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Chapter 224 - La Soberbia y la Fusión Nuclear

El cielo sobre Noruega ya no existía. Lo que alguna vez fue una cúpula de nubes grises y auroras boreales había sido reemplazado por un lienzo de caos absoluto. El humo negro y denso, cargado de las cenizas de miles de cadáveres calcinados y edificios reducidos a escoria, se arremolinaba como un océano invertido. En la superficie, la ciudad de Oslo era un cráter de proporciones bíblicas. El aire estaba tan saturado de calor que los copos de nieve se evaporaban a cientos de metros antes de tocar el suelo, convirtiendo la atmósfera en una asfixiante cámara de vapor sobrecalentado.

En el centro de esta devastación, flotando con una majestuosidad aterradora, se encontraba Thorius. El dragón colosal no batía sus alas para mantenerse en el aire; la mera repulsión de su energía tectónica contra la gravedad del planeta era suficiente para sostener su abismal peso. Sus escamas, negras como el vacío del espacio, brillaban con vetas de magma interno, y cada vez que exhalaba, el oxígeno a su alrededor estallaba en micro-combustiones.

Y de pie sobre la corona de cuernos de la bestia, con los brazos abiertos como si estuviera abrazando el apocalipsis que él mismo había orquestado, estaba Arthur MaelMordha.

El "Little demon King" de veinte años sonreía. Su corona, incrustada con el Ojo Rojo, latía en sincronía con el corazón del dragón. Su respiración era tranquila, casi aburrida, mientras observaba la nada absoluta que había dejado a su paso.

Pero entonces, la presión barométrica del país entero cambió en una fracción de segundo.

No hubo un sonido de aproximación. No hubo un trueno ni una estela en el cielo. Simplemente, las leyes de la física gritaron en agonía cuando una masa de energía incalculable rasgó la estratosfera y se detuvo, en seco, a exactamente cincuenta metros frente al hocico del dragón.

El desplazamiento de aire por la frenada súbita generó una onda de choque esférica que barrió las nubes de ceniza en un radio de diez kilómetros, revelando el cielo nocturno por un instante antes de que la luz de la recién llegada entidad lo cegara todo.

Era Aurion.

La "máxima arma" de Japón flotaba con los brazos cruzados sobre su pecho. No llevaba una armadura tecnológica ni un traje extravagante; su propio cuerpo parecía estar esculpido en oro fundido y luz sólida. Su cabello ondeaba lentamente, desafiando la gravedad, y sus ojos, dos pozos de energía termonuclear pura, estaban fijos en el joven rey. La temperatura alrededor de Aurion no quemaba de forma caótica como la del dragón, sino que irradiaba un calor perfecto, controlado, la clase de radiación que emite la corona de una estrella a millones de kilómetros de distancia.

Arthur bajó los brazos lentamente. La sonrisa en su rostro no desapareció, pero se torció en una mueca de puro desprecio. Inclinó la cabeza hacia un lado, observando al hombre de cuarenta años que flotaba frente a él con la tranquilidad de un verdugo veterano.

—Vaya, vaya... —La voz de Arthur resonó, amplificada por la energía residual de su corona, cortando el silencio ensordecedor del cielo—. Así que los rumores eran ciertos. El perro guardián de Japón sabe hacer trucos rápidos. Dime, ¿te soltaron la correa porque ya no tenían a quién más lamerle las botas en Tokio?

Aurion no alteró su expresión. Su rostro era una máscara de apatía absoluta. Sus ojos escanearon al muchacho, evaluando su estructura ósea, su masa muscular y la firma energética de la corona. Físicamente, Arthur era patético. Un humano ordinario de veinte años sin ninguna mejora celular visible. Sin embargo, Aurion podía sentir la resonancia de 6ta Generación fluyendo desde el artefacto en su cabeza hacia la bestia.

—Arthur MaelMordha —habló Aurion. Su voz no era un grito, pero resonó en los huesos del joven rey. Era una voz pesada, cargada con la autoridad de un dios que caminaba entre mortales por obligación—. Tienes veinte años. Has asesinado a tu linaje, masacrado a civiles y despertado una anomalía biológica. Todo por un trono que no significa nada fuera de tu pequeña isla.

Arthur soltó una carcajada estridente, llevándose una mano al rostro, fingiendo secarse una lágrima de risa.

—¡Oh, por favor! ¡El discurso del héroe aburrido! —gritó Arthur, señalando a Aurion con un dedo acusador—. Mírate. Cuarenta años desperdiciados siendo la perra faldera de burócratas como Yoshino. Te crees un sol, te crees intocable, pero no eres más que un empleado glorificado. Yo soy el Rey. Yo rompí mis cadenas cortándole la garganta a mi propio padre. Tú sigues esperando que te paguen a fin de mes. ¿Cuánto costó mi cabeza, viejo? ¿Unos cuantos barriles de petróleo noruego? ¡Qué patético!

Aurion parpadeó lentamente. La luz en sus ojos aumentó una fracción de lumen, un cambio microscópico que, sin embargo, hizo que la temperatura del aire subiera quince grados al instante.

—El precio no importa —respondió Aurion con frialdad clínica—. Eres un error en el sistema. Un niño que encontró un arma cargada y se disparó en el pie. Vengo a limpiar el desastre antes de que manches más el suelo.

La arrogancia de Arthur estalló ante la total falta de respeto del héroe. El ego del "Little Demon King" no podía soportar ser tratado como una simple tarea de limpieza. Las venas de su cuello se marcaron, y sus ojos, inyectados en sangre, brillaron con una luz rojiza y sádica.

—¿Un niño? —siseó Arthur, apretando los puños—. Te voy a enseñar lo que hace este "niño", anciano de mierda. Te voy a mostrar que toda tu luz no puede evitar que te pudras por dentro.

Arthur se concentró. Su cuerpo no tenía fuerza bruta, no podía moverse a la velocidad de la luz ni destruir montañas con los puños, pero su dominio sobre la biología interna era absoluto. Con un simple pensamiento, Arthur activó su habilidad, apuntando directamente al flujo vascular del héroe.

El poder de Arthur atacó la sangre de Aurion. El objetivo era simple: elevar la temperatura de los fluidos vitales del héroe hasta el punto de ebullición, reventar sus órganos internos por la presión del vapor y hacerlo gritar mientras sus propios ojos se derretían en sus cuencas.

Arthur apretó los dientes, sintiendo la conexión. Vio cómo una leve vena palpitaba en la frente de Aurion. El joven rey sonrió con malicia, esperando el grito de agonía.

Pasó un segundo. Luego dos.

Aurion ladeó ligeramente la cabeza. Suspiró, un sonido que denotaba un aburrimiento cósmico.

—¿Eso es todo? —preguntó Aurion, con una decepción genuina en su voz.

La sonrisa de Arthur se congeló. —Qué... ¿qué demonios...?

—Estás intentando calentar mi sangre —explicó Aurion, como si le estuviera dando clases de termodinámica a un niño de preescolar—. Siento una ligera molestia, como la picadura de un mosquito en un día de verano. Pero has cometido un error de cálculo fundamental, muchacho.

La piel de Aurion comenzó a emitir un resplandor dorado, tan intenso que Arthur tuvo que cubrirse los ojos parcialmente con el antebrazo.

—Yo almaceno en mi núcleo celular la energía equivalente a cuatro soles —continuó Aurion, su voz vibrando con la fuerza de una erupción solar contenida—. Mi sangre no es un líquido biológico a base de agua. Es plasma estelar presurizado. Mi temperatura interna base es lo suficientemente alta como para derretir el núcleo de este planeta si no la contuviera. Tú estás intentando hervir el sol con un fósforo. Eres patético.

La humillación golpeó a Arthur más fuerte que cualquier puñetazo físico. Su ego, frágil y desmesurado, se resquebrajó ante la humillante realidad de su propia impotencia. No podía hacerle daño directamente. No podía quebrarlo desde adentro.

—¡CIERRA LA MALDITA BOCA! —gritó Arthur, perdiendo cualquier rastro de compostura real, su voz quebrando en histeria.

Aurion no respondió con palabras. Había terminado de evaluar la situación y el protocolo dictaba la eliminación. Sin previo aviso, la figura dorada de Aurion desapareció.

No se movió rápido. Simplemente dejó de estar allí.

El estallido sónico llegó una milésima de segundo después de que Aurion reapareciera, esta vez a escasos treinta centímetros del rostro de Arthur. El aire entre ellos se había convertido en plasma instantáneo debido a la fricción. Aurion había retraído su brazo derecho; su puño derecho brillaba con la intensidad de una enana blanca. Un golpe físico de Aurion, respaldado por esa masa e inercia, no solo mataría a Arthur. Lo desintegraría a nivel subatómico, borrando su código genético de la historia del universo.

El puño comenzó su trayectoria. La muerte era una certeza matemática.

Pero en esa fracción de milisegundo, cuando el puño de luz estaba a milímetros de la nariz de Arthur y el calor ya estaba quemando las pestañas del joven rey, Arthur no intentó esquivar. Sabía que era imposible. En lugar de eso, sus ojos se abrieron de par en par, inyectados de pura locura y adrenalina, y su boca pronunció tres sílabas que no pertenecían a ningún idioma concebido por la garganta humana.

—"Zir'tahl... Rhaok... KRON."

El idioma de los dragones no era sonido. Era un código fuente que reescribía las leyes de la realidad.

Mátalo.

El espacio entre Arthur y el puño de Aurion se distorsionó. Una masa de oscuridad pura, densa como un agujero negro y ardiente como el infierno primordial, se interpuso entre ellos.

Thorius no se había movido; había deformado el tejido del espacio-tiempo a su alrededor. El gigantesco hocico del dragón se materializó de la nada, abriendo sus mandíbulas, y el puño nuclear de Aurion impactó directamente contra la hilera de colmillos de obsidiana de la bestia.

La colisión fue indescriptible.

Una onda expansiva de energía dorada y llamas negras barrió Noruega entera. Las montañas a kilómetros de distancia fueron decapitadas por el choque cinético. El sonido ensordecedor hizo que los oídos de Arthur sangraran profusamente, pero el joven rey soltó una carcajada maniática mientras se aferraba a las escamas del dragón para no salir volando hacia la estratosfera.

Aurion, por primera vez en la pelea, mostró sorpresa. El impacto no había destrozado al dragón. Su puño, que debería haber perforado a la bestia de lado a lado, estaba detenido contra las mandíbulas de Thorius. La criatura de la 6ta Generación rugió, un sonido que hizo vibrar el núcleo atómico del propio héroe, y cerró sus fauces con una fuerza tectónica alrededor del brazo brillante de Aurion.

—¡ESO ES, CÓMETE SU LUZ! —aulló Arthur, escupiendo sangre mientras sus ojos brillaban con furia homicida.

Aurion gruñó, sintiendo por primera vez en décadas algo que creía olvidado: presión real. Los colmillos de Thorius, infundidos con magia ancestral, no se estaban derritiendo. Estaban perforando su barrera solar.

La deidad japonesa no dudó. Liberó una ráfaga térmica directamente de sus ojos. Dos rayos láser de puro calor solar impactaron a quemarropa contra la cara del dragón. Thorius bramó de dolor, soltando el brazo de Aurion, y la sangre del dragón, una sustancia espesa, oscura y corrosiva como la antimateria, salpicó el cielo, cayendo sobre el océano noruego y evaporando billones de galones de agua en el acto.

Aurion retrocedió en el aire, mirando su antebrazo derecho. La luz dorada parpadeaba erráticamente. Tres profundas marcas negras cruzaban su piel casi impenetrable; su propia "sangre" luminosa goteaba, chisporroteando al contacto con el aire gélido. Estaba sangrando.

Arthur, desde la cabeza del dragón herido pero enfurecido, vio la sangre dorada gotear. Su sonrisa se ensanchó hasta casi desgarrarle las mejillas.

—¡Sangras, perro! —gritó Arthur, señalándolo—. ¡Incluso los soles sangran cuando un verdadero Rey aprieta el cuchillo! ¡THORIUS, QUÉMALO HASTA QUE NO QUEDEN NI LAS SOMBRAS DE SUS RECUERDOS!

El dragón, enfurecido por el dolor, abrió sus fauces hacia el cielo. El interior de su garganta no se iluminó con fuego convencional, sino con un vacío devorador, una oscuridad llameante que amenazaba con tragar la misma luz de las estrellas.

Aurion apretó los puños. Su ego de "arma perfecta" había sido herido. Había subestimado la capacidad defensiva de la bestia. Ya no podía contenerse para salvar a Noruega. Si no aumentaba la potencia, él sería el que terminaría siendo consumido por la deidad draconiana.

—Has cruzado una línea, anomalía —susurró Aurion, aunque su voz resonó en toda la zona de combate.

Su cuerpo pasó del dorado al blanco cegador. El calor a su alrededor aumentó exponencialmente. Las ruinas de la ciudad debajo de ellos comenzaron a derretirse simplemente por existir en la misma dimensión que él. El asfalto se hizo magma, el acero se volvió líquido. Aurion estaba accediendo al poder de su primer sol completo.

—No habrá rastros de tu ADN cuando termine contigo —sentenció Aurion, preparándose para desatar una erupción solar a quemarropa.

Thorius disparó el aliento del vacío. Aurion disparó el haz de colapso estelar.

El choque de ambas energías en el aire no produjo una explosión de inmediato. En su lugar, el cielo entero pareció resquebrajarse. El rayo blanco de pura fusión nuclear chocó frontalmente contra el torrente de fuego negro de 6ta Generación. El punto donde ambas fuerzas colisionaron creó una singularidad momentánea, un anillo de energía donde los colores dejaron de existir y solo quedó el silbido aterrador del universo rasgándose por las costuras.

Arthur observaba la colisión desde la retaguardia de la bestia, riendo a carcajadas maníacas, su rostro iluminado por el parpadeo apocalíptico de la batalla más grande y sangrienta que el planeta había presenciado desde la era antigua. El fin del mundo había comenzado.

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