Cherreads

Chapter 31 - Capitulo 30

[Eiren]

La oscuridad era un océano y yo flotaba en él, sin peso ni nombre. De pronto, puntos de luz comenzaron a bailar frente a mí: rojos, azules, verdes, girando hasta formar una espiral que me absorbía. Sentí que me dejaban llevar, que la corriente me devolvía imágenes como quien desenrolla una cinta.

Risas. Caídas. Pijamadas. Manos que me empujaban y me levantaban. La cara de ella apareció con nitidez por primera vez: su piel pálida, el cabello plateado pegado por la lluvia, sus ojos tan claros que casi no eran ojos sino dos incendios fríos —azules casi blancos—. Sonrió y me levantó la barbilla con un dedo. "No te sueltes", dijo sin reproche, solo firme. Y luego el recuerdo se rompió y vino la dureza: ordenes, ejercicios hasta que las rodillas sangraban, el sabor metálico del esfuerzo y la disciplina, y las masacres en las que mis manos ya no dudaban.

Entonces la imagen cambió y me encontré sentado, de nuevo, en el centro de un círculo mágico. No era sueño; era memoria que dolía. Estaba sin camisa y cubierto de vendas; mi pecho subía y bajaba con la respiración vacilante. Las runas clavadas en la piedra alrededor brillaban con luz fría. Había hombres y mujeres de túnicas, voces graves, y sobre todos ellos —o más bien por encima— una figura que hablaba como quien ordena la marea.

—Respira profundo, Cuervo —dijo la voz, clara, autoritaria—. No aceleres. El ritmo es la llave.

La voz pertenecía a alguien que conocía mis límites. No era suave, pero no hiriente. Un hombre de manos abiertas señaló las runas que lo rodeaban.

—Vamos a intentar quitarte lo suficiente como para que puedas aprender a moverte —explicó otro, una mujer cuyo acento sonaba como piedra calentada al sol—. No podemos arrancarlo todo; no sin destruirte. Harás lo que podamos y solo lo que te pidamos. ¿Lo entiendes?

—Sí —contesté, la voz seca, clavada en la arena fría de mi garganta—. Sí… lo entiendo.

El hombre asintió y empezó a trazar con dedos encerados sobre la piedra. Cada trazo era un susurro de chispa: runas que se encendían y apagaban, una escritura que parecía sangrar luz. Algunos aprendices cantaban en un tono bajo y repetitivo; otros golpeaban pequeñas campanillas en tiempos exactos. Todo era ritmo, todo era matemática de viento y hielo.

—Cántico en tres tiempos —ordenó la mujer—. Tú, en el centro, concentras la respiración y sientes el pulso en la garganta. No te apresures. Cuando sientas presión, suelta. No retengas.

Sus palabras eran instrucciones, claras como una daga. Intenté obedecer. Cerré los ojos y me puse en escucha: latido, pulso, el rumor del círculo. Empecé a cantar con ellos, aunque no conocía la lengua del todo; las sílabas me pegaban en la garganta como piedras que debía escupir en un tiempo exacto.

—Mahtirs… bao'sh… —murmuramos—. Thashi… plfor…

Las palabras vibraron en el suelo, las runas respondieron y la luz tembló. Alrededor, las manos de los magos hacían los gestos: líneas en el aire, pequeños sellos tejidos con dedos que no temblaban. Cuando el canto subió, yo noté algo dentro de mí que tironeaba: el sello, ese candado que me había hecho dormir, empezó a rechinar como una cerradura que le aplicas aceite.

—Siente su latido —me dijo el hombre—. Localiza dónde duele y no lo toques. Desvía el camino, no lo rompas.

Fue imposible no tocarlo. El sello ardía como hierro caliente. Lo sentí: un molino que giraba en mi pecho y que se atascaba en espinas. Hice lo que me pedían: respiré en tres tiempos, canté la siguiente estrofa con la lengua apenas formada, y empujé con la conciencia hacia fuera, como si empujara agua por una tubería estrecha.

—Hazlo de nuevo —ordenó la mujer—. Esta vez alarga la exhalación. Siente el maná alrededor, no dentro. El sello reacciona si tiras desde su borde.

Lo hice. Alargué la exhalación hasta que parecía que me vaciaba. Noté que algo cedía: una grieta, una rendija por la que la energía escapó con un gemido quedo, como si un hilo de luz se liberase. Dolió. Fue punzante y frío, y mi garganta se llenó de un sabor a metal. Grité —un sonido pequeño, ahogado—, pero no de impotencia: de esfuerzo.

—Bien —dijo el hombre con voz grave—. Ahora sostén la forma con la mano derecha. Apoya la palma en el símbolo frente a ti y deja que tu pulso guíe la resonancia.

Lo hice, sudando frío. Puse la mano en la piedra, sobre la runa que centelleaba, y sentí una vibración que venía desde mis dedos hasta el esternón. Era como tocar una cuerda tensada que alguien más afinaba: al ajustarla, la nota cambió.

—No lo fuerces —advirtió la mujer—. Si el sello reacciona con violencia, retrocedemos. Tú mandas su ritmo. El círculo solo ayuda a sostenerlo.

Las voces a mi alrededor tejían el soporte: cánticos en coro, pequeños tambores rítmicos, y el crujir de la nieve compactada fuera del recinto. Yo respondía con la respiración, con la postura, con el pulso que marcaba el compás. A cada repetición, la presión dentro de mi costado se volvía menos áspera; como arena que poco a poco se aparta de una herida, dejando ver carne que aún sangra, pero que se puede curar.

—Siente el frío como una superficie, no como invasión —susurró el hombre, cerca de mi oído. —No dejes que te envuelva. Dóblalo.

—¿Dóblalo? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Cómo se dobla el frío?

—Con intención —contestó ella—. Con límites. Crea un borde imaginario. No permitas que el maná fluya en todas direcciones. Guía un canal pequeño y luego otro, hasta que el sello cambie su forma.

Fue como aprender a respirar bajo el agua. Dibujé líneas en mi mente: canal por aquí, frontera por allá. Con mis manos hice los gestos; con mi voz tracé el canto; con mi piel soporté el dolor. Los magos a mi alrededor corrían el tejido del rito: lapso de silencio, golpe de campana, una sílaba más alta, luego otra más baja. Cada cambio alteraba la música del sello.

—Muy bien, Cuervo —me oyó decir el hombre—. No fijes la mirada en lo que perdiste. Mira lo que has ganado: control.

—No lo olvides —me apremió la mujer—. Si sientes calor demasiado fuerte, suelta. Si sientes frío que se vuelve quebradizo, retrae. El cuerpo es tu hogar y no puede romperse.

Repetí la secuencia hasta que mi lengua se adormeció. En algún punto —no supe cuándo, porque las horas se aplastaban entre sí— el canto cambió de tono y el peso en mi pecho dejó de ser una sierra para convertirse en una presión más sorda, como si algo pequeño hubiese sido extraído. Una parte del sello se aflojó. No fue la liberación completa que uno sueña; fue un susurro: menos cadena, más grillete flojo.

—No está todo —dijo la mujer—. Pero has movido suficiente. Esto permitirá que tu cuerpo recuerde sin explotar. Que aprendas. Que crezcas.

Respiré hondo y, por primera vez en lo que me parecieron siglos, sentí un hilo fino: una gota de maná que respondió en mi interior. No era abundante, no era salvaje, pero era mío y pudo moverse. Pude sentirlo como un insecto que despertaba, tambaleante, probando el mundo.

—Haz que se asiente —me indicó el hombre—. No te muevas. Déjalo volver a su sitio de forma ordenada.

Yo no pregunté por qué. Cerré los ojos y dejé que la música se desvaneciera en un murmullo. Las manos que habían tejido sobre las runas se retiraron a la vez. El círculo mantuvo su brillo, pero con menos hambre. Los aprendices suspiraron, como si ellos también hubieran quitado peso de sus hombros.

—Esto te dará margen —dijo la mujer, tocándome la frente con la punta de un dedo frío—. No es el fin del sello, pero es un comienzo. Con práctica, con control, ese fuego helado dentro de ti se hará manejable. Prométeme una cosa: no lo uses por rabia. Úsalo para sostenerte.

—Lo prometo —murmuré, asintiendo con la cabeza. La promesa me sonó a temple y a condena al mismo tiempo.

Las voces se fueron apagando y las runas volvieron a la calma. Sentí mi cuerpo lleno de agujas y al mismo tiempo más ligero. En la memoria que me atravesaba entendí algo que antes no: no me estaban despojando del todo; me estaban enseñando a convivir con la pieza rota.

La espiral de luces se cerró alrededor y, por un instante, vi la cara de mi madre de nuevo: "No te sueltes", me repitió, y yo, en la penumbra, creía poder cumplirlo.

En la corriente oscura, repetí una vez más los cantos en mi voz interior, una sola estrofa que se pegó a mis labios como un mantra:

—Mahtirs bao'sh Thashi plfor…

Y mientras la última nota se deshilachaba en la nada, la memoria —esa sala de piedras, las runas, la mujer, el hombre— se fue apagando como una vela que se consume. La espiral devolvió sus puntos de luz a la distancia, y yo sentí que algo dentro se reposaba, tenso pero contenido.

Cerré los ojos y respiré hondo, dejando que cada recuerdo se filtrara como un río helado y punzante. Ya no era aquel niño que necesitaba cantos y círculos para mover la magia. Ahora tenía mis nodos, mis propios canales, mi propio método de mana. El libro abandonado de aquel monasterio olvidado, todas esas piezas habían encontrado su lugar dentro de mí, y ahora podía reconstruir lo que antes solo podía sentir fragmentado.

Consciente de mis nodos principales y secundarios, comencé a trazar mentalmente los caminos que conectaban cada hilo de energía. Cada nodo reaccionaba a mi voluntad, girando, fusionándose, expandiéndose. Lo sentí de inmediato: la presión del sello viejo que había dormido dentro de mí durante casi diez años era intensa, como un hierro candente anclado a mi pecho. Dolía, sí, pero ahora podía canalizarlo, no solo resistirlo.

Cada nodo, cada nodo secundario, vibraba en sincronía mientras conectaba la cuarta variable: más intensa, más dolorosa, pero al mismo tiempo liberadora. Era un dolor que rompía y reconstruía, que me desgarraba por dentro mientras me llenaba de fuerza. El espacio negro dentro de mi pecho comenzó a iluminarse; primero un gris pálido, luego blanco, más frío que cualquier hielo y a la vez cálido, como si tocara mi propia alma con manos duales.

No necesitaba cantos ni círculos mágicos. Todo era interno, todo era mi voluntad. Recordé las instrucciones de los magos, sí, pero esta vez yo era el maestro y el alumno a la vez. Con un hilo de concentración, dirigí mis nodos hacia el sello. Cada chispa de energía, cada hilo residual del hechizo, fue detectado, evaluado, y finalmente absorbido o fragmentado por mis nodos. Sentí cómo se rompía pieza por pieza, cómo las cadenas invisibles que me habían retenido se desintegraban.

Y entonces llegaron los recuerdos que creía perdidos. Fragmentos difusos, rostros incompletos, lugares que no reconocía, sucesos que no podía ubicar en el tiempo. La noche en que Miller me inculpó y me quiso muerto. La razón por la que perdí la memoria. Mary y su hijo, sacrificados por mi huida. Leo y su gente, el médico que me salvó y me dio la herramienta mágica que cambió mi apariencia para siempre. Sentí cómo absorbí el mana de esa herramienta, mezclándolo con el mío, borrando el cabello plateado y los ojos azul celeste que ahora desaparecía.

Y, por primera vez desde hacía casi diez años, vi el rostro de mi madre biológica con claridad absoluta: perfecta, serena, intensa. Todo lo demás se desvaneció a su alrededor. El sello que me había encadenado durante tanto tiempo se retorció, gritó, pero ya no había poder sobre él que me detuviera. Mis nodos lo rodearon, lo comprimieron, lo desgarraron hasta convertirlo en polvo de luz.

Un calor punzante subió desde mi pecho hasta la garganta, y sentí un tirón profundo, como si alguien dentro de mí me exigiera despertar. La luz creció, cegadora, sin forma, pero inevitable. Era el mundo que me llamaba, los recuerdos que me reclamaban, mi propio mana que reclamaba su libertad.

—Despierta… —susurré hacia mí mismo, sin poder contener la fuerza que me recorría—. Es hora.

Y en esa luz, en ese frío cálido y doloroso, entendí algo que había olvidado por años: ya no era víctima. Nunca más.

El mundo aguardaba fuera, y yo estaba listo para volver a él.

***

[Liana]

El aire cambió de repente.

Primero fue un zumbido bajo, casi imperceptible, como si el bosque entero contuviera la respiración. Luego, el viento estalló en una ráfaga helada que me obligó a cubrirme el rostro con el brazo. La nieve que antes caía con calma se levantó en espirales violentas, girando alrededor de la cúpula donde estaba Eiren. La neblina se arremolinaba con tanta fuerza que parecía viva, como si algo en su interior estuviera luchando por salir.

—¡Roderic! —grité, intentando mantenerme en pie, pero el suelo tembló bajo mis botas.

Él me sujetó por los hombros justo a tiempo, tirándome hacia sí cuando una ráfaga casi me derriba. Sentí su brazo rodearme con fuerza, firme como un ancla en medio de aquel caos. Mi respiración salía en nubes blancas que se deshacían en el aire helado.

Dentro de la cúpula, apenas se distinguía una silueta: la de Eiren, inmóvil, pero rodeado ahora de una luz blanca que crecía, temblando como si el hielo se resquebrajara desde adentro.

—¡Está despertando! —gritó Kyot, su voz ahogada por el rugido del viento.

Vi cómo él extendía ambos brazos hacia adelante, su fuego se alzó en llamas doradas que formaron un arco protector alrededor de la cúpula. Garren, a su lado, golpeó el suelo con ambas manos; un muro de piedra se alzó, reforzando la barrera. Pude ver el sudor en su frente, a pesar del frío.

—¡La presión de maná está aumentando demasiado! —rugió Garren—. ¡Si esto sigue así, todo va a estallar!

La palabra estallar me heló la sangre. Me aferré a Roderic con ambas manos mientras el suelo vibraba bajo nuestros pies. No podía hacer nada, nada más que mirar.

Los otros cuatro del grupo de Kyot se movieron de inmediato: la arquera, apuntó al cielo y disparó una flecha que estalló en una red mágica de contención; el sanador trazó runas en el aire que se encendieron con luz azul; la líder y otro hombre lanzaban hechizos de viento, tratando de controlar las corrientes que se desataban en el claro. Todo se sentía como una tormenta dentro de una tormenta.

El bosque mismo reaccionaba. Los árboles crujían, el hielo de las ramas se rompía en pedazos que caían como cristales. A lo lejos, incluso los animales huían, como si sintieran que algo antiguo y peligroso estaba por despertar.

—¡Kyot! —grité—. ¡No podemos acercarnos más!

—¡No lo hagas! —respondió él, sin apartar la mirada de la cúpula—. Si cruzas ese límite, el maná te aplastará.

El fuego de su hechizo parpadeó, volviéndose casi blanco. Garren gruñía, forzando su magia para mantener el muro en pie. Roderic me giró y me obligó a agacharme tras una roca.

—Liana, mírame —me dijo, apretándome el rostro entre las manos—. No puedes ayudarlo ahora. Lo que está pasando allá dentro… es algo solo suyo.

Yo negué con la cabeza, las lágrimas comenzaban a escocerme los ojos.

—Pero… ¿y si se destruye a sí mismo?

—Entonces —dijo él con voz grave—, confía en que va a luchar para no hacerlo.

Sentí un estruendo más fuerte que todo lo anterior; el aire vibró con una presión tan densa que dolía respirar. La nieve fue arrancada del suelo, el viento se arremolinó hacia el cielo como una columna de luz blanca.

Y entonces, la cúpula se quebró.

No explotó —se fracturó, como un cristal que se parte en silencio. Grietas de luz se abrieron por toda su superficie, dejando escapar ráfagas de energía que atravesaron el claro.

Por un instante, el ruido desapareció. Todo se quedó quieto.

El resplandor se volvió tan intenso que tuve que cubrirme los ojos.

Mi corazón dio un vuelco.

—Eiren… —susurré, con los ojos ardiendo.

Y justo cuando la luz empezó a menguar, vi su silueta moverse dentro de la cúpula rota, rodeada de vapor, con el aire vibrando a su alrededor como si todo el bosque respirara con él.

La cúpula comenzó a contraerse.

Vi cómo el remolino de nieve y neblina que rodeaba a Eiren se cerraba sobre él, apretándose cada vez más, como si el propio cielo intentara tragárselo. Él seguía allí, tendido sobre la nieve, inmóvil, apenas visible entre los destellos blancos que estallaban a su alrededor.

—¡EIREN! —grité con toda la fuerza que me quedaba.

El viento me devolvió mi voz distorsionada, casi burlona, mientras los círculos de luz se cerraban aún más. El corazón me latía tan fuerte que sentía que iba a romperme el pecho.

Y entonces… la cúpula explotó.

Un rugido sordo atravesó el claro. La tierra se levantó, la nieve fue arrancada del suelo, y el frío que nos golpeó fue tan intenso que sentí cómo me cortaba la piel. Garren reaccionó en el último instante, alzando ambas manos; un muro de tierra emergió ante nosotros, grueso como una muralla. Aun así, la onda nos empujó hacia atrás con brutalidad. Caí sobre Roderic, el aire escapando de mis pulmones, el cuerpo entero temblando por el impacto.

*****

[????]

La nieve seguía cayendo afuera de la mansión.

No era una nevada violenta, sino una lenta y constante danza blanca, silenciosa, casi hipnótica.

El sol del mediodía se filtraba entre las cortinas gruesas, dándole un tono dorado al comedor, pero el aire era frío, y para nosotros… eso era lo más cercano al calor.

Mis manos descansaban sobre la mesa, los dedos rozando el borde de una copa.

El vapor del té se elevaba despacio, desapareciendo en el aire.

Detrás de mí, podía oír las risas apagadas de los mellizos, y a mi hija mayor corrigiéndolos con suavidad.

Mi esposa, en el extremo opuesto de la mesa, permanecía como siempre: erguida, imperturbable, mirando hacia su plato más que hacia nosotros.

El sonido de los cubiertos era lo único que llenaba el salón.

El golpe sordo de un cuchillo, el tintinear de una copa, el crujido del pan.

Silencio, orden, rutina.

Hasta que hablé.

—¿Por qué la mandaste? —pregunté sin girar la vista.

Los cubiertos se detuvieron.

El aire se volvió más denso.

Mi esposa levantó la mirada.

Su voz fue baja, pero firme:

—Porque no me interesa lo que pienses. Tú y los demás renunciaron a la idea de que nuestro hijo sigue con vida.

El murmullo de los niños desapareció.

Los mellizos bajaron la mirada.

Mi hija mayor apretó el tenedor con fuerza, sin atreverse a intervenir.

Los sirvientes ni siquiera respiraron.

Nadie en esta casa tenía el valor de contradecirla.

No después de todo lo que ella había visto con sus propios ojos.

Yo tragué con dificultad.

—Hace nueve años —dije con calma— tú lo viste morir. Todos los demás solo escuchamos lo que pasó. Pero eso no cambia lo que fue. Ya es hora de que dejes de envenenarte con esas falsas esperanzas. Neyreth está muerto.

Mi hija intentó hablar:

—Padre…

Pero alcé una mano.

—No. Hasta aquí termina la charla.

Mi esposa soltó un suspiro contenido.

—Lo que me duele —dijo— es que tú, de todos, hayas perdido la esperanza.

Eso… eso sí dolió.

Sentí cómo algo en mi interior se partía.

No era ira, ni tristeza, era algo más profundo.

Me di media vuelta despacio, sin querer, y el maná se me escapó como un reflejo.

El suelo crujió bajo una fina capa de escarcha.

Los candelabros temblaron, y el aire se volvió tan frío que los sirvientes dejaron caer los utensilios.

Mis hijos me miraron con miedo.

Yo casi nunca perdía el control.

Pero lo que ella dijo… fue demasiado.

—No te atrevas a decirme eso —mi voz resonó grave, helada—. No tienes derecho. No olvides que también fue mi hijo.

Ella me sostuvo la mirada, sin retroceder.

—Lo siento —susurró—. Lo sé. Pero está vivo. Lo siento, lo he sentido todo este tiempo. Ese lazo entre él y yo no se ha roto. No es imaginación, no es consuelo. Es algo real.

Me quedé callado.

Mis manos aún temblaban.

—Yo también tengo lazos con ellos —dije señalando a nuestros hijos—, y no por eso invento esperanzas.

Ella negó lentamente.

—No entiendes… Neyreth y yo compartíamos algo distinto. No solo era maná, era vínculo. Si estuviera muerto, lo sabría. Y no lo está.

Mi hija mayor, con los ojos enrojecidos, se levantó de la mesa.

—¡Basta ya los dos! —gritó con una voz quebrada—. Estas peleas no van a traerlo de vuelta. Pelear no va a hacer que reviva, ¡ni que vuelva! Ya sea que esté vivo o muerto… ¡ya basta!

La voz de mi hija resonó en las paredes del comedor.

El eco se desvaneció, dejando un silencio tan profundo que podía oír mi propio corazón.

Y justo cuando mi esposa iba a responder, algo sucedió.

El suelo vibró.

Apenas un segundo, pero lo suficiente para hacer que los vasos se volcaran.

Los mellizos se sujetaron de la mesa.

Mi hija dio un paso atrás.

Yo me sostuve de la pared mientras un dolor repentino me cruzaba el pecho, un tirón, como si algo invisible me jalara desde adentro.

Mi esposa jadeó, llevándose una mano al corazón.

—¿Lo sientes? —dijo entre respiraciones rápidas—. ¿Lo sientes, verdad?

Yo asentí con dificultad, sin entenderlo del todo.

No era un temblor.

Era maná. Un flujo inmenso y lejano, pero familiar… como si algo dentro de mí intentara responder a él.

Mi esposa sonrió. Por primera vez en años, sonrió.

—Te lo dije —murmuró—. Es él.

—¿Qué estás diciendo? —pregunté con la voz entrecortada.

Ella apretó la mano de la sirvienta que la sostenía y, con los ojos fijos en la ventana donde la nieve seguía cayendo, dijo:

—Nuestro hijo ha despertado.

***

[Liana]

El viento cesó.

Solo los copos de nieve cayeron de nuevo, lentos, suaves, girando como si nada hubiera pasado.

El claro, antes un torbellino de caos, estaba ahora inmóvil. El bosque enmudecido. La neblina se disipaba poco a poco, y un frío puro, tranquilo, reemplazaba la violencia del momento anterior.

Me aparté de los brazos de Roderic antes de que pudiera detenerme.

—¡Liana, espera! —gritó, pero no lo escuché.

Corrí.

Mis botas resbalaban en la nieve, mi respiración era un jadeo cortado por el miedo. Crucé el muro de tierra y vi lo que había quedado del lugar donde estaba Eiren. Un cráter enorme, perfectamente formado, con el suelo congelado en una figura geométrica que se extendía como un dibujo de hielo: una estrella fractal, un copo de nieve colosal grabado en la tierra misma.

Y allí… en el centro…

Estaba él.

De pie —o apenas. Su cuerpo tambaleante, la nieve cayendo sobre su cabello. Me detuve en seco, con el corazón apretado. Su cabello… ya no era negro del todo. Los mechones plateados se entremezclaban con el oscuro, brillando como hilos de luz bajo la nevada. Su piel estaba más pálida, casi translúcida, y sus facciones habían cambiado ligeramente: más marcadas, más frías, como si el hielo le hubiera esculpido.

—Eiren… —susurré, apenas consciente de mi propia voz.

Él levantó la cabeza.

Y cuando sus ojos se encontraron con los míos, el aire se me fue del cuerpo.

Ya no eran oscuros.

Eran de un azul celeste tan claro que casi dolía mirarlos. No parecían ojos… sino fragmentos de hielo iluminados desde dentro. Hermosos, extraños, irreales.

Él me miró, y sonrió. Una sonrisa cansada, débil, pero tan suya…

Intentó dar un paso hacia mí.

—No… —murmuré, avanzando.

Sus piernas cedieron.

—¡EIREN! —corrí, el mundo deshaciéndose a mi alrededor.

Lo alcancé justo antes de que cayera. Su cuerpo se desplomó contra mí, frío, rígido al principio… pero lentamente, muy lentamente, empezó a volverse cálido. Lo sostuve con fuerza, con el corazón temblando, sintiendo cómo el calor regresaba a su piel.

—Ya está… ya está… —susurré, mi voz quebrada entre sollozos—. Estás aquí…

Él respiró hondo, un vapor blanco escapando de sus labios.

Su mano se alzó débilmente, rozando mi mejilla.

—Mamá… —murmuró, apenas audible.

Yo asentí, sin poder hablar, con las lágrimas cayendo sobre su rostro.

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