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Chapter 28 - capítulo 28

Capítulo 28

La calma aparente en Delarus después de la operación duró poco.

Los rumores sobre la emboscada seguían circulando, y aunque oficialmente se decía que todo había sido un “golpe de suerte” de los bandidos, mamá y yo sabíamos que había sido un ataque calculado.

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Primeras pistas

Una tarde, mientras mamá revisaba reportes en su despacho, un mensajero llegó a la mansión con urgencia. Llevaba el uniforme de la guardia, pero su respiración agitada y la mirada esquiva me pusieron en alerta.

Traía un sobre sellado con el emblema de un puesto de vigilancia al norte. Según él, era información urgente para la capitana.

Mamá rompió el sello y desplegó los documentos… pero algo en su expresión me indicó que había encontrado más de lo esperado.

—Esto no viene del norte —dijo finalmente, dejando el papel sobre la mesa.

Las órdenes que contenía eran absurdas: instrucciones de “reforzar” un área desierta, firmadas con su propio nombre, y un mapa que desviaba patrullas de zonas críticas. Eran falsificaciones… muy bien hechas.

Y en una de las hojas, había un nombre escrito a mano: Carl.

Un contrabandista conocido, al que habíamos capturado hacía meses y lo habíamos entregado a la custodia del señor de la ciudad.

Lo más inquietante era que una nota adjunta estaba dirigida al señor de la ciudad, Roderick.

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Max en acción

No hizo falta pedirle nada. Max, que estaba en mi hombro, se puso en movimiento en cuanto oyó el nombre de Roderick.

Activó su camuflaje y salió por la ventana sin hacer ruido.

Horas más tarde volvió, sosteniendo con la boca un trozo de papel doblado.

Cuando lo abrimos, encontramos una lista de entregas con rutas y horarios… todas coincidían con sectores que supuestamente estaban “desprotegidos” según las órdenes falsas.

—Así es como evaden a la guardia —murmuré.

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Esa misma noche, Pelusa desapareció de la mansión durante un par de horas junto a max. Cuando volvió, tenía el pelaje lleno de polvo y un olor que reconocí de inmediato: establos.

Uno de los guardias leales nos contó que, en ese lapso, Pelusa había aparecido de la nada en un punto de control y asustado tanto a un hombre que este huyó sin siquiera recoger su equipaje. Entre sus pertenencias, encontraron un pasaporte de viaje… emitido con la firma de Roderick.

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Conclusiones preliminares

Reunimos todo en la sala principal: los documentos falsos, la lista de rutas que trajo Max y el pasaporte hallado gracias a Pelusa.

No era una prueba definitiva, pero el patrón era claro: Carl seguía activo, y alguien dentro de la estructura de mando —posiblemente Roderick— lo estaba protegiendo.

Zakhal, que escuchaba en silencio, habló finalmente:

—Si vamos a atrapar a un pez grande, necesitamos una red más fuerte.

Mamá asintió.

—De momento, seguimos observando. Cuando golpeemos, no puede quedar duda.

Max, desde mi hombro, soltó un siseo corto que sonó demasiado como un “de acuerdo”.

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La investigación seguiría su curso, pero eso no significaba que yo me quedaría de brazos cruzados. Si quería que la próxima emboscada terminara igual de mal para el enemigo, tenía que perfeccionar mi nueva habilidad.

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Elegí el patio trasero para evitar miradas curiosas.

Puse varios muñecos de madera y una docena de piedras de distintos tamaños alrededor de un círculo marcado en el suelo.

—Alcance: diez metros —me dije a mí mismo.

Extendí mi maná hacia afuera como una red invisible. Al principio, mantener el control sobre más de tres objetos me drenaba como si estuviera lanzando hechizos de forma continua.

Una piedra voló hacia el muñeco más cercano y lo golpeó en el pecho. Otra lo impactó en la cabeza, y luego las tres siguientes chocaron entre sí en el aire antes de llegar al objetivo.

Max, sentado sobre una roca, me miraba con la misma paciencia que un maestro observando a un aprendiz torpe.

—¿Quieres probar? —le dije, medio en broma.

En respuesta, se dejó levantar por mi telekinesis, flotando lentamente.

En ese momento, se me ocurrió otra idea.

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Teoría anti-maná

Con mis ojos demoníacos, observé el flujo de maná dentro de Max. Era estable, como un pequeño río que recorría su cuerpo.

Probé introducir mi propio maná en ese flujo, alterando el ritmo.

Max se estremeció y sacudió la cola, claramente molesto.

—Tranquilo, solo es una prueba.

Repetí el experimento, esta vez con microinterrupciones rápidas. El flujo se volvió errático durante un par de segundos antes de estabilizarse de nuevo.

—Si puedo hacer esto en un mago en combate… —murmuré.

No sería una interrupción definitiva, pero podría romper la concentración o incluso hacer que un hechizo fallara.

Max bufó, pero me dio un pequeño golpecito en la frente, como aprobando la idea… o pidiendo que no lo use más con él.

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Al día siguiente, papá accedió a probar la utilidad real de la telekinesis.

—Pero sin matarme, ¿entendido? —dijo con media sonrisa, mientras desenfundaba su espada.

Me puse en guardia, mezclando esgrima con mi nuevo recurso.

En cuanto Zakhal avanzó, lancé una ráfaga de piedras para distraerlo. No detuvo su paso, cortando dos de ellas y esquivando las demás.

Aproveché un hueco y empujé su espada con telekinesis mientras lanzaba una ráfaga de viento a sus pies. Se movió como si hubiera previsto cada paso, girando y contrarrestando con un golpe que me obligó a retroceder.

—Interesante —comentó—. Si aprendes a ocultar el momento en que usas tu poder, podrías ganar ventaja contra alguien más rápido que tú.

La pelea terminó cuando logré sujetarle el tobillo con telekinesis el tiempo suficiente para colocar la punta de mi espada en su costado.

—Punto para mí.

—Punto por trampa —replicó, aunque sonreía.

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Cuando mamá estuvo lo bastante recuperada y la ciudad más tranquila, papá decidió que era el momento.

—Es hora de que conozcas a ese chico —dijo, refiriéndose al niño prodigio de Fittoa.

Max y Pelusa se quedaron en casa. Max no parecía contento con la idea, pero aceptó después de que le prometiera que le traería algo para comer que no hubiera probado nunca.

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Salimos al amanecer, montando un caballo de patas largas y musculosas que papá llamaba Viento Gris. Tenía un pelaje gris plateado que brillaba bajo el sol y unos ojos tan vivos que parecía entender cada palabra.

—Este puede hacer en una semana lo que un carruaje hace en tres —me explicó papá mientras ajustaba las riendas—. Siempre que no te pongas a darle discursos motivacionales.

—¿Discursos motivacionales… a un caballo? —pregunté, incrédulo.

—Una vez lo intenté —respondió con seriedad—, y Viento Gris me dio una patada.

Avanzamos rápido, cruzando campos verdes, aldeas de madera y caminos flanqueados por colinas. El viento en la cara y el trote firme del caballo hacían que el viaje pareciera más corto.

Por las noches, dormíamos en posadas modestas o acampábamos bajo las estrellas. Fue en una de esas noches, mientras la hoguera crepitaba, que papá empezó a contar sus historias.

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—¿Y esa vez con el dragón? —pregunté, viendo cómo su sonrisa se ensanchaba.

—Ah, ese dragón… —se acomodó, como si preparara un gran relato—. Era un dragón rojo, con alas que tapaban el sol y un aliento que podía derretir una muralla entera.

—¿Y tú qué hiciste? —quise saber.

—Lo miré directo a los ojos y le dije: “Si te comes mi carreta, al menos deja las ruedas, que las necesito”.

—…

—Lo digo en serio. El dragón se quedó tan confundido que decidió irse.

—Eso suena poco probable.

—Bueno… quizá también había veinte lanceros atacándolo al mismo tiempo y un mago de rango rey lanzándole rayos, pero no les voy a quitar mérito.

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Otra noche, me contó cómo una vez cruzó un paso montañoso custodiado por bandidos.

—Me rodearon seis tipos, todos armados con espadas y hachas. Yo tenía una daga… y una hogaza de pan.

—¿Qué hiciste?

—Les ofrecí el pan. Les dije que era de una panadera que había ganado un concurso real de repostería.

—¿Y era cierto?

—No… pero el olor era tan bueno que lo creyeron. Cuando se pelearon por el último trozo, pasé por en medio y seguí mi camino.

—Eso no es una batalla, es un engaño barato.

—Hijo, el que sobrevive es el que sabe cuándo luchar y cuándo hacer que los demás se peleen por pan.

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En otra ocasión, mientras el cielo se cubría de nubes, me habló de un pueblo que había defendido de un enjambre de bestias aladas.

—Eran como murciélagos gigantes, con colmillos de medio metro y alas que parecían cuchillas.

—¿Y los venciste?

—Claro que sí… aunque puede que estuvieran más interesados en las luces del festival del pueblo que en mí. Igual los ahuyenté.

—¿Cómo?

—Me disfracé de uno de ellos. Fingiendo ser el líder.

—…

—Sí, hijo, las alas eran de cuero, la máscara la hice con un cubo de madera, y el rugido… bueno, eso fue pura garganta.

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Entre verdades, exageraciones y alguna mentira descarada, el viaje se volvió mucho más ligero. Nunca estaba seguro de cuánto era real, pero siempre me quedaba con algo: papá sabía sobrevivir, y tenía una habilidad especial para convertir cualquier historia en algo digno de contarse.

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La Aldea Buena

Al séptimo día, el paisaje cambió. Los campos cultivados se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y casas de madera bien cuidadas se agrupaban alrededor de un camino central. El aire olía a pan recién horneado y a pasto húmedo.

—Es un lugar tranquilo —comentó papá—. Demasiado tranquilo para lo que se esconde aquí.

Nos detuvimos frente a una casa amplia, de techo inclinado y paredes limpias.

Golpeamos la puerta, y fue Zenith quien nos abrió.

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Se quedó mirándome unos segundos, con una expresión entre duda y sorpresa, hasta que sus ojos se abrieron con un destello de reconocimiento.

—Tú… eres el niño de aquella vez.

Su voz sonó suave, como si acabara de descubrir una carta olvidada entre los recuerdos.

—Sí, soy Alerion. También te recuerdo… cuando fui al gremio de Delarus por primera vez, tenía apenas dos años. —respondí, con una sonrisa.

Zenith se cubrió la boca, con una expresión tierna.

—Claro… ahora que te veo bien. Eras tan pequeñito. Llevabas una capa grande, casi más grande que tú, y no dejabas de mirar a todos como si fueras un sabio anciano atrapado en el cuerpo de un bebé.

Me reí con suavidad.

—No ha cambiado mucho eso, según mi madre.

Ella también sonrió y me acercó la mano con cariño, posándola brevemente sobre mi cabeza.

—Has crecido tanto…Casualmente conocí a Aelinne un día mientras compraba suministros para el grupo y debo decir que eres su viva imagen, pero también veo algo de tu padre en tus ojos.

Nos invitó a entrar. La casa era cálida y acogedora, impregnada por el aroma suave de madera limpia y pan recién horneado. Los muebles eran sencillos pero bien cuidados, con pequeños detalles que hablaban de una vida tranquila: un florero de cerámica sobre la mesa, cortinas blancas que dejaban pasar la luz del atardecer, y una cesta de juguetes junto a la chimenea.

Una criada de cabello castaño rojizo, con expresión seria pero atenta, apareció desde la cocina.

—Lilia, estos son nuestros invitados —dijo Zenith.

—Un gusto conocerlos —dijo la mujer con una inclinación elegante antes de regresar en silencio a sus tareas.

Tomamos asiento en la sala. Zakhal y Zenith empezaron a conversar, y ella sirvió té de hojas silvestres mientras me miraba con interés maternal.

—¿Qué ha sido de ti en todos estos años? ¿Qué clase de entrenamiento has tenido?

—Bastante variado —respondí, buscando resumir lo más importante sin sonar presuntuoso—. Estuve un tiempo en Roa, donde me reencontré con Ghislaine. Ella me entrenó en combate cuerpo a cuerpo y espada.

—¿Ghislaine sigue igual de… directa? —preguntó, con una sonrisa cómplice.

—Sí. Golpea con amor… más o menos.

Ella rió, genuina.

Le conté también cómo ayudaba a mi madre como guardia en la ciudad de Delarus, y cómo, desde hace algunos años, he ido aprendiendo por mi cuenta diversos estilos de magia, combinando elementos, sanación, barreras…

—Actualmente estoy centrado en mejorar mi control del maná. Incluso estoy intentando desarrollar una habilidad propia —dije, con cierta timidez, no queriendo parecer arrogante.

Zenith no mostró asombro ni incredulidad, sino una curiosa admiración tranquila.

—Eres muy joven para hablar de ese modo… pero se nota que has trabajado duro. Creo que te llevarás bien con mi Rudy.

—Me esfuerzo —respondí—. A veces no sé si avanzo por talento o por pura obsesión.

—A veces ambas cosas van de la mano —dijo, levantando ligeramente su taza.

Hubo una pausa cómoda. En esa quietud, miré alrededor. Todo allí respiraba hogar: las paredes, las voces suaves desde la cocina, el murmullo del viento fuera… y me di cuenta de algo curioso. Aunque era un visitante, no me sentía fuera de lugar.

—Esta casa es… acogedora —dije.

—Gracias —sonrió—. Paul y yo la construimos con nuestras propias manos, aunque tuvimos mucha ayuda de los aldeanos. No es grande, pero aquí todo tiene una historia.

Señaló un jarrón pintado a mano.

—Ese lo rompió Rudeus cuando tenía 2 años. Lilia lo pegó durante dos días hasta que quedó “más o menos” como antes.

Sonreí al oír el nombre. No lo conocía aún, pero pronto lo haría.

—¿Dónde está Rudeus ahora?

—Probablemente en la colina de entrenamiento, con Sylphy. A veces pierde la noción del tiempo. Debería volver en cualquier momento.

Miró por la ventana y añadió con un suspiro lleno de orgullo:

—Es un niño muy especial… aunque no lo demuestra de forma tradicional. Tiene su propio ritmo.

Yo asentí, guardando silencio. En el fondo, sentía una extraña anticipación.

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La llegada de Paul

El sonido de pasos rápidos en la entrada anunció a un hombre de cabello castaño claro y expresión despreocupada.

—Zenith, me dijeron que teníamos visita… —se detuvo, mirándome—. Oye, ¿no eres…?

—Sí, el niño del gremio —interrumpió Zenith.

Paul sonrió ampliamente.

—Entonces eres mi benefactor.

—¿Benefactor? —pregunté, arqueando una ceja.

—Claro. Si no fuera por ese día en Delarus, quizá nunca hubiera terminado casándome con Zenith… y no tendría a mi hijo.

No sabía si estaba hablando en serio o simplemente buscando una excusa para bromear, pero su tono era amistoso.

Nos sentamos alrededor de la mesa. Hablamos del viaje, de la región y de cómo estaban las cosas en Delarus.

De Rudeus, dijeron que no estaba en casa; había salido temprano, pero regresaría más tarde.

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