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Chapter 53 - capítulo 53

Capítulo 53

El amanecer se filtraba por la ventana de la posada, y la luz me golpeó los párpados como si quisiera arrancarme de la cama a la fuerza.

No había dormido casi nada. Entre el murmullo constante de la ciudad y el desfile interminable de pensamientos que no me dejaban en paz, mi cabeza terminó latiendo como un tambor de guerra.

Me incorporé de golpe y, sin darme cuenta, lancé la almohada contra la pared.

—Tsk… —solté entre dientes, apretando los puños. Era ese maldito cosquilleo de irritación que me recorría todo el cuerpo cuando algo me sobrecargaba. Sabía que tenía que controlarlo antes de hacer una estupidez.

Respiré hondo, una, dos, tres veces, hasta que la presión en el pecho empezó a ceder.

No es un mal día… solo que lo estoy empezando mal.

Mientras me lavaba la cara, la conclusión se formó sola: había subestimado a Ars.

Por muy grande y hermosa que fuera, esta ciudad no era un simple escenario para mis planes. Si las novelas y tramas de mi vida anterior me enseñaron algo, es que en lugares así uno siempre termina llamando la atención, incluso sin querer. Y lo más probable… es que ya hubiera alguien observándome.

En ese caso, no tenía sentido seguir jugando al perfil bajo. Si quería adaptarme rápido, lo mejor era ponerme “bajo la falda” de una organización o alguien con suficiente poder como para que los demás lo pensaran dos veces antes de meterse conmigo.

Con la decisión tomada, recogí mis cosas y bajé al mostrador. No di explicaciones; solo dejé la llave.

Media hora después, ya estaba frente a una posada mucho más ostentosa en el distrito noble, una zona donde solo se hospedaban comerciantes ricos y aventureros de rango A o superior. Las paredes blancas, el escudo dorado en la entrada y los guardias privados me dejaron claro que aquí el ruido de la ciudad quedaba muy lejos.

Pagué una habitación por un mes. El precio era obsceno, pero en este momento, el dinero no era un problema… y la tranquilidad valía cada moneda.

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Después de instalarme en mi nueva habitación, no me quedé mucho tiempo disfrutando de la cama mullida. Si algo tenía claro, era que quedarse quieto en la capital era lo mismo que empezar a oxidarse.

Me dirigí directamente al taller de Hespar, el encantador con el que había cruzado algunas palabras ayer. El lugar olía a metal caliente y polvo de piedra mágica. Entre las mesas llenas de herramientas, Hespar estaba inclinado sobre una espada de hoja ancha, repasando runas con un cincel delicado.

—Tienes buen momento —dije, apoyándome en el marco de la puerta—. Vengo a hacerte una pregunta directa: ¿necesitas un asistente?

Levantó la vista, parpadeó un par de veces y me miró como si quisiera evaluar si hablaba en serio.

—¿Un asistente? —repitió—. Los aprendices no suelen empezar con tanto descaro.

—Yo no soy un aprendiz —respondí, entrando sin esperar invitación—. Sé encantar armas y armaduras, conozco propiedades de materiales raros y no me da miedo ensuciarme las manos.

Hespar me estudió un momento más y luego soltó una sonrisa breve.

—Está bien. Puedes venir todos los días temprano, empezando mañana. La paga dependerá de lo que demuestres. A cambio… aprenderás todo lo que tu cabeza pueda retener.

Un apretón de manos selló el trato. Directo y sin rodeos. Justo como me gustaba.

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Todavía era temprano, así que puse rumbo al dojo del Dios del Agua. El edificio estaba en el límite entre el distrito noble y una zona de entrenamiento militar. Sus muros eran de madera oscura, con un portón ancho que dejaba ver el tatami central. El ambiente olía a sudor y madera pulida.

En cuanto entré, todos me miraron como si esperaran a que dijera algo. No lo hice. Caminé hasta el centro del tatami y señalé a un hombre que practicaba katas con una espada de bambú.

—Quiero un combate contigo —dije, y mi voz resonó lo suficiente para que todos la escucharan.

El maestro del dojo, un hombre mayor con barba bien cuidada, alzó una ceja.

—Ese es uno de mis discípulos de nivel avanzado. ¿Estás seguro?

—Más que seguro.

El combate comenzó y me moví usando solo esgrima. Nada de magia. Mezclé la precisión fluida del estilo del Dios del Agua con los cambios de ritmo y fuerza bruta del estilo del Dios del Norte. La combinación desconcertó a mi oponente, que intentó bloquear una estocada… y terminó desarmado en el tercer intercambio.

Un silencio pesado se apoderó del dojo antes de que alguien que vio mi carta de presentación murmurara:

—Tiene… ¿doce años?

Las miradas se multiplicaron, y pronto escuché el nombre de Isolte Cruel, la nieta del actual Dios del Agua, mencionada varias veces entre susurros. Genio a su edad, sí, pero… solo nivel intermedio. Yo acababa de dejar claro que jugaba en otra liga.

No me quedé para escuchar más. Guardé la espada, incliné la cabeza al maestro y salí del dojo con paso tranquilo, pero con una sonrisa en el rostro.

Hoy no habrá descanso, tengo que familiarizarme con las zonas que voy a frecuentar.

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El cielo estaba teñido de tonos anaranjados cuando regresé al distrito noble. Las farolas mágicas se encendían una a una, proyectando destellos suaves sobre las calles adoquinadas. La caminata desde el dojo me permitió ordenar un poco mis pensamientos, aunque todavía sentía un leve cosquilleo de satisfacción por la cara que pusieron al escuchar mi edad.

Al llegar a la posada, el portero me recibió con una reverencia mecánica. Subí las escaleras y entré en mi habitación, dejando la bolsa con mis cosas junto al escritorio. Me dejé caer en la cama sin siquiera quitarme las botas.

Aquí había más movimiento, más competencia, más secretos de lo que había imaginado. Y si jugaba bien mis cartas, también había más oportunidades.

—Cambio de planes —murmuré para mí mismo—. No me voy tan pronto.

Un golpe leve de dolor en la sien me recordó que había dormido poco y pensado demasiado desde mi llegada. Suspiré, me quité las botas y me acomodé mejor. Tenía trabajo con Hespar por las tardes, el dojo para entrenar por las mañanas, y toda una capital por explorar entre medias.

Mientras el sueño empezaba a arrastrarme, sonreí con calma.

Ars era demasiado grande y demasiado complicada… pero quizás, justo por eso, valía la pena quedarse más tiempo de lo planeado.

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