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Chapter 15 - capítulo 15- Objetivos

Capítulo 15

El metal frío de la empuñadura se sentía extraño en mis manos. No era la primera vez que sostenía una espada, pero sí la primera vez que lo hacía bajo la mirada atenta —y exigente— de mi madre.

—Relaja los hombros —dijo Aelinne, colocándose frente a mí—. Y no mires la punta de la espada, concéntrate en el centro del objetivo.

Asentí y ajusté mi postura. Ella me corrigió los pies, luego el ángulo de las muñecas, y me indicó que repitiera el movimiento.

La hoja cortó el aire con un silbido leve.

—Mejor —admitió, sin dejar de observarme—. Pero recuerda que la técnica es tan importante como la fuerza. Una mala postura puede dejarte expuesto aunque tu golpe sea fuerte.

Entre un ejercicio y otro, su tono se volvió más serio.

—Alerion… tú eres especial. Y eso es tanto una bendición como una maldición.

Bajé la espada, sabiendo que lo que venía no era parte de la lección física.

—El mundo es peligroso —continuó—, pero las personas… pueden serlo aún más. Tendrás que aprender a medir tus reacciones. Incluso si ves algo que no te gusta, incluso si va contra tus principios, no puedes actuar con imprudencia.

Su mirada se endureció, como si quisiera que esas palabras se grabaran en mí.

—A veces, la mejor forma de luchar por lo que crees es esperar el momento adecuado.

En mi vida pasada, Alex habría discutido. Habría dicho que quedarse de brazos cruzados era lo mismo que aceptar la injusticia. Pero este mundo no jugaba con las mismas reglas. Aquí, una decisión precipitada podía costarte todo.

Asentí lentamente.

—Lo entiendo… aunque no me guste.

Aelinne me observó en silencio unos segundos antes de asentir también.

—Eso es suficiente por hoy. Descansa los brazos.

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Mientras recuperaba el aliento, la puerta del patio se abrió y Lyne apareció, con una jarra de agua y una sonrisa amplia.

—¡Entrenamiento terminado para el joven amo! —anunció con voz algo chillona—. Hidratación y toallas, cortesía de la mejor asistente de la casa.

Apenas puso un pie en el patio, Max fue a recibirla, olfateando la jarra.

—No es para ti, pequeño bribón —dijo Lyne, esquivándolo.

Detrás de ella llegó Mela, con su paso firme y su expresión severa.

—Levanta más la muñeca cuando giras la hoja —dijo, mirándome sin preámbulos—. Si no, tu defensa se debilitará.

—Sí, Mela —respondí, intentando no sonreír por lo diferente que eran ella y Lyne al entrar juntas.

—Y no olvides que el control es más importante que la fuerza bruta —añadió, antes de girarse hacia Aelinne para discutir algo sobre el inventario de la armería.

Lyne me pasó la toalla y me guiñó un ojo.

—Vas mejorando. Pronto podrás presumir frente a todos esos niños de la ciudad.

—No es la idea —dije, pero su energía me arrancó una leve risa.

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Esa misma tarde, mi padre me llamó a su estudio. El olor a madera vieja y tinta impregnaba la habitación. Él estaba sentado junto al escritorio, revisando unos documentos, pero los apartó en cuanto entré.

—Siéntate.

Obedecí. Él se inclinó hacia atrás en la silla, cruzando los brazos.

—Hoy quiero hablarte de algo que no vas a encontrar en ningún libro de magia.

Su tono era más reflexivo de lo normal.

—He hecho muchas cosas malas, Alerion. Algunas por necesidad… otras por elección. No me enorgullecen, pero tampoco las oculto.

Lo observé en silencio, esperando que continuara.

—Lo que intento decirte es que el mundo no es blanco o negro. Está lleno de tonos grises. Y, a veces, lo que parece un error es lo único que puede salvarte.

Me vino a la mente la imagen de los demoníacos que había conocido en mi cumpleaños.

—Por ejemplo —continuó—, esos demonios que viste… a primera vista, parecen personas que harían cualquier cosa por dinero. Y no te mentiré: lo harían. Pero nunca se traicionarían entre sí. Su honor es la base de lo que son, y para ellos, perderlo sería peor que morir.

—¿El honor es más importante que la vida? —pregunté.

—Para algunos, sí —afirmó—. Y aunque no siempre compartas su código, debes aprender a respetarlo. Porque entender lo que mueve a las personas te ayudará a sobrevivir… y a ganar su confianza.

Me quedé pensativo. Parte de mí ya conocía estas ideas, por todo lo que viví como Alex, pero escucharlas de mi padre, con esa mezcla de experiencia y dureza, les daba otro peso.

—No importa cuántos hechizos o técnicas de espada aprendas —añadió—. Si no sabes leer a la gente, estarás ciego en el campo de batalla.

Asentí, sintiendo que sus palabras se quedaban grabadas como una advertencia y una lección al mismo tiempo.

Capítulo 15 – Parte 2

El cielo estaba despejado cuando partimos esa tarde. Mi padre guiaba el carruaje, mi madre estaba a su lado y yo iba atrás, con Max acomodado en mis piernas. El camino hacia las afueras de Delarus estaba lleno de praderas verdes que se ondulaban con el viento, y cada tanto, algún árbol solitario servía de sombra a pastores y viajeros.

Max observaba todo, girando la cabeza como si quisiera memorizar cada detalle.

—¿Cuánto falta? —pregunté, apoyando la barbilla en el respaldo del asiento.

—Un poco más —respondió mi madre—. No seas impaciente.

Mi padre sonrió de medio lado.

—Te prometo que vale la pena.

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Cuando llegamos, entendí por qué lo decía. Frente a nosotros se extendía un lago cristalino, rodeado de árboles altos y flores silvestres que crecían en la orilla. El reflejo del cielo en el agua era tan perfecto que parecía otro mundo bajo la superficie.

—Hermoso —susurré.

Mi madre asintió, y juntos empezamos a descargar la canasta de picnic. Extendimos una manta cerca del agua y colocamos pan, frutas, queso y una botella de vino que mi padre había guardado “para una ocasión especial”.

Max, por supuesto, intentó meter la cabeza en la canasta antes de que termináramos de vaciarla.

—Ni lo pienses —dijo mi madre, apartándolo suavemente con una mano.

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Al principio hablamos de cosas simples: las flores que crecían cerca del lago, un ave extraña que voló sobre nuestras cabezas, y una vez en la que mi padre casi cayó al agua en otro lago porque intentó pescar “con las manos”.

—Era un pez enorme —insistió él, riendo.

—Era una rama —lo corrigió mi madre, conteniendo la risa—. Una rama con musgo.

Yo reí hasta que me dolió el estómago. Era raro verlos así, tan relajados.

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Después de comer, nos quedamos mirando el agua. El viento traía olor a tierra húmeda y hojas. Fue entonces cuando mi madre habló, con un tono más pausado.

—A veces me pregunto cómo será el futuro —dijo—. Si esta ciudad seguirá siendo segura, si estaremos juntos… si tendremos más hijos.

La miré sorprendido. No esperaba que lo dijera tan abiertamente.

—¿Un hermano?

—Quizá —respondió, con una sonrisa suave—. No ahora, pero algún día.

Mi padre se recostó sobre un codo y la miró.

—Si pasa, prometo no ser tan estricto con él o ella como lo soy contigo —bromeó.

—Mentiroso —dijo mi madre, empujándolo suavemente.

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La conversación fue derivando hacia los sueños y metas, como si el lago y el cielo despejado nos invitaran a hablar de cosas más grandes que nosotros mismos.

Mi madre dijo que quería ver a Delarus crecer, no solo en tamaño, sino en fuerza y prosperidad, hasta convertirse en un lugar donde sus habitantes pudieran vivir sin miedo.

Mi padre, en cambio, habló de volver a recorrer ciertos lugares que había visitado en su juventud… aunque lo dijo con esa sonrisa que me hacía dudar de la mitad de sus historias.

Luego, me miraron a mí.

—¿Y tú? —preguntó Zakhal, con un tono que no era de broma—. ¿Ya tienes un sueño, una meta?

No respondí de inmediato. Me quedé viendo el reflejo del sol sobre el agua, dejando que mi mente repasara todo lo que había vivido hasta ahora.

Pensé en las historias que mi padre me había contado: castillos voladores, mazmorras tan antiguas que nadie recordaba como se formaron, mares infinitos, ciudades en lo alto de montañas donde el aire era más fino que un susurro.

Pensé en las tardes tranquilas en casa, en mis entrenamientos, en Max siguiendo cada paso que daba.

Me di cuenta de algo. Hasta ahora me había tomado las cosas con calma, aprendiendo y entrenando, pero sin pensar demasiado en el futuro lejano. Era como si estuviera acumulando piezas de un rompecabezas sin saber qué imagen quería formar.

—No estoy del todo seguro —dije al fin, sin apartar la vista del lago—. Pero sé que me fascinan las leyendas de este mundo… y las historias de tus viajes, aunque estoy convencido de que exageras la mitad.

Mi padre sonrió, como si quisiera interrumpirme, pero me dejó continuar.

—Quiero ver todo lo que pueda… viajar por todo el mundo, estar en lugares donde nadie ha estado antes, conocer cada civilización y su historia. Explorar mazmorras, desenterrar reliquias y artefactos perdidos, crear magia que nunca haya existido… y sí —añadí, con una media sonrisa—, encontrar una esposa tan hermosa como mamá.

Mi madre se llevó una mano a la boca para disimular una risa, pero sus ojos brillaban.

Inspiré hondo y, con más seriedad, añadí:

—Hay tantas cosas que hacer en este mundo… y creo que, más que nada, quiero vivir esta vida sin arrepentimientos.

Hubo un momento de silencio. Mi padre me observaba con esa mirada que rara vez mostraba: orgullosa y, a la vez, preocupada. Mi madre solo asintió, como si hubiera esperado esa respuesta.

Hubo un momento de silencio después de mis palabras. El viento agitaba suavemente la superficie del lago, como si el mundo se hubiera tomado una pausa para escuchar.

Mi madre fue la primera en hablar. Sonreía, pero sus ojos tenían ese brillo que mostraba orgullo y ternura a la vez.

—Es una meta ambiciosa… pero si alguien puede lograrlo, eres tú —dijo con firmeza—. Solo recuerda algo: no voy a aceptar a una mujer incompetente que solo sea hermosa.

Me reí, pero antes de que pudiera responder, mi padre intervino con una sonrisa traviesa:

—Bueno, ¿y por qué conformarse con una? Podría tener varias y así compensar.

El golpe que recibió en el brazo de parte de mi madre resonó como si hubiera chocado contra una armadura.

—Ni lo sueñes —le advirtió ella, aunque no pudo evitar que se le escapara una sonrisa divertida.

—Era una broma… más o menos —murmuró mi padre, sobándose el brazo mientras Max parecía mirarlo con desaprobación.

Los tres terminamos riendo, y después de un momento, mi madre se inclinó hacia mí, poniéndome una mano en el hombro.

—Sea cual sea el camino que elijas, siempre vamos a apoyarte.

Mi padre asintió con una seriedad que pocas veces mostraba.

—Siempre. No importa lo que decidas, ni dónde estés, ni qué tan lejos viajes. Mientras podamos, estaremos contigo.

Sentí un calor distinto al del sol sobre mi piel. No era un juramento vacío, sino una promesa que sabía que ambos cumplirían, sin importar las circunstancias. Y esa certeza… valía más que cualquier tesoro.

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Cuando el sol empezó a bajar, el lago se tiñó de dorado y naranja. Max estaba tumbado junto a mí, con los seis ojos entrecerrados, disfrutando del calor.

Me quedé mirando el reflejo del cielo en el agua y pensé en todo lo que había escuchado recientemente.

Las palabras de mi madre sobre la prudencia, las de mi padre sobre los grises del mundo, y ahora esta tarde tranquila, en la que todo parecía perfecto.

Sabía que este mundo podía ser cruel, pero momentos como este me recordaban por qué valía la pena enfrentarlo.

—Los voy a proteger —murmuré, más para mí mismo que para ellos.

Max levantó la cabeza y me miró, como si entendiera.

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