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Chapter 54 - capítulo 54

Capítulo 54 – Parte 1 – Mañana en el distrito noble

La luz entraba por las cortinas pesadas de mi habitación, teñida de un tono cálido que contrastaba con la frialdad de las calles adoquinadas que había visto la noche anterior. Dormí bien, mejor que en cualquier otro sitio desde que salí de Delarus. La cama era blanda, el aire estaba perfumado con alguna esencia floral y, lo más importante, no había ruido de borrachos, peleas o pasos furtivos bajo la ventana.

Me levanté sin prisa. No porque quisiera holgazanear, sino porque sabía que el día iba a ser largo y no planeaba repetir el error de agotarme antes del mediodía. Me vestí con ropa cómoda, ajustada, que me permitiera moverme con soltura tanto en el taller como en el dojo.

Bajé al comedor y pedí un desayuno “completo”. El camarero me sirvió una bandeja impecable: pan recién horneado, queso suave, huevos revueltos con hierbas y un vaso de zumo de frutas que no reconocí. Mientras comía, escuchaba el murmullo constante de la sala: comerciantes discutiendo sobre rutas de suministro, aventureros negociando recompensas y, de vez en cuando, alguna risa fuerte que rompía la monotonía.

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No pasé demasiado tiempo disfrutando del lujo. Tenía una cita implícita que cumplir: mi primer día en el taller de Hespar. El lugar estaba en el límite entre el distrito noble y el área comercial, rodeado de tiendas que vendían desde joyas hasta artefactos mágicos. El taller se reconocía fácilmente por el sonido metálico constante y el olor a piedra de maná recién tallada.

Empujé la puerta y me recibió una nube de calor. Hespar estaba inclinado sobre una mesa, tallando con precisión una serie de runas sobre un guardamano de plata. Ni siquiera levantó la vista cuando entré.

—Llegas a tiempo —dijo, como si hubiera estado midiendo mi puntualidad—. Empieza con esto.

Me señaló una mesa lateral con una pila de láminas metálicas, cristales pequeños y un juego de herramientas finas. El trabajo inicial era simple: limpiar impurezas, clasificar materiales por calidad y preparar la base para encantamientos menores. No me quejé; cuanto antes viera su flujo de trabajo, antes podría replicarlo.

Mientras trabajaba, entró un hombre bien vestido, acompañado de dos guardias. Traía una espada envuelta en tela negra y un tono de voz que solo usan los que están acostumbrados a que los escuchen sin interrupción.

—Hespar, necesito esto listo en tres días. Sin fallos.

Hespar apenas levantó la ceja y contestó: —Tres días… eso cuesta el doble. Y aún así, si no me traes el catalizador correcto, no me hago responsable.

El intercambio fue breve pero tenso. El noble dejó una bolsa de monedas en el mostrador y se marchó. Me limité a observar y memorizar la forma en que Hespar controlaba la negociación sin levantar la voz.

—Si aprendes algo de mí, que sea eso —comentó después—. Un encantador que se abarata no sobrevive en esta ciudad.

No respondí. Solo asentí y seguí trabajando.

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A media mañana, Hespar me envió al mercado de materiales a buscar polvo de cuarzo de maná refinado. El mercado era un hervidero de actividad, con tenderetes improvisados y puestos más estables de comerciantes que llevaban generaciones en el negocio.

Me acerqué a un vendedor mayor, de barba gris y manos curtidas, que estaba pesando fragmentos de piedra mágica.

—Busco cuarzo de maná, refinado, grano fino —le dije.

El hombre me miró un segundo, evaluándome, antes de sacar un pequeño saco.

—Está más caro de lo normal. El suministro viene inestable desde el sur… dicen que hubo un derrumbe en una de las minas.

No me interesaba la historia, pero sí el dato: si el sur tenía problemas, los precios podían subir aún más. Compré lo suficiente para el encargo y guardé el resto de la información para más adelante.

Mientras me retiraba, sentí un tirón en el cinto. La bolsa con el cuarzo desapareció de mi mano como si se la hubiera tragado el aire. Me giré a tiempo para ver a un chiquillo de no más de trece años intentando escabullirse entre la multitud.

Un paso rápido y le corté el escape, sujetándolo por el cuello de la camisa. No necesité usar magia; un giro firme de muñeca bastó para que soltara la bolsa.

—No vuelvas a intentarlo, chico —dije, soltándolo. No me interesaba armar un espectáculo, pero me aseguré de que entendiera que había elegido mal a su objetivo.

El niño huyó sin mirar atrás. Guardé el cuarzo y volví al taller sin más incidentes.

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Cuando entregué el material, Hespar lo revisó con ojo crítico y asintió.

—Bien. Si trabajas así todos los días, aprenderás más rápido de lo que crees.

Salí del taller con la satisfacción de haber cumplido la primera parte de mi plan para el día. Ahora tocaba la segunda: el dojo.

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Capítulo 54 – Parte 2 – Entrenamiento en el dojo del Dios del Agua

La entrada del dojo estaba más concurrida que ayer. No era solo impresión: reconocí a dos de los discípulos que me vieron pelear y a un trío nuevo con las muñecas vendadas y esa rigidez de quien ha pasado la mañana entera repitiendo el mismo corte hasta que la espalda protesta. Crucé el umbral sin anunciarme; aquí uno habla con los pies en el tatami.

Dejé la capa, ajusté la vaina y pedí con un gesto el espacio lateral. El murmullo bajó un tono. Un instructor joven me señaló a un practicante alto, de postura limpia y mirada fija: nivel avanzado. Perfecto.

El toque de madera en la campana marcó inicio. Avancé con línea de Agua, presión suave, filo que busca la muñeca. El otro respondió con manual, buen retroceso, guardia exacta. Cambié a ritmo Norte de golpe: un medio paso más pesado, quiebre de cadera y amague a la clavícula que convirtió en corte raso al muslo. Su bloqueo fue medio latido tarde; suficiente para tocar vaina y desplazar su equilibrio.

El segundo cruce fue más largo. El advancedo trató de “mojar” mi base con desplazamientos circulares; respondí con una guardia de Agua impecable y cuando vi el hombro adelantar un dedo de más, entré con Norte: presión, choque, y una torsión mínima de muñeca que le arrancó la hoja hacia abajo. No la perdió, pero su respiración cambió. Ya no me leía.

El tercero fue el cierre. Le cedí un cuarto de paso. Él mordió. Ataque alto, sobreextensión mínima. Mi filo giró en eje corto, encontró su guardia por dentro y bloqueé su codo con antebrazo. La punta de mi espada le rozó el cuello sin tocar piel.

Silencio. Luego, exhalaciones. Bajé la hoja y retrocedí un paso. Él inclinó la cabeza, serio. Respuesta limpia.

—¿Quién te enseñó ese híbrido? —La voz vino desde la baranda lateral.

El hombre que habló no vestía ostentoso. Delgado, cabello recogido, ojos que parecían medir la respiración entre parpadeos. Instructor veterano, esos que llevan años quitando vicios de codo a base de miradas.

—Mi madre marcó la base de Agua —respondí—. Norte lo aprendí de mi padre.

—Asintió, casi imperceptible—. La maestra del dojo ha oído de ti. Si vuelves mañana a esta hora, alguien más querrá verte.

La maestra. No necesitaba decir su nombre. Reida Reia rara vez aparecía para mirar “cualquier” cosa. No pregunté más. A veces, empujar una puerta antes de tiempo hace que te cierren el pasillo entero.

Me retiré a un borde a estirar antebrazos. Respira, suelta, revisa codo. Dos practicantes susurraban algo que capté a medias: “el chico… doce… híbrido…”. Que hablen. El tatami guarda mejor los rumores que las paredes.

—¿Tú eres el de ayer? —Una voz clara cortó a mi derecha.

Me giré. Isolte Cruel—lo supe por la forma en que caminaba dentro del dojo como si el suelo tuviera su nombre grabado— venía con dos chicas de su edad. Coleta tirante, ojos decididos, la espada en la mano como si fuera una extensión del antebrazo.

—Depende de lo que dijeron de “el de ayer” —contesté.

Sus amigas intentaron ocultar una sonrisa. Isolte no.

—Que peleas raro. —Se plantó a dos pasos—. Y que ganaste a un avanzado sin sudar. Yo soy Isolte.

—Alerion. Y sí, peleo raro.

—Quiero cruzar contigo… algún día —dijo, como quien avisa y no pide—. Ahora no. Estoy puliendo base. —Alzó la espada y marcó un kiri-oroshi perfecto en línea—. Si peleo hoy, aprendería menos que mirando.

No era falsa modestia. Tenía ojo. Y disciplina.

—Cuando quieras —respondí.

Se alejó con sus amigas hacia el tatami central. Vi a uno de los instructores ajustar su postura con dos dedos en la escápula. Su corte siguiente fue aún mejor. Genio intermedio, sí. Pero genio con trabajo. Los peligrosos de verdad son esos.

El veterano de la baranda me hizo un gesto mínimo. Obedecí. Guardé espada, recogí capa y me despedí con una inclinación breve. Algunas miradas me siguieron hasta la puerta; otras volvieron al tatami. El dojo siempre vuelve al tatami.

Tenía la tarde para el taller y, si el reloj interno no me engañaba, una visita pendiente al gremio de magos antes de que cerraran las solicitudes de lectores. El día aún podía estirarse un poco más. En Ars, la cuerda tensa es la que mejor suena… hasta que se rompe.

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Capítulo 54 – Parte 3 – Gremio de Magos y cierre de jornada

El gremio de magos estaba en el corazón del distrito académico, una zona que olía a pergamino viejo y a incienso quemado en exceso. La fachada era de piedra negra con incrustaciones de cuarzo, y en la entrada dos estatuas de bronce —un mago y una maga— sostenían bastones que desprendían una luz azul suave.

Atravesar sus puertas fue como cambiar de clima: el bullicio de Ars se apagó, reemplazado por el murmullo de plumas sobre papel y el chasquido ocasional de un cristal de maná al activarse.

Un recepcionista con túnica azul oscuro y bordes dorados me observó como si evaluara mi edad antes de mis méritos.

—¿Asuntos del día? —preguntó.

—Lectura de archivo y revisión de solicitudes —respondí, dejando en el mostrador la insignia investigador.

Sus cejas subieron medio centímetro.

Me condujo a una sala circular donde los anaqueles se alzaban hasta perderse en la penumbra superior. En el centro, mesas con lámparas mágicas y escribas concentrados. No había risas, no había charlas casuales: solo el sonido de mentes trabajando.

Busqué directamente las secciones de traslación controlada y manipulación cinética. Aquí lo llamaban “desplazamiento vectorial” y “magia de fuerza directa”, pero era lo mismo: mi salto y mi telequinesis.

Pasé una hora revisando diagramas y anotaciones sobre límites de masa, disipación de energía y casos documentados de accidentes… algunos letales.

Un aprendiz que pasaba me observó demasiado tiempo sobre el hombro.

—¿Problemas? —pregunté sin levantar la vista.

Se sonrojó. —No… solo, nunca había visto a alguien revisar esos volúmenes en su primer día.

—Eso es porque la mayoría empieza por los hechizos que se ven bonitos —repliqué, cerrando el libro con cuidado.

Dejé las obras en su sitio y me acerqué al tablón de solicitudes. La mayoría eran trabajos de asistencia mágica básica, nada me llamó la atención.

Salí del gremio con las últimas luces del día. El cielo sobre Ars se encendía en tonos púrpura y el aire estaba cargado con olor a pan recién horneado de las panaderías nocturnas.

En el distrito noble, la posada me recibió con silencio. Subí a mi habitación, dejé la capa en el respaldo de la silla y me dejé caer en la cama.

El techo blanco me devolvió la mirada mientras enumeraba mentalmente mi plan:

Mañanas en el taller de Hespar.

Tardes en el dojo del Dios del agua.

Huecos libres para el gremio de magos.

Y ojos abiertos a cualquier oportunidad que valiera el riesgo.

Ars no era un sitio para vivir tranquilo… pero para crecer, aprender y ganar poder, era perfecta.

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