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Chapter 18 - capítulo 18

Capítulo 18

La casa estaba tranquila cuando volvimos. Demasiado tranquila. Sabía lo que significaba: mamá estaba esperando.

No pasaron ni cinco minutos antes de que Mela me indicara que fuera al salón de estudio. Allí estaba Aelinne, sentada detrás de su escritorio, con esa postura perfecta y la mirada fija en mí.

—Siéntate. —No era una orden brusca, pero tampoco una sugerencia.

Obedecí, y Max se acomodó a mi lado como si también quisiera escuchar.

—Cuéntame todo —dijo—. No un resumen. Todo.

Le relaté el viaje, la reunión con el comerciante, la aparición de los tres atacantes, cómo papá los enfrentó y cómo intervine cuando uno intentó flanquearme. No dejé fuera los detalles incómodos, como el hecho de que el comerciante huyera o que Max detectara el peligro antes que yo.

Ella escuchó sin interrumpir, aunque notaba cómo su expresión cambiaba ligeramente en ciertos puntos: más seria cuando hablaba de los atacantes, más pensativa cuando mencionaba mi reacción.

—¿Qué sentiste? —preguntó cuando terminé.

Me tomó un segundo responder.

—Distinto. Entrenar es… predecible. Esto no lo era. Y no había nada que me asegurara que iba a ganar.

Aelinne asintió lentamente.

—Y, si volvieras a estar ahí, ¿harías algo diferente?

Pensé un momento.

—Estaría más pendiente del comerciante desde el principio. No me habría distraído tanto con el entorno.

—Bien —dijo, y por un momento vi un destello de orgullo en sus ojos—. Pero recuerda algo: la adrenalina puede ayudarte o puede cegarte. No la dejes decidir por ti.

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Punto de vista: Aelinne

Más tarde, me reuní con Zakhal en mi despacho. Él entró con la misma calma de siempre, pero podía leer en su postura que ya estaba pensando en lo que iba a decirme.

—Se mantuvo tranquilo —comenzó—. No se precipitó, reaccionó cuando debía y no buscó ser el protagonista. Eso es bueno.

—¿Y lo malo? —pregunté.

—Todavía no tiene experiencia para sostener un combate prolongado contra oponentes reales. Es rápido y preciso, pero no ha probado su resistencia en un entorno donde el enemigo no se detiene tras el primer golpe.

Crucé los brazos.

—No me gusta la idea de exponerlo más de lo necesario.

—Y a mí tampoco —admitió—. Pero si quieres que sobreviva fuera de estas paredes, tenemos que ir haciéndolo poco a poco. Controlado, pero real.

Lo pensé un momento.

—Bien. Pero no aceptaré nada que no pueda manejar.

—Eso ya lo sabes —respondió, esbozando una sonrisa leve antes de salir.

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Punto de vista: Alerion

Pasaron unos días y empecé a notar algo raro. Algunos guardias me saludaban con un respeto que antes no tenían. Un par de comerciantes me miraban de reojo y susurraban algo cuando creían que no podía oírlos.

No hizo falta que Max me tradujera: las palabras “bosque”, “Zakhal” y “niño” eran fáciles de identificar incluso en un murmullo.

Una tarde, mientras caminábamos por el mercado, le comenté a mamá:

—Están hablando de nosotros.

—Es inevitable —respondió—. No puedes controlar lo que otros dicen, solo cómo respondes.

—¿Y si dicen demasiado? —pregunté.

—Entonces aprenderás que el silencio, a veces, es la mejor respuesta —dijo, y siguió caminando como si no fuera un problema.

Yo no estaba tan seguro, pero sabía que insistir sería inútil.

Capítulo 18 – Parte 2

Punto de vista: Aelinne

El día estaba fresco cuando Mela entró a mi oficina para avisarme que teníamos visita.

—Es el señor de la ciudad —dijo con su tono firme—. Y viene en persona.

Me puse de pie de inmediato. No era común que él apareciera sin previo aviso, y mucho menos solo. Lo recibí en el salón principal, donde estaba acompañado únicamente por uno de sus ayudantes.

—Aelinne —saludó con una ligera inclinación de cabeza—. Espero que no interrumpa nada urgente.

—Siempre hay algo urgente, pero pocas cosas más importantes que una visita suya —respondí, ofreciéndole asiento.

No se anduvo con rodeos:

—En un mes será el quinto cumpleaños de la nieta de un amigo, Eris Boreas Greyrat. El evento se realizará en la ciudadela de Roa, en Fittoa. Quiero que actúes como mi escolta personal durante el viaje.

Sabía lo que implicaba. No solo sería un evento de alto perfil, sino que reuniría a familias poderosas de toda la región.

—No llevaré una gran escolta —continuó—. Prefiero un grupo pequeño y confiable. Y usted, Aelinne, es la persona en quien más confío para mi seguridad.

Lo pensé un momento. No me preocupaba mi capacidad para protegerlo, sino lo que esto significaba para Alerion: un viaje largo, exposición a círculos sociales de alto nivel y contacto con gente que podía verlo tanto como una promesa… como una amenaza.

Pero también vi la oportunidad.

—Acepto —dije al fin—. Y llevaré a mi hijo conmigo.

El señor de la ciudad arqueó una ceja.

—¿Una forma de que socialice?

—Y de que aprenda —respondí.

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Punto de vista: Alerion

La idea de un viaje de dos semanas hasta Roa me intrigaba más que el evento en sí. Max parecía compartir mi entusiasmo, moviendo la cola cada vez que veía a los sirvientes empacar las provisiones.

Pelusa no venía con nosotros. Mamá dijo que debía quedarse para vigilar la casa, y aunque al principio pensé en discutirlo, tenía sentido: no había mejor disuasión que una pantera de rango A en la entrada.

La caravana era pequeña: el señor de la ciudad, sus dos hijos, Aelinne, yo, cuatro guardias y un par de sirvientes. El resto del séquito nos encontraría directamente en Roa.

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El viaje

Salimos una mañana soleada, cruzando primero los caminos conocidos de Delarus antes de internarnos en rutas menos transitadas. Los primeros días transcurrieron tranquilos: praderas abiertas, aldeas pequeñas y algún que otro cruce con mercaderes que se apartaban al ver los estandartes del señor de la ciudad.

En el mismo carro caravana que yo, viajaban los dos hijos del Señor de la ciudad: Lars, un muchacho de trece años, y Elira, una niña de nueve. Lars llevaba el cabello corto y oscuros ojos que parecían medir todo lo que veían. Elira, en cambio, no disimulaba su curiosidad: observaba a Max como si fuera una criatura mágica recién descubierta. A pesar de haberlo visto ya en mi quinto cumpleaños.

Durante las noches, acampábamos en zonas seguras. Mamá aprovechaba para enseñarme detalles prácticos: cómo evaluar un campamento, cómo leer las señales de un sendero, incluso cómo calcular la distancia recorrida sin depender de un mapa. Lars a veces se unía a las lecciones, aunque intentaba disimular que estaba prestando atención.

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La oportunidad de hablar directamente con él llegó una tarde, mientras descansábamos cerca de una fogata.

—¿Es cierto lo que dicen en Delarus? —preguntó Lars de repente, con un tono entre curioso y retador.

—Depende de qué rumores hayas oído —respondí.

—Que puedes usar magia avanzada… sin cantos. —Sus ojos se estrecharon levemente—.

Noté que su padre, sentado a unos metros conversando con mamá, giraba la cabeza para escuchar.

—Sí —respondí simplemente.

—Muéstrame. —Lars lo dijo como quien pide ver una espada nueva.

Podría haberlo dejado en una simple chispa de fuego, pero opté por algo un poco más vistoso: conjuré un pequeño remolino de viento sobre mi mano, lo convertí en agua flotante y, con un giro, lo cristalizé en un fragmento de hielo perfectamente liso. Elira, que se había acercado sin que la notara, soltó un “¡wow!” sincero.

Lars observó el hielo unos segundos antes de suspirar.

—Quería ser mago cuando era niño… pero no tenía talento. Ahora entreno para ser caballero. Estoy en rango intermedio del Estilo del Dios del Agua.

—El Dios del Agua es muy sólido en defensa —comenté.

—Sí… pero no es tan impresionante como la magia —respondió, y pude notar un dejo de envidia en su voz.

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Mientras tanto, el señor de la ciudad y mamá conversaban en voz baja, pero lo suficiente cerca como para que captara fragmentos.

—Lars es disciplinado, pero le falta confianza —decía él—. Elira tiene curiosidad por todo, pero es… demasiado directa.

—No todos tienen que seguir el mismo camino —respondió mamá con calma—. Lo importante es darles herramientas para que puedan elegir con criterio.

—Supongo que es bueno que Alerion viniera —dijo él—. Ver a alguien de su edad con un talento tan claro puede inspirarlos… o presionarlos.

—Dependerá de cómo lo manejen —contestó mamá, mirándome de reojo—. La comparación puede ser peligrosa si no se entiende que cada uno tiene su propio ritmo.

El señor de la ciudad asintió lentamente.

—Quizá sea algo que deba recordar yo también.

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A medida que avanzábamos hacia Fittoa, el paisaje cambiaba: colinas más marcadas, bosques densos y pueblos más grandes, con mercados llenos de actividad. En uno de ellos vi por primera vez un grupo de aventureros del rango B, y aunque quería acercarme a escuchar sus historias, mamá me recordó que no estábamos de turistas.

Max, por su parte, se convirtió en el centro de atención en varias paradas. Los niños se acercaban a verlo, y él toleraba las caricias con la paciencia de quien sabe que eso viene con ventajas: siempre había alguien dispuesto a darle comida. Elira incluso intentó “enseñarle trucos” como si fuera un perro entrenado, lo que Max toleró solo porque parecía disfrutar el juego.

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Llegada a Roa

Casi dos semanas después, divisamos las murallas de la ciudadela de Roa. Eran enormes, de piedra clara, con torres que se alzaban como centinelas vigilantes. El tráfico en las puertas era intenso: comerciantes, nobles, aventureros y guardias se mezclaban en un bullicio ordenado.

El señor de la ciudad fue recibido con el respeto que le correspondía, y nos condujeron a una de las residencias de la familia Boreas.

Allí, mientras los sirvientes se encargaban del equipaje, mamá me llamó aparte.

—Este viaje no es para entrenar magia ni esgrima —dijo—. Aquí, tus “enemigos” no estarán armados, pero podrían ser igual de peligrosos.

La miré, entendiendo lo que quería decir.

—Entonces… también es un campo de batalla.

Ella sonrió levemente.

—Exacto. Y quiero que observes todo.

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