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Chapter 231 - El peso de las coronas y el juramento de sangre

El aire gélido de Alberta golpeó el rostro de Ryuusei en el instante en que las puertas automáticas del Aeropuerto Internacional de Calgary se abrieron. El invierno canadiense era un monstruo completamente diferente al de las Islas Feroe; aquí, el frío no era húmedo y melancólico, sino afilado, cortante como una cuchilla de hielo que se colaba por debajo de los abrigos. A lo lejos, la cordillera de las Montañas Rocosas se alzaba como una muralla de colmillos blancos bajo un cielo dolorosamente azul. Ese era el primer paso en su regreso a la realidad.

Ryuusei ajustó la correa de su pesada bolsa de lona sobre el hombro. A su lado, Hitomi caminaba con la elegancia, envuelta en un abrigo oscuro que contrastaba radicalmente con su cabello blanco. Sus ojos carmesí escaneaban el entorno con desconfianza, analizando cada rostro, cada movimiento brusco en la concurrida terminal terrestre. Para ella, el mundo seguía siendo un campo de batalla lleno de posibles emboscadas.

Pero para el resto del mundo, Ryuusei Kisaragi no era un objetivo militar en ese momento. Era una estrella.

Mientras esperaban cerca de la zona de reclamo de equipaje especial para retirar los estuches blindados que contenían sus armas, un grupo de adolescentes —dos chicos y tres chicas— se detuvo en seco a unos diez metros. Empezaron a murmurar entre ellos, señalando frenéticamente hacia Ryuusei. Hitomi tensó los músculos de sus piernas, lista para invocar una de sus lanzas ancestrales ante el primer indicio de hostilidad, pero Ryuusei le puso una mano suave en el brazo.

—Tranquila. No son de la Asociación —murmuró él, reconociendo el brillo en los ojos de los jóvenes. No era instinto asesino; era fanatismo puro.

El grupo se acercó casi temblando. Uno de los chicos, que llevaba una chaqueta con el logo pirata de la Base Genbu que se había vuelto viral en la red oscura, dio un paso al frente, sosteniendo su teléfono móvil como si fuera una ofrenda.

—T-tú eres... eres el lider de la Base Genbu, ¿verdad? —tartamudeó el chico, con los ojos muy abiertos—. ¿Ryuusei Kisaragi?

Hitomi frunció el ceño, esperando que Ryuusei los despachara con una mirada gélida. En el pasado, Ryuusei habría evitado cualquier contacto público, odiando la atención y su estatus como un "arma" famosa. Sin embargo, las palabras de Alberto en su lecho de muerte aún resonaban en su cabeza: "El cambio es hoy y solo depende de ti... el perdón te lo ganas cuando tienes el coraje de construir algo bueno".

Ryuusei suspiró suavemente, pero sus facciones se relajaron en una sonrisa genuina, aunque cansada.

—Sí, soy yo —respondió, sorprendiendo a Hitomi—. ¿Qué tal?

—¡Dios mío, sabíamos que eras tú! —chilló una de las chicas—. ¿Podemos... podemos tomarnos una foto contigo? ¡No le diremos a nadie dónde estás, lo juramos! Solo somos grandes admiradores de lo que tu equipo hace. ¡Ustedes no son perros del gobierno!

Ryuusei asintió sin dudarlo. —Claro, vengan aquí.

Hitomi observó la escena con una mezcla de estupefacción y una irritación creciente. Se cruzó de brazos, viendo cómo Ryuusei, el líder de una de las facciones paramilitares de metahumanos más peligrosas del mundo, posaba pacientemente mientras los adolescentes se amontonaban a su alrededor, haciendo señales de victoria con las manos y tomando docenas de selfies. Ryuusei no parecía el monstruo que todos creían; parecía un chico normal, accesible, intentando ser un símbolo de algo mejor que la guerra.

A Hitomi, criada bajo las estrictas, elitistas y sangrientas leyes del canon Valmorth, donde el poder exigía sumisión y terror, esta exhibición de humildad pública le resultaba incomprensible. Y, en el fondo, le molestaba profundamente que otras personas tocaran a su Ryuusei con tanta confianza.

La situación empeoró cuando otro par de chicas, un poco mayores, se acercaron corriendo al ver el alboroto.

—¡Ryuusei! ¡Oh, por favor, danos una foto a nosotras también! —suplicó una rubia, acercándose demasiado al espacio personal del chico—. Pero... ¿podrías hacer algo especial? ¿Podrías ponerte tu máscara? ¡Esa icónica máscara negra que usas cuando peleas! ¡Se vería increíble!

Ryuusei dudó un segundo, mirando de reojo a Hitomi, pero la presión social de los fans lo empujó a ceder. Invoco su máscara de Yin y Yang, colocándosela sobre el rostro. El cambio fue instantáneo. La atmósfera a su alrededor se volvió más pesada, más letal. Las chicas gritaron de emoción y se pegaron a sus brazos para la foto.

Hitomi apretó la mandíbula con tanta fuerza que sus dientes rechinaron. El aura de celos y hostilidad que emanó de su cuerpo hizo que la temperatura a su alrededor descendiera varios grados. Sin decir una sola palabra, giró sobre sus talones, haciendo ondear su abrigo, y caminó a paso rápido y furioso hacia la salida del aeropuerto, donde un servicio de alquiler de autos debía estar esperándolos.

Ryuusei escuchó el sonido de sus pasos alejándose. Se quitó la máscara de un tirón, ignorando las quejas de las chicas, se disculpó torpemente y salió corriendo detrás de ella.

—¡Hitomi, espera! —la llamó, esquivando a los viajeros con maletas—. ¡Solo eran unas chicas! ¡Hitomi!

Ella ni siquiera se dignó a mirarlo, subiéndose apresuradamente al asiento del pasajero de la camioneta negra que habían alquilado, cerrando la puerta con un golpe que casi hace estallar el cristal blindado. El viaje hacia las montañas acababa de comenzar, y Ryuusei sabía que tendría que usar toda su diplomacia para calmar a la letal heredera Valmorth.

El trayecto a través de las interminables carreteras nevadas de Alberta tomó un par de días de conducción cautelosa, adentrándose cada vez más en territorios donde el GPS dejaba de funcionar y el bosque boreal lo devoraba todo. Finalmente, tras pasar los escudos holográficos de camuflaje, la masiva estructura subterránea de la Base Genbu se abrió ante ellos como la boca de un gigante de metal incrustado en la roca.

Ryuusei detuvo el vehículo y le pagó al conductor del transporte especial que habían contratado para el último tramo, añadiendo una generosa propina en efectivo por el silencio.

Apenas las gruesas compuertas de seguridad de la entrada principal emitieron el siseo hidráulico de apertura, un torbellino de energía y cabello oscuro se abalanzó sobre Ryuusei.

—¡Ryuusei! —gritó Aiko, chocando contra él. Lo abrazó con tanta fuerza que casi le saca el aire de los pulmones—. ¡Estás vivo! ¡Volviste!

Ryuusei soltó una carcajada sincera, devolviéndole el abrazo a su mejor amiga. Detrás de Aiko, el resto del equipo fue apareciendo en el vestíbulo iluminado por luces de neón pálido. Sergei Volkhov, el gigante ruso, le dedicó una sonrisa amplia y un asentimiento respetuoso; Brad levantó una mano a modo de saludo, luciendo aliviado; y hasta el usualmente retraído Arkadi esbozó una media sonrisa.

Todos notaron inmediatamente que Ryuusei no venía solo. Cuando Hitomi atravesó la compuerta, el ambiente se tensó ligeramente. La temible mujer de la familia Valmorth, no se había quedado en Dinamarca. Se había quedado con él.

Antes de que alguien pudiera hacer un comentario incómodo, un maullido agudo rompió el hielo. Una bola de pelo blanco saltó desde una de las pasarelas superiores. Shiro, el pequeño gatito que Hitomi había adoptado, cayó grácilmente en los brazos de su dueña, ronroneando como un motor en miniatura. La expresión fría de Hitomi se derritió instantáneamente, frotando su nariz contra la cabeza del animal. Ver a la mortífera actuando con tanta ternura relajó a todo el equipo.

—Es bueno estar en casa —dijo Ryuusei, mirando a su grupo. Sintió que el propósito que Alberto le había encomendado tomaba forma al verlos—. Estoy agotado, primero quiero descansar un poco... y traje algunos regalos raros de las islas para todos.

Pero la sonrisa de Aiko se desvaneció, reemplazada por una expresión de urgencia profesional. Se separó de él y bajó la voz.

—Ryuusei, me encantaría ver los regalos, pero las cosas aquí han estado hirviendo mientras no estabas. Primero... el Ministro Sterling está aquí. Ha estado esperando en el cuarto de invitados de alta seguridad durante doce horas. Dice que necesita hablar contigo a solas, que la política global acaba de fracturarse.

Ryuusei frunció el ceño. Que un ministro del gobierno se arriesgara a venir personalmente a la base era una pésima señal o uan muy buena.

—Me encargaré de Sterling en un rato —respondió Ryuusei frotándose las sienes—. Necesito una ducha antes de lidiar con trajeados.

—Hay un segundo problema —interrumpió Aiko, mirando de reojo a Hitomi y bajando aún más la voz, casi a un susurro—. Eider está aquí. Llegó hace tres días y no ha salido de la habitación. Dice que es cuestión de vida o muerte y que tiene que hablar contigo inmediatamente.

Al escuchar el nombre de Eider, el corazón de Ryuusei dio un vuelco doloroso. La imagen de la última vez que la vio, en medio del caos de la finca Valmorth, destrozados por la desconfianza, lo golpeó como un mazo.

—¿Qué? —exclamó Ryuusei, con la voz cargada de incredulidad—. ¿Dónde está?

—En tu cuarto —respondió Aiko—. Le dijimos que esperara en los barracones, pero se atrincheró allí.

Ryuusei no esperó a escuchar más. Dejó caer su bolsa en el suelo y salió corriendo por los pasillos metálicos de la base, dejando a su equipo y a una Hitomi visiblemente confundida atrás. Su mente iba a mil por hora. Después de la amarga discusión que tuvieron, Ryuusei estaba completamente convencido de que Eider, la espía infiltrada, había regresado a Japón con los altos mandos de la Asociación de Héroes.

Dobló la última esquina, introdujo su código en la puerta de su cuarto y entró de golpe.

La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la tenue luz azul de los paneles del piso. Sentada en el borde de su cama, abrazándose las rodillas, estaba Eider. Su largo cabello rojo caía desordenado sobre sus hombros, y todavía llevaba puesto su característico traje de maid, aunque estaba arrugado, sucio en los bordes y carecía de su habitual pulcritud. Sus ojos, normalmente llenos de una chispa pícara y calculadora, estaban rojos, rodeados de profundas ojeras que delataban días sin dormir.

Ryuusei cerró la puerta a sus espaldas, la respiración agitada por la carrera y por la furia contenida.

—¿Qué demonios haces aquí, Eider? —le gritó Ryuusei, incapaz de contener el resentimiento—. ¿Por qué no te fuiste con la Asociación de Héroes a Japón? Después de lo que me dijiste... después de todo el teatro en la casa de los Valmorth... yo pensé que te habías ido. ¡Pensé que éramos amigos, maldita sea, y solo estabas buscando mi punto débil! ¿Por qué volviste?

Eider levantó la mirada hacia él, y Ryuusei vio un terror genuino que nunca antes le había visto a la chica. No era el miedo de perder una batalla, era el miedo crudo de un animal acorralado.

—¿Que por qué no fui con ellos? —respondió Eider, su voz quebrando el silencio con un tono patético y desesperado—. Ryuusei... si yo volvía con ellos, estaba muerta. Los altos mandos me mandaron a tu lado con un solo objetivo, una sola orden absoluta: averiguar tu debilidad. Investigar cómo matar a la Singularidad Anacrónica. Y hasta ahora... tú nunca me has dicho cómo matarte.

Eider se puso de pie temblorosamente.

—Sin esa información, mi existencia no tiene valor para ellos. Soy una decepción. Una espía que se dejó llevar, que fracasó en su única misión. La Asociación no perdona a los inútiles, Ryuusei. Si iba a Japón, me ejecutarían en un sótano por traición. E incluso aquí... de seguro en unas semanas los escuadrones de limpieza me van a buscar para llevarme. No tengo a dónde ir. No tengo a nadie.

Las lágrimas comenzaron a resbalar por las mejillas pecosas de la pelirroja. Dio unos pasos hacia él y, para sorpresa absoluta de Ryuusei, Eider se dejó caer de rodillas sobre el suelo metálico, inclinando la cabeza en una postura de sumisión total.

—Por favor... —sollozó Eider, con la frente tocando el suelo—. Te lo suplico. Sé que te traicioné, sé que te mentí. Pero por favor, déjame unirme a tu grupo de verdad. Sálvame. Te seré leal, seré tu escudo, tu sirvienta, lo que me pidas. No me dejes sola para que me maten.

Ryuusei la miró desde arriba, el conflicto devorándolo por dentro. Una parte de él, el líder endurecido por la traición, le decía que no podía confiar en una serpiente que ya le había mordido. Pero la otra parte, la que había sido moldeada por las palabras de Alberto y el peso de su propia humanidad, le impedía dejar morir a una chica que estaba rogando por su vida.

—Dudo mucho que el equipo te acepte, Eider —dijo Ryuusei con voz tensa—. Y yo... yo no sé si alguna vez podré volver a confiar en ti cuando me des la espalda en el campo de batalla.

Eider levantó el rostro, con los ojos brillando con una determinación fanática, casi suicida.

—Entonces haremos un "Juramento Carmesí".

Ryuusei retrocedió un paso, sorprendido. Había escuchado alguna vez eso en una conversación junto a Arkadi.

—Estás loca. Eso es un mito, y si es real, es magia de sangre de la peor clase. Es cien veces más peligroso que un pacto de sangre normal.

—Es la única forma de que me creas —insistió Eider, levantándose a medias—. Ryuusei, tú sabes lo que implica. Quien rompe un Juramento Carmesí no solo muere. Si yo te llego a traicionar bajo este pacto, la maldición me quitará mis poderes de manera automática. Mi sistema vascular se colapsará, mi corazón se irá congelando segundo a segundo, en una agonía que dura días... y mientras muero de frío desde adentro, la magia quemará mi cerebro, borrando todos y cada uno de los recuerdos hermosos que tuve en mi vida. Moriré sin poderes, congelada y olvidando incluso cómo era el rostro de mi madre. Es una garantía absoluta.

—Es demasiado, Eider —replicó Ryuusei, sintiendo un escalofrío de solo imaginar la brutalidad del castigo—. No tienes que hacer algo tan extremo. Confiaré en ti. Intentaré integrarte. No es necesario hacer ese ritual macabro.

—¡Sí lo es! —le gritó Eider, agarrándolo de la chaqueta con desesperación—. Si no lo hago, mi propia mente me traicionará. El miedo a la Asociación siempre estará ahí. Necesito atar mi vida a la tuya para que no haya marcha atrás. ¡Por favor, Ryuusei, hazlo! ¡Reclámame como tuya!

El pánico en sus ojos era absoluto. Ryuusei tragó saliva, dándose cuenta de que la chica estaba al borde del colapso psicológico. Asintió lentamente, cerrando los ojos por un segundo.

—Está bien. Lo haremos.

Eider soltó un suspiro ahogado que sonó como un sollozo de alivio. Con manos temblorosas, metió la mano bajo los pliegues de su falda y sacó una daga ceremonial, con la hoja grabada en runas antiguas. Sin dudarlo un instante, deslizó el filo por la palma de su mano izquierda, creando un corte profundo del que empezó a brotar sangre oscura. Le ofreció el mango a Ryuusei.

Él tomó la daga y repitió la acción, sintiendo el ardor metálico en su propia carne. Eider tomó la mano sangrante de Ryuusei y entrelazó sus dedos con los de él, apretando con fuerza hasta que la sangre de ambos comenzó a gotear hacia el suelo metálico de la habitación, mezclándose indisolublemente.

—Ahora... la marca final —susurró Eider, respirando de forma entrecortada—. Tienes que poner tu sangre sobre mi cabeza y mi pecho, sobre mi corazón, y pronunciar las palabras que sellan mi alma a la tuya.

Eider, con su mano libre, comenzó a desabotonar rápidamente la parte superior de su traje de maid. Separó la tela blanca y negra, empujándola hacia abajo por sus hombros, dejando expuesta la parte superior de su pecho y el inicio del gran busto, justo sobre el esternón, donde el corazón latía desbocado bajo la piel pálida. No había malicia ni seducción en sus movimientos, solo la urgencia cruda y primitiva de un ritual arcano.

Ryuusei tragó grueso, apartando la mirada de la desnudez de la chica por puro pudor, pero sabía que debía completar el ritual. Levantó su mano ensangrentada. Colocó el pulgar en el centro de la frente de Eider, trazando una línea roja hacia abajo, hasta presionar la palma completa sobre la piel desnuda del pecho de la chica, justo sobre su corazón.

Ryuusei sintió los latidos frenéticos de Eider contra su piel, y su sangre calentando la de ella. Cerró los ojos, recurriendo a su estatus de líder.

—Por el hierro que corre en nuestras venas, y por el vacío que devora la traición... —comenzó Ryuusei, su voz resonando con una autoridad sobrenatural que hizo vibrar el aire del cuarto—. Yo, Ryuusei Kisaragi, acepto tu vida en mis manos. Que esta sangre mezclada sea el grillete que te libre del miedo y la espada que corte tu cabeza si decides voltearla contra mí. Si Eider llega a traicionarme de palabra, obra u omisión... el frío reclamará su corazón, sus recuerdos arderán en cenizas, y ella tendrá que morir, olvidada por la luz.

Eider levantó la mirada, con los ojos inyectados en una devoción que rozaba la locura. Puso su mano sobre la mano de Ryuusei que aún reposaba en su pecho.

—Juro solemnemente ante la sangre y las sombras, que le seré leal a Ryuusei Kisaragi hasta que mi cuerpo se vuelva polvo —sentenció Eider.

En el instante en que pronunció la última sílaba, un destello carmesí iluminó brevemente las venas de su pecho y su cuello. El choque mágico del pacto fue demasiado para su sistema nervioso ya desgastado por días de estrés extremo. Los ojos de Eider se pusieron en blanco y se desplomó hacia adelante, cayendo pesadamente contra el pecho de Ryuusei, completamente desmayada, con la ropa desaliñada y el pecho manchado de sangre fresca.

Ryuusei soltó un gruñido, sosteniendo el cuerpo inerte de la chica por la cintura para evitar que se golpeara la cabeza contra el suelo. Estaba arrodillado, con la respiración agitada, mirando el desastre que acababa de ocurrir.

En ese exacto milisegundo, la puerta de la habitación se abrió.

Hitomi Valmorth, que se había hartado de esperar en el vestíbulo tras haber dejado a Shiro en su propio cuarto, se quedó congelada en el umbral de la puerta.

La imagen era incuestionable: Ryuusei, en su propia habitación, arrodillado en el suelo, sosteniendo entre sus brazos a Eider —la chica del gran busto que todos conocían— desmayada, sudorosa, con el traje de maid desabotonado hasta la mitad del torso y con los hombros desnudos.

El aire en la habitación descendió diez grados en un segundo. Los ojos carmesí de Hitomi perdieron todo rastro de la calidez que había mostrado minutos atrás. Se volvieron pozos de ira homicida, fríos, calculadores y oscuros. Miró seriamente a Ryuusei, y luego bajó la vista hacia Eider, casi desnuda en los brazos de su novio.

—H-Hitomi... esto no es lo que parece —balbuceó Ryuusei, sintiendo un sudor frío recorrerle la espalda mientras intentaba acomodar la ropa de Eider sin parecer más culpable.

Hitomi no gritó. No hizo una escena. Con una lentitud aterradora, dio un paso hacia el interior de la habitación. Llevó su mano hacia el panel electrónico de la puerta y presionó el botón de bloqueo maestro. Las pesadas compuertas de titanio se cerraron a sus espaldas con un clack definitivo.

—Vas a tener diez segundos para soltar a esa zorra y empezar a explicarme cada maldito detalle de lo que estoy viendo, Ryuusei —dijo Hitomi, su voz era un susurro mortalmente calmado—. O juro por la tumba de Alberto que la voy a atravesar con una lanza ahora mismo.

A diez mil kilómetros de distancia, ignorante de los dramas internos en las nevadas tierras de Canadá, el mundo real estaba a punto de cambiar su eje de rotación.

En Tokio, la noche había caído, pero el gigantesco auditorio de la sede central de la Asociación de Héroes brillaba con la intensidad del mediodía bajo los focos de docenas de cámaras de televisión internacional. Cada cadena de noticias del planeta estaba conectada a la transmisión en vivo. El silencio en la inmensa sala de prensa era absoluto, cortado solo por el constante parpadeo de los flashes fotográficos.

El Presidente de la Asociación de Héroes, un hombre canoso de rostro severo y cicatrices ocultas bajo un traje a medida de valor incalculable, subió al podio. Ajustó los micrófonos y miró directamente a la cámara central, sabiendo que miles de millones de personas colgaban de sus palabras.

—Ciudadanos del mundo —comenzó el Presidente, con una voz profunda que denotaba la gravedad de la historia que estaba escribiendo—. Hace unas semanas, presenciamos un evento de proporciones cataclísmicas. La criatura conocida como Thorius, un ser que desafía nuestra comprensión de la biología y la física, emergió para arrasar el territorio de Noruega.

Hizo una pausa calculada, dejando que el horror de las imágenes de destrucción, aún frescas en la mente del público, se asentara.

—Sin embargo, la humanidad prevaleció. Nuestro símbolo de esperanza, el héroe número uno, el Comandante Aurion, interceptó la amenaza y, en una batalla que será recordada por los siglos venideros, venció a la bestia. Pero la victoria tuvo un costo masivo. Con gran pesar, pero con el más profundo respeto, anuncio oficialmente que el héroe Aurion ha decidido dar un paso al costado. A partir de este momento, el hombre que fue nuestro Sol, se retira del servicio activo de manera permanente.

Un murmullo de pánico colectivo pareció atravesar las pantallas de todo el mundo. La confirmación del retiro del hombre más poderoso del planeta era como anunciar que el escudo de la Tierra había desaparecido.

—En cuanto al territorio afectado —continuó el Presidente, elevando la voz para aplacar el incipiente caos de los periodistas—, las tierras que alguna vez conocimos como Noruega han sido irremediablemente alteradas. Por un tratado de emergencia global, la región ha sido cedida y ahora será conocida oficialmente como Thorius City, bajo la soberanía absoluta e independiente de Arthur MaelMordha. Él garantizará que los restos de la bestia y las energías residuales no contaminen al resto de Europa.

Los periodistas empezaron a gritar preguntas, superponiéndose unos a otros. Entregar un país entero a un soberano metahumano era un precedente aterrador. El Presidente levantó la mano, exigiendo silencio de nuevo.

—El retiro del Comandante Aurion deja vacante el puesto más alto en la jerarquía de defensa de la humanidad. La Asociación no elegirá a dedo a nuestro próximo guardián. En estos tiempos oscuros, el mundo debe decidir en quién depositar su fe. Por ello, anunciamos a los dos candidatos oficiales para ocupar el puesto de Héroe Número Uno, cuyo destino se decidirá por votación global en las próximas semanas.

Las inmensas pantallas detrás del Presidente se encendieron, mostrando dos hologramas de alta definición.

—A mi derecha, representando la experiencia, la letalidad controlada y el poder destructivo puro: Malphas Moreau, de 29 años, un veterano de incontables conflictos. Y a mi izquierda... la esperanza del mañana, la prodigio táctico y el símbolo de la pureza inquebrantable. Con apenas 22 años, la persona más joven en la historia en postular al escaño máximo: Sora Kanzaki.

El auditorio estalló en aplausos programados y caos periodístico. "Dicho esto, el futuro está en sus manos. Que Dios proteja a la humanidad. Acá termina la transmisión", sentenció el Presidente, abandonando el podio rápidamente.

En un pequeño y modesto apartamento en los suburbios de Kioto, el estallido de alegría fue ensordecedor.

La familia Kanzaki estaba reunida alrededor del viejo televisor. Cuando el rostro de su hija apareció en la pantalla gigante de Tokio, la madre de Sora rompió a llorar, llevándose las manos al rostro, mientras el padre saltaba de su silla con los puños en alto.

La puerta de un dormitorio cercano se abrió, y Sora Kanzaki salió al pasillo. Era una chica de apariencia frágil, con cabello corto y oscuro que enmarcaba un rostro de facciones suaves y amables. No llevaba un traje espectacular, solo ropa de estar por casa. Sin embargo, en sus ojos brillaba una inteligencia abrumadora y una voluntad de acero.

Sus padres corrieron hacia ella y la envolvieron en un abrazo asfixiante y lleno de lágrimas de orgullo. Sora sonrió ampliamente, con los ojos húmedos. Se separó suavemente de sus padres y levantó las manos. Sus movimientos fueron fluidos, precisos y llenos de expresividad mientras usaba el lenguaje de señas japonés (JSL).

«Estoy... muy emocionada», señaló Sora, tocándose el pecho y moviendo las manos con entusiasmo. «Nunca pensé que me elegirían a mí. Voy a demostrarles que el poder no se trata de hacer ruido, sino de traer paz».

Sus padres asintieron frenéticamente, besando sus mejillas. La joven muda, la heroína que no necesitaba voz para inspirar a millones, acababa de entrar en el juego de tronos más peligroso del mundo.

Horas más tarde, la fiebre mediática no había disminuido. Mientras la juventud y la política se debatían en las redes sociales, en las cadenas de televisión por cable nocturnas, los debates tomaban un cariz mucho más oscuro y filosófico.

En el set impecable de La Noche a Fondo, el afamado presentador miraba fijamente a su invitado: el Doctor Kenji Sasayaki, una eminencia global en neuropsicología metahumana y biología evolutiva de las generaciones.

—Doctor Sasayaki, gracias por estar aquí en una noche tan convulsa —comenzó el entrevistador, apoyando los codos sobre la mesa de cristal—. Con la retirada de Aurion y la aparición de potencias jóvenes como la señorita Kanzaki o el chico de Canadá,

hay una pregunta macabra que el público siempre se hace. Sabemos que las personas de Quinta o Sexta Generación son prácticamente inmortales en el campo de batalla. Pueden regenerar extremidades amputadas, curar heridas de bala en segundos y sobrevivir a explosiones. Sin embargo... la tasa de suicidio o de muerte voluntaria en estas generaciones superiores es sorprendentemente alta a temprana edad.

El presentador se inclinó hacia adelante.

—La gente no lo entiende, Doctor. Si yo soy un Sexta Generación y decido saltar de un edificio porque quiero quitarme la vida... mi cuerpo debería curarse automáticamente al golpear el suelo. El gen de supervivencia debería actuar. Entonces, ¿por qué cuando un joven de estos niveles quiere desaparecer de esta vida, su regeneración de repente no le funciona? ¿Cómo es que un cuerpo indestructible puede permitir el suicidio?

El Doctor Sasayaki ajustó sus gafas de montura fina. Su rostro era serio, la mirada de un hombre que había estudiado demasiados cadáveres de jóvenes dioses.

—Es una pregunta fascinante y a la vez trágica —respondió el doctor, su tono didáctico llenando el estudio—. El error del público general es creer que las habilidades metahumanas, especialmente las de alto nivel como la regeneración celular acelerada, son funciones puramente "mecánicas" o "somáticas". Como respirar o el latido del corazón. No lo son. Son funciones de origen neuro-cognitivo superior.

El médico señaló su propia cabeza.

—Nuestros estudios han demostrado que los poderes de las Generaciones vienen directamente entrelazados con el sistema límbico del cerebro humano, la zona que procesa las emociones, la memoria y el instinto de preservación. La regeneración en una Quinta Generación no es magia; es una orden biológica extrema enviada por el hipotálamo a la médula ósea y a las células madre en microsegundos, forzándolas a replicarse.

—Entiendo el mecanismo físico, ¿pero qué pasa con la mente? —preguntó el entrevistador.

—Ahí radica el talón de Aquiles evolutivo —afirmó Sasayaki—. Si la mente del usuario no está bien emocionalmente... si el individuo sufre de depresión clínica severa, trastorno de estrés postraumático absoluto o un colapso emocional profundo, la red neuronal se debilita críticamente. Cuando un metahumano quiere genuinamente desaparecer, su cerebro envía una señal inhibitoria mucho más fuerte que el instinto de supervivencia. El cerebro dicta: "El entorno es hostil, la existencia es dolorosa, cese de funciones".

El silencio en el estudio era sepulcral, fascinado por la oscura biología de los metahumanos.

—A esto lo llamamos Apoptosis Celular Psicogénica —continuó el neurólogo, gesticulando suavemente para ilustrar su punto—. Al estar el cerebro sumido en el abismo de la desesperación profunda, simplemente se niega a emitir la orden de regenerarse. Las vías neuronales bloquean la activación del gen mutante. El usuario se siente físicamente exhausto, débil y vacío. Cuando se infligen el daño letal, el cerebro "acepta" la lesión en lugar de combatirla. El alma, por decirlo de forma poética, se rinde, y el cuerpo físico, sin importar que sea de Sexta Generación, la obedece ciegamente muriendo como un cuerpo humano normal.

—Eso es aterrador, Doctor. ¿Significa que sus mentes son su mayor debilidad?

—Exactamente. Y llegando a esos casos extremos, hay una contraparte aún más extraña —añadió el Dr. Sasayaki, bajando un poco la voz—. Existen sujetos que no logran quitarse la vida, pero que han sufrido un trauma psicológico tan masivo que su cerebro entra en un estado de catatonia defensiva permanente. Llegando a ese punto de desconexión emocional absoluta con la realidad... los poderes, simplemente, desaparecen. La chispa neurológica se apaga para siempre, y el dios se convierte en un simple mortal.

El presentador miró a la cámara principal, dejando que el peso científico de la explicación flotara en el aire nocturno de Japón. La inmortalidad, al parecer, era una prisión de la que solo la verdadera desesperación humana tenía la llave.

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