LOS JUSTOS EN EL NOMBRE DE NUESTRO ANCESTRO, MICHAEL VALMORTH! —bramó Constantine, su voz dando el inicio oficial.

Hiroshi sonrió, preparándose para activar su temible poder de Fricción Cero. Quería ver a este chico resbalar y romperse los huesos intentando golpearlo.

Pero Ryuusei no iba a jugar su juego.

Con una velocidad explosiva que rompió la piedra bajo sus pies, Ryuusei se movió. No convocó sus Martillos del Caos. En lugar de eso, en una fracción de segundo, se agachó, agarró un puñado de polvo de piedra y sangre seca del suelo de la arena y lo arrojó violentamente directo a los ojos de Hiroshi.

—¡Argh! ¡Maldito sucio! —gritó Hiroshi, llevando sus manos al rostro, cegado temporalmente.

Ryuusei no se detuvo. En el mismo movimiento fluido en el que había lanzado el polvo, le había arrebatado el cuchillo ceremonial al sirviente que huía de la arena. Con una gran puntería y una fuerza brutal, Ryuusei lanzó la hoja como si fuera un dardo letal.

El cuchillo se clavó profundamente en el ojo derecho de Hiroshi, silenciando a toda la multitud en un instante de horror absoluto.

Hiroshi cayó de rodillas, emitiendo un alarido desgarrador mientras la sangre oscura manaba de su cuenca destruida.

Aprovechando la apertura, Ryuusei juntó ambas manos frente a su pecho, entrelazando sus dedos en un sello peculiar, y con una voz que resonó como un trueno sobre la arena, gritó:

—¡ZONA DE EQUILIBRIO!

El aire en el coliseo pareció ser succionado. Un domo esférico de energía translúcida, de apenas diez metros de diámetro, estalló desde el cuerpo de Ryuusei, engulléndolos a ambos y aislando el centro del cuadrilátero. La niebla negra que empezaba a formarse alrededor de Hiroshi (su Banquete de Cuervos) se disipó instantáneamente, como humo arrastrado por un huracán.

En el mundo las generaciones de poder, la "Zona de Equilibrio" no era un simple ataque defensivo. Era algo mucho más raro y peligroso: una restricción celestial autoimpuesta, una condición absoluta dictada por el usuario.

El concepto era brillante pero suicida. Es una habilidad táctica extrema con una condición inquebrantable: al activar este poder cerrado, los propios poderes de destrucción de ambos usuarios bajan exactamente al 0%. Ryuusei acababa de sacrificar la capacidad de invocar sus armas ancestrales, anular su propia regeneración acelerada y bloquear su teletransportación.

Pero la trampa radicaba en la ley del intercambio equivalente del dominio. Al obligarse a sí mismo a no usar poder mágico, la Zona de Equilibrio obligaba a cualquier enemigo atrapado dentro del domo a sufrir exactamente la misma restricción.

Las habilidades mágicas, la generación de auras, las barreras defensivas... todo dejaba de existir. La Fricción Cero de Hiroshi, esa habilidad que lo volvía intocable y que le permitía desviar la fuerza cinética de los ataques, fue anulada por completo.

Durante los siguientes dos minutos y cuarenta segundos —el límite máximo que el alma de Ryuusei podía mantener esta restricción—, ya no importaba quién era una 5ta o 6ta generación. Ya no había magia, ni linajes sagrados, ni armamento ancestral.

Dentro de esa cúpula, Hiroshi Valmorth ya no era el poderoso hermano de la familia central. Era, simplemente, un hombre de 1.60 m, con un ojo menos, atrapado en una jaula de cristal.

Y frente a él estaba Ryuusei Kisaragi. Un chico curtido en el campo de batalla, con los puños vendados, una voluntad inquebrantable y ninguna intención de perder su cita en Copenhague.

Esto ya no era un duelo mágico de aristócratas. Esto lo obligaba a pelear a puño limpio, a muerte, como perros callejeros. Y en ese terreno, Ryuusei era el rey absoluto.

Ryuusei hizo crujir los nudillos de sus manos, miró al aterrorizado y tuerto Hiroshi, y dio el primer paso.

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