Capítulo 52 – “Primeros Pasos en Ars”
La luz se colaba tímidamente por la ventana de madera, filtrada por cortinas color crema que no lograban bloquear el murmullo de la calle. El aroma de pan recién horneado y un toque de especias me sacaron del sopor. Abrí los ojos, reconociendo de inmediato el techo de madera pulida de mi nueva habitación.
Me incorporé, dejando que el frío de la mañana me despejara por completo. La posada estaba silenciosa salvo por el ocasional crujir de las tablas bajo pasos ajenos. Me vestí con ropa ligera de viaje y guardé mi daga en la bota; no por costumbre, sino porque Ars no era un lugar donde uno pudiera andar completamente relajado.
Bajé al comedor. Las mesas, de roble robusto, estaban ocupadas en su mayoría por comerciantes que discutían precios y rutas, y por dos aventureros con cara de haber pasado la noche bebiendo más de la cuenta. La chimenea seguía encendida, manteniendo el lugar agradablemente cálido.
La dueña de la posada, una mujer robusta con delantal blanco, me sirvió un desayuno compuesto por pan negro, mantequilla, huevos duros y una sopa ligera de verduras con un toque picante. “Típico de Ars”, comentó con una sonrisa, como si hubiera leído mi mente. El sabor era fuerte, pero energizante.
Mientras comía, eché un vistazo a los demás huéspedes. Un mercader con capa verde repasaba una lista interminable de mercancías; un joven de aspecto nervioso sostenía una bolsa que tintineaba con demasiada evidencia, y en una esquina, dos hombres con armaduras ligeras observaban a todos sin tocar la comida frente a ellos. El tipo de gente que no buscas, pero que inevitablemente terminas encontrando.
Terminé mi desayuno y salí a la calle. El aire matutino estaba fresco, impregnado del olor a pan, a cuero trabajado y a especias que se mezclaban en una nube embriagadora.
Ars, a primera hora, ya era un hormiguero. Los carruajes rodaban por calles empedradas, esquivando grupos de vendedores que ofrecían desde frutas hasta armas de segunda mano. Las casas y locales variaban en calidad: algunos con fachadas impecables, otros con paredes agrietadas y techos remendados. El contraste social estaba ahí, a plena vista.
Decidí dirigirme hacia la plaza de los gremios, un área donde se concentraban varias organizaciones importantes. El camino me llevó por callejuelas decoradas con farolas mágicas, y no pude evitar detenerme ante un músico callejero que tocaba una melodía melancólica en un laúd de tres cuerdas. A su alrededor, niños descalzos recogían monedas en una jarra.
Pasé también por una escena menos agradable: un joven con ropas harapientas corrió tropezando contra un hombre vestido con un abrigo carmesí. El noble, indignado, le gritó y, sin previo aviso, su guardaespaldas le propinó un golpe que lo dejó tendido en el suelo. Nadie intervino. Yo tampoco. No porque no pudiera, sino porque aún no conocía las reglas no escritas de esta ciudad… y no pensaba ganarme enemigos por un impulso mal calculado.
Seguí mi camino hasta la sede del Gremio de Aventureros de Ars. El edificio era impresionante: tres pisos de piedra y madera reforzada, con banderolas que mostraban el emblema del gremio ondeando al viento. Dentro, la actividad era frenética: aventureros de todos los rangos consultaban tablones repletos de misiones, mientras escribanos y recepcionistas gestionaban contratos y pagos.
Me acerqué a un mostrador donde una mujer de cabello recogido y gafas redondas revisaba papeles.
—Nombre y rango, por favor.
—Alerion Zakhal Dragonroad, rango A. Recién llegado de Delarus.
La recepcionista arqueó una ceja y revisó un registro.
—Confirmado. Bienvenido a la sede de Ars, señor Dragonroad. Aquí las misiones de alto rango suelen estar ligadas a contratos con nobles o gremios mayores. El pago es bueno, pero las implicaciones políticas… —me miró por encima de las gafas— pueden ser peligrosas.
Asentí, entendiendo perfectamente el mensaje. Firmé mi registro como aventurero activo en la capital y me entregó un pequeño cuadernillo con normas específicas del gremio local.
Cuando me retiraba, no pude evitar mirar de reojo una mesa donde varios aventureros discutían sobre un encargo para “controlar” un barrio del norte. No era una misión de caza de monstruos, sino un trabajo de limpieza… urbana. Guardé esa información para más adelante.
De regreso a la calle, el bullicio parecía haberse duplicado. Los vendedores gritaban ofertas, los pregoneros anunciaban noticias y los carreteros hacían sonar las riendas para abrirse paso. Ars estaba viva, y cada esquina ofrecía algo nuevo… o peligroso.
Pasé por un puesto de libros usados y mapas, hojeando rápidamente uno que mostraba rutas hacia la cordillera del norte. El vendedor me observó con interés, pero no dijo nada cuando lo dejé de nuevo en su sitio.
Mientras me alejaba, una niña con un ramo de flores marchitas me ofreció una por una moneda. Se la compré y, sin pensarlo demasiado, la dejé en el alféizar de una ventana al pasar. Ars podía ser dura, pero eso no significaba que yo tuviera que dejar de ser humano.
Me quedaban muchas calles por recorrer y un día entero por delante.
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El sol había escalado lo suficiente como para convertir las piedras del camino en un tablero de ajedrez brillante. Guardé el cuadernillo del gremio y tomé rumbo al distrito donde, según los mapas de mi padre, se concentraban los dojos formales. En Ars, entrenar no era un privilegio romántico; era una licencia social. El sello que llevabas en la muñeca importaba casi tanto como tu apellido.
El Dojo del Dios del Agua ocupaba media manzana y aún así parecía más grande por dentro. Paredes altas, pabellones conectados por pasillos abiertos, un jardín con estanques donde el viento hacía pequeñas arrugas en el agua. Silencio funcional: el tipo de quietud que no te invita a relajarte, sino a respirar al ritmo de otro.
Un discípulo me salió al paso. Tenía la mirada recta y una cicatriz reciente en el pómulo, lo que me recordó la diferencia entre “estudiante” y “espada”.
—¿Propósito?
—Presentación —saqué el sobre—. Carta de recomendación para el Dojo, dirigida al actual Dios del Agua. De parte de Aelinne Dragonroad, Santa del Agua.
No hizo gestos, pero el leve descenso de los hombros dijo “esto es serio”. Me indicó una antesala y fue a anunciarse. Volvió con una mujer de cabello blanco recogido en un moño severo; sus dedos parecían hechos para corregir posturas con medio toque.
—La carta, por favor. —La leyó de pie, sin invitarme a sentar. Los ojos le cambiaron un poquito de brillo al llegar al nombre de mi madre—. Conocemos a Aelinne. Si dice que vales la pena, no lo tomamos a la ligera. El Dios del Agua está… ocupado. —Dejó la carta en una bandeja—. Puedes asistir a sesiones abiertas de observación y medir tu forma en un tatami lateral. Si demuestras control, se evaluará algo más formal.
—Acepto. —Hice una inclinación breve. No insistí; en estos lugares, insistir es perder.
El tatami lateral olía a madera recién aceitada. Dos espadachines practicaban un drill de distancia: paso-entrada, corte al muslo, retiro en línea. Preciso, cortante, económico. Me quité la capa, ajusté la vaina y me puse al lado, sin invadir espacio. Practiqué a ritmo bajo, enfocando en un vicio que Ghislaine me había marcado: mi codo en guardia alta se levantaba un dedo de más. Minucia que abre la puerta a un desarme.
Una sombra se proyectó. Era la mujer del moño.
—Otra vez —ordenó. Repetí. Me tocó el antebrazo con dos dedos—. Menos hombro, más muñeca. Tu línea es buena, pero tu codo habla antes que tu hoja.
—Entendido.
No hubo elogios ni sonrisas. En el dojo, “entendido” es la única palabra que importa.
Me retiré tras una hora de estudio. En la salida, un chico de mi edad —tal vez un poco mayor— me alcanzó con paso fácil. Pelo negro, coleta baja, callos en las manos.
—Soy Kael —dijo—. Te vi ajustando la guardia. Es raro que alguien escuche a la primera. ¿Nuevo en Ars?
—Alerion —respondí—. Llegué ayer.
—Si quieres, te muestro atajos para cruzar de aquí a la zona de gremios sin pagar todos los peajes “voluntarios”. —Sonrió con una mezcla de picardía y cortesía—. A cambio… me intriga tu forma de cortar. Tienes peso de Agua, pero pisas como Norte.
—Híbrido —admití—. Trato.
Caminamos. Kael conocía puertas traseras, escalinatas que evitaban callejones “propiedad” de cuadrillas, y puentes laterales donde la guardia no pedía monedas por existir. En el trayecto, me lanzó preguntas medidas: de dónde era, por qué Ars, si realmente venía con carta de la Santa del Agua. No respondió casi nada de sí mismo. Alguien le enseñó a preguntar más que hablar. Me caía bien.
—Aquí doblan hacia el mercado alto —indicó—. Si vas solo, evita el pasillo de los herreros por la tarde. Llegan escoltas borrachos y confunden prueba de filo con provocación.
Nos despedimos con un gesto. No intercambiamos promesas. Perfecto.
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La calle de talleres olía a metal caliente, aceite y ambición. Martillos marcaban ritmos distintos como si compitieran por el compás perfecto. Iba a pasar de largo cuando una voz cascada disparó:
—Eh, muchacho de la capa reforzada, ven acá.
El taller era angosto y profundo, estanterías con piezas a medio ensamblar, runas de tiza en tablillas de prueba. Un anciano de barba corta y manos tatuadas con quemaduras viejas me observaba con el descaro de quien ya lo ha visto todo.
—Esa costura del hombro es autoajuste de tensión. Trabajo de encantador, no de modista. —Se inclinó un poco—. ¿Tuyo?
—Mío.
Chasqueó la lengua, satisfecho.
—Soy Hespar. Encantador desde antes que tu padre pensara en nacer. —No me dio la mano; me dio un punzón—. Graba, tres líneas, patrón simple de disipación térmica. Quiero ver cómo piensas, no qué tanto has memorizado.
Acepté el punzón, pedí una tablilla de cobre y tracé un patrón no ortodoxo: dos líneas externas absorbentes y una interna que redirigía al filo contrario con microretraso. Hespar inclinó la cabeza.
—Es feo. Funciona. —Sopló el polvo—. No es de escuela. Es de calle.
—Me sirve más en la calle —dije.
—Te va a servir más en Ars. —Se giró y sacó de un cajón una bolsita—. Núcleos de salamandra de grano fino. Úsalos con moderación; si los fuerzas, tu pieza se vuelve temperamental. —Me midió otra vez—. Si te quedas tiempo, tráeme un encargo imposible. De los que pagan el alquiler de un mes.
—Volveré —prometí, sin prometer fecha.
Salí con el peso agradable de posibilidades en el bolsillo. El sol ya había empujado el día hacia ese oro impúdico que hace ver bonitos hasta los charcos.
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Decidí probar el mercado alto que Kael me señaló. Mármol en los umbrales, toldos limpios, guardias con lanza y mirada de inventario. No era un lugar para detenerse demasiado si tu dinero no hacía ruido.
Vi colgantes de jade con inscripciones de “salud” mal trazadas, cuchillos ceremoniales que nunca habían cortado nada, y pergaminos con promesas de longevidad que olían a tinta barata. Entre lo legítimo y lo falso, Ars construía un bazar de apariencias.
En un pasadizo lateral, el ambiente cambió sin cambiar de fachada. Menos ruido, más ojos. Un hombre con chaleco de paño me interceptó con una sonrisa de comerciante que sabe medir almas a precio de peso.
—Veo que aprecia lo fino, joven. —Me mostró una bandeja con “hierbas”—. Mezclas medicinales… y para proyectos especiales. Si sabe de encantamientos, sabrá distinguir.
La bandeja tenía dos niveles. El de arriba, legal. El de abajo, no tanto: polvo de médula de wyvern, fragmentos de núcleo no depurado, hojas de uxis que inducen conducción de maná irregular. Material útil, pero no para comprar enfrente de un guardia.
—Estoy mirando —dije.
—Mire con calma. —Su mirada se desvió, un milímetro, hacia la esquina. Seguí el hilo. Dos hombres con brazaletes de cuero sin insignia oficial, pero con la postura de quien cobra por “proteger”.
Llegaron como la lluvia que sabe a dónde cae.
—Inspección —dijo el más alto, extendiendo la mano sin mirar el género—. Cuota del día.
El vendedor sudó, sacó monedas con la resignación del que ya pagó ayer. El alto las pesó con gesto de burla.
—Falta “el aroma”.
Traducido: soborno extra. El comerciante me miró un segundo —no por ayuda, por testigo. Yo no era su salvador; era su posible coartada o su próximo problema.
El guardia bajo me evaluó. Vio la capa, el metal del cinturón, el filo. Vio el no noble, pero tampoco plebeyo. Se le encendió la chispa de “cliente incidental”.
—Tú también. Cuota de inspección. —Extendió la palma—. Por “material sensible”.
Incliné la cabeza, como si buscara monedas en la bolsa interior. En realidad, marqué un círculo de aire mínimo en su muñeca: presión exacta para adormecer la mano durante tres latidos. Cuando sus dedos no cerraron bien, dejé caer una sola moneda. Hizo un sonido claro contra el cuero.
—Apunte mi nombre —dije en voz normal, entregándole al alto la tarjeta de madera del Gremio de Aventureros con marca de rango A—. Si hay discrepancias, el gremio audita. Les encanta auditar.
El alto midió la tarjeta, me midió a mí, y midió al bajo masajeándose la mano sin entender por qué se le había dormido. No querían papeles. Querían silencio. Y no lo iban a tener fácil con un aventurero A que archiva “incidentes”.
—No hace falta —gruñó el alto, empujando las monedas de vuelta hacia el vendedor—. Día largo. No compliquemos.
—Qué considerado —respondí.
Se fueron con esa dignidad chueca de quien decide retroceder fingiendo que avanza. El comerciante exhaló.
—No tenía que… —empezó.
—Lo sé. —Guardé la tarjeta—. Solo pensé en mis auditorías. Odio el papeleo.
El hombre soltó una risa breve, casi sorprendida. Bajó la voz.
—Tengo un aviso que no es para tablones: equipo para cacería de wyverns al norte. Pagan en especie: escamas y colmillos a precio justo. Varios talleres colocaron carteles. Si trae material, yo convierto en moneda y no hago preguntas.
—Anotado.
Compré legal: dos viales de aceite conductor y un paquetito de resina de foco. Lo ilegal lo dejé para cuando entienda mejor qué nombre tiene cada esquina.
Salí al pasillo con la sensación limpia de haber pasado una prueba sin hacer ruido. Detrás, Ars seguía su concierto de voces y ruedas. Delante, el dojo, el gremio, los talleres y un mapa cada vez más nítido dibujándose en mi cabeza.
No vine a buscar problemas. Pero parecen buenos rastreadores. Y huelen rápido a los recién llegados.
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Regresé a la Jarcia Plateada por calles que ya empezaban a resultarme familiares: un atajo que me enseñó Kael, una plaza secundaria donde un anciano afinaba un laúd, el aroma de pan con especias que salía de una panadería oculta entre dos talleres.
La posada estaba más viva que ayer por la noche. Aventureros de todos los niveles se repartían las mesas, algunos revisando contratos, otros bebiendo con la risa fácil del que tuvo un buen día. Pasé junto a un grupo que discutía si un wyvern “de montaña” valía más que uno “de llanura”; la conversación me recordó el cartel que vi en la calle y al comerciante que me habló de la cacería.
En mi mesa habitual ya me esperaba un cuenco de estofado caliente y una jarra de cerveza ligera. La posadera, una mujer de cabello recogido en un pañuelo rojo, me guiñó un ojo.
—Cortesía de un cliente que dijo que tu capa le recordaba a la suya… hace veinte años.
No pregunté quién. En Ars, los regalos sin nombre pueden ser amistosos… o pueden ser el principio de un favor pendiente. Acepté el cuenco y el gesto.
Mientras comía, repasé mentalmente el día:
Acceso al dojo del Dios del Agua, aunque fuera solo en observación.
Un contacto útil en Kael, conocedor de rutas y normas no escritas.
La prueba con Hespar y su oferta velada de encargos “imposibles”.
El roce con los cobradores disfrazados de inspectores.
El rumor de la cacería de wyverns.
Demasiado para un solo día. Y eso que aún no había ido al gremio de artesanos.
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Un ruido distinto al murmullo normal me hizo alzar la vista: la puerta se abrió de golpe y entraron tres hombres. No eran grandes ni llevaban armadura pesada, pero tenían ese aire de gente que sabe a quién golpear primero. Miraron rápido la sala y se dirigieron a la barra. Uno de ellos señaló en mi dirección, pero el posadero negó con la cabeza. Tras un intercambio breve, salieron.
No me moví hasta que el silencio volvió a la normalidad. No estaba seguro de si venían por mí o por otro, pero su forma de buscar “alguien” era demasiado obvia para ser casualidad.
—¿Problemas? —preguntó la posadera al recoger mi jarra vacía.
—Todavía no. —Le dejé unas monedas extra—. Pero avíseme si vuelven.
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En la habitación, con la ventana entreabierta al aire fresco, extendí sobre la mesa los mapas que me dio mi padre. El dibujo de Ars y sus alrededores estaba lleno de rutas, marcas y notas escritas con su caligrafía firme. Algunas coincidían con lo que Kael me mostró; otras no. Había pasos señalados como “seguros” y “evitar” sin más explicación. Me prometí averiguar el porqué de cada marca.
Guardé también la carta de Aelinne en un cajón con llave. Aunque la había entregado al dojo, siempre llevaba una copia con sello mágico por si “se perdía” en el camino.
Antes de dormir, afilé mi espada y revisé la tensión de las correas de la armadura ligera. Un hábito que no pienso perder, esté en un campamento o en la capital más protegida del continente.
Me recosté. Ars no dormía… y por lo visto, tampoco pensaba dejarme dormir tranquilo por mucho tiempo.
En algún punto, entre el repaso mental de rutas y la sensación de estar siendo observado, el sueño me ganó. Y allí, en la frontera difusa entre vigilia y descanso, la capital me pareció un tablero enorme… donde las piezas ya habían empezado a moverse hacia mí.
