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Chapter 30 - Capitulo 29

[Liana]

Me sentí congelada por dentro y por fuera. Habían sido los dos días más largos y duros que podía recordar; ver a Eiren así, encerrado en esa cúpula de neblina y nieve, sin que nada pareciera afectarlo ni ayudarlo, me estaba destrozando. La nieve ya no caía directamente sobre su cuerpo, pero el aire helado se movía en ráfagas alrededor de la cúpula, haciéndome sentir cada partícula de frío como si se clavara en los huesos.

Garren estaba a su lado, murmurando hechizos, manteniendo su muro de tierra firme, mientras Kyot mantenía el fuego encendido alrededor de todos nosotros, creando un círculo protector que parecía imposible de atravesar. Observaba todo, y aunque no podía ver lo que ocurría dentro de Eiren, el aura que emanaba era inquietante. La gente del pueblo estaba reunida a la distancia, preocupados y asustados, incapaces de acercarse, sus miradas llenas de incertidumbre y temor.

Sentí un temblor recorrer mi cuerpo mientras observaba su figura inmóvil, y el miedo me oprimía la garganta. Ya casi había pasado un mes desde que cayó inconsciente tras su pelea con Kyot, y el no despertar solo aumentaba mi ansiedad. No sabíamos lo que estaba ocurriendo dentro de él, ni siquiera si estaba consciente de algo, y eso nos mantenía a todos en vilo.

Sentí un brazo rodearme desde atrás y un calor que contrastaba con el frío intenso del claro. Roderic me abrazaba, intentando darme calor y sostén. Su respiración era profunda y pausada, como si quisiera transmitirme calma, aunque yo apenas podía concentrarme en respirar.

—Liana… —dijo, su voz baja y firme—. Lo tenemos bajo control. Solo tenemos que aguantar un poco más.

Asentí sin mirarlo, mi mirada fija en Eiren. Cada partícula de nieve que se arremolinaba dentro de la cúpula parecía cobrar vida, como si reflejara su caos interno. No podía moverme, no podía hacer nada, solo observar y sentir ese nudo de impotencia en el pecho.

—Roderic… —susurré, apenas audible—. ¿Y si… si no despierta?

Él apretó un poco más su abrazo, como intentando transferirme su seguridad—. No pienses eso. Garren y Kyot lo mantienen seguro. Solo… respira, Liana. No podemos hacer más que esperar y mantenerlo protegido.

Sentí cómo mi cuerpo se relajaba un poco bajo su abrazo, aunque la tensión seguía presente. Mis manos se crispaban contra la tela de mi abrigo, queriendo tocar la cúpula que lo rodeaba, intentando sentirlo aunque fuera un poco, pero el aire helado hacía que cada intento fuera inútil.

—Solo… quiero que despierte… —murmuré, casi para mí misma.

Roderic suspiró, y susurró cerca de mi oído—. Lo hará. Tiene que hacerlo. Solo confía en ellos… y en él.

Mientras tanto, observaba a Kyot, cuyos ojos no se despegaron del fuego que ardía alrededor de la cúpula, evaluando cada movimiento del viento, cada cambio en la neblina. Garren estaba concentrado, murmurando sin cesar, y cada palabra de su hechizo parecía mantener un delicado equilibrio entre lo que nos protegía a nosotros y lo que contenía a Eiren.

Sentí que todo el peso de esos días caía sobre mí, y no podía evitar abrazarme un poco más a Roderic. El frío, el miedo, la incertidumbre… todo estaba allí, junto a la sensación de que cada minuto que pasaba era vital para él. Y mientras miraba esa figura dentro de la cúpula, una mezcla de esperanza y terror me atravesaba: solo podía esperar que Eiren despertara y que todo el esfuerzo, todo el frío y todo el tiempo que habíamos soportado, no hubiera sido en vano.

—Vamos a protegerlo… —susurré más para mí que para él—. Lo prometo.

Roderic asintió, y aunque sus ojos reflejaban preocupación, había una firmeza en su postura que me dio un poco de consuelo.

Luego me solté un poco del abrazo de Roderic y me acerqué a Kyot, y mi respiración se mezclaba con el aire helado del claro. La cúpula seguía moviéndose con el viento, pero ahora estaba completamente concentrada en lo que Kyot iba a decir.

—Kyot… —dije con firmeza, aunque el temblor de mi voz delataba mi tensión—. Hemos dejado pospuesta esta conversación, pero… ¿cómo diablos conociste a Eiren?

Kyot apartó la mirada de Eiren por un momento y respiró hondo, como si estuviera recargando valor para hablar.

—Dentro de la Orden del Cuervo Escarlata… —comenzó, su voz baja pero clara—, hay cosas que… bueno, no necesitan saber los detalles exactos. Solo sepan que hace casi nueve años, o quizá más… no lo recuerdo bien, un grupo de los "Hermanos" de la Orden llegó a uno de los cuarteles.

Mi ceja se arqueó, y lo interrumpí—. Kyot. ¿Puedes ser más claro?

—Tienes razón… —admitió, soltando un suspiro—. Un grupo llegó a un cuartel de recién llegados a la Orden, diciendo que habían encontrado a un niño medio muerto. Parecía que alguien lo había estado persiguiendo por mucho tiempo, alguien que quería matarlo. Ese niño… era Eiren. Aunque entonces no tenía nombre, o al menos no recordaba cuál era.

Me crucé de brazos, esperando a que continuara, y Kyot siguió—. Yo también era un recién llegado a la Orden en esos días. Antes de eso, había estado en un orfanato, como otros niños, donde sufrimos malos tratos. Nos salvaron y nos llevaron a la Orden… y fue durante esos días que llegó el grupo con Eiren.

—¿Y luego qué pasó? —pregunté, tratando de mantener la calma, aunque la curiosidad y el miedo se mezclaban en mi pecho.

Kyot asintió, retomando el hilo—. Lo encontraron y le curaron las heridas. Cuando despertó, le hicieron muchas preguntas, pero él no recordaba nada. No sabía quién era ni cómo había llegado allí. Solo sabía que debía reencontrarse con su familia, que semanas atrás había sido atacado junto a su madre por personas con mantos rojos. Su madre lo protegió… y en ese ataque él recibió un hechizo de sellado que iba dirigido a ella. Por protegerla, su mana quedó sellado, y con ello su magia, que aún no había despertado.

Mi corazón se apretó al escuchar eso, y Roderic suspiró pesadamente detrás de mí. Kyot continuó—. Le hicieron más preguntas, pero no pudo responder, tanto porque no recordaba nada como porque no tenía medios para hacerlo. Sabía solo que debía regresar a su hogar.

—Entonces… lo inscribieron en la Orden por eso —dije, intentando organizar la información en mi mente—. Porque no tenían otra forma de cuidarlo ni de protegerlo mientras investigaban ese hechizo de sellado.

—Exactamente —asintió Kyot—. Sin saber qué era ese hechizo, sin saber cuánto afectaría su magia, lo registramos en las filas para mantenerlo seguro. Primero teníamos que averiguar qué hacía el sello, porque sin mana o magia, su poder sería inútil y dejarlo en libertad podría ser un riesgo… por eso fue dejado en la Orden, a la espera de que creciera y de que su magia despertara, si alguna vez lo hacía.

—¿Y nadie más lo reconoció en ese tiempo? —pregunté, frunciendo el ceño—. Nadie que supiera quién era realmente y pudiera ayudarlo?

—Nadie —dijo Kyot con firmeza—. Nadie sabía nada de él. No tenía registros, ni documentación. La Orden mantuvo todo en secreto. Solo los "Hermanos" que lo encontraron supieron de su situación, y nosotros nos encargamos de cuidarlo hasta que fuese capaz de valerse por sí mismo.

Asentí lentamente, con los brazos cruzados, intentando mantener la calma mientras la cúpula de nieve y neblina seguía girando a nuestro alrededor, y le lancé la pregunta que llevaba rondando en mi mente desde hacía horas.

—Kyot… eso de que llamaste a Eiren traidor… ¿qué pasó exactamente? ¿Por qué dijiste eso?

Kyot suspiró profundamente, bajando la mirada hacia Eiren, y comenzó a hablar con voz grave y tensa:

—Hace casi dos años… —empezó, pausando para medir sus palabras—. Eiren, o "Cuervo" como yo lo conocía en la Orden, o "Frostfallen", como se le conocía oficialmente… había recibido una misión importante: eliminar a un noble que estaba haciendo cosas indebidas. No sé todos los detalles sobre lo que hacía ese noble; esa información la tenían el líder y algunos de los superiores.

Lo miré, intentando asimilar la información, y continué esperando que hablara, mientras Kyot respiraba hondo y siguió:

—Él fue a ejecutar esa misión… fue emboscado. Soldados del noble los atacaron en medio de la misión, y la situación se tornó catastrófica. Ahora… se decía que Eiren había traicionado a todos. Que había dejado que los demás hermanos murieran. Entre los sobrevivientes, muchos afirmaban que él había eliminado a los demás, que todo había sido parte de un plan suyo y del noble.

—¿Todo eso… es cierto? —pregunté con el ceño fruncido, la tensión en mi voz evidente.

—Eso es lo que se creía —respondió Kyot, mirando hacia otro lado—. Las pruebas de la traición de Eiren parecían verídicas, y el líder de la Orden las revisó; todo indicaba que la traición era real… en ese momento. Pero… ahora que lo pienso, después de lo que Eiren me contó y de que recordó parte de esa noche, todo encaja de otra manera.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, tratando de mantener la calma pero con la voz temblando un poco.

Kyot respiró hondo y continuó con más detalle:

—Miller… ese hombre que te menciono ahora… siempre le tuvo envidia. Desde que Eiren logró desbloquear parte de su sello y comenzó a usar su magia, creciendo y ascendiendo rápidamente en la Orden, Miller lo envidiaba más que nadie. Quería su lugar, el favor del líder, todo lo que Eiren estaba ganando… y estaba dispuesto a cualquier cosa para conseguirlo.

Hice una pausa, mirando a Kyot fijamente, sin poder creer lo que estaba escuchando.

—Y… —pregunté con cautela—. ¿Miller fue el que… lo incriminó?

Kyot asintió con lentitud, y su expresión se tensó aún más:

—Sí. Miller creó toda la emboscada. Planeó el complot, inculpó a Eiren de la muerte de los hermanos, y manipuló las pruebas para que pareciera real. Ahora, después de todo lo que me contó Eiren, tiene mucho más sentido. Miller haría cualquier cosa por poder y por ganarse el favor del líder. Y ahora que recuerdo… Eiren siempre hacía misiones en solitario. Era excepcional para eso, eliminar a un noble y a sus hombres habría sido algo fácil para él. No tiene sentido que lo acompañaran más hermanos en esa misión. Todo encaja.

Me quedé en silencio, procesando cada palabra. Finalmente respiré hondo y volví a mirar a Kyot:

—Entonces… todo lo que pasó… no fue culpa de Eiren. Fue Miller…

—Así parece —respondió Kyot, con voz firme—. Él manipuló todo. Pero en ese momento, todos creyeron lo contrario.

Tomé un momento para procesar eso y luego volví a preguntarle:

—Y tú… ¿por qué ya no estás en la Orden y ahora estás con este grupo de aventureros?

Kyot suspiró y se recostó ligeramente sobre una roca, cruzando los brazos:

—Después de todo lo que pasó… nada fue lo mismo. La Orden se volvió más estricta, las reglas más duras, y la presión aumentó. Me permitieron retirarme solo si cumplía una misión específica, la cual cumplí. Finalmente pude salir de la Orden y ser libre. Y hace unos meses… decidí unirme a este grupo de aventureros. Encontré un propósito allí y… algo de tranquilidad, aunque nada puede borrar el pasado.

Asentí, dejando que la información se asentara en mi mente.

—Entiendo… —dije suavemente—. Así que todo lo que le pasó a Eiren, toda esa traición que parecía real… nunca lo fue. Y tú… ahora estás tratando de protegerlo.

Kyot asintió con gravedad, y por un momento, el silencio se apoderó del claro, interrumpido solo por el zumbido del viento y el leve crujido de la nieve alrededor de Eiren.

—Sí —dijo finalmente—. Todo lo que hago ahora, todo lo que hacemos, es para mantenerlo a salvo hasta que despierte. Nada más importa.

Me crucé de brazos, mirando a Eiren, la cúpula de nieve moviéndose a su alrededor, y sentí un nudo en la garganta. La historia de Eiren era mucho más profunda y peligrosa de lo que había imaginado, y ahora más que nunca, entendía por qué todos estábamos tan desesperados por mantenerlo con vida.

***

[Eiren]

El viento me golpeaba el rostro con una fuerza cortante, y la lluvia que comenzaba a caer solo hacía el terreno más traicionero. Cabalgaba tan rápido como el caballo podía soportar, podía sentir su respiración agitada, el sudor mezclado con el agua helada de la lluvia que empapaba su pelaje oscuro.

—Vamos… sé que estás cansado —le dije, inclinándome hacia adelante para que mi voz pudiera llegarle—. Pero por favor… no te detengas todavía.

El animal relinchó débilmente, como si me respondiera con un quejido de agotamiento, pero siguió adelante. El sonido de los cascos detrás de mí era lo único que mantenía mi mente funcionando: ese golpeteo rítmico, furioso, implacable.

Esos malditos.

No sabía cómo demonios me habían encontrado. Había pasado solo una semana desde que me separé de Leo y su gente. Una semana. Me había cuidado de no llamar la atención, de no mostrar mi rostro, ni quedarme en un mismo sitio más de lo necesario. Había llegado a ese pequeño pueblo solo ayer, buscando descanso y un poco de comida caliente. Pero apenas amaneció, ya los tenía en la puerta de mi habitación, rompiendo la cerradura con fuerza.

Apenas tuve tiempo de reaccionar, saltando por la ventana con la mochila a medio colgar y cayendo sobre el barro empapado de la noche anterior. Desde entonces, llevaba horas cabalgando sin rumbo claro, tomando desvíos entre caminos de tierra, atravesando zonas boscosas, incluso vadeando un pequeño río con la esperanza de borrar mi rastro. Pero nada. Seguían allí.

Podía oírlos. Gritos a lo lejos, órdenes breves. Caballos que no cedían terreno. Eran rápidos, demasiado rápidos.

Mi respiración era irregular, mi cuerpo dolía, y el frío ya me había calado hasta los huesos. Intenté concentrarme, intenté mover mi mana, aunque sabía que era inútil. No podía usarlo. El maldito sello seguía ahí, como un candado invisible oprimiéndome el pecho.

Y entonces, lo entendí.

Claro. El sello.

—No puede ser… —murmuré entre jadeos—. Ese hechizo…

El sello que me pusieron no era solo una prisión para mi mana. Era un foco, una marca de energía. Aunque estuviera dormida, el mana del hechizo seguía allí, constante, detectable. Era como una llama diminuta en medio de la oscuridad… y esos bastardos la habían seguido.

—Maldita sea… —dije, apretando las riendas—. Así fue como me encontraron.

Por más que intentara ocultarme, el sello me delataba. Era un faro. Un ancla mágica que decía "aquí está".

La frustración me hizo golpear la montura con rabia, sintiendo el ardor del aire en mis ojos. No podía hacer nada, ni siquiera quitarlo. El médico había dicho que era mejor no tocarlo… y tenía razón. Si intentaba manipularlo sin conocimiento, podía dañarme por dentro o peor, matarme.

Pero si no hacía algo, esos hombres me alcanzarían.

El bosque se abría frente a mí, ramas quebradas y charcos de agua por todas partes. El caballo tropezó por un segundo, pero recuperó el equilibrio, resoplando con fuerza. Yo lo acaricié con torpeza, intentando calmarlo.

—Aguanta un poco más… por favor. Solo un poco más.

Las voces estaban más cerca. Podía oírlas entre los truenos.

—¡Está adelante! ¡Bloqueen el paso por la derecha!

Mi corazón dio un vuelco. No podía seguir por el camino. Si me acorralaban, estaba muerto. Tiré de las riendas con fuerza y desvié al caballo hacia un terreno empinado cubierto de rocas y árboles caídos. La pendiente era peligrosa, pero si lograba atravesarla, podría ganar algo de distancia.

El caballo bufó, casi negándose, pero al final obedeció. Sentí cada piedra resbalar bajo los cascos, cada salto como un golpe en el estómago. Me aferré con todas mis fuerzas, el barro y el agua salpicando mi rostro.

El sonido de los cascos tras de mí se mezcló con el estruendo de un trueno, y por un instante, el mundo pareció reducirse al tamborileo del corazón en mis oídos. No sabía cuánto más podríamos resistir, ni a dónde iba exactamente. Solo sabía que si me alcanzaban… no saldría vivo esta vez.

—No… —murmuré, cerrando los ojos un momento—. No me van a atrapar otra vez…

El aire se volvió más frío. Lo sentí en la piel, una corriente helada familiar que se filtraba desde el fondo de mi pecho, donde alguna vez sentí el maná fluir libremente. No podía usarlo, pero su presencia seguía allí, dormida, enterrada bajo el sello. Y por un segundo, sentí cómo respondía a mi miedo, a mi desesperación.

Una punzada, una chispa.

El caballo relinchó, asustado, y una corriente de aire frío se expandió alrededor nuestro. Las ramas se cubrieron de escarcha en un parpadeo.

No sabía qué estaba pasando, pero si era mi magia intentando salir, lo último que quería era perder el control otra vez.

—Por favor… —susurré, apretando los dientes—. No ahora… no otra vez…

El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho.

Había ganado algo de tiempo —solo un poco—, pero cada segundo contaba.

El caballo respiraba con dificultad, la espuma blanca en su hocico se mezclaba con el barro y el agua que caía en torrentes. Yo lo dirigí hacia el paso entre las montañas, buscando un lugar para esconderme, cualquier rincón, cualquier grieta que pudiera protegerme… pero el paisaje era un laberinto de rocas y sombras.

Me detuve apenas un instante, girando la cabeza de un lado a otro. La lluvia golpeaba con tanta fuerza que apenas podía ver a unos metros. Y entonces, entre la niebla y la roca húmeda, creí ver algo.

Una silueta.

Alta, quieta, observándome desde una de las laderas.

—¿Qué…? —alcancé a murmurar, frotándome los ojos.

Pero cuando volví a mirar, ya no había nadie.

Nada. Solo el sonido del viento.

Agité la cabeza, intentando calmarme. Tal vez solo era el cansancio, o el miedo jugando conmigo. Pero entonces, lo escuché.

Un estallido.

Una voz lejana gritando órdenes, y después, el sonido seco del aire cortado por magia.

No. No, no, no.

—¡Maldita sea! —dije en voz alta, girando bruscamente las riendas.

El miedo me apretó la garganta. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener las riendas. Sentía las lágrimas queriendo salir, pero no podía detenerme. No ahora.

Solo era un niño.

Un niño que había perdido a su madre, que había visto morir a las únicas personas que lo ayudaron, y que ahora estaba solo, perseguido por hombres que lo querían muerto por razones que ni siquiera entendía.

¿Por qué? ¿Por qué ellos?

Mi madre y yo éramos nobles, sí, pero no de esos que provocan guerras o traiciones. No había razones. Nada que justificara esto.

El recuerdo volvió sin permiso:

Mi madre, empapada, gritando mi nombre mientras intentaba sostenerme al borde del acantilado.

El hielo derritiéndose.

Su mirada desesperada.

—¡No… no ahora! —grité, apretando los dientes.

El colgante del médico chocó contra mi pecho mientras cabalgaba.

Lo sentí caliente, como si algo dentro respondiera.

—El colgante… —murmuré, tocándolo con una mano.

El médico me había dicho que tenía maná propio. Que podía activarse sin que yo usara el mío.

Si podía… si podía usarlo, tal vez podría crear algo, una barrera, una distracción, lo que fuera.

Pero… ¿cómo?

No tenía idea de cómo se hacía. No había despertado mi magia, no sabía recitar hechizos ni invocar nada. Apenas entendía lo que significaba mover el maná.

Y los sentí otra vez.

Ellos.

Las figuras con capas rojas bajaban entre las piedras, sus voces ahogadas por la lluvia, pero su presencia se sentía como agujas en mi piel.

—¡Por favor…! —susurré, temblando—. ¡Solo un milagro… uno solo!

Quería creer que alguien aparecería. Que mi madre, o mi padre, o cualquiera vendría.

Pero la voz que me respondió fue solo el rugido de la montaña.

Un crujido.

El suelo bajo nosotros se estremeció, un rugido sordo ascendió desde lo profundo, y el caballo relinchó desesperado.

—¡No! ¡No, no, no!

El terreno se vino abajo.

Tierra, piedras y barro se deslizaron como una ola marrón. El caballo trató de resistir, pero perdió el equilibrio. Sentí cómo su cuerpo se hundía, cómo las riendas me jalaban hacia adelante antes de soltarse de golpe.

Rodé, gritando, el barro llenándome los ojos y la boca. Todo giraba.

El golpe me arrancó el aire de los pulmones y caí pesadamente sobre algo blando: tierra húmeda, ramas.

—¡No! ¡Vamos! —grité, viendo cómo el caballo intentaba levantarse, las patas hundidas, resoplando con fuerza.

Intenté correr hacia él, pero un nuevo temblor lo envolvió todo. La tierra se abrió y lo tragó parcialmente.

—¡NOOOO! —el grito se quebró en mi garganta mientras veía cómo la montaña lo cubría por completo.

El ruido del derrumbe ensordeció el mundo. No podía ver, no podía oír nada más que el rugido de la tierra cayendo.

Corrí. No pensé, no sentí, solo corrí.

Recogí la mochila, una de las dagas embarradas que aún brillaban con restos de escarcha, y seguí subiendo entre el lodo, tropezando, cayendo, volviendo a levantarme.

Cuando todo se detuvo, el silencio pesó.

Solo quedaba la llovizna y el olor a tierra mojada.

—Por favor… —jadeé, mirando hacia atrás—. Que no estén…

Pero ahí estaban.

Los magos.

Tres de ellos emergiendo entre el polvo, cubiertos de barro pero de pie, con esos mismos mantos rojos empapados y la mirada fría.

Me giré, intentando correr otra vez, pero un zumbido cortó el aire.

Un impacto me golpeó la espalda con una fuerza brutal.

El aire se me escapó del cuerpo.

Caí de rodillas, jadeando, intentando respirar.

—Ah… ah… —traté de tomar aire, pero no entraba.

Una sombra se acercó, y antes de que pudiera girar, un pie aplastó mi mano, haciéndome soltar la daga.

—Ni lo pienses, niño. —La voz era grave, burlona, cargada de satisfacción—. Nos diste demasiados problemas. Más de un mes buscándote… y por fin te encontramos.

Apreté los dientes, mordiéndome el labio para no llorar.

No quería darles ese placer.

El hombre se agachó frente a mí, y pude verle el rostro: una sonrisa torcida bajo la capucha empapada.

—Tu madre debió dejarte morir en ese acantilado —dijo, con una sonrisa cruel—. Nos habríamos ahorrado mucho trabajo.

Tomé el colgante con la mano que aún me quedaba libre. La lluvia me arañaba la cara, el barro me quemaba las palmas, y el dolor en la pierna y en el costado me recordaban que tenía un cuerpo que podía romperse. Aun así, no pensé dos veces: metí los dedos alrededor del cristal café y apreté.

—¿Qué carajos haces, mocoso? —gruñó el que tenía el pie sobre mi mano. Su voz estaba empapada de odio—. ¿Crees que con esa basura vas a escapar?

Intenté concentrarme. Intenté tomar maná como me habían enseñado a murmullos, a sentir el flujo, a atraerlo hacia mi palma. Pero el sello… el maldito sello gruñó dentro de mí como un hierro que se resiste. Cada intento fue una descarga: punzadas, una presión que me rompía las costillas desde adentro. Era como si cada intento de tirar de mi propia energía arrancara clavos oxidados de mi cuerpo.

—¿Qué sucede? —se burló otro mago—. ¿Te duele? Vaya, el hechizo era para ella, y ahora te está matando a ti poco a poco. ¡Qué espectáculo!

La voz del que pisaba mi mano sonaba triunfante. Quise escupir insultos, pero solo logré morderme el labio con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre. No dije nada. Había algo infantil y peligroso en mi silencio: la rabia que bullía y la voluntad de no dejarme quebrar por ellos.

Entonces hice una cosa que no sabía si entendía: apreté el cristal con todas mis fuerzas.

El colgante ardió en mi mano como si dentro de él hubiera una brasa. Algo —no mi propio maná, sino una corriente ajena e inesperada— empezó a fluir hacia mí. La sensación fue insoportable: mi cuerpo se tensó, el sellado me quemó por dentro intentando resistir y al mismo tiempo el cristal me prestaba una bocanada de energía que no era mía. El pecho me palpitó tan fuerte que creí que iba a explotar.

—¿Qué demonios…? —escuché a uno de los magos jadeando—. ¡Quitenlo!

El que tenía el pie sobre mi mano aulló cuando, de repente, su bota fue levantada del barro por una fuerza invisible. Sus ojos se abrieron como platos cuando un aliento de frío le golpeó la cara. Me vino un vomito oscuro y cálido, sangre que supo a hierro; sentí cómo mis rodillas se doblaban y me dejé caer, pero no antes de que el mundo estallara.

Una explosión de escarcha se expandió desde mi pecho como si hubiera roto un saco de invierno: un chorro de nieve y fragmentos de hielo barrió el tramo de ladera. Los hombres que me rodeaban fueron lanzados hacia atrás. Uno de ellos gritó y quedó clavado en el suelo: una estaca de hielo surgió del barro y le atravesó el torso como si la montaña se lo hubiera tragado. Cayó de bruces, y dejó de moverse. El impacto llenó el aire de un ruido seco.

—¡Maldita sea! —gritó otro, intentando recomponerse—. ¡No permitan que se recupere!

Un tercero, el más cercano, tuvo la mala suerte de encontrarse frente a la expansión de mi caos. Aceleré un grito que salía más de la garganta que de la voluntad, y lo vi caer, arrojado contra las rocas; su cuerpo quedó hecho jirones por el impacto de hielo y piedra, su magia rebotando sin control como si hubiera chocado con un muro invisible. No quise mirar demasiado. Todo estaba ocurriendo a la vez: el frío, la sangre en mi boca, las luces cortas de un mundo que se desenfocaba.

Intenté incorporarme, pero algo desgarrador ardió en mi espalda. Un calambre, un incendio helado que se extendió como un látigo. Caí de cara contra la tierra dura, la lengua me supo a metal, y vomité otra vez. Sentí mi cuerpo vibrar, los huesos como si se hubieran convertido en cristales frágiles.

—Hay que rematarlo —dijo una voz cerca, fría y sin prisa—. Si sigue con vida será un peligro. Matenlo ahora.

La orden rugió por un segundo; alguien juntó energía para un golpe final. Me llevé una mano a la espalda con torpeza y noté la humedad caliente: sangre. El aire me faltó de nuevo.

Pero antes de que el ataque se consumara, vi cómo la figura del segundo mago, la que había levantado la voz, se movía hacia adelante con intención de remate… y su grito se cortó cuando una sombra lo embistió desde el costado. Su cuerpo quedó tendido, inerte; el impacto había sido seco, definitivo. El silencio que siguió fue tan absoluto que escuché el latido de mi propia sangre en los oídos.

Me quedé allí, en el barro y la nieve, respirando entrecortado, con la vista borrosa. Vomité sangre otra vez y el sabor ardió en mi garganta. Me costó mantener los párpados abiertos. Unos pasos lentos y pesados resonaron por encima de los otros ruidos. Los sentí acercarse, cada uno como un golpe de martillo.

Vi botas. Grandes, embarradas. Miré hacia arriba con dificultad y una voz profunda, como sacada de un pozo oscuro, habló sin apresurarse:

—Niño… —dijo la voz—. ¿Quieres… vivir?

Su tono no era pregunta. Era una oferta envuelta en filo.

Quise negar. Quise escupir que no. Pero en mi boca, la palabra «vivir» sabía a todo: a Mary, a la anciana que me cuidó, a mi madre sujetándome en la lluvia, a la promesa de no dejar que nadie más muriera por mí. Mis dedos temblaron, y apenas con un hilo de voz respondí:

—Sí… quiero… vivir. Y quiero… vengarme.

Hubo una pausa. La voz cerca se inclinó, y pude distinguir, entre la lluvia y el murmullo del bosque, unas palabras que no comprendí del todo pero que sonaron como un juramento.

—Así será —respondió la voz, más baja—. Entonces despierta, pequeño. Toma la oportunidad que te daré… y no mires atrás.

Los ojos me ardían. Vi una mano enorme tocar la nieve junto a mí. Tenía guantes de cuero, viejos, con costuras gastadas. Algo frío —ni hielo, ni fuego, algo distinto— pasó por encima de mi frente, y tuve la sensación de que alguien estaba cerrando una tapa sobre mi conciencia.

—Sí —susurré, sin saber si era un pensamiento o una orden—. Sí, lo haré…

La neblina tiró de mí como una red. Todo se volvió negro, pero no fue un apagón repentino sino una caída lenta: como si me hundiera en agua helada. Sentí la tierra bajo mi rostro, el barro húmedo en la palma, y la voz, como la última campanada antes de un silencio:

—Cuando despiertes. Tendrás quien te enseñe a empuñar el frío que llevas dentro. Tendrás nombres a quienes devolverles lo que te hicieron.

Y en ese último hilo de conciencia pensé en mi madre, en mis hermanos, en mi padre, en Mary y su hijo, en Leo, su gente y el médico, en la promesa que llevaba pegada al alma, y luego la oscuridad me cerró la garganta como una mano.

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