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Chapter 73 - Viaje

Horas después, en las afueras de Spinner's End, un fuerte sonido de aparición rompió el silencio de la calle.

—¡Crack!

Sirius Black apareció entre las casas.

Llevaba la varita firmemente sujeta en la mano y una expresión sombría en el rostro. Durante unos segundos permaneció quieto, observando a su alrededor.

Había recorrido aquel lugar siguiendo la información que había conseguido.

Ahora solo tenía que encontrar una casa.

Sirius comenzó a caminar por la calle, mirando cuidadosamente los números de las viviendas.

—Vamos... —murmuró—. ¿Dónde estás?

Continuó avanzando hasta que finalmente divisó la casa que estaba buscando.

Spinner's End.

Sirius entrecerró los ojos.

Había encontrado la casa de Severus Snape.

Una sonrisa fría apareció en su rostro mientras apretaba con más fuerza la varita.

—Te encontré.

Dio un paso hacia la casa.

Pero antes de que pudiera avanzar más, una intensa luz apareció delante de él.

Sirius levantó inmediatamente la varita.

La luz desapareció.

Y frente a él apareció Albus Dumbledore.

Sirius lo reconoció al instante.

—Albus.

Dumbledore lo observó en silencio durante unos segundos.

—Sirius.

El animago bajó ligeramente la varita, aunque no la guardó.

—No me detengas.

—Me temo que precisamente para eso he venido.

Sirius señaló la casa con la varita.

—Él mató a Remus.

Dumbledore suspiró.

—Sirius, ya eres adulto. Sabes perfectamente por qué Severus tuvo que enfrentarse a Remus aquella noche.

—¡Eso es solo una excusa!

La expresión de Sirius se endureció.

—¡Siempre quiso matarlo! Desde que descubrió que era un hombre lobo lo consideró un monstruo. Solo estaba esperando una oportunidad.

Dumbledore negó lentamente con la cabeza.

—Tú sabes que eso no es cierto.

—¡Yo estaba allí!

—Y precisamente por eso deberías recordar lo que ocurrió.

Sirius apretó los dientes.

Dumbledore continuó hablando con calma.

—Remus se transformó. No había tomado la poción que le permitía conservar su conciencia durante la transformación. En ese estado, no actuaba como Remus Lupin. Solo respondía a sus instintos.

Sirius apartó la mirada durante un instante.

—Snape lo hizo a propósito.

Dumbledore arqueó ligeramente una ceja.

—¿Qué quieres decir?

—No llevó la poción. Si realmente quería evitar que Remus se transformara, podría haberla llevado consigo.

Dumbledore guardó silencio unos segundos.

—Aunque aceptáramos tu interpretación, Severus se encontró frente a una criatura que estaba a punto de atacar a su hijo.

Sirius no respondió.

—No tenía tiempo para detenerse a pensar —continuó Dumbledore—. Tenía que proteger a Leon.

—Pudo haberlo inmovilizado.

—Lo intentó.

Sirius bajó ligeramente la mirada.

La imagen de Remus transformado volvió a su mente.

Aun así, la rabia seguía allí.

—No puedo perdonarlo.

—No te estoy pidiendo que lo perdones.

Dumbledore dio un paso hacia él.

—Te estoy pidiendo que pienses en las consecuencias de lo que estás a punto de hacer.

Sirius volvió a mirar la casa.

—No me importa.

Dumbledore lo observó con seriedad.

—Acabarás en Azkaban.

Sirius no respondió.

—Y volverás a abandonar a Harry.

Aquellas palabras hicieron que Sirius se quedara completamente quieto.

Dumbledore continuó:

—Ya pasaste más de diez años lejos de su vida. ¿Realmente quieres regresar a Azkaban ahora que finalmente puedes estar con él?

La expresión de Sirius cambió.

Por primera vez desde que había aparecido en Spinner's End, su ira comenzó a desaparecer.

Harry.

Había prometido estar presente para él.

Después de tantos años, finalmente tenía la oportunidad de ejercer como su padrino.

Sirius cerró los ojos durante unos segundos y dejó escapar lentamente el aire.

Dumbledore suavizó ligeramente su expresión.

—Debes cuidar de él, Sirius.

Sirius abrió los ojos.

—Lo sé.

—Entonces no permitas que tu odio por Severus destruya nuevamente tu vida.

Sirius permaneció en silencio.

Después miró una última vez hacia la casa.

La rabia seguía allí.

Pero ahora también estaba el recuerdo de Harry.

Finalmente, Sirius guardó su varita.

—Algún día tendremos que hablar de todo esto.

—Lo haremos.

Sirius se giró hacia Dumbledore.

—¿Qué querías decir antes sobre Harry?

Dumbledore sonrió ligeramente.

—Los mundiales se acercan. Podrías recogerlo y permitir que pase un tiempo contigo antes de que comiencen.

Sirius pensó durante unos segundos.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Eso sí me interesa.

—Entonces tenemos un asunto más importante que atender.

Sirius volvió a mirar la casa de Snape.

Esta vez, sin levantar la varita.

—Por ahora.

Dumbledore asintió.

Ambos se prepararon para desaparecer.

Un segundo después, otro sonido de aparición resonó en la calle.

—¡Crack!

Sirius Black y Albus Dumbledore habían desaparecido.

La calle volvió a quedar en silencio.

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En el centro comercial de Londres, Severus Snape se encontraba frente a una de las tiendas de ropa muggle.

La dependienta llevaba varios minutos escogiendo prendas.

—Este pantalón vaquero azul combina muy bien con esta camisa blanca, señor.

Severus observó la prenda con una expresión seria.

—También podemos combinarlo con esta camisa azul —continuó la mujer, tomando otra—. O con esta celeste.

Mientras hablaba, seguía colocando ropa sobre los brazos de Severus.

Una prenda.

Otra.

Y otra más.

Severus apenas podía ver por encima de la montaña de ropa.

—Creo que es suficiente —dijo finalmente.

—Todavía nos faltan los zapatos.

Severus cerró los ojos.

—Por supuesto.

A unos metros de distancia, Anya y León observaban la escena.

Ambos comenzaron a aplaudir.

—¡Vamos, papá! —animó Anya.

León se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa.

—Te queda bien.

Severus le lanzó una mirada asesina.

—No necesito comentarios.

Anya volvió a aplaudir.

—¡Pruébate todo!

Severus apretó los puños.

Después caminó hacia los probadores cargando toda la ropa.

Mientras avanzaba, su mente regresó a la conversación que había tenido con León aquella mañana.

Papá, necesitas ropa nueva.

Tengo ropa.

La ropa muggle que tienes es demasiado vieja.

Todavía sirve.

Eso no significa que esté actualizada.

¿Y por qué debería estarlo?

Porque vamos a Florida.

Severus había intentado discutir.

Pero León había llegado preparado.

Le había explicado, con una lógica que resultaba irritantemente difícil de refutar, que la ropa muggle que Severus tenía llevaba demasiado tiempo guardada, que varios conjuntos ya estaban desactualizados y que, si iban a viajar como una familia muggle durante unos días, sería conveniente que él también tuviera ropa apropiada.

Incluso Anya había apoyado el argumento.

Y ahora Severus estaba pagando las consecuencias.

—Papá —dijo León desde fuera del probador—, recuerda que también necesitas ropa para el viaje de regreso.

Severus se quedó inmóvil.

—León.

—¿Sí?

—No vuelvas a mencionar esa frase.

León sonrió.

—Entendido.

Anya se acercó a la puerta.

—¡Papá, después podemos comprar algo para mí!

Severus suspiró.

—Eso es precisamente lo que estamos haciendo.

—¡Entonces compraremos muchas cosas!

Severus abrió los ojos con resignación.

—Eso era lo que temía.

Al día siguiente, los tres Snape llegaron al aeropuerto de Londres.

Habían llegado con treinta minutos de anticipación, algo que Severus consideraba más que suficiente.

Anya y León, en cambio, parecían completamente fascinados.

Se acercaron al enorme cristal que daba hacia las pistas.

Al otro lado se encontraban varios aviones.

Anya apoyó las manos contra el cristal.

—¡Es enorme!

León observó uno de los aviones que se preparaba para despegar.

—Así que esto nos llevará hasta Florida.

—Sí —respondió Anya emocionada—. ¡Vamos a volar!

León sonrió.

—Será interesante.

Los dos continuaron observando el avión con admiración.

Severus permaneció unos pasos detrás de ellos.

Miró el avión.

Después miró sus alas.

Luego volvió a mirar el avión.

Su expresión se volvió cada vez más desconfiada.

Eso es una enorme pieza de metal.

Severus frunció el ceño.

Y pretenden que nos subamos ahí.

Observó nuevamente las alas.

¿Qué impide que se caiga?

León notó la expresión de su padre y se acercó.

—¿Qué pasa, papá?

—Nada.

—Estás mirando el avión como si quisieras descubrir si tiene algún punto débil.

—Estoy evaluando nuestra seguridad.

Anya se acercó también.

—¿Tienes miedo, papá?

Severus la miró.

—No.

León sonrió.

—Entonces, ¿por qué llevas cinco minutos mirando las alas?

Severus guardó silencio.

Anya soltó una risita.

—Papá tiene miedo del avión.

—No tengo miedo.

—Sí tienes.

—Anya.

—¿Sí?

—No vuelvas a decirlo.

León comenzó a reír.

—Nunca pensé que vería el día en que mi padre desconfiaría de un medio de transporte muggle.

Severus le dirigió una mirada severa.

—Y yo nunca pensé que tendría que explicarles a mis hijos que no existe ninguna posibilidad razonable de que un avión simplemente decida caer del cielo.

Anya volvió a mirar el avión.

—Entonces, ¿volará?

—Eso espero.

León levantó una ceja.

—¿Eso espero?

Severus suspiró.

—Subamos antes de que cambie de opinión.

Anya tomó una mano de Severus y la otra de León.

—¡Florida nos espera!

Los tres comenzaron a caminar hacia la zona de embarque.

Severus miró una última vez el avión.

Seguía sin confiar demasiado en aquella enorme máquina muggle.

Los tres Snape finalmente subieron al avión.

Después de encontrar sus asientos, descubrieron que estaban ubicados en el lado derecho de la aeronave.

Anya miró los tres asientos y rápidamente señaló el de la ventana.

—¡Yo quiero la ventana!

Severus suspiró.

—De acuerdo.

Se sentó junto a ella, mientras Anya ocupaba el asiento de la ventana con una enorme sonrisa.

León, en cambio, tomó el asiento de la fila de atrás.

—Yo estaré aquí.

Severus lo miró, para despues regresar su mirada a toda una emocionada Anya.

León sonrió y despues saco una revista.

Por suerte, el asiento junto a él todavía estaba vacío.

Unos minutos después, una joven ocupó el asiento.

León la miró y sonrió educadamente.

—Hola.

La joven lo miró con cierta sorpresa.

—Hola.

—Soy León.

—Yo soy Emily.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Al principio, la conversación fue breve.

Pero León rápidamente encontró un tema del que hablar.

—¿También vas a Florida?

—Sí. Voy de vacaciones con mi familia.

—Nosotros también.

Emily sonrió.

—¿Es tu primera vez?

—Sí. Es la primera vez que viajo en avión.

—La mía también.

León pareció alegrarse.

—Entonces podemos descubrir cómo funciona esto juntos.

Emily soltó una pequeña risa.

—Supongo.

Poco a poco comenzaron a conversar sobre el viaje, Florida, los lugares que querían visitar y las cosas que esperaban encontrar allí.

León hablaba con naturalidad, haciendo preguntas y contando algunas cosas sobre el viaje que había planeado con su familia.

Unos asientos más adelante, Severus escuchaba parte de la conversación.

Al principio no le prestó demasiada atención.

Pero después de unos minutos, comenzó a mirar discretamente hacia atrás.

León ya estaba conversando con aquella joven como si la conociera desde hacía mucho tiempo.

Severus arqueó ligeramente una ceja.

¿Cómo lo hace?

Recordó la cantidad de personas con las que su hijo había terminado relacionándose desde que había llegado a Hogwarts.

Astoria.

Daphne.

Incluso otros estudiantes con los que normalmente Severus jamás habría imaginado que Leon tendría una conversación.

Y ahora, sin ningún esfuerzo, había comenzado a hablar con una desconocida en un avión.

Anya también había notado la conversación.

Se inclinó un poco hacia el pasillo para mirar hacia atrás.

—¡León ya hizo una amiga!

León levantó una ceja.

—Anya, llevamos cinco minutos hablando.

—Eso significa que ya son amigos.

Emily sonrió divertida.

—Creo que tu hermana tiene razón.

León negó con la cabeza, aunque también sonrió.

Severus escuchó aquello y volvió la mirada hacia la ventana.

Una expresión casi imperceptible de orgullo apareció en su rostro.

Su hijo tenía una facilidad para relacionarse con los demás que él jamás había tenido.

Severus había pasado gran parte de su vida manteniendo a las personas a distancia.

León, en cambio, parecía hacer exactamente lo contrario.

No necesitaba pociones, hechizos ni planes elaborados.

Simplemente hablaba.

Y las personas respondían.

Severus observó de reojo a León una vez más.

Definitivamente heredó esa parte de su madre.

Después miró a Anya, que ahora estaba pegada a la ventana esperando ansiosamente el despegue.

—Papá —dijo ella—. ¿Cuándo vamos a subir?

Severus miró el reloj.

—En unos minutos.

Anya sonrió.

—¡Qué emoción!

Severus dejó escapar un suspiro.

Aquel viaje apenas comenzaba.

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