[Keny]
El aire olía a humo y a hierro quemado.
Todo a nuestro alrededor estaba cubierto de ceniza, restos de hielo derretido y la marca de la destrucción que habíamos dejado atrás.
—Joder… —susurré, respirando con dificultad mientras me apoyaba en mi lanza—. No puedo creer que hayamos sobrevivido a esto.
Kyle estaba a mi lado, jadeando igual que yo, con la lanza humeante por el calor de su magia y las marcas de quemaduras que cubrían sus brazos.
Nuestros soldados también estaban esparcidos, descansando donde podían, algunos con vendajes improvisados, otros apenas respirando.
—Keny… —dijo Kyle, mirando hacia el bosque—. Necesitamos… descansar un poco antes de buscar a Eiren. No podemos avanzar en este estado.
Asentí, apoyándome contra un árbol, intentando recuperar el aliento.
Mi mirada se dirigió hacia el carruaje del marqués Shtile.
Milagrosamente, estaba intacto.
El marqués y sus hijas estaban bien; Cloe apenas consciente, mirándome con ojos asustados, y Maylen… inconsciente después de usar su magia sin control, apenas respirando.
—Maldita sea… —murmuré—. No podemos confiarnos ni un segundo…
De pronto, algo llamó mi atención.
A lo lejos, sobre el camino abierto, ví banderas ondeando.
Tres colores distintos, inconfundibles: los estandartes de las órdenes que habían entrado al bosque.
Mi corazón se aceleró.
—Kyle… mira eso —dije, señalando—. Las órdenes. Al fin…
A medida que se acercaban, podía ver que venían en un grupo pequeño.
Caballos jadeando, armaduras marcadas por la batalla, vendajes improvisados.
Uno de ellos se bajó de su caballo, tambaleándose un poco pero manteniéndose firme.
Su mirada evaluó nuestro grupo, y su voz, ronca y fatigada, cortó el silencio:
—¿Qué hacen aquí? —preguntó, sin bajar la guardia, aunque era evidente que también estaba herido.
—Íbamos rumbo a la capital —dije—. Pero para llegar teníamos que pasar por este maldito bosque. No sabíamos lo que estaba ocurriendo hasta que entramos… y nos encontramos con los cadáveres de bestias… y con soldados de la Llama Silente y los Vigías del Alba.
El hombre frunció el ceño, asintiendo con gravedad.
Kyle se acercó a mí, apoyando una mano en mi hombro.
—Estamos demasiado adentro para darnos la vuelta ahora —dijo, sus ojos estudiando a los hombres de la orden—. Pero necesitamos saber algo: ¿dónde está el resto de los grupos de las órdenes?
El hombre miró alrededor, evaluando cuidadosamente antes de hablar.
—Están todos separados en destacamentos. —Hizo una pausa, respirando con dificultad—. Como ya deben saber, una mujer de negro apareció y nos atacó con sus bestias. Varios destacamentos se dispersaron mientras escapábamos… y muchos se perdieron.
Kyle entrecerró los ojos, frunciendo el ceño.
—Esa mujer de negro apareció aquí hace poco… —dijo—. Se llevó a uno de los nuestros. Debemos buscarlo.
El hombre negó con la cabeza, con gravedad en la voz.
—Denlo por muerto. Si una de sus bestias se lo llevó… ya no hay esperanza.
Me acerqué un poco, cruzando los brazos, con la frustración quemando mi garganta.
—Tengan cuidado —le dije—. Ese chico no es cualquiera… su padre es alguien importante. No podemos dejarlo así.
El hombre me miró, con una mezcla de respeto y cansancio.
—¿Necesitan ayuda? —preguntó, finalmente.
Asentí con determinación.
—Sí. Estamos heridos, pero debemos continuar. Necesitamos encontrar a nuestro compañero. —Miré a Kyle, luego a los soldados—. Si pueden ayudarnos, avanzaremos juntos.
El hombre asintió.
—Entonces vayamos juntos. Mientras sean más, mejor. La coordinación es lo único que nos mantiene con vida aquí.
Acepté, sintiendo un alivio temporal.
—De acuerdo —dije—. Nos reuniremos con ustedes, y avanzaremos como un solo grupo.
Kyle asintió, limpiando la suciedad y la sangre de su rostro.
—Bien. Primero descansaremos un poco… luego nos moveremos. Pero no perderemos tiempo. —Miró a su alrededor, evaluando las heridas de todos—. Necesitamos estar en nuestra mejor condición para lo que sigue.
Me dejé caer sobre la tierra, apoyando la lanza a mi lado.
—Esto no ha terminado… —murmuré—. Si Eiren está vivo, debemos encontrarlo antes de que la mujer vuelva.
El hombre asintió, y por primera vez, una tensión silenciosa se mezcló con el respeto entre nosotros.
—Entonces vamos. Juntos. Por sobrevivir.
***
El bosque seguía respirando a nuestro alrededor, cada sombra parecía moverse, cada crujido nos recordaba que lo peligroso aún estaba cerca.
Mientras ajustaba la venda en mi brazo, tratando de que la sangre se detuviera, miré a Gregor y le pregunté, con voz firme pero cansada:
—Dime, Gregor… ¿de casualidad pidieron refuerzos cuando todo salió mal?
El hombre, todavía apoyado en su lanza, suspiró y negó con la cabeza.
—Sí, se pidió ayuda… pero no sabemos si hubo respuesta. Los sub-capitanes de las tres órdenes están juntos, y este pequeño grupo… bueno, llevamos aquí semanas.
—Semanas… —murmuré, asimilando la información—. Entonces no fueron atacados de inmediato, tuvieron tiempo de prepararse.
—Exactamente —dijo Gregor—. Comenzamos con calma, examinando los lugares, revisando las anomalías y bestias que fueron la razón por la que nos enviaron aquí. Hasta hace dos días… —se detuvo, respirando hondo—. Hasta que fuimos atacados por las bestias y la mujer de negro.
—¿Todos los grupos juntos? —preguntó Kyle, frunciendo el ceño mientras ajustaba su capa y revisaba su lanza.
—No —respondió Gregor—. Los grupos se separaron debido a la densidad del bosque y los caminos confusos. Fue imposible mantenernos coordinados. Por eso decidimos dirigirnos al Este una vez que logramos ubicarnos con exactitud. Allí hay una salida… a tres días desde aquí.
Asentí, ajustando la venda en mi pierna mientras sentía cada músculo rígido por la pelea y el cansancio acumulado.
—Vienen de allá… —dije, señalando—. Sí, hay una salida, pero el camino sigue siendo igual de peligroso. No podemos confiarnos ni un segundo.
Gregor me miró, con un brillo de respeto en los ojos.
—Entiendo. Por favor, dime tu nombre.
—Keny Vion —respondí—, hija del Conde Vion. Y ese que está de aquel lado… —señalé a Kyle— es mi hermano mayor, Kyle, heredero del conde.
Gregor asintió lentamente, procesando la información.
—Bien. Y los que están en el carruaje… —preguntó, mirando al marqués y a sus hijas—.
—El marqués Shtile y sus hijas. La mayor, Maylen, está inconsciente por su magia; y la menor, Cloe, apenas está alerta —dije, con un suspiro pesado—. Debemos asegurarnos de que estén a salvo mientras seguimos adelante.
—Entendido —dijo Gregor, ajustando su capa y las vendas improvisadas que tenía—. Si vamos juntos, podremos protegerlos mejor.
Le dirigí una mirada sincera.
—Gracias por la ayuda, Gregor. No sé si lo habríamos logrado solos.
Él esbozó una sonrisa cansada, pero con un deje de respeto y camaradería.
—No lo dudo. Y quizá tú habrías hecho lo mismo por nosotros, si hubieras estado en nuestra posición.
Kyle frunció los labios, pero asintió, claramente considerando la lógica de Gregor.
—Sí… —dijo finalmente—. La cooperación es nuestra única oportunidad de salir vivos de este infierno.
—Exacto —dije, tomando un momento para respirar hondo y observar a todos a mi alrededor—. Debemos mantenernos coordinados, protegernos entre nosotros y avanzar con cuidado. Nadie se adelanta, nadie se queda atrás. Cada paso que demos es vital.
Gregor asintió de nuevo, y por un momento, el bosque pareció callar a nuestro alrededor, como si escuchara la decisión del grupo.
—Entonces vayamos juntos. —Su voz sonaba firme, una chispa de determinación en medio del cansancio—. Mientras seamos más, mejor. Esto no será fácil, pero con estrategia y coordinación, tendremos oportunidad.
Miré a Kyle, a los soldados, y finalmente al carruaje donde yacían el marqués y sus hijas.
—De acuerdo. Manténganse alerta. Si algo se mueve, respondemos rápido. Nada nos tomará por sorpresa esta vez.
—Eso espero —dijo Gregor, ajustando su guante—. Porque lo que nos espera más adelante… será peor que todo lo que hemos enfrentado hasta ahora.
Sentí un escalofrío, pero esta vez no era solo miedo: era concentración.
—No importa lo que venga —dije con voz firme—. Estaremos listos. Vamos a salir de este bosque.
El grupo se reorganizó, soldados y miembros de las órdenes juntos, listos para avanzar.
Kyle y yo intercambiamos una mirada, silenciosa pero llena de resolución.
—Mantente cerca de mí —dijo Kyle—. Si algo pasa… cubriremos el uno al otro.
—Siempre —respondí, apretando mi lanza y ajustando mi postura—. Ahora vamos. Tenemos un camino que recorrer, y no hay margen para errores.
Y así, juntos, avanzamos hacia quien sabe dónde, adentrándonos nuevamente en la espesura del bosque, con la tensión palpable, la vigilancia extrema, y la certeza de que la mujer de negro, las bestias y los horrores que nos esperaban aún no habían terminado de mostrarnos su poder.
****
[Eiren]
Me pegué a la pared como si fuera a pegarme con ella, y no pude evitar arrastrar la cabeza hacia atrás, intentando calcular si había espacio suficiente para retroceder sin romperme la nuca. ¿Cómo demonios había terminado en frente de un maldito dragón? En serio, un dragón. Azul, enorme, con ojos que brillaban como si supieran todos mis secretos y además estuvieran juzgándome.
Todo empezó con lo que creí que era un simple paseo por los túneles después de salir del agua. "Solo un paso más y llego a la salida", pensé. Error. Un paso en falso y terminé resbalando como un idiota en una roca mojada, rodando un par de metros y aterrizando directamente frente a esta criatura que claramente podría comerse un carruaje completo sin masticar.
—Bueno… esto… hola… —musité, porque básicamente lo único que podía hacer era hablar y esperar que no me confundiera con su almuerzo—. Sí, hola… yo… eh… solo estaba explorando.
El dragón parpadeó lentamente, inclinando la cabeza como si estuviera evaluando si valía la pena perder tiempo conmigo. Y ahí estaba yo, respirando como si acabara de correr un maratón, con el corazón golpeando a un ritmo tan ridículo que estaba seguro de que el dragón podía escucharlo.
—Perfecto… —susurré—. Esto va a ser un gran día. Sí… definitivamente… el mejor día de mi vida.
Y mientras lo miraba, intentando no hacer movimientos bruscos, no pude evitar pensar: "De todas las formas posibles de morir, resbalando y aterrizando frente a un dragón… realmente he alcanzado un nivel nuevo de mala suerte".
Mi corazón parecía que iba a explotar en mi pecho, golpeando contra mis costillas con tanta fuerza que dolía más que cualquiera de las heridas que ya llevaba. La sobrecarga de la tercera variación me quemaba los brazos y el torso, la adrenalina y el mana girando como un torbellino dentro de mí, mientras la respiración caliente y potente del dragón me golpeaba de lleno en la cara.
El dragón ladeó la cabeza, mirándome con esos ojos azules oscuros que reflejaban mi propio miedo y cansancio. Cada músculo de mi cuerpo se tensó, mis dagas de hielo se formaron instantáneamente en mis manos, y sentí cómo todo mi mana estaba listo, fluido y furioso, como si supiera que esta podía ser la pelea de mi vida… o el final.
Por un instante, y no sé si fue un acto de misericordia o simple curiosidad, el dragón retrocedió y giró dándome la espalda. Solté un suspiro de alivio que se sintió más como un ronquido agónico, y empecé a buscar alguna salida de ese infierno. Solo había un techo rocoso inmenso sobre el dragón, ningún túnel a la vista, pero noté una rendija de luz que podía ser una salida. Solo que… no sabía cómo diablos llegar hasta allí sin ser aplastado o devorado.
Y entonces la cola del dragón se movió. Solo eso bastó para que mi cuerpo reaccionara tarde; antes de que pudiera dar un paso, la enroscaron alrededor de mis brazos y torso con fuerza suficiente para que cada respiración se sintiera como un cuchillo atravesándome. Intenté zafarme, pero era inútil, cada intento solo me apretaba más.
La cola me levantó en el aire, dejándome colgado boca abajo frente al dragón. Sus ojos brillaban intensamente, y en ellos me vi reflejado, minúsculo e indefenso. Mis dagas todavía chispeaban hielo, pero ahora solo podía concentrarme en no vomitar del mareo y la falta de sangre.
Y entonces la punta de la cola me empujó hacia su boca. El dragón abrió un poco sus mandíbulas, y un golpe de aire caliente y hediondo me golpeó la cara. Olía a muerte, a azufre y algo que no podía identificar, pero era repulsivo.
El dragón empezó a mover la cola otra vez, agitándome con brutal fuerza como si fuera un juguete que no respondía. Mi visión se nubló, las heridas ardían y mis sentidos giraban con cada sacudida. El mareo me envolvió, y solo pude rezar, maldecir y jurar no volver a subestimar nunca más a una criatura que claramente no tenía ni pizca de sentido del humor.
—¡Maldita sea! —grité entre el viento caliente y el dolor—. ¿Quién demonios me puso en esta mierda?!
Y mientras la sangre me subía a la cabeza y todo daba vueltas, supe con certeza que salir vivo de esto iba a requerir mucho más que magia de hielo y agallas: iba a necesitar un milagro… o un golpe de suerte que parecía imposible en ese maldito lugar.
Pero justo cuando creí que podría descansar un instante, sentí algo más: un movimiento de mana a mi alrededor. No era violento ni amenazante, pero me recorrió un escalofrío por la espalda, una sensación que me resultaba dolorosamente familiar.
El dragón me miraba con esos ojos azules oscuros, y por un momento, todo lo demás desapareció. No había rocas, ni sangre, ni frío, ni cansancio: solo nosotros dos. Su presencia se sentía… antigua, consciente, inteligente. Y su mana… era igual que el mío cuando encendía mis nodos. Exactamente igual, como si de alguna manera ambos ritmos mágicos compartieran un secreto que yo apenas podía comprender.
Sin pensarlo demasiado, activé mis nodos en la primera variación. Pero no era suficiente. No era rítmico con lo que sentía del dragón, no encajaba. Intenté ajustar mi respiración, pero el frenesí de mi corazón y el cansancio no ayudaban. Entonces, decidí detenerme por completo, concentrarme, y mover mis nodos con calma, uno por uno, reconociendo cada punto, sintiendo cada conexión como si lo hiciera por primera vez. Mis manos temblaban ligeramente mientras trazaba la línea invisible de energía, pero había un extraño orden en la confusión.
Y entonces, lo sentí. El ritmo de mis nodos comenzó a sincronizarse con el del dragón. Era… como si ambos fuéramos parte de la misma corriente, distintos, sí, pero compartiendo una misma cadencia. El dragón, que hasta entonces me había mantenido boca abajo, comenzó a enderezarme suavemente. Sus movimientos eran deliberados y precisos, lentos, como si midiera cada segundo. La presión de su cola desapareció de mis brazos y torso, dejándome libre, pero mi cuerpo cayó de rodillas, apenas sosteniéndome con la mano.
El dragón agachó la cabeza y nos quedamos observándonos, sin prisa. Y entonces lo vi: su mana. Como hilos de luz azul oscuro, flotando en el aire, conectando puntos que se acercaban hacia mí, tejiendo un patrón extraño pero ordenado. Era como ver un mapa tridimensional de energía viva, pulsando suavemente, como si respirara. Mis nodos, invisibles para cualquier observador, comenzaron a iluminarse uno por uno: brazos, pecho, abdomen, cabeza… incluso donde no deberían haber nodos, sentí como si agujas de fuego helado se incrustaran suavemente en mi piel.
El mana del dragón entró en mí, fluyendo como un río lento pero intenso. No dolió, aunque sí ardía con fuerza, despertando cada fibra de mi ser. Y lo más extraño… era la calma. No había miedo, ni tensión, solo un entendimiento silencioso entre nosotros. Nos mirábamos fijamente, sus ojos reflejando los míos.
El aire en la cueva cambió. No era frío, ni cálido, ni húmedo. Era un espacio suspendido entre lo serio y lo extraño, donde el tiempo parecía haberse detenido solo para nosotros. Cada respiración era un eco, cada hilo de mana una melodía que podía sentir en cada nervio. El dragón no hablaba, y yo tampoco, pero entendíamos. Un intercambio silencioso, una conversación de energías, donde ni las palabras ni los gritos tendrían cabida.
Y allí, en medio de ese extraño intercambio, por primera vez dejé de pensar en huir, en pelear, en sobrevivir. Solo sentí la conexión. Y por un instante que pareció eterno, el mundo dejó de ser peligro, caos y sangre. Solo éramos dos seres frente a frente, compartiendo algo que iba más allá de la fuerza o la magia, algo que no necesitaba explicación.
****
[Sivelle]
El grupo se movía lentamente, los caballos resoplando por el esfuerzo y los soldados del ducado luchando por mantener la formación mientras arrastraban sus cuerpos cansados. Miyas respiración estaba pesada; podía ver su pecho subiendo y bajando con cada jadeo, y sus manos descansaban sobre la lanza como si buscaran un soporte para no caer. Yo misma sentía cada músculo dolorido, y a pesar de todo, la tensión en el aire no disminuía ni un instante.
—Maldita sea… —murmuró uno de los soldados del ducado, limpiándose el sudor de la frente—. No sé de dónde diablos han salido estas bestias, ni qué las controla…
—Eso es lo que yo intento entender —respondí con voz cansada, ajustando mis guantes mientras vigilaba los alrededores—. Y no tenemos tiempo de detenernos a pensar demasiado.
El sub-capitán de los Vigías del Alba, con las túnicas oscuras arrastrando sobre el barro y el mapa extendido frente a él, levantó la vista.
—Aún estamos lejos de la salida hacia el Este —dijo, señalando el mapa con un dedo firme, aunque su mano temblaba un poco por el cansancio—. Y los grupos separados… si siguen con vida, quizás están avanzando hacia el Este por donde entraron hace semanas. No sabemos con certeza.
El sub-capitán del Acero Pálido frunció el ceño mientras revisaba su propio mapa, tenso.
—Debemos seguir adelante, sin distracciones —dijo con voz grave—. Es una lástima la cantidad de efectivos que las órdenes han perdido, pero nuestra prioridad es salir vivos. No podemos permitirnos desviar recursos en intentar rescatar a los que se perdieron.
—Y los refuerzos… los mensajes que enviamos tardarán en llegar y tardarán en responder. El tiempo no está de nuestro lado.
El sub-capitán de la Llama Silente me miró fijamente y su tono se volvió más inquisitivo.
—¿Qué es tan importante como para que la heredera del ducado Vyrenthal tenga que atravesar este bosque? —preguntó, como si lo que le contara fuera casi imposible de creer.
—Mi hermano —repetí, apretando el mango de mi espada—. Lo hemos creído perdido por diez años, pero la magia y el destino tienen formas de gastar bromas crueles. Supimos que seguía vivo, y ahora debemos ir por él.
Hubo un silencio entre los sub-capitanes, y por un instante sentí el peso de su mirada.
—Se dice que el segundo hijo del ducado Vyrenthal murió hace diez años durante un ataque hacia él y la duquesa —comentó el sub-capitán de la Llama Silente, con un dejo de respeto en la voz.
Asentí levemente, respirando hondo.
—Así fue. Así lo creyeron durante diez años. Pero no murió. Y aunque no puedo garantizar que saldre de este bosque con facilidad, iremos a buscarlo.
Miya me dio un leve toque en el hombro y me habló con voz firme, como siempre, intentando infundirme fuerza.
—No digas eso, mi lady. Vamos a salir de este lugar, y traeremos al joven maestro Neyreth de regreso al ducado. No hay otra opción.
—Lo sé —respondí, con la mirada firme y la determinación encendida—. Y si seguimos juntos, aunque estemos cansados, aunque las bestias nos ataquen de nuevo, lo lograremos.
El sub-capitán de los Vigías asintió, ajustando su capa empapada de sudor y barro.
—Entonces sigamos. Cada paso cuenta. No sabemos cuánto tiempo más tendremos antes de toparnos con más de esas malditas criaturas, así que concentración y coordinación.
—Y vigilancia —agregó el sub-capitán de la Llama Silente—. No podemos permitirnos más sorpresas.
Miya ajustó su lanza y me dio un breve asentimiento, y yo respiré hondo, sintiendo la espada de hielo vibrar ligeramente en mi mano.
—Muy bien —dije—. Por Neyreth. Y por nosotros mismos. No hay vuelta atrás.
El grupo avanzó, los caballos resoplando, las botas golpeando la tierra húmeda, y el bosque, denso y oscuro, parecía cerrarse a nuestro paso. Cada sombra era un posible peligro, cada crujido un aviso. Pero mientras nos adentrábamos más, sentí que la determinación no flaqueaba, que incluso cansados y heridos, aún podíamos enfrentar lo que viniera.
—Mantengan la formación —ordené, con voz firme—. Y atentos a cualquier señal. Si algo se cruza en nuestro camino, no habrá advertencia esta vez.
—¡Mi lady! —gritó el capitán de nuestras fuerzas del ducado, señalando hacia el sur—. ¡Humo!
Todos giramos la cabeza al instante, siguiendo la dirección de su dedo. Entre la densa vegetación, un hilo grisáceo ascendía hacia el cielo, serpenteante y espeso, contrastando con el verde oscuro de los árboles y la luz débil que se colaba por el follaje.
El sub-capitán de los Vigías del Alba, con la mano en la empuñadura de su espada y los ojos entrecerrados, dio órdenes con voz firme:
—¡Un destacamento, ahora! ¡Muévanse hacia el sur y exploren! —dijo, señalando a un grupo de sus hombres más ágiles—. Necesitamos saber si esos son restos de los grupos perdidos… o pobres almas atrapadas sin comprender lo que ocurre.
Los soldados no dudaron. Los más enteros se incorporaron de sus caballos con un salto ágil, sus capas ondeando al viento mientras aterrizaban entre los árboles con la precisión de cazadores entrenados. Se movían a gran velocidad, saltando de rama en rama como si el bosque fuera un campo de entrenamiento conocido.
—¡Cubran todos los flancos! —ordenó el sub-capitán del Acero Pálido, ajustando el agarre de su lanza—. No sabemos qué encontraremos allá, podrían ser enemigos, bestias, o magia residual.
Miya suspiró, apretando su lanza mientras observaba el movimiento de los exploradores.
—Parecen felinos… o algo más cercano a pájaros gigantes —murmuró mientras seguía con la mirada a los que avanzaban—. Son increíblemente rápidos.
Yo mantuve la espada de hielo lista, mis ojos recorriendo los alrededores, mientras intentaba anticipar cualquier movimiento extraño. El humo seguía ahí, y aunque podría ser una señal de vida humana, también podía ser una trampa.
—Manténganse alertas —dije en voz baja a mis hombres—. Nadie se adelanta sin cubrirse, y si hay alguien vivo, debemos estar preparados para ayudar.
Desde arriba, los exploradores se desplazaban con movimientos fluidos, saltando de rama en rama, estudiando cada sombra y cada sonido que el bosque les entregaba. Cada gesto, cada desplazamiento, parecía calculado al milímetro.
—Mi lady… —susurró un soldado a mi lado, con voz nerviosa—. Si algo se mueve en esas sombras, no lo veremos hasta que esté sobre nosotros.
Asentí, con la mirada fija en el humo.
—Entonces debemos confiar en ellos —dije—. Son expertos. Pero estén listos, si algo surge antes de que regresen, seremos nosotros quienes tendremos que enfrentarlo.
El viento mecía las hojas y el humo parecía oscilar como una serpiente, mezclando el gris con la penumbra del bosque.
—¡Sub-capitanes! —gritó uno de los exploradores mientras se acercaba, saltando entre los árboles y aterrizando con agilidad sobre el sendero—. ¡Hemos encontrado a dos grupos!
Todos nos giramos hacia él, ansiosos y tensos.
—¿Qué han descubierto? —preguntó el sub-capitán de los Vigías del Alba, sus ojos fijos en el joven explorador.
—Son dos destacamentos de nuestros hombres —respondió jadeando, recuperando el aliento—. Se habían separado hace días, pero los encontramos. Y… nosotros seremos el tercer grupo que se une a ellos.
—¿Y? —interrumpió otro sub-capitán, del Acero Pálido, con el ceño fruncido—. ¿Alguna novedad más?
—Sí… —el explorador respiró hondo, mirando al suelo por un instante antes de levantar la cabeza—. Uno de los grupos lleva con ellos a terceros. Un noble de rango marqués con sus dos hijas… y también dos hijos de un conde que venían desde el este hacia la capital.
—¿Qué? —pregunté, sorprendida, mi corazón acelerándose—. ¿Hijos de un conde?
—Sí —continuó el explorador—. Parece que uno de esos jóvenes fue separado de su grupo cuando la mujer de negro apareció y los atacó con sus bestias. Ese chico se perdió desde ayer… todavía no lo han encontrado.
El sub-capitán de la Llama Silente frunció el ceño, mirando el humo que aún se elevaba al sur.
—Entonces debemos reagruparnos inmediatamente —dijo con voz firme—. No podemos permitir que nadie quede atrás. Este bosque ya ha cobrado demasiadas vidas.
—Explorador —preguntó el sub-capitán de los Vigías—. ¿Quiénes son exactamente esos nobles?
—El marqués Shtile del sur y los hijos del conde Vion del Este —respondió el explorador, aún jadeando.
Mi sorpresa fue inmediata, casi haciendo que mi mano temblara sobre la empuñadura de mi espada.
—¿Dijiste… conde Vion? —pregunté, casi sin poder creerlo.
El explorador me miró, confundido por mi reacción.
—Sí, mi lady. Keny y Kyle Vion.
Un silencio breve se apoderó del grupo, mientras la gravedad de la situación se asentaba en mi pecho.
—Eso significa… —murmuré, más para mí misma que para los demás—. Que mi hermano está con ellos… que debemos llegar al este lo antes posible.
—Mi lady —intervino el sub-capitán de la Llama Silente—, ¿qué sucede?
—El conde Vion tiene a mi hermano —respondí, con la voz firme, aunque la urgencia se filtraba en mi tono—. Debemos movernos ahora. Si tardamos, podrían pasar más desgracias.
Miya asintió de inmediato, ajustando su lanza y acercándose a mi lado.
—Entonces vamos —dijo, con una determinación clara en sus ojos—. No importa lo cansados que estemos. Saldremos de este infierno y traeremos a tu hermano de vuelta.
Sin esperar más, lancé mis caballos al galope. El sonido de los cascos resonando contra la tierra húmeda y los troncos caídos parecía marcar el ritmo de nuestra urgencia.
—¡Mi lady, esperen! —gritaron algunos soldados, pero no hubo tiempo que perder—. ¡Abran camino!
Los hombres de mi ducado y los más fuertes de nuestra escolta siguieron sin dudar, ajustándose a nuestro ritmo. Las tres órdenes tardaron un poco más en reagruparse, pero finalmente comenzaron a moverse detrás de nosotros, sus estandartes ondeando entre los árboles, las lanzas y armas listas, preparados para cualquier cosa que el bosque aún pudiera lanzar.
—¡Mantengan la formación! —grité, dirigiéndome a mis hombres mientras cabalgábamos—. No pierdan de vista el humo, y si encuentran resistencia, cubran al carruaje y a los nobles.
—Sí, mi lady —respondió Miya, alzando la voz mientras su viento se arremolinaba alrededor de su lanza, creando un aura que protegía a los caballos y a los hombres cercanos.
El bosque seguía siendo traicionero, las raíces ocultas y la vegetación densa tratando de ralentizarnos, pero nuestra determinación era más fuerte. El tiempo apremiaba, y cada segundo contaba.
—Vamos, rápido —murmuré, apretando los labios—. Cada paso nos acerca a mi hermano. No podemos fallar ahora.
El viento y los gritos de los hombres se mezclaban con el sonido de los caballos y la tensión en el aire. Por un instante, todos dejamos de pensar en el cansancio, en el dolor o en la fatiga. Solo existía un objetivo: salir del bosque y llegar al este.
