El crujido de la madera antigua bajo sus pies descalzos sonó como un disparo en el silencio de la madrugada. Ryuusei Kisaragi se quedó petrificado en medio del pasillo del segundo piso, conteniendo la respiración. Llevaba solo unos pantalones holgados de pijama, y el frío de la mansión feroesa le erizaba la piel. A unos pocos metros, la puerta de la habitación de Alberto Valmorth permanecía cerrada.
Desde el umbral de su propia puerta, Hitomi asomó la cabeza. Su cabello blanco estaba revuelto, cayendo sobre sus hombros desnudos, y una sábana de lana envuelta apresuradamente cubría su cuerpo. Sus ojos carmesí brillaban en la penumbra con una mezcla de pánico divertido y anticipación.
Ryuusei le hizo un gesto exagerado con las manos, pidiéndole silencio, y dio otro paso. El tablón volvió a crujir.
—¡Si van a seguir escabulléndose como ratones a las tres de la mañana, al menos aprendan a pisar las vigas de soporte, par de novatos! —La voz ronca y somnolienta de Alberto retumbó desde el interior de su cuarto, seguida de un largo bufido y el sonido de las sábanas moviéndose.
Ryuusei cerró los ojos con fuerza, sintiendo que la cara se le caía de vergüenza. Hitomi, por el contrario, tuvo que taparse la boca con ambas manos para ahogar una carcajada. En dos zancadas silenciosas—esta vez usando su velocidad—Ryuusei se metió en la habitación de la chica y cerró la puerta con seguro.
Apenas el pestillo hizo clic, Hitomi se abalanzó sobre él. La sábana que la cubría se aflojó, cayendo al suelo, mientras ella lo empujaba contra la puerta de madera. Ryuusei soltó un jadeo ahogado cuando los labios de la guerrera buscaron los suyos con una urgencia febril y juguetona. Era el tercer día en las Islas Feroe, y la burbuja de intimidad que habían construido no hacía más que fortalecerse.
—Te dije que el viejo tiene el oído de un murciélago —susurró Ryuusei contra los labios de ella, sus manos bajando instintivamente para sostenerla por la cintura.
—Que se aguante —respondió Hitomi con una sonrisa traviesa, mordiéndole ligeramente el labio inferior—. Esta es su casa, pero nosotros estamos de vacaciones. Además, ¿quién te manda a ir por agua justo ahora?
Ryuusei la levantó en vilo con facilidad, ignorando por completo la jarra vacía que había dejado sobre la cómoda, y caminó con ella de regreso a la cama. Se dejaron caer sobre el colchón de plumas, enredándose en un abrazo cálido que desafiaba el invierno nórdico que rugía al otro lado del cristal.
Había algo profundamente embriagador en esta nueva dinámica. Ambos eran seres capaces de alterar el curso de la historia con sus propias manos; Hitomi, la Cima Desconocida del Poder de la Sexta Generación, y él, la Singularidad Anacrónica. Y, sin embargo, en esa casa, jugaban a ser adolescentes normales. Se robaban besos en la despensa mientras Alberto cortaba leña afuera, se perseguían por los pasillos cuando el anciano tomaba sus siestas, y exploraban sus cuerpos con una devoción y una curiosidad inagotables.
Para Hitomi, cada caricia de Ryuusei era una confirmación de que no era un monstruo destinado a la guerra. Para Ryuusei, la rendición de Hitomi entre sus brazos era el único antídoto contra las pesadillas de su pasado. Lo hacían a escondidas en la biblioteca polvorienta del primer piso, en el ático de techos bajos, o bajo las pesadas mantas durante las tormentas, ahogando sus propios suspiros para no alertar al dueño de la casa. Era una travesura constante, una rebelión silenciosa contra el destino oscuro que el mundo les había trazado.
A la mañana siguiente, el sol logró abrirse paso entre la espesa capa de nubes grises. La cocina olía a pan recién horneado y a café fuerte. Alberto estaba sentado a la mesa, tallando un trozo de madera con un cuchillo curvo, mientras Ryuusei e Hitomi desayunaban con una inocencia fingida que no engañaba a nadie.
—Hoy el clima está piadoso —comentó Alberto sin levantar la vista de su talla—. Deberían salir a caminar hacia los acantilados de Trælanípa. Es un buen lugar para que le enseñes a mi niña esos trucos de supervivencia, forastero.
Hitomi frunció el ceño, masticando su tostada. —¿Trælanípa? Ese nombre suena horrible.
—Lo es —Alberto sonrió de lado—. Significa "El Acantilado de los Esclavos". En la época vikinga, cuando los prisioneros ya no podían trabajar por vejez o enfermedad, los empujaban desde allí al mar embravecido. Las Feroe son hermosas, niña, pero están construidas sobre una historia de supervivencia brutal.
El comentario ensombreció un poco el rostro de Ryuusei. Le recordaba demasiado a la Asociación de Héroes y al sistema del que venían. Sin embargo, asintió, reconociendo que un lugar aislado y cargado de energía antigua era perfecto para lo que iban a hacer.
Horas más tarde, se encontraban sentados en la hierba verde y húmeda, a escasos metros del precipicio monumental. A sus espaldas, el lago Sørvágsvatn parecía flotar sobre el océano debido a una ilusión óptica del terreno. Abajo, las olas del Atlántico Norte chocaban con una violencia titánica contra la roca negra.
Ryuusei sacó una pequeña daga de su equipo táctico, la única arma que había traído consigo. Hitomi lo observaba con atención, sentada con las piernas cruzadas, el viento jugando con su cabello.
—La regeneración celular no es magia, Hitomi. Es pura biología y control del flujo de energía —explicó Ryuusei, su tono volviéndose más profesional—. Tu cuerpo de Sexta Generación ya es perfecto, pero es reactivo. Si te cortan un brazo, tu cuerpo entrará en shock antes de intentar curarse. Lo que yo hago, y lo que debes aprender, es a ser proactiva. A obligar a tus células a dividirse y cicatrizar a tu voluntad, usando tu propia energía vital como combustible.
Ryuusei tomó la daga y, sin titubear, se hizo un corte limpio y profundo en la palma de su mano izquierda. La sangre comenzó a brotar de inmediato. Hitomi hizo una mueca, instintivamente llevando su mano hacia él para detenerlo, pero Ryuusei la apartó suavemente.
—Mira —le ordenó.
Ryuusei cerró los ojos. Hitomi, con su percepción avanzada, pudo sentir cómo la temperatura alrededor del cuerpo de él aumentaba ligeramente. Una tenue aura dorada, casi invisible a la luz del día, envolvió la mano herida. En cuestión de tres segundos, la sangre dejó de fluir. Los bordes de la herida se buscaron mutuamente, los tejidos se entrelazaron como hilos invisibles, y la piel se cerró, dejando apenas una fina línea rosada que desapareció un segundo después.
Hitomi abrió los ojos de par en par. Era diferente a ver la regeneración de Sylvan o de las bestias; esto era pulcro, exacto, casi matemático.
—Ahora es tu turno —dijo Ryuusei, limpiando la hoja de la daga y ofreciéndosela por el mango.
Hitomi tragó saliva. Tomó la daga. El acero estaba frío. Acostumbrada a infligir dolor a los demás, la idea de lastimarse a sí misma de forma deliberada iba en contra de todos sus instintos defensivos. Pero confiaba en él. Apoyó el filo en su dedo índice y presionó hasta que una gota roja, brillante y espesa, floreció en su piel.
—Concéntrate en el dolor —la guio Ryuusei, acercándose hasta sentarse a su lado, tomando su mano con suavidad para no mancharse—. No lo ignores. Siente la ruptura de los tejidos. Ahora, imagina que tu energía es un hilo candente. Envíala a ese punto exacto. Obliga a la sangre a retroceder.
Hitomi cerró los ojos, frunciendo el ceño por el esfuerzo. Su energía era vasta, caótica y destructiva, diseñada para alimentar lanzas que perforaban montañas. Intentar canalizarla en algo tan minúsculo y delicado como un corte en el dedo era como intentar enhebrar una aguja con un martillo hidráulico.
Al principio, la herida sangró un poco más. Ella soltó un gruñido de frustración.
—Paciencia. No es destrucción, es creación —susurró Ryuusei, acercando sus labios a la oreja de la chica—. Respira conmigo.
El contacto de su voz y su respiración la calmó. Hitomi visualizó su propia sangre. A través del vínculo que habían formado en sus noches juntos, Ryuusei le pasó una minúscula chispa de su propio control celular, sirviendo como un catalizador. De repente, Hitomi lo sintió. Una picazón intensa en el dedo. Al abrir los ojos, vio cómo su piel se unía lentamente. No fue instantáneo como el de Ryuusei, tardó casi quince segundos, pero la herida se cerró por completo.
—¡Lo hice! —exclamó Hitomi, con una alegría genuina, casi infantil, mostrándole el dedo perfecto.
—Es un principio —Ryuusei sonrió con orgullo, acariciando su mano—. Con práctica, podrás regenerar un órgano perforado en segundos. Eso te salvará la vida cuando yo no pueda llegar a tiempo.
Esa noche, de vuelta en la mansión, el clima empeoró drásticamente. Una tormenta de nieve y aguanieve azotaba las ventanas de doble cristal. Los tres estaban sentados en la amplia sala, frente a la chimenea crepitante. Ryuusei leía un libro viejo sobre geografía nórdica, Hitomi descansaba la cabeza en su regazo mientras miraba el fuego, y Alberto fumaba una pipa tallada en hueso.
—Este es el clima de la Kópakonan —murmuró Alberto, exhalando una espesa nube de humo dulce que se mezcló con el olor a leña quemada.
Hitomi se giró ligeramente para mirarlo. —¿La qué?
—La Mujer Foca —respondió Alberto, acomodándose en su sillón—. Es una de las leyendas más antiguas de estas islas. Una historia sobre la naturaleza oculta de los seres y el precio de la libertad.
Ryuusei cerró el libro, prestando atención. Alberto tenía un talento innato para contar historias, su voz rasposa dándole un peso teatral a cada palabra.
—Cuenta la leyenda —empezó el anciano, sus ojos carmesí reflejando las llamas— que las focas que nadan en estos mares tormentosos son, en realidad, humanos que decidieron ahogarse en el océano por voluntad propia. Una vez al año, durante la Noche de Reyes, se les permite salir del agua, quitarse su piel de foca y volver a ser humanos de una belleza abrumadora. Bailan desnudos en las playas, libres y felices en la oscuridad.
Hitomi escuchaba fascinada, imaginando la escena en las oscuras playas que habían visitado.
—Un joven granjero, escondido en las rocas, vio a una de estas mujeres —continuó Alberto—. Se enamoró perdidamente de ella. Cuando la mujer estaba distraída bailando, el granjero robó su piel de foca y la escondió en un cofre en su casa. Al amanecer, todos los demás volvieron a ponerse sus pieles y regresaron al mar, pero ella no pudo. Sin su piel, estaba atrapada en la tierra.
Ryuusei frunció el ceño. La historia le producía un rechazo instintivo.
—El granjero le ofreció ropa, la consoló y, eventualmente, la obligó a casarse con él. Tuvieron hijos y vivieron juntos durante años. Ella era una buena esposa, pero siempre miraba el mar con tristeza, atrapada en una vida que no era suya. Un día, el granjero salió a pescar y olvidó la llave del cofre en casa. La mujer la encontró, abrió el cofre y, tras dudar un segundo al pensar en sus hijos, tomó su piel de foca, se la puso y regresó al océano para nunca más volver.
Alberto dio una última calada a su pipa y miró a la joven pareja.
—La moraleja, mis niños, no es sobre el amor trágico. Es sobre la naturaleza inmutable. No puedes esconder la piel de alguien para siempre. Tarde o temprano, el instinto reclama lo que es suyo, y el mar siempre llama a sus verdaderos hijos. No intenten ser granjeros si nacieron para ser tormentas.
Sin embargo, durante los dos días siguientes, ignoraron la advertencia. Decidieron exprimir cada segundo de esa normalidad efímera.
El 24 de enero, el pueblo organizó una pequeña feria de trueque. Ryuusei e Hitomi bajaron a ayudar. La fuerza física de ambos dejó boquiabiertos a los locales. Ryuusei cargaba troncos enteros que normalmente requerirían cuatro hombres fuertes, mientras que Hitomi, usando su precisión, ayudaba a reparar los tejados de hierba de las casas afectadas por la tormenta con una agilidad felina.
Fueron invitados a un Heimablídni en la casa del herrero que le había puesto los cuernos al casco de Ryuusei. Comieron skerpikjøt, una carne de cordero fermentada y curada por el viento salado durante meses. A Ryuusei, acostumbrado a los sabores sintéticos o las sopas instantáneas de Japón, el sabor fuerte, casi agresivo de la carne, le pareció un manjar. Hitomi, en cambio, arrugó la nariz al primer bocado, haciendo reír a carcajadas a toda la mesa.
Esa tarde, volvieron a la mansión tomados de la mano, con los pulmones llenos de aire puro y los corazones rebosantes de una alegría sencilla. En la privacidad de su cuarto, volvieron a entregarse el uno al otro. Esta vez no hubo timidez ni travesuras; hubo una pasión profunda, lenta y devota, un reconocimiento tácito de que esos días de luz estaban contados. Se amaron con la desesperación de quienes saben que el invierno eterno está a la vuelta de la esquina.
Y entonces, llegó el 25 de enero.
El clima había empeorado hasta convertirse en un temporal violento. El viento aullaba como una bestia herida contra las paredes de la colorida mansión. Alberto se había quedado dormido temprano en su sillón, el desgaste natural de sus setenta y cinco años pasándole factura, respirando con un silbido ronco que preocupaba a Hitomi cada vez que lo escuchaba.
Ryuusei estaba sentado en el suelo de la sala, frente a un viejo televisor de tubo que Alberto guardaba en una esquina polvorienta, conectado a una antena satelital oxidada. Había estado jugueteando con los cables por puro aburrimiento, tratando de sintonizar algún canal de música o documentales para romper el sonido monótono de la tormenta. Hitomi estaba en la cocina, preparando té caliente.
De repente, la pantalla parpadeó. La estática blanca y negra desapareció, reemplazada por una imagen temblorosa y de mala calidad de un canal de noticias internacional. El cintillo rojo en la parte inferior de la pantalla no dejaba lugar a dudas: BREAKING NEWS - EMERGENCIA GLOBAL.
Ryuusei se inclinó hacia adelante, entrecerrando los ojos. El volumen estaba bajo para no despertar a Alberto, pero lo que veía no necesitaba explicación auditiva.
La imagen estaba siendo grabada desde un helicóptero militar, a kilómetros de distancia, pero la magnitud de la catástrofe era tal que llenaba toda la pantalla. No era un documental. No era una película. Era una transmisión en vivo.
El cielo, que debería haber sido azul oscuro por la hora, estaba teñido de un rojo sangre antinatural. Nubes de ceniza volcánica bloqueaban el sol, creando un paisaje infernal. En el centro de ese apocalipsis, se alzaba la geografía de lo que alguna vez fue el orgullo del norte de Europa.
—Hitomi... —La voz de Ryuusei fue un susurro áspero, desprovisto de toda la calidez de los últimos días.
—Hitomi... despierta. Ven aquí.
La imagen era borrosa, grabada desde una distancia de seguridad de varios kilómetros. El cielo sobre Noruega, sobre lo que todavía era la vibrante ciudad de Oslo, no era negro ni azul; estaba teñido de un rojo violento y pulsante. No se veían edificios, solo una neblina de escombros y fuego que lo devoraba todo.
—¿Qué es eso? —murmuró Hitomi, envolviéndose en una manta, con la voz quebrada por el sueño y el horror naciente.
En la pantalla, una criatura de proporciones imposibles, una masa de escamas oscuras y alas que parecían capaces de rasgar la atmósfera, se alzaba sobre el centro de la capital noruega. Los locutores gritaban en varios idiomas, sus voces cargadas de una histeria genuina. No hablaban de ejércitos ni de apellidos antiguos. Solo hablaban de "La Bestia" o "El Incidente de Oslo". Para el mundo, Noruega estaba siendo destruida por un monstruo sin nombre.
Ryuusei no reaccionó como un guerrero calculando debilidades. Al ver el tamaño de aquella bestia, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus manos, las mismas que habían empuñado martillos capaces de destruir montañas, comenzaron a temblar de forma visible. Se puso pálido, casi del mismo color que la nieve afuera.
—No... eso es demasiado —susurró Ryuusei, retrocediendo un paso, con los ojos fijos en la pantalla—. Hitomi, eso no es algo que se pueda pelear. No es un portador de poder... es un fin del mundo.
No había rastro del "héroe" que se lanza al peligro. Había un chico de dieciocho años dándose cuenta de que su fuerza era una broma comparada con lo que estaba viendo. El miedo real, el de sentirse una hormiga frente a un pisotón divino, se reflejaba en su mirada perdida.
De pronto, un destello de luz dorada cruzó la pantalla a una velocidad que hizo que la cámara perdiera el enfoque por un segundo. Un rayo de sol artificial colisionó contra el pecho de la criatura, provocando una onda expansiva que evaporó las nubes de humo.
—Es Aurion —dijo Ryuusei. Su voz no tenía alivio, solo una pesadez amarga—. Ya está allí.
El Comandante de Japón, la deidad solar, estaba interceptando a la bestia. Ryuusei observaba el choque de titanes con una mezcla de pavor y envidia tóxica. Sabía que, mientras él se escondía en la comodidad de una mansión, el hombre que más odiaba estaba allí, salvando lo que quedaba de un país.
Ryuusei apagó el televisor de golpe, pero la imagen de la bestia ya se había quemado en sus retinas. El silencio de la habitación se volvió sofocante.
La pantalla de tubo perdió su brillo catódico, cortando de tajo la imagen infernal de Oslo siendo consumida por un mar de fuego, escombros y la monstruosa silueta de una bestia que desafiaba toda lógica. La oscuridad de la madrugada en las Islas Feroe volvió a llenar la habitación, pero el frío que Ryuusei sentía en los huesos ya no provenía de la tormenta de nieve que azotaba los ventanales de doble cristal. Provenía de su propio terror.
Ryuusei soltó el control remoto sobre la mesa de madera rústica, y sus manos temblaban de una forma que ni siquiera los combates más cruentos habían provocado. Giró el rostro lentamente hacia Hitomi, estaba de pie junto al marco de la puerta de la cocina. Ella también estaba asustada. Sus ojos carmesí, usualmente afilados y llenos de una confianza indomable, estaban abiertos de par en par, vidriosos por la incredulidad y el pánico primordial de haber visto por primera vez a un dragón real.
No era una ilusión, no era un portador de poder elemental descontrolado. Era el apocalipsis encarnado.
Hitomi dio un paso hacia él, cruzando los brazos sobre su pecho, intentando darse calor a sí misma. Esperaba que Ryuusei, invocara sus martillos, que sus ojos negros brillaran con esa determinación asesina que lo caracterizaba y que anunciara que debían partir de inmediato hacia Noruega para detener al dragón.
Pero Ryuusei Kisaragi ya no quería ser un héroe. Estaba exhausto de que el universo lo usara como su verdugo personal.
—Aurion ya está ahí —dijo Ryuusei. Su voz sonó ronca, casi un susurro desesperado, mientras rompía el contacto visual con ella y miraba el suelo de madera—. El héroe numero uno, la deidad dorada, ya está peleando contra esa cosa. Él es el hombre más fuerte que existe. No es nuestro problema, Hitomi.
La chica parpadeó, procesando la rendición en las palabras de su novio. En cualquier otra circunstancia, el orgullo de la sangre Valmorth habría protestado, pero en ese momento, rodeada del calor de la única casa donde había sido feliz, la negación se sintió como el abrazo más dulce.
—Tienes razón —respondió Hitomi, caminando hacia él y rodeando su cintura con los brazos, apoyando la mejilla contra su pecho para escuchar los latidos acelerados de su corazón—. Aurion se encargará. Nosotros estamos muy lejos.
Ryuusei la abrazó con una fuerza casi dolorosa, aferrándose a ella como si fuera el último ancla que lo ataba a la cordura. Besó la coronilla de su cabeza, enterrando el rostro en su cabello blanco.
—Mejor hay que ir a dormir —murmuró Ryuusei, cerrando los ojos para bloquear la imagen de la bestia—. Todo estará bien mañana.
Se refugiaron bajo las gruesas sábanas de lana, buscando consuelo en el calor de sus cuerpos entrelazados, mintiéndose a sí mismos en la oscuridad, creyendo que si cerraban los ojos lo suficientemente fuerte, el mundo dejaría de arder.
Pero la realidad siempre llama a la puerta, y rara vez lo hace con piedad.
Al día siguiente, la tormenta había amainado, dejando un cielo gris y un silencio opresivo sobre los prados verdes. Cuando Ryuusei e Hitomi bajaron a la cocina, no encontraron el olor a café ni a leña quemada. Un presentimiento helado los hizo correr hacia la habitación del primer piso.
Alberto Valmorth no se había levantado.
El anciano estaba postrado en su amplia cama, cubierto hasta el pecho con mantas de piel. Su rostro, que el día anterior estaba lleno de esa vitalidad pícara y ruidosa, ahora estaba hundido, pálido y ceniciento. Respiraba con un silbido agónico y superficial. El reloj biológico de los hombres Valmorth, esa maldición genética que los condenaba a no superar las siete décadas debido a la inmensa presión del poder en sus cuerpos, había dejado de hacer tic-tac. Su tiempo se estaba apagando.
Hitomi se desplomó de rodillas junto a la cama. La máscara de princesa guerrera, la coraza de indiferencia que había forjado durante años bajo la tiranía de su madre, se hizo añicos en un instante. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos rojos, gruesas y calientes, cayendo sobre las mantas mientras tomaba la mano arrugada y fría del anciano con ambas manos, apretándola contra su rostro.
—No... no, Alberto, por favor, no te vayas —sollozó Hitomi, con la voz quebrada como la de una niña pequeña—. No puedes dejarme. Eres unas de las pocas personas de esta familia que no me miró como a un monstruo o a una herramienta.
Ryuusei se quedó de pie junto a la puerta, sintiendo un nudo de impotencia en la garganta. Sabía de medicina básica, conocía técnicas de regeneración celular, pero la muerte por desgaste genético no era una herida que pudiera cerrar; era la naturaleza reclamando su polvo.
Hitomi no podía parar de soltar lágrimas. Se inclinó y lo abrazó con mucho cariño, escondiendo el rostro en el hombro del anciano.
—Fuiste la persona más importante de mi vida —le confesó Hitomi entre llantos—. Te consideré mi verdadero abuelo. Odié tanto a mi madre... no me gustó para nada cuando Laila te mandó exiliado a estas islas perdidas solo porque te negaste a participar en sus juegos de poder y masacres. Ella te alejó de mí, y ahora que te recupero, el tiempo te vuelve a alejar. No es justo.
Alberto, con un esfuerzo titánico, movió su mano libre y acarició el cabello blanco de la chica. Una sonrisa débil, pero inmensamente cálida, se dibujó en sus labios agrietados.
—Mi niña... —susurró Alberto, su voz era un hilo frágil—. No llores por las personas que ya vivieron su vida. Llorar por un viejo que ha visto incontables inviernos es un desperdicio de tus hermosos ojos. Estos días... estos días que han venido ustedes dos a visitarme, a llenar esta casa de ruidos y amor... han sido los días más felices de toda mi existencia. Me voy lleno.
El anciano tosió débilmente y miró hacia la ventana, donde los rayos de un sol pálido lograban atravesar las nubes.
—Pero si pueden hacerle un último favor a este viejo testarudo... —continuó Alberto—. Cuando mi corazón se detenga, no me entierren en un ataúd de madera fría ni me lleven a los mausoleos ostentosos de la familia en Dinamarca. Quiero que quemen mi cuerpo al estilo antiguo. Recojan mis cenizas y pónganlas en la tierra fértil del acantilado, pero entiérrenlas junto con una semilla de roble. Quiero seguir siendo parte de este mundo, quiero darle sombra a alguien en el futuro.
Hitomi asintió frenéticamente, incapaz de articular palabras, limpiándose el rostro empapado con la manga de su suéter.
—Sabes, muchacho... —Alberto giró la cabeza lentamente para mirar a Ryuusei, que se acercó un poco más a la cama—. Nunca fui un hombre muy católico. En nuestra familia, nos creíamos nuestros propios dioses. Pero, ahora que estoy al borde del abismo, me agradaría mucho la idea de que haya una vida eterna. Un lugar lleno de paz absoluta, de prados verdes infinitos donde no haya sangre ni jerarquías. Espero que el Creador, si es que existe, tenga un rincón así para mí, a pesar de todos los horrores y pecados que cometió mi familia en general... y de los que yo también fui cómplice por omisión en mi juventud.
Ryuusei bajó la mirada, sintiendo el peso de la culpa ajena y propia. Alberto tosió otra vez y le dedicó a Ryuusei una mirada llena de comprensión y cariño.
—No pongas esa cara, forastero. Sé que te persiguen tus propios fantasmas, pero has demostrado en estos días que, en el fondo, también has sido un buen chico. Tienes luz, Ryuusei, solo que a veces prefieres esconderte en la sombra para no deslumbrar a los demás.
El silencio envolvió la habitación, interrumpido solo por la respiración agitada del anciano. Alberto cerró los ojos por un momento, como si estuviera buscando algo muy profundo en los archivos de su memoria.
—Antes de irme —susurró Alberto, abriendo los ojos, que ahora brillaban con una nostalgia abrumadora—, déjenme contarles una última historia. No es una leyenda de la isla, es la historia de cómo me enamoré por primera vez, cuando tenía la edad de ustedes.
Hitomi levantó la cabeza, escuchando atentamente, mientras Ryuusei se sentaba en el borde de la cama, rindiendo sus respetos a las últimas palabras del moribundo.
—Fue hace más de cincuenta años —comenzó Alberto—. Yo era joven, arrogante, lleno de la fuerza de la sangre Valmorth. Me creía intocable. Un día, en un viaje diplomático por las costas del sur, conocí a una muchacha. No tenía poderes, no tenía un linaje milenario ni entendía de las guerras de las sombras. Era tan frágil como el cristal, pero tenía una risa que podía curar cualquier herida. Me enamoré de ella con una intensidad que casi me vuelve loco. Pero, había un problema fundamental en nuestra existencia. Yo era un ser de los cielos, nacido para la tormenta, la violencia y las alturas. Y ella... ella era una criatura de paz, atada a la tierra y a la tranquilidad del océano.
Alberto hizo una pausa, respirando con dificultad, y miró a los dos jóvenes.
—Les hago una pregunta, mis niños: si un pez y un ave se llegaran a enamorar... ¿dónde vivirían? ¿Dónde construirían su hogar?
Hitomi frunció el ceño, el dolor de la metáfora atravesando su pecho. Ryuusei negó con la cabeza, sin encontrar una respuesta lógica.
—Esa es la tragedia —dijo Alberto, con una lágrima solitaria escapando de su ojo carmesí—. No hay un lugar. Si el ave bajaba a las profundidades del agua para estar con el pez, se ahogaba; sus alas se volvían pesadas y moría asfixiado. Si el pez saltaba a las nubes para acompañar al ave en el cielo, se secaba y perecía por la falta de agua. Lo intentamos, vaya que lo intentamos. Yo renuncié a mis misiones, y ella intentó entrar al mundo de los Valmorth. Pero su luz se estaba apagando entre tanta oscuridad y sangre, y yo estaba perdiendo mi instinto de protección en su mundo ordinario. Nos estábamos destruyendo mutuamente por puro amor.
La habitación quedó sumida en un silencio sepulcral.
—Al final, entendimos que el acto de amor más puro que podíamos hacernos, era dejarnos ir —continuó Alberto, su voz temblando por el viejo dolor—. Nos despedimos en una playa, prometiendo no buscarnos jamás, para que el otro pudiera vivir. Nunca más la volví a ver. La historia terminó en que ninguno de los dos pudo estar junto al otro, porque el universo no estaba diseñado para nosotros.
Alberto giró su rostro arrugado hacia Ryuusei, y su mirada se volvió aguda, penetrante, como la de un profeta a punto de revelar una verdad ineludible.
—No dejen que eso les pase a ustedes —le ordenó Alberto a Ryuusei con una firmeza sorprendente—. Ustedes son diferentes. Pero para que su amor sobreviva, no pueden huir del mundo en el que nacieron. Tienen que cambiar el mar, o cambiar el cielo. Escúchame bien, muchacho: Olvida tu pasado, pero no los errores. Olvida tus errores, pero no lo aprendido de ellos. El cambio es hoy, no mañana, y solo depende de ti.
Ryuusei sintió que las palabras del anciano chocaban contra su pecho como martillazos de realidad.
—Y dime, Ryuusei —preguntó Alberto, clavando sus ojos carmesí en los dorados del joven—, ¿tienes algún propósito hoy en día? ¿Qué es lo que realmente quieres hacer con el poder que tienes?
Ryuusei apretó los puños sobre sus rodillas. La imagen de Thorius y la destrucción de Oslo parpadearon en su mente, y el miedo regresó, pero esta vez fue honesto.
—No... no tengo ningún gran propósito heroico —respondió Ryuusei, su voz cargada de una vulnerabilidad desgarradora—. No quiero salvar al mundo ni destruir a la Asociación de Héroes. Yo tan solo quiero vivir en paz. Quiero quedarme aquí, o en cualquier rincón olvidado, vivir junto con Hitomi... y, si sobrevivimos, en algún futuro tener hijos junto a ella. Quiero una vida normal, Alberto. No quiero pelear más.
Alberto no se enojó, pero esbozó una sonrisa cargada de ironía y sabiduría.
—Es un sueño hermoso, muchacho. Muy hermoso —concedió el anciano—. Pero entonces, respóndeme algo más: si lo único que quieres es esconderte y ser un padre de familia en el campo... ¿para qué tienes un grupo esperando allá en Canadá? ¿Para qué sirve ese grupo de guerreros de Primera, Tercera, Cuarta y Sexta Generación que has reunido con tanto esfuerzo? ¿Tienen algún propósito junto a ti como su líder, o solo son herramientas que abandonaste cuando encontraste tu propia felicidad?
La pregunta cayó sobre Ryuusei como un balde de agua helada. Su mente viajó instantáneamente a la gélida tundra canadiense. Pensó en Aiko, su leal amiga; pensó en Charles, el tímido chico; en Brad, en Amber, en Sergei, en Ezequiel y en el viejo Arkadi, en todos. Pensó en cómo cada uno de ellos era un desterrado, un renegado que había confiado ciegamente en él.
Y en ese instante, como un rayo iluminando una cueva oscura, Ryuusei recordó algo que había bloqueado y olvidado durante mucho tiempo en medio del caos y la sangre. Recordó las palabras de una persona de su pasado, alguien que había visto más allá de su faceta de asesino. Recordó la voz resonando en su memoria: "Tú no eres solo un arma, Ryuusei. Eres el pilar del cambio para este mundo lleno de desgracias y podredumbre. Tú vas a cambiar el mundo".
Ryuusei levantó la cabeza. Sus ojos dorados, antes apagados por el miedo y el cansancio, comenzaron a recuperar una chispa brillante y profunda.
—Yo... yo reuní a ese equipo porque el mundo estaba roto —respondió Ryuusei, y su voz dejó de ser un susurro para volverse firme—. Me siguen porque les prometí que dejaríamos de ser las víctimas del destino. La idea de ese grupo, desde el primer día... era cambiar el mundo.
Alberto sonrió ampliamente. Una sonrisa de triunfo. El anciano había logrado su último objetivo: había encendido la llama del propósito en el joven líder. Ryuusei ya había encontrado un propósito al cual seguir, no uno impuesto por una deidad o un gobierno, sino uno nacido de la responsabilidad hacia su propia gente.
Pero la mente analítica de Ryuusei seguía llena de dudas. Se inclinó hacia el anciano.
—Pero, Alberto... ¿las personas pueden llegar a cambiar del todo? —preguntó Ryuusei con urgencia, buscando respuestas antes de que fuera tarde—. Si alguien ha sido un monstruo toda su vida... ¿puede un villano volverse bueno realmente?
Alberto suspiró, cerrando los ojos por un momento.
—No, Ryuusei. No en este mundo —respondió el anciano con brutal honestidad—. Este mundo no es un cuento de hadas; este mundo es el mismísimo infierno disfrazado de civilización. La maldad pura, la que se arraiga en el hueso, rara vez se limpia con lágrimas. El que disfruta masacrando, siempre tendrá el instinto. Pero, piénsalo de otra forma. También pasaría lo contrario con esa pregunta: ¿acaso un héroe puro e inmaculado no puede llegar a cambiar para volverse un villano por las circunstancias?
Ryuusei guardó silencio, pensando irremediablemente en Aurion, la deidad dorada que cometió atrocidades en nombre del bien mayor, y en Arthur, cuya justicia lo había llevado a la locura.
—El cambio de una persona es el proceso más violento y doloroso que existe en la naturaleza humana —filosofó Alberto, tosiendo, sintiendo que sus pulmones se llenaban de líquido—. Es desgarrarse la propia piel para dejar salir algo nuevo. Y te advierto esto, líder del cambio: será sumamente difícil. En tu camino para reparar este infierno, vas a tomar decisiones horribles. No vas a poder ganarte el amor de todos. Habrá quienes te odiarán por las vidas que no pudiste salvar, y quienes te maldecirán por el orden que impongas. No busques aplausos; busca justicia.
—Pero yo he cometido demasiados crímenes —insistió Ryuusei, la sombra de sus matanzas en el coliseo atormentándolo—. He asesinado, he mutilado. Mis manos están manchas de sangre que nunca podré lavar. ¿Cómo puedo liderar a otros hacia un mundo mejor si mi alma está podrida?
Alberto reunió las pocas fuerzas que le quedaban. Abrió los ojos carmesí y miró a Ryuusei con una severidad que cortó el aire.
—¿Qué tan orgulloso debes ser para creer que tus pecados superan Su misericordia? —sentenció Alberto, y la frase retumbó en la habitación—. Crees que tus errores son tan inmensos, tan importantes, que ni el universo ni la vida pueden perdonarlos. Eso es soberbia pura, muchacho. Eres solo un humano. La creación es inmensa, y la luz que calienta la tierra ha perdonado atrocidades de eras pasadas. El perdón no es algo que se pide de rodillas mientras lloras; el perdón es algo que te ganas cuando tienes el coraje de levantarte y construir algo bueno con esas mismas manos manchadas de sangre. Suelta tu ego. Acepta tu culpa, y úsala como combustible para proteger a los demás.
Las palabras desarmaron a Ryuusei por completo. Por primera vez en años, el chico sintió que el peso aplastante que llevaba sobre los hombros se aliviaba, cediendo ante la sabiduría implacable de un hombre que había vivido demasiado.
Sintiendo que la energía lo abandonaba rápidamente, Alberto giró débilmente su rostro hacia su izquierda, dirigiéndose a Hitomi, que seguía abrazándolo con desesperación.
—Mi pequeña estrella blanca... —le susurró Alberto al oído, con un tono lleno de una ternura infinita—. Escúchame bien. Disfruta de tu amor. Aférrate a este chico con todas tus fuerzas y vivan la vida que yo no pude darle a la mujer que amé.
Hitomi sollozó, asintiendo repetidamente.
—Y, sobre todo... no le tengas resentimiento a tu madre ya fallecida —continuó Alberto, y sus palabras sorprendieron a la chica—. Laila estaba envenenada por las antiguas leyes, cegada por el canon de poder de nuestra familia y por su ambición desmedida. Sé que te trató con frialdad y exigencia extrema. Pero te prometo esto, Hitomi: en lo más oscuro de su corazón retorcido, ella realmente te quiso a ti y a tus hermanos, a Constantine, a Hiroshi y a John. Solo que no sabía cómo amar sin dominar. Perdónala, para que esa oscuridad no te alcance a ti.
Las lágrimas de Hitomi fluyeron con más fuerza al escuchar aquellas palabras sobre Laila. Alberto acarició su mejilla por última vez y le hizo una última petición, con una sonrisa soñadora.
—Y por favor... si en algún momento en el futuro, cuando la guerra termine, llegas a tener hijos con este testarudo... que uno de ellos se llame Alberto. Saber que mi nombre seguirá vivo en tu familia... eso me haría muy, muy feliz.
Hitomi ahogó un grito de dolor y asintió. —Te lo prometo... te lo prometo, abuelo.
—Eso es todo... —susurró el anciano, y un aura de paz absoluta descendió sobre su rostro marchito.
Alberto Valmorth miró hacia el techo de madera de la habitación, pero sus ojos ya estaban enfocados en un horizonte que ni Ryuusei ni Hitomi podían ver. Con un último aliento, pronunció una oración extraña, gutural pero melódica, en un dialecto nórdico tan antiguo que los traductores modernos no podrían descifrar.
—Í rótum Yggdrasils fæddumst við... í stjörnurykinu finnum við frið. (En las raíces del Yggdrasil nacimos... en el polvo de estrellas encontramos la paz).
El anciano cerró los ojos. Sintió que el peso de setenta años de gravedad abandonaba su cuerpo. Sintió que su hora había llegado. No hubo dolor, no hubo agonía. Con una media sonrisa dibujada en el rostro, Alberto Valmorth exhaló por última vez, marchándose feliz, abandonando el infierno de los vivos para adentrarse en ese mundo desconocido y misterioso que solo los muertos saben qué misterios alberga.
Hitomi soltó un llanto desgarrador que resonó por toda la mansión, abrazando el cuerpo sin vida del hombre que la había cuidado. Ryuusei, con los ojos húmedos, colocó una mano sobre el hombro tembloroso de su novia, acompañándola en su duelo, mientras entendía que, con la muerte de Alberto, su tiempo de paz en la isla había concluido definitivamente.
El día siguiente amaneció con un cielo inusualmente despejado y un sol frío que iluminaba los acantilados de Trælanípa.
Cumpliendo su última voluntad, no hubo un funeral solemne en una iglesia ni un ataúd de caoba. Ryuusei e Hitomi habían construido una pira funeraria al estilo antiguo, usando troncos de abeto y roble seco sobre una cama de piedras al borde del precipicio, donde el viento del mar soplaba con fuerza.
No estaban solos.
Para sorpresa de ambos, a medida que la mañana avanzaba, decenas de vecinos del pequeño pueblo pesquero comenzaron a llegar. Hombres curtidos por el mar, mujeres envueltas en mantas gruesas y niños de mejillas rosadas subieron la escarpada colina. Traían consigo flores silvestres y pequeñas ofrendas de madera tallada. Los vecinos se reunieron en silencio, con la cabeza gacha. Alberto Valmorth no era solo un forastero millonario exiliado para ellos; había sido un vecino invaluable.
El líder del pueblo, un hombre de barba blanca y rostro duro, se acercó a Ryuusei y le dio una palmada respetuosa en el hombro.
—Era un gran hombre —dijo el aldeano con voz grave—. En los peores inviernos, cuando la comida escaseaba, Alberto bajaba al puerto y nos ayudaba en el Grindadráp. Era el mejor cazador de ballenas que hayan visto estas islas. Compartía la carne sin pedir nada a cambio. Su fuerza y su corazón mantuvieron vivas a muchas familias aquí. Hoy venimos a despedir a uno de los nuestros.
Ryuusei asintió, agradecido y sorprendido por el inmenso impacto que un Valmorth había tenido al decidir usar su poder para alimentar y proteger a gente ordinaria, en lugar de subyugarlos.
Hitomi se paró frente a la pira funeraria. Llevaba un abrigo largo y oscuro, y aunque sus ojos carmesí estaban hinchados por haber llorado toda la noche, su postura era erguida, digna de la realeza que corría por sus venas. Miró a los aldeanos, luego a Ryuusei, y finalmente al cuerpo envuelto en lino de Alberto.
—Hoy no despedimos a un soldado de una guerra olvidada, ni a un noble de un imperio que ya no existe —comenzó Hitomi, y su voz clara viajó por encima del sonido de las olas rompiendo contra las rocas abajo—. Hoy despedimos a un hombre que nos enseñó que la verdadera fuerza no radica en cuánto daño puedes hacer, sino en cuánto calor puedes brindar a los demás cuando el mundo se vuelve frío. Alberto fue mi refugio. Fue mi abuelo. Y aunque su sangre exigía tormentas, él eligió ser el fuego que nos mantuvo a salvo. Que el mar que tanto amó, y las estrellas que siempre miró, lo reciban con la paz que él nos regaló a todos.
Ryuusei encendió una antorcha empapada en aceite y, en silencio, se la entregó a Hitomi. Con pulso firme pero el corazón destrozado, la chica acercó el fuego a la madera seca. Las llamas cobraron vida rápidamente, devorando la pira, alzándose hacia el cielo azul en una columna de humo blanco y purificador. Pero en ese mismo instante el pueblo pesquero empezó a cantar una canción
Nació de la estirpe de los que rompen el cielo,
con sangre de rayos y piel de metal.
Pero el ave de presa cansó su desvelo,
y buscó en nuestras redes un hogar de sal.
No trajo coronas, ni mandos, ni guerra,
trajo manos callosas de tanto remar.
Siendo un gigante, bajó hacia la tierra,
para enseñarnos cómo hay que amar.
¡Oh, Alberto, el guardián de la costa!
El fuego en la noche, el pan en la mesa.
Si el invierno era largo y la vida era angosta,
tu fuerza era el escudo contra la tristeza.
¡Vuela, Valmorth! ¡Vuela en la ceniza!
Que el roble que nace lleve tu sonrisa.
Cazador de ballenas, gigante de oro,
que en el frío del puerto nos diste calor.
Tus ojos contaban un viejo tesoro:
que el alma más grande tiene más honor.
No mueres hoy, abuelo de las islas,
te vuelves la savia, te vuelves el viento.
Mientras el humo las nubes deshila,
te quedas eterno en nuestro sentimiento.
El calor del fuego reconfortó sus rostros helados. Esperaron durante horas, hasta que el fuego consumió la madera y el cuerpo, reduciendo la grandeza de un guerrero Valmorth a un puñado de cenizas grises.
Con sumo cuidado, usando una pequeña pala de metal, Ryuusei e Hitomi recogieron las cenizas aún calientes. Caminaron unos metros más allá, hacia un claro de tierra fértil y suave que miraba directamente hacia el vasto horizonte del Océano Atlántico.
Ryuusei cavó un agujero profundo en la tierra. Hitomi tomó una pequeña bolsita de cuero que contenía una semilla de roble antiguo, una de las pocas que Alberto guardaba celosamente en su escritorio. Depositó la semilla en el fondo del agujero, y luego, con reverencia, esparció las cenizas de su abuelo sobre ella.
Ryuusei cubrió el agujero con la tierra fresca, aplanándola con las manos.
Se pusieron de pie, hombro con hombro. Hitomi entrelazó sus dedos con los de Ryuusei. El viento sopló con fuerza, agitando el cabello de ambos. Debajo de esa tierra, la muerte de un guerrero alimentaría la vida de un árbol que se alzaría firme contra las tormentas del futuro, brindando sombra, tal como él lo había deseado.
Ryuusei miró hacia el mar infinito, y luego hacia el cielo gris del sur. En alguna parte del continente, Aurion peleaba contra un dragón, y el mundo que conocían se desmoronaba pedazo a pedazo. Pero el miedo paralizante de la noche anterior había desaparecido. El propósito ardía de nuevo en su interior. Ya no era un chico asustado huyendo de su destino; era un líder con una promesa que cumplir.
—¿Estás lista? —le preguntó Ryuusei en voz baja, apretando la mano de la joven.
Hitomi miró la pequeña porción de tierra removida por última vez, se secó una lágrima rebelde y levantó la vista hacia él, con sus ojos carmesí brillando con la determinación letal de la Sexta Generación.
—Canadá nos espera —respondió ella, con una seguridad inquebrantable—. Vamos a cambiar el mundo, Ryuusei. O moriremos intentándolo.
