Capítulo 48 – Gremios, secretos y una estatua legendaria
El desayuno en la mansión Boreas siempre tenía un ritmo marcado: plato servido, cuchillo y tenedor perfectamente alineados, y Sauros hablando como si quisiera que lo escucharan desde el otro lado de Roa. Aquella mañana no fue diferente. Entre bocado y bocado.
Yo, en cambio, tenía la cabeza en otra parte. La imagen de aquella esfera negra que vi días atrás seguía dándome vueltas como una moneda girando en el aire.
—Philip —pregunté mientras me servía más té—, ¿sabe algo de un… fenómeno en el cielo? Una esfera oscura, muy alta.
Philip levantó una ceja. —Hijo, hay mil cosas raras en este mundo. Si te obsesionas con todas, no te quedará tiempo para vivir.
No muy útil. Decidí probar con el más “directo” de la casa.
—Sauros, ¿y usted?
El viejo dejó el tenedor, tragó un pedazo de carne y me miró con seriedad. —Eso apareció hace unos 3 años. Si fuera peligroso, ya habría peleado contra ello.
Lo dijo con tanta convicción que por un segundo pensé que tenía sentido… hasta que recordé que su solución para cualquier problema era “pegarle más fuerte”.
Más tarde, en la ciudad, probé suerte preguntando a comerciantes y transeúntes. Un anciano juró que era el “ojo de un dios del clima”. Una mujer con canastos aseguró que era “solo una nube rara” y que yo debería preocuparme por comprar pan antes de que subiera el precio.
Definitivamente, la sabiduría popular no me estaba salvando. Fue entonces cuando recordé algo: en Roa sí había una sucursal del Gremio de Magos, cosa que no pasaba en Dalarus.
Entrar fue como cruzar a otro mundo: paredes cubiertas de estanterías, olor a pergamino viejo y una fila de magos discutiendo teorías absurdas sobre cómo calentar té con magia sin que sepa “a magia”.
Me acerqué al mostrador, expliqué que quería registrarme y, tras unos minutos, una maga de cabello recogido me indicó que debía hacer una pequeña demostración para “confirmar mi capacidad”.
—Nada peligroso, solo lo suficiente para ver si no va a incendiar el edificio —dijo, con una sonrisa que no inspiraba confianza.
Decidí darles un espectáculo breve: conjuré una esfera de fuego, la envolví en hielo y luego la hice girar hasta que el hielo se volvió vapor. La reacción fue un murmullo general. Unos ancianos con barbas se preguntaban que había pasado con el canto, mientras el otro sospechaba de una herramienta mágica y un joven con túnica demasiado grande para él soltó un “eso fue cool” en voz baja.
La maga, aún un poco perpleja, me entregó mi credencial de rango inicial con una advertencia:
—Con este rango no tendrá acceso ni al calendario interno del gremio. Para subir, tendrá que presentar investigaciones o proyectos útiles.
Un mago mayor que estaba escuchando desde una mesa intervino:
—O encontrar la cura para la resaca —añadió, recibiendo un par de risas.
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Mi brillante incursión en el Gremio de Magos resultó en… nada. Ni un dato útil sobre la esfera negra. Lo más que obtuve fue la confirmación de que la rama de Roa estaba muy lejos del nivel de las naciones mágicas del norte.
Pero, como no me gusta volver a casa con las manos vacías, decidí pasar por otro lugar: el Gremio de Artesanos y Encantadores.
El ambiente era muy distinto: ruido metálico, olor a aceite y gente discutiendo sobre el precio del cobre como si fuera un tesoro.
Me registré, y el encargado —un hombre con las manos negras de hollín y un diente de oro— me explicó que para obtener licencia de encantador de rango medio debía completar varios encargos simples y un proyecto de prueba. Después de dejar un depósito, tomé algunos pedidos menores: un par de cuchillos encantados con resistencia al óxido, un amuleto de calor constante para un comerciante friolento, y una piedra luminosa para un niño que odiaba la oscuridad.
Con eso en la bolsa, regresé a la mansión. El recibimiento fue… particular.
—¡Llegas tarde! —Eris estaba con los brazos cruzados y el ceño fruncido, como si hubiera esperado horas.
—Práctica. Ya deberías estar en el patio —añadió Ghislaine, aunque sin el tono de amenaza habitual.
Rudy, sentado en un banco, parecía agotado. —No es que me moleste, pero cuando no estás, Eris entrena el doble conmigo… y eso es mortal.
Le respondí con una sonrisa culpable. —Estaba ocupado investigando algo.
Eso, por supuesto, encendió la chispa de la curiosidad en Rudy. —¿Investigando qué?
—Nada importante… por ahora. —Me guardé el resto para mí. No estaba listo para hablar de la esfera.
Para aliviar la tensión, decidí que era un buen momento para un poco de comedia práctica.
—Bueno, ya que estamos, ¿quieren ver un truco?
Canalicé una mínima carga de magia de rayo en mis manos y, sin previo aviso, liberé una descarga estática que levantó los cabellos de Rudy y Eris como si fueran puercoespines.
—¡ALERION! —gritó Eris, y Rudy solo me miró con expresión de “no puedo creer que hayas hecho eso”.
Salí corriendo por el patio mientras ellos me perseguían, y Ghislaine, de pie con los brazos cruzados, murmuraba algo como: “niños…”.
Después, ya más calmados, Rudy me preguntó sobre la magia de rayo. Le expliqué lo básico:
—Es cuestión de manipular el flujo de maná de forma similar a cómo se carga una nube. Como cumulonimbus, son fábricas naturales de rayos. La clave está en la acumulación a pequeña escala y la liberación controlada.
Rudy asintió con interés, aunque con una sonrisa que me hizo sospechar que estaba planeando usarlo para alguna broma futura.
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Los días siguientes se volvieron una rutina curiosa: por las mañanas, encargos menores para el Gremio de Artesanos y entrenamientos; por las tardes, caminatas a las afueras para observar la esfera negra.
No me limitaba a mirarla. Cada vez que me concentraba con mis ojos de percepción de maná, podía ver con más claridad ese patrón extraño que la rodeaba. El centro era un caos absoluto: maná fluyendo y absorbiéndose de manera errática, como si la esfera estuviera a punto de colapsar. Y sin embargo… había algo más.
Un halo, una fina capa de secuencias de maná que no eran parte del núcleo, contenía toda esa inestabilidad, impidiendo que se desbordara. No era natural. Parecía un sello, o un límite que solo se rompería cuando se cumpliera cierta condición.
La idea me persiguió hasta que decidí probar algo. Usando magia de barrera, intenté replicar ese patrón de contención en mis propios experimentos de magia de salto. Empecé con objetos simples: piedras, trozos de madera, monedas. Los recubría con una capa mágica improvisada que imitaba la secuencia de la esfera, y luego activaba el salto.
Los primeros intentos fueron un desastre: objetos desaparecidos, deformados, astillados o partidos en dos. Pero, con paciencia, fui ajustando el patrón hasta que, al cabo de varios días, la tasa de fallos disminuyó drásticamente.
Por primera vez, la mayoría de los objetos aparecían en el destino intactos, sin daños ni partes faltantes. Era un avance significativo, una mejora real en la magia de salto. Y aunque no me acercaba demasiado a la esfera, verla me estaba enseñando más de lo que hubiera imaginado.
Claro que no podía pasarme todo el día jugando con magia. La rutina en la mansión continuaba, y entre entrenamiento, trabajo y las discusiones entre Eris y Rudy, la vida parecía estable… hasta que tuve una idea que rompió la monotonía.
—Rudy, ¿qué tal si hacemos una escultura de Ghislaine en el patio? —le propuse con total seriedad.
—¿Qué?
—Pero no cualquier escultura… tres veces su tamaño real. Con todos los detalles: Músculos, orejas, músculos, colmillos, cola y músculos… todo.
Rudeus me miró extraño por un momento, luego un brillo de comprensión se iluminó en sus ojos, como si ahora muchas cosas tuvieran sentido.
La chispa prendió enseguida. Rudy aceptó, y cuando Eris se enteró, no solo aprobó el plan, sino que se ofreció a montar guardia para que nadie interrumpiera.
Pasamos un día entero moldeando piedra y afinando detalles con magia de tierra. Me obsesioné con que cada músculo quedara perfecto, mientras Rudy trabajaba el acabado para que brillara como mármol pulido. Eris, fiel a su palabra, espantaba sirvientes curiosos como si fuera una guardaespaldas oficial.
Cuando terminamos, ahí estaba: La Guardiana del Patio, una Ghislaine gigantesca con espada en mano y mirada feroz.
Las reacciones no tardaron.
Philip pasó, miró la escultura y asintió como si fuera normal. Sauros soltó una carcajada atronadora y dijo que era “un monumento digno de la familia Boreas”. Los sirvientes no sabían si admirar o temer la obra.
Y Ghislaine… la observó en silencio durante un largo minuto antes de mirarme.
—Está… bien hecha.
En su idioma, eso era un halago enorme. Aunque detecté cierta inquietud por la forma en que comparaba los músculos de la estatua con los suyos y notó que eran exactamente iguales.
La rutina volvió a su cauce, pero ahora el patio tenía una vigilante pétrea supervisando cada entrenamiento. Y aunque nadie lo dijera, todos sabían que la idea había sido mía.
