Capítulo 47
El día después del cumpleaños de Eris amaneció con un cielo despejado y un olor delicioso a pan recién horneado. Yo estaba sentado a la larga mesa de comedor de la mansión Boreas, con una taza de té humeante en la mano, mientras Sauros masticaba carne como si estuviera en plena batalla campal.
—¡Hahaha! —tronó su voz como un cañón—. ¡Buen trabajo ayer, muchachos! ¡Hicieron que los Boreas parecieran más poderosos de lo que ya somos!
Rudy y yo nos miramos de reojo. No sabíamos si agradecer… o disculparnos por el cohete que casi le voló la peluca al tío de Eris.
De pronto, una de las sirvientas se asomó por la ventana y señaló hacia el cielo.
—¡Miren! —dijo con una mezcla de asombro y miedo.
Al alzar la vista, ahí estaba: una inmensa fortaleza flotante surcando las alturas como si ignorara las leyes de la física. Reconocí de inmediato las torres blancas y las alas translúcidas que la sostenían.
—Chaos Breaker… —murmuré, apoyando el codo en la mesa—. El castillo de Perugius Dola.
Rudy casi se atraganta con el pan.
—¿Ese es… el de la leyenda? —preguntó con una mezcla de emoción y pánico.
—Según los libros —dije—, es un hombre amable y magnánimo. Estoy pensando en visitarlo algún día… si no responde a mis intentos de "comunicación", siempre puedo lanzar un hechizo hacia el castillo para llamar su atención.
Ghislaine me clavó la mirada como si ya estuviera midiendo la distancia para darme un golpe en la cabeza.
—Hazlo y te enterraré en el jardín.
El desayuno continuó entre risas y advertencias veladas. Ghislaine, seria como siempre, dio las instrucciones para el entrenamiento del día, pero noté que Eris estaba más inquieta que de costumbre. Movía la pierna bajo la mesa y ni siquiera prestaba atención cuando Ghislaine explicó un ejercicio de guardia baja.
Finalmente, soltó:
—Quiero algo emocionante.
—¿Emocionante como…? —pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta.
—Como una misión de aventureros —dijo, golpeando la mesa con la palma—. ¡Tú eres rango B, Alerion! ¡Seguro hay algo increíble en el gremio!
Rudy levantó las manos.
—Ni lo sueñes. No tenemos la edad para—
Eris no lo dejó terminar. Literalmente lo agarró del brazo y lo levantó de la silla.
—¡Vamos!
—Eris, espera, que tengo té todavía… —protesté, pero al final me levanté.
Para mi sorpresa, Ghislaine no detuvo la escena.
—Iré con ustedes —dijo con una sonrisa que no presagiaba nada bueno—. Será… educativo.
Y así, mi tranquila mañana se convirtió en una excursión improvisada al gremio de aventureros.
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El gremio de aventureros de Roa estaba tan animado como siempre: ruido de vasos, olor a cuero y cerveza, y un montón de gente que parecía competir por quién tenía la cicatriz más intimidante. O quien llevaba mas tiempo sin ducharse.
Apenas cruzamos la puerta, Eris respiró hondo como si estuviera oliendo gloria.
—Este es mi ambiente —dijo, con una sonrisa de oreja a oreja.
Rudy, en cambio, se encogió como si esperara que alguien lo reconociera como “ese niño noble que se metió aquí por error”.
—¿Seguro que no podemos practicar baile en vez de esto? —susurró, mirando a su alrededor.
Yo avancé hacia el tablón de misiones, ignorando el par de aventureros que cuchicheaban sobre “los niños de la familia Boreas”. Revisé los papeles y encontré algo perfecto: recuperar un cargamento de especias robado por un grupo de bandidos. Nada complicado, solo un rango C.
—Esto servirá —dije, arrancando el cartel.
—¿Bandidos? —Eris casi lo gritó—. ¡Sí! ¡Por fin algo divertido!
—Son bandidos de poca monta —aclaré, mientras revisaba la información—. Si estornudo fuerte probablemente se rindan.
Ghislaine asintió, aprobando la elección. Rudy no tanto.
—¿Y si tienen rehenes? ¿O trampas? ¿O—?
—O miedo a una niña de diez años con más fuerza que ellos —lo interrumpí, señalando a Eris.
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El camino hasta el escondite fue… ruidoso.
—Cuando entremos —decía Rudy—, yo usaré magia de tierra para cerrar las salidas. Luego, Alerion, tú distraes, y Eris—
—Yo voy directo al líder y le rompo la nariz —dijo ella, interrumpiéndolo sin remordimientos.
—¡Eso no es estrategia! —protestó Rudy.
—Es la mejor estrategia —replicó Eris, sonriendo con los dientes.
Ghislaine iba detrás, escuchando todo sin intervenir, como si estuviera esperando que uno de nosotros se metiera en un problema para usarlo de lección.
Cuando llegamos, activé mis ojos de percepción de maná y confirmé lo que sospechaba: ningún enemigo fuerte, todos de nivel básico.
—Relájense —dije—. Esto es como asustar palomas.
Por eso mismo me armé… con un bastón de madera. Rudy me miró como si estuviera loco.
—¿En serio?
—Hay que mantener el estilo —respondí, dándole un golpecito al bastón.
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La “batalla” duró menos de dos minutos. Eris se lanzó antes de que yo diera la señal, derribó al primero de un puñetazo, y al segundo lo mandó contra una pared de una patada. Uno intentó sacar un cuchillo, pero se le cayó del susto cuando vio a Ghislaine aparecer detrás.
Yo apenas tuve que bloquear un golpe flojo y darle un toque en la frente al pobre desgraciado que me atacó. Rudy, por su parte, levantó un muro de tierra para impedir la fuga… aunque se tomó tanto tiempo ajustando la altura que para cuando lo terminó ya no quedaba nadie corriendo.
—¡Misión cumplida! —gritó Eris, plantando el pie sobre un saco de especias como si fuera un trofeo.
—Muy bien —dijo Ghislaine, reuniéndonos—. Pero… Alerion, estabas demasiado relajado; Rudy, tardaste demasiado en reaccionar; Eris… tu golpe fue perfecto, pero olvidaste revisar si había más enemigos detrás.
—Detalles —dijo Eris, agitando la mano.
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De vuelta al gremio, nos dieron una pequeña bolsa de monedas como recompensa. Eris la levantó como si acabáramos de salvar el mundo.
—Próxima misión, dragones —anunció.
—Próxima misión, sentarnos y tomar té —corrigió Rudy.
Yo me limité a sonreír. Después de todo, no todos los días se podía llamar “alto riesgo” a espantar bandidos que apenas sabían sostener un cuchillo.
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La tarde estaba demasiado tranquila para mi gusto. Después de separarme de Eris, Rudy y Ghislaine en la mansión, decidí caminar un rato por las afueras de Roa. El aire era fresco, y el campo abierto me venía bien para despejarme.
Por costumbre, activé mis ojos de percepción de maná. El paisaje se transformó: corrientes invisibles fluyendo entre la tierra, el aire y los árboles… hasta que algo en el horizonte me obligó a frenar en seco.
Muy, muy alto, apenas visible incluso con mi visión, había una esfera negra. No era una nube, ni un fenómeno natural. La forma era perfecta, y alrededor de ella, el maná se retorcía como si estuviera siendo absorbido.
Fruncí el ceño. Ese flujo… no era solo una succión aleatoria. Tenía un patrón. Un ritmo.
Lo reconocí.
Era similar al que producía mi propia magia de salto. Pero no una versión refinada y estable… sino algo descontrolado, como si alguien intentara teletransportar no una persona, sino algo gigantesco, y no supiera manejar la energía.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Cerré los ojos y volví a mirar, enfocando todo mi sentido en esa distorsión. Era inestable. Vibraba. Y si mi instinto no me engañaba, estaba creciendo.
Me llevé una mano al pecho. La presión era leve, pero suficiente para hacerme notar que no era solo un fenómeno visual: el maná del lugar entero se estaba viendo afectado casi imperceptiblemente.
Tragué saliva y me forcé a apartar la mirada. No tenía pruebas, y si empezaba a hablar de “esferas negras que chupan el maná” probablemente me mirarían como si hubiera inhalado demasiado humo de pociones.
—Será mejor observar… y esperar —me dije en voz baja.
Seguí mi camino, pero no pude evitar mirar atrás una última vez. La esfera seguía ahí, suspendida en silencio.
Una brisa fría me rozó el cuello, helada como si viniera de un invierno lejano.
