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Chapter 32 - capítulo 32

Capítulo 32

Desde nuestro regreso a Delarus, mis días volvieron a seguir un ritmo familiar. Las mañanas eran para la guardia, como siempre. El frío del amanecer se colaba entre las calles y el aliento de la gente formaba pequeñas nubes que se dispersaban con el movimiento. La ciudad estaba viva, y yo volvía a caminarla como “pequeño jefe”, un título que se me pegó sin que yo lo pidiera.

Esa mañana patrullaba junto a dos de los subordinados de mamá: Rengar, un hombre alto y callado que parecía no tener prisa para nada, y Joran, un gigantón de sonrisa fácil que disfrutaba inventando chismes sobre mí para divertirse.

—Dicen que el pequeño jefe venció a un dragón bebé con las manos atadas —comentó Joran, mientras atravesábamos el mercado.

—Ah, esa historia ya está desactualizada —respondió Rengar sin inmutarse—. Ahora dicen que puede volar usando solo sus pies y que por eso nunca se ensucia las botas.

—¿Y si les digo que las dos son ciertas? —intervine, con una sonrisa.

Joran se rio a carcajadas, mientras una vendedora de frutas nos saludaba agitando la mano.

—¡Pequeño jefe! —me llamó—. ¿Es cierto que ahora puede llamar rayos desde el cielo?

—Claro —dije, levantando un dedo—. Pero solo para asar carne.

Las carcajadas de los comerciantes nos siguieron un buen rato. No me molestaban esos rumores; en realidad, me servían. Las personas tenían poco entretenimiento, además se acercaba con más facilidad, y aunque algunos me veían como un niño jugando a ser soldado, la mayoría confiaba en que si pasaba algo, yo haría algo al respecto.

Ese día resolvimos problemas menores: dos comerciantes discutiendo por un puesto en la plaza, un borracho intentando dormir en la puerta de una panadería, y un chico que había robado una hogaza de pan. El último caso terminó con algo de tensión, pero lo resolví rápido: pagué el pan y envié al chico a casa con una advertencia.

Rengar me miró de reojo.

—A veces pienso que eres demasiado blando.

—Y yo pienso que a veces tú eres demasiado duro —respondí, sin mirarlo.

Joran soltó una carcajada, y seguimos caminando.

La rutina de patrulla nunca era igual. A veces tocaban días tranquilos y a veces había que correr tras algún idiota que pensaba que podía huir por los tejados. Pero al final de la mañana, siempre regresaba a casa con la sensación de que estaba haciendo algo útil.

Y lo mejor era que la ciudad empezaba a sonreír de nuevo. Las calles parecían menos grises, y la gente ya no caminaba con la misma prisa nerviosa de antes. Eso, más que cualquier título o rumor, era lo que me hacía sentir que valía la pena estar allí.

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Mis tardes eran casi siempre iguales: entrenamiento mágico primero, luego cualquier otro asunto que tuviera pendiente. Desde que aprendí Cumulonimbus, algo en mí había cambiado. Era como si mis venas de maná se hubieran ensanchado, como si de pronto hubiera más espacio para que la energía fluyera. Los bloqueos que antes me frenaban habían desaparecido.

Ahora podía lanzar hechizos más grandes, sostenerlos más tiempo y controlar mejor cada fragmento de magia.

Mis proyectos actuales eran varios, pero había uno que me obsesionaba: optimizar la telequinesis. No la típica de mover una piedra o un vaso… quería precisión quirúrgica. Poder levantar una aguja y clavarla exactamente en el punto que quisiera, aunque estuviera a cincuenta metros. El progreso era constante.

El segundo proyecto era más arriesgado: una variante de Cumulonimbus a pequeña escala, concentrando una parte de la secuencia del hechizo en la palma de la mano para generar descargas eléctricas cortas y controladas. Funcionaba… pero a veces, después de un entrenamiento, terminaba con los dedos entumecidos y un olor sospechoso a pelo quemado.

En medio de esas prácticas, a veces llegaban cartas. Eris era la más… llamativa.

> Querido Alerion:

Desde que me enseñaste magia de fuego avanzada sin cantos (y aunque todavía no sé leer ni escribir, así que esta carta la está escribiendo la sirvienta en mi lugar), he logrado incendiar:

1. Un muñeco de práctica.

2. Un árbol seco (por accidente).

3. La coleta de una sirvienta (no fue accidente).

4. El borde de mi cama (sí fue accidente… creo).

5. La espada de mi instructor.

6. La esquina de un mapa antiguo.

7. El mantel del comedor principal.

8. El gallinero entero.

9. El estandarte de la familia Boreas (no fue mi culpa, hacía viento).

10. El techo de la cocina.

11. Un vestido nuevo que no me gustaba.

Olvidé las demás cosas.

Todos aquí dicen que soy un prodigio mágico. El abuelo Sauros incluso me hizo hacer una demostración frente a unos nobles: lancé fuegos hacia el cielo y él gritó que pronto incendiaré el mundo entero. Fue divertido.

—Eris

Me llevé una mano a la frente.

—…Creo que he cometido un error.

Mamá dejó escapar una risa suave, mientras Mela murmuraba algo sobre “Boreas y sus tradiciones extrañas”.

Luego abrí el segundo sobre. Era una nota más formal, aunque se notaba que el remitente había escrito con cierta prisa.

> Adjunto de Philip Boreas Greyrat:

Estimado Alerion:

Supongo que ya habrás leído la carta de Eris… y comprenderás el caos que dejaste atrás desde que le enseñaste esa maldita magia de fuego sin cantos.

En el último mes hemos tenido que:

Reemplazar tres cortinas, dos alfombras y una puerta.

Reubicar a un caballo “temporalmente calvo” para que no se asuste.

Pintar nuevamente el techo del salón después de que tu amiga decidiera practicar lanzando fuego hacia arriba “para impresionar a los pájaros”.

Además, Sauros ahora presume en cada reunión de nobles que su nieta es “el cometa de fuego de Fittoa”, y exige que repita la demostración a la menor provocación.

En resumen: la familia Boreas te exige que asumas responsabilidad moral por este desastre.

Atentamente,

Philip Boreas Greyrat

P.D.: Si vuelves a visitarnos, te ruego que NO le enseñes magia de explosiones.

Reí tanto que casi me atraganto con la galleta que estaba comiendo. Mamá e Lyne también estallaron en carcajadas, mientras yo solo pensaba en que Eris probablemente estaba escribiendo otra lista en este mismo momento.

Las cartas de Rudy eran más tranquilas, pero igual de interesantes. Me contaba que el problema familiar se había “resuelto”… según él, Paul no pudo controlar la parte inferior de su cuerpo tras el embarazo de Zenith y “atacó” a Lilia. Ahora, oficialmente, Lilia era la segunda esposa de Paul, y Rudy tendría dos hermanos o hermanas el próximo año.

También hablábamos de magia, ideas para entrenar y cosas del día a día. Le invité a mi cumpleaños, pero la distancia lo hacía imposible. Aun así, prometió enviarme un regalo.

Sylphy no escribía directamente, pero a veces Rudy incluía una posdata de ella, saludando o preguntando por mis experimentos mágicos.

Así pasaban las semanas, entre entrenamientos, patrullas y correspondencia variada.

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Un día cualquiera, al abrir los ojos, algo estaba… raro.

No era mi habitación. No era mi cama. Y tampoco estaba soñando. Veía una calle, gente caminando, un perro ladrando a un puesto de carne… pero al mismo tiempo, yo seguía tumbado, sintiendo las sábanas.

Parpadeé y la imagen cambió. Ahora estaba observando desde lo alto, sobre un tejado. Giré un poco la cabeza… y fue ahí cuando lo entendí.

—Max… ¿eres tú?

El pequeño monstruo de seis ojos estaba acurrucado en la esquina, pero sus ojos brillaban levemente. Cuando lo miré directamente, la imagen en mi mente desapareció.

Tardamos toda la mañana en entenderlo. Al parecer, Max había desarrollado una nueva habilidad: podía compartir su visión conmigo. Y no solo eso… después de un par de horas practicando, descubrimos que podía hacerlo en toda la extensión de la ciudad de Delarus.

—Increíble… —susurré mientras observaba la plaza central desde mi cama—. Aunque… creo que me estoy mareando.

Había limitaciones, claro. Algunas barreras mágicas bloqueaban la conexión, y si Max se movía demasiado rápido, mi estómago protestaba. Pero las posibilidades… eran enormes. Podría usarlo para patrullas, para vigilar entrenamientos, incluso para detectar amenazas antes de que llegaran a las murallas.

Pelusa, la pantera gigante, no parecía muy impresionada. Cuando intenté “vigilar” el patio a través de Max, Pelusa bostezó y me dio la espalda. Mela, la criada mayor, en cambio, dijo que esa habilidad me vendría bien para “cazar traviesos”, refiriéndose a los niños de la calle que a veces robaban pan.

Los meses pasaron rápido. Entre trabajo, entrenamiento y pequeñas aventuras cotidianas, me di cuenta de que estaba a punto de cumplir diez años. Y solo sentía gratitud.

Gratitud por este mundo que me dio una segunda oportunidad. Por la magia, por la espada, por una familia que me permitió crecer sin las cadenas que llevaba en mi vida anterior.

Ya estaba acostumbrado a usar el aura de batalla junto con la magia en la esgrima. Y aunque todavía me quejaba de la comida local y de ciertas costumbres poco higiénicas… no podía imaginarme volviendo a ser una persona común.

El plan estaba claro: después de cumplir diez, me registraría en el gremio de aventureros de la ciudad. Empezaría con misiones cercanas, subiría de rango durante uno o dos años, y después… viajaría. Con Zakhal, o solo. No importaba.

El horizonte estaba ahí. Y yo estaba listo para caminar hacia él.

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