El punto de impacto entre el colapso estelar de Aurion y el aliento del vacío de Thorius creó una cúpula de energía pura que distorsionó la gravedad en un radio de veinte kilómetros. Los escombros de Oslo que aún quedaban en pie comenzaron a flotar, arrancados de sus cimientos, girando lentamente en el aire antes de desintegrarse por la pura fricción atmosférica. El sonido era un zumbido sordo, una frecuencia tan baja y poderosa que los cristales a cientos de kilómetros de distancia estallaron al unísono.
En la cima de la cabeza del colosal dragón, la temperatura había superado cualquier límite que un ser vivo pudiera soportar, pero la Corona del Ojo Rojo mantenía a Arthur MaelMordha anclado a la existencia, tejiendo una barrera de energía carmesí a su alrededor. Sin embargo, la bestia de obsidiana sabía que esta colisión no era un simple intercambio de golpes. El hombre dorado flotando frente a ella no era un mortal ordinario; era un reactor nuclear con voluntad propia.
De pronto, la voz de Thorius no resonó en el aire, sino que vibró directamente en el cráneo de Arthur con la urgencia de un terremoto.
—ZHU-KHAR ASH. BA-ZIN THOR-KHA. (Bájate ahora. Escóndete entre las sombras de las rocas). —El dragón cerró sus inmensas mandíbulas, cortando su propio aliento y dejando que la explosión residual los empujara hacia atrás—. Este sol falso tiene demasiada masa. Esto se va a poner muy feo.
Arthur, aferrado a uno de los cuernos que era del tamaño de un campanario, frunció el ceño, molesto por la orden. Su cuerpo, aún estabilizándose tras su reciente regeneración forzada, humeaba.
—¿Esconderte? ¿Me estás diciendo que te acobardas ante un perro con correa? —Arthur escupió hacia el abismo, su voz cargada de un veneno arrogante—. Si no puedes con él, es mejor que huyas. No me sirves muerta. Después de todo, ya eres una anciana, Thorius. Supongo que ya no eres la joven dragona en sus días de gloria que partía continentes por diversión.
El ojo del dragón, un océano de magma incandescente, giró bruscamente para mirar al pequeño rey humano que se atrevía a cuestionarla. La furia de la bestia hizo que la corona en la cabeza de Arthur ardiera, enviándole una descarga de dolor que lo obligó a arrodillarse.
—Cállate, parásito ignorante —rugió Thorius en su mente, el tono desprovisto de cualquier deferencia—. Bájate y escóndete. Continúa sin mí para conquistar Europa. Ya diste el primer paso: la capital de Noruega es ceniza y el mundo sabe tu nombre. Yo me encargaré de apagar esta luz.
Arthur se puso de pie, limpiándose un hilo de sangre hirviente de la comisura de los labios. Aunque su ego estaba herido, su mente calculadora comprendió la lógica táctica. Él era un rey, no un soldado de primera línea.
—Más te vale ganar, lagartija —dijo Arthur, soltándose del cuerno—. Si mueres, te juro que encontraré tus huesos y los usaré para pavimentar mi trono.
—Dalo por hecho, niño —vibró Thorius, sus alas gigantescas extendiéndose hasta tapar los restos de las auroras boreales—. No he tenido una batalla seria en 280 años. Mi sangre anhela el caos.
Con un salto suicida, Arthur se dejó caer desde la inmensidad de la cabeza del dragón. La corona brilló, amortiguando su caída libre de miles de metros. Aterrizó con un impacto sordo en los densos bosques de coníferas de Nordmarka, en las afueras de la capital en ruinas. El impacto levantó una nube de nieve y tierra carbonizada. Se enderezó lentamente, su cuerpo desnudo de porcelana blanca brillando tenuemente en la oscuridad del bosque.
El "Little Demon King" respiró hondo, sintiendo el aire helado contrastar con el horno nuclear que era su propio cuerpo. Sonrió.
Pero la sonrisa se borró cuando el crujido de ramas rotas y el inconfundible sonido de armas automáticas siendo amartilladas rompieron el silencio del bosque.
—¡Ahí está! ¡Objetivo localizado! ¡Contacto visual con el individuo hostil!
Desde las sombras de los altos pinos, un escuadrón de veinte soldados de las fuerzas especiales noruegas emergió, rodeando a Arthur. Llevaban trajes tácticos de invierno, visores térmicos y fusiles de asalto equipados con munición perforante diseñada para abatir a usuarios de 2da y 3ra Generación. Eran los remanentes de la guardia que había sobrevivido a la destrucción del parlamento, y habían rastreado la firma de calor extrema que cayó del cielo.
Arthur no se inmutó. Giró la cabeza lentamente, evaluando a los hombres armados que le apuntaban con láseres infrarrojos directos a su pecho y cabeza.
«No soy fuerte físicamente», pensó Arthur, su mente procesando la situación con una frialdad matemática. «No tengo velocidad, ni los músculos. Mi cuerpo se rompería si intentara dar un puñetazo a través de una pared de acero. Pero... soy inteligente.»
rthur cerró los ojos por un microsegundo. Había despertado completamente su poder de Sexta Generación hacía apenas media hora en el despacho del Primer Ministro, tras ser llevado al borde de la muerte. Y sin embargo, la conexión con la Corona del Ojo Rojo le había descargado un conocimiento absoluto sobre su propia biología. No necesitaba años de entrenamiento; sentía que ya sabía utilizar sus capacidades a la perfección.
«Dios... se siente increíble ser una 6ta Generación», reflexionó, una sensación de euforia retorcida inundando su cerebro. «Tener las leyes de la termodinámica como juguetes en mi bolsillo.»
—¡Al suelo! ¡Manos en la nuca, monstruo! —gritó el comandante del escuadrón, su voz temblando ligeramente al ver la piel antinatural de Arthur y la corona fusionada a su cráneo.
Arthur abrió la boca y, en lugar de palabras, exhaló. Una nube de humo negro, denso y cargado de azufre, salió de sus pulmones, expandiéndose a una velocidad absurda. En dos segundos, el claro del bosque quedó sumido en una ceguera total. Los visores térmicos de los soldados se volvieron inútiles, sobrecargados por el calor ambiental de la niebla sulfurosa.
—¡Fuego! ¡Abran fuego a discreción! —ordenó el comandante, presa del pánico.
El estruendo de los fusiles de asalto desgarró el bosque. Cientos de balas llovieron sobre la posición de Arthur. El impacto fue brutal. La munición de alto calibre perforó la piel de porcelana, destrozando sus hombros, perforando su abdomen y reventando su rodilla izquierda. Arthur cayó al suelo de rodillas, su cuerpo ensangrentado y lleno de agujeros humeantes.
Los disparos cesaron cuando los cargadores se vaciaron. El humo comenzó a disiparse lentamente por el viento gélido de la noche.
Los soldados avanzaron con cautela, las linternas de sus cañones buscando el cadáver. Encontraron a Arthur en el suelo, con la cabeza gacha, un charco de sangre oscura extendiéndose bajo él.
Pero entonces, un sonido los heló hasta la médula.
Arthur se estaba riendo.
Era una risa baja, gutural, que se fue transformando en una carcajada histérica. Los soldados retrocedieron, horrorizados, al ver cómo las balas alojadas en el cuerpo del joven rey eran expulsadas hacia afuera por la propia carne que se tejía a sí misma. Las heridas se cerraron emitiendo un vapor rosado; la rodilla destrozada crujió y se alineó perfectamente en menos de un segundo. Arthur se puso de pie, su piel nuevamente lisa y perfecta, sin una sola cicatriz.
—¡Es... es imposible! —balbuceó uno de los soldados, dejando caer su arma—. ¡No es un humano! ¡Es un error! ¡Un error del mismísimo infierno!
La sonrisa de Arthur desapareció de golpe. Su mirada se volvió gélida, cargada de un odio ancestral.
—Ya estoy cansado... —susurró Arthur, su voz resonando en las mentes de los soldados— ...muy cansado de que me comparen con un maldito demonio. Yo no vengo del infierno. El infierno es un lugar donde los pecadores sufren. Yo soy el que los hace sufrir. Yo soy su Rey.
Arthur alzó su mano derecha, con la palma abierta hacia el escuadrón.
El poder de Arthur no era magia de fuego simple; era manipulación termodinámica hiper-focalizada. Al igual que un hechicero en su dominio, Arthur podía alterar la energía cinética de las moléculas a nivel subatómico. Pero no lo hacía con el aire; su afinidad, otorgada por el Ojo Rojo y la sangre de los MaelMordha, era la biología interna. El agua. La sangre.
«La temperatura es solo la velocidad a la que se mueven las partículas», pensó Arthur, sus ojos amarillos brillando en la oscuridad. «El cuerpo humano tiene un setenta por ciento de agua. Su sangre fluye a 37 grados Celsius. ¿Qué pasa si aceleramos las partículas de hierro y agua en sus venas hasta los 400 grados en una milésima de segundo?»
Arthur cerró el puño de golpe.
—HOT BLOOD.
No hubo un rayo de energía. No hubo fuego saliendo de sus manos. El efecto fue instantáneo, invisible y absolutamente grotesco.
Los veinte soldados se congelaron en su lugar. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras las venas de sus cuellos, rostros y brazos se marcaban de un color negro azabache, palpitando violentamente. Sus bocas se abrieron en gritos mudos de una agonía que destrozaba la escala humana del dolor. El agua dentro de sus torrentes sanguíneos se había convertido en vapor sobrecalentado instantáneamente.
El cuerpo humano no está diseñado para contener presión de vapor interna.
Uno tras otro, como globos llenos de agua a los que se les inyecta aire comprimido, los soldados explotaron.
No fue una explosión de fuego, fue una detonación biológica. Trozos de carne cocida, huesos astillados y lluvia de sangre hirviente salpicaron los troncos de los pinos y la nieve, derritiéndola al contacto. En menos de dos segundos, el escuadrón de élite se había convertido en una niebla roja y humeante de vísceras esparcidas en un radio de treinta metros.
Arthur se quedó de pie en el centro de la carnicería. Una gota de sangre hirviente de uno de los soldados le cayó en la mejilla; la limpió con indiferencia.
—Demonios... no tienen ni idea —murmuró, dándose la vuelta y alejándose a paso lento hacia las montañas, dejando atrás el bosque decorado con los restos humeantes de la resistencia noruega.
A diez mil metros de altura, sobre las ruinas del continente, la verdadera guerra acababa de comenzar.
Thorius se había elevado por encima de las nubes, batiendo sus colosales alas de obsidiana, creando huracanes que azotaban las cordilleras. Frente a ella, Aurion flotaba como una estrella en miniatura, su cuerpo emitiendo una luz tan pura y cegadora que convertía la noche ártica en pleno mediodía.
Y entonces, el dragón hizo algo que ninguna bestia mítica documentada por la Asociación de Héroes había hecho jamás. Habló en el idioma de los hombres. Su voz, una reverberación grave que hizo temblar el aire a su alrededor, sonó antigua, culta y llena de orgullo.
—Hombre de luz cautiva —dijo Thorius, sus inmensas mandíbulas moviéndose lentamente—. No posees la sangre de los antiguos, pero tu energía es vasta. Tienes el honor de pelear contra la Madre de las Sombras. Que tu muerte sea una chispa digna en mi memoria.
Aurion no mostró sorpresa. Su rostro, iluminado por su propia fusión nuclear interna, se mantuvo impasible.
—No busco honor en matar a un lagarto desproporcionado —replicó Aurion, su voz amplificada por la energía que irradiaba—. Tu existencia es un fallo geológico. Y yo soy el que lo corrige.
Aurion no esperó más. Rompió la barrera del sonido tres veces en un solo parpadeo. Se convirtió en un misil de luz dorada y se estrelló directamente contra el pecho acorazado de Thorius. El impacto fue similar a la detonación de cien cabezas nucleares tácticas. El cielo se encendió en un fogonazo esférico de plasma y fuego negro.
El dragón bramó, no de dolor, sino de furia, y respondió. Levantó una de sus garras delanteras, cada uña del tamaño de un acorazado, y golpeó a Aurion con una velocidad que desafiaba su propia masa. El héroe japonés cruzó los brazos para bloquear, pero la fuerza bruta de la 6ta Generación lo mandó volando a través de dos sistemas montañosos enteros. Aurion atravesó kilómetros de roca sólida, convirtiendo la piedra en lava a su paso, antes de frenar en seco y dispararse de vuelta hacia la bestia.
Comenzó un ballet de violencia pura y desquiciada.
Durante treinta minutos exactos, el cielo de Escandinavia fue el escenario de una pesadilla mitológica. Aurion disparaba ráfagas concentradas de energía solar desde sus puños, perforando agujeros del tamaño de rascacielos en las alas de Thorius, pero el tejido del dragón no era biología normal; era caos solidificado, y se cerraba lentamente mientras la bestia continuaba atacando.
Thorius exhalaba su aliento de vacío y fuego oscuro, un calor abrasador que consumía la luz. Aurion se veía obligado a evadir, volando a velocidades hipersónicas, zigzagueando entre los pilares de magma que el dragón escupía. La bestia usaba su enorme cola como un látigo continental, intentando aplastar al "Sol de Japón" contra la corteza terrestre. Los fiordos debajo de ellos hervían, el agua del océano se evaporaba en columnas gigantescas de vapor que llegaban hasta la estratosfera.
Aurion estaba jadeando. A sus cuarenta años, la edad no había mermado su poder, pero sí la resistencia de su núcleo humano para contener tal cantidad de energía durante tanto tiempo sin sufrir daño celular. Su traje estaba completamente carbonizado, y su piel dorada presentaba profundas grietas de las que emanaba luz, como un reactor a punto de colapsar. La sangre bajaba por su frente, evaporándose antes de llegar a su barbilla.
Había subestimado a la bestia. Thorius no solo era inmensa; era un depredador con siglos de experiencia bélica.
«Es demasiado dura», pensó Aurion, esquivando otro mordisco que cerró sus fauces con la fuerza para partir la luna en dos. «La energía convencional solo quema su superficie. Tengo que borrarla de la existencia a nivel cuántico. Tengo que usarlo. Todo.»
Aurion retrocedió, ascendiendo a la mesosfera para ganar distancia. Se detuvo, flotando en el frío límite del espacio. Thorius, viéndolo huir, batió sus alas y ascendió tras él, rugiendo con triunfo, sus fauces abiertas de par en par listas para tragar la luz entera.
—Se acabó, aberración —susurró Aurion.
Cerró los ojos y cruzó los brazos sobre el pecho. Su respiración se detuvo. El latido de su corazón resonó como un tambor de guerra. Aurion no solo controlaba el sol; albergaba cuatro estrellas en su interior. Hasta ahora, solo había utilizado el poder superficial de su primer sol para no destruir la atmósfera de la Tierra. Pero ahora, frente a la inminencia de la muerte, desató sus sellos.
La luz a su alrededor comenzó a retraerse, siendo succionada hacia su propio cuerpo. Por un instante, el cielo se volvió absolutamente negro. Y entonces, Aurion abrió los brazos y los ojos.
Había despertado su cuarto sol.
-SONZAI NO SHINSEINARU HIKARI (La luz sagrada de la existencia)
No hubo sonido. El volumen de la energía liberada superó la capacidad del aire para transmitir ondas sonoras. Fue una expansión de blancura absoluta, un flash fotónico de proporciones cósmicas. El rayo no era una simple ráfaga de calor; era la esencia misma de la destrucción estelar, un colapso de fusión hiper-concentrado.
El haz de luz divina golpeó a Thorius de frente.
El inmenso dragón, que cubría el cielo, quedó atrapado en el pilar de luz blanca. La bestia no tuvo tiempo de rugir. Las escamas de obsidiana se evaporaron. Su carne milenaria, imbuida en magia oscura, se sublimó al instante. Sus inmensas alas, su cuello, su cabeza coronada de cuernos... todo fue barrido. La materia del dragón dejó de existir, desintegrada a nivel atómico, convertida en fotones y polvo subatómico.
El rayo atravesó el espacio, perdiéndose en el vacío del cosmos, dejando tras de sí un cielo noruego extrañamente despejado y pacífico.
La luz blanca se apagó lentamente.
Aurion cayó de rodillas en el aire. Su cuerpo entero temblaba violentamente. Su piel había vuelto a su tono humano normal, quemada y agrietada por el esfuerzo masivo. Tosió, escupiendo un coágulo de sangre espesa. Sus pulmones ardían, sus músculos gritaban de agonía. Había empujado su cuerpo de cuarenta años más allá del límite absoluto, vaciando el núcleo de su cuarto sol.
Respiraba con dificultad, mirando hacia abajo, donde antes estaba la pesadilla alada. No quedaba nada. Solo el humo disipándose en el viento gélido.
—Lo... lo logré... —jadeó Aurion, cerrando los ojos por un segundo, la fatiga aplastando su mente—. Está muerta. La amenaza... ha sido neutralizada.
El Héroe Número 1 de Japón dejó caer los brazos, exhausto, creyendo que la victoria era suya. Había cumplido su contrato. Había salvado lo que quedaba del país.
Pero en el silencioso vacío del cielo nocturno, un sonido perturbó la paz de Aurion.
Un crujido húmedo. Un sonido asqueroso, como el desgarro de carne cruda y el roce de huesos gigantescos chocando entre sí.
Aurion abrió los ojos lentamente, frunciendo el ceño por el cansancio. Miró hacia abajo.
En el lugar donde había impactado su ataque supremo, a miles de metros de profundidad, cayendo hacia el mar, quedaba un fragmento. La Luz Divina de la Existencia había desintegrado el noventa y cinco por ciento del dragón. Su cabeza, su torso, sus alas... todo había desaparecido. Pero el ángulo del rayo había fallado en un milímetro. Había dejado la punta de la cola.
Una cola que era, por sí sola, del tamaño de un edificio de 25 pisos, cayendo inerte.
Aurion entrecerró los ojos. «No importa», pensó. «Un trozo de carne muerta.»
Pero el trozo de carne no estaba muerto.
El crujido se intensificó, volviéndose un estruendo ensordecedor. Frente a los ojos aterrorizados de Aurion, la cola amputada del dragón se detuvo en el aire. La herida abierta, del tamaño de un estadio de fútbol, burbujeó violentamente. Un torrente de sangre oscura y hirviente brotó, pero no para derramarse, sino para tejerse a sí misma.
De la herida surgieron tendones del grosor de autopistas, enroscándose y extendiéndose a la velocidad del sonido. Huesos de obsidiana brotaron de la nada, formando una columna vertebral masiva. El sonido de la calcificación acelerada era como el choque de cien trenes de carga. Los órganos internos, pulmones del tamaño de ciudades, un corazón que latía con el estruendo de una bomba atómica, se formaron en cuestión de segundos, recubiertos instantáneamente por costillas y carne, para luego sellarse con las escamas negras irrompibles.
Aurion retrocedió, sus ojos muy abiertos, el terror primigenio trepando por su garganta por primera vez en toda su vida.
—No... —murmuró Aurion, negando con la cabeza, su cuerpo agotado negándose a aceptar lo que estaba presenciando—. Es... es imposible. Una criatura biológica... una criatura mitológica no puede...
Él sabía de la regeneración. Los usuarios de Quinta o Sexta Generación, como Ryuusei o el propio Arthur, poseían regeneración celular hiperactiva. Pero esto no era reparar tejido dañado. Esto era crear vida de la nada. Era reconstruir una masa de millones de toneladas a partir de un apéndice cortado.
En menos de cinco segundos, la pesadilla estaba completa.
Thorius había renacido. Su nuevo cuerpo brillaba con un aura enfermiza. El dragón alzó su nueva cabeza, sus ojos de magma clavándose en el exhausto héroe, y abrió sus fauces.
Pero esta vez, no exhaló fuego negro. No exhaló el vacío.
Desde las profundidades de sus nuevos pulmones ancestrales, Thorius desató un fuego de un color verde esmeralda, brillante, tóxico y profundamente antinatural. Era el fuego de la resurrección pervertida, una llama radiactiva que consumía no solo la materia, sino la energía misma.
Aurion intentó levantar los brazos, intentó invocar un escudo de su primer sol, pero su núcleo estaba vacío. Sus rodillas fallaron.
El torrente de fuego verde lo engulló por completo.
El grito de agonía de Aurion desgarró el cielo noruego. Las llamas esmeraldas no solo quemaban su piel dorada, sino que carcomían su energía estelar, envenenando su sangre nuclear, disolviendo las defensas que lo hacían invulnerable.
El dragón no se detuvo. Batió sus alas, lanzándose de nuevo a la persecución, envolviendo al "Sol de Japón" en una tormenta de fuego tóxico. La batalla desde los cielos se reanudó, pero ya no era un choque de titanes. Era la cacería de una deidad primigenia contra un héroe marchito y aterrorizado, cuyo único error fue creer que la mitología obedecía a las leyes de la física.
