Cherreads

Chapter 53 - Capitulo 52

[Keny]

El ambiente era tenso, cargado de cansancio y olor a sangre seca. Las hogueras improvisadas crepitaban débilmente, lanzando sombras largas sobre el suelo cubierto de raíces y hojas.

Yo estaba de pie junto a Gregor, los brazos cruzados y los músculos aún temblando de tanto esfuerzo. Kyle estaba sentado en el suelo, con la espalda contra un tronco, respirando con dificultad. Maylen seguía inconsciente dentro del carruaje, y Cloe, su hermana, no se había movido de su lado ni un segundo.

El marqués Shtile estaba fuera, hablando con sus hombres, revisando las líneas de defensa por si esas malditas bestias volvían. Habíamos tenido suerte de sobrevivir, pero la suerte no duraba mucho en este bosque.

—¿Cuánto tardarán esos refuerzos? —pregunté, mirando hacia el camino.

—No lo sé —respondió Gregor, ajustándose el peto de metal abollado—. Pero dijeron que venían del norte, y si lograron sobrevivir tanto como nosotros, deben estar igual de jodidos.

No pude evitar soltar una risa seca.

—Eso me tranquiliza mucho, Gregor.

Él solo bufó, encogiéndose de hombros.

Pasaron algunos minutos antes de que escucháramos los cascos de los caballos acercándose. Primero uno, luego varios. El sonido era tan fuerte que los árboles vibraban ligeramente.

—Ahí vienen —dijo Gregor, enderezándose.

Miré hacia el sendero y los vi: tres estandartes. No, cuatro. Tres de ellos los reconocí —las órdenes del Reino; los Vigías del Alba, la Llama Silente y el Acero Pálido—. Pero el cuarto… ese no. Era un estandarte azul, con un símbolo que no pertenecía a ninguna de las tres órdenes conocidas.

—¿Una cuarta orden? —murmuré.

Gregor frunció el ceño. —No que yo sepa.

Los jinetes se detuvieron frente a nosotros, y los sub-capitanes comenzaron a descender, intercambiando saludos formales con los oficiales de los grupos reunidos. Pero yo… yo no podía dejar de mirar a una figura que bajó de uno de los caballos.

Era una mujer. Su cabello plateado caía en mechones sucios y enredados, pero aun así brillaba con un tono imposible de ignorar. Sus ojos… celestes, casi cristalinos, me helaron la sangre. Eran iguales a los de Eiren.

Y en ese momento lo supe. No necesitaba que nadie me lo confirmara.

Ella era Sivelle. La hermana mayor de Eiren… o mejor dicho, de Neyreth.

—Por los dioses… —susurré, sintiendo cómo se me erizaba la piel—. Es ella.

La mujer desmontó de un salto y comenzó a avanzar con una energía feroz. Su voz resonó fuerte y clara en el campamento:

—¡¿Quiénes son los hijos del conde Vion?!

Todos nos giramos hacia ella. Me quedé congelada por un segundo, hasta que Kyle levantó la mano desde el suelo, un poco confundido.

—¿Ehhh… nosotros? —respondió, con una sonrisa nerviosa.

Yo levanté la mano también, lentamente, sin saber qué esperar.

Sivelle casi corrió hacia nosotros. El aire a su alrededor bajó de temperatura de inmediato; el suelo comenzó a cubrirse de escarcha. Antes de poder decir nada, una espada de hielo se formó en su mano, brillante y amenazante, y la apuntó directamente hacia mí.

—¡¿Dónde está mi hermano?! —gritó, su voz quebrándose entre rabia y desesperación.

Me quedé helada. Literal y figuradamente.

—¿T-tu hermano? —balbuceé—. ¿Cómo… cómo lo sabes?

Sus ojos se abrieron más, pero antes de que pudiera decir algo, una mujer rubia bajó de otro caballo y puso una mano firme sobre su brazo.

—Mi lady, cálmese —dijo con una voz suave, aunque autoritaria.

Sivelle respiró hondo, bajando lentamente su espada. Aun así, su mirada seguía fija en mí, ardiendo de preguntas y miedo.

—Respóndeme —dijo al fin, con un tono más controlado pero tenso—. Sé que está vivo. Íbamos hacia el este, hacia la residencia de tu padre, él conde Vion, para encontrarlo. Así que dime… ¿dónde está Neyreth?

Tragué saliva, sintiendo cómo el peso de sus palabras me aplastaba.

—Él… estaba con nosotros —dije al fin.

Sivelle entrecerró los ojos. —¿Cómo que "estaba"?

—Cuando la mujer de negro apareció… —empecé, apretando los puños—, se interesó en él. Toda la pelea giró en torno a eso, a él. Neyreth intentó alejarnos del combate para protegernos, pero una… bestia se lo llevó.

El silencio que siguió fue insoportable. Sivelle me miraba como si intentara leer algo en mis ojos, algo que le dijera que mentía o que había esperanza.

—¿Desde cuándo? —preguntó finalmente.

—Desde ayer —respondí, bajando la mirada—. Lo hemos buscado todo el día, pero no encontramos nada. Sin embargo… —levanté la cabeza y la miré con firmeza—, está vivo. Lo sé. Neyreth es fuerte. Demasiado fuerte para morir en este bosque.

Sivelle no respondió al instante. Su respiración era pesada, el vapor salía de sus labios por el frío que emanaba su propio mana. Luego asintió lentamente, cerrando los ojos.

—Tiene razón… —murmuró, más para sí misma—. Él siempre fue así. Terco, fuerte, imposible de romper.

—Lo encontraremos —dije, intentando sonar segura—. No importa cuánto tarde.

Sivelle abrió los ojos y me miró con una intensidad que me atravesó por completo.

—No. Lo encontraré yo —respondió, girándose hacia su guardiana rubia—. Miya, organiza a los hombres. Vamos a movernos hacia donde desapareció. Si ese maldito bosque quiere comernos, tendrá que atragantarse conmigo primero.

Miya asintió con una leve sonrisa. —A sus órdenes, mi lady.

Gregor, a mi lado, soltó un leve suspiro.

—Bueno, Keny… parece que acabamos de conseguir una aliada peligrosa.

—Sí —respondí, viendo cómo el suelo se helaba bajo los pasos de Sivelle—. Y creo que ese bosque aún no sabe con quién se metió.

***

La noche había caído completamente, y con ella, un silencio denso, pesado, casi irreal. El bosque entero parecía contener la respiración. Solo se escuchaban los pasos cansados de los soldados moviéndose entre los árboles, el crujir de las ramas secas bajo sus botas, y el lejano ulular de una criatura que nadie quería ver de cerca.

Estábamos agotados. Todos.

Incluso yo, que debía mantenerme firme frente a mis hombres.

El aire olía a humedad, a sangre vieja y a desesperanza. Las antorchas parpadeaban, dibujando sombras que parecían moverse solas.

Me senté junto a un tronco y me quité los guantes. Tenía los dedos entumecidos, la piel marcada por el frío y las heridas de los combates pasados.

Frente a mí, Miya organizaba a los vigías que se turnaban para patrullar el perímetro. Los subcapitanes de las órdenes discutían en voz baja cerca del fuego, intentando mantener la moral alta. Pero todos sabíamos la verdad: estábamos al límite.

Tomé una hoja de pergamino de mi bolsa, la extendí sobre mi rodilla y saqué una pluma. Necesitaba escribir… no como soldado, sino como hija. Como hermana.

"Padre," comencé, dejando que la tinta manchara el papel tembloroso.

"Espero que esta carta llegue a usted antes de que las noticias lo hagan. Nos hemos adentrado en el bosque del Este. No fue una decisión voluntaria; el camino de la capital y el Este nos obligó a cruzarlo. Los exploradores descubrieron que las tres órdenes del reino habían entrado antes que nosotros, investigando la presencia de bestias anómalas."

Hice una pausa. El fuego frente a mí se reflejaba en la tinta húmeda. Pude escuchar los susurros de los soldados, el tintineo de las armaduras, el sonido de una rama partiéndose a lo lejos.

"Nos encontramos con ellos, o lo que queda. Los subcapitanes y sus hombres sobrevivientes. Nos contaron lo que ocurrió: una mujer vestida de negro apareció, controlando a las bestias o inyectándoles algo que las volvía más salvajes, más fuertes. Hemos visto los cuerpos… y he peleado contra esas cosas. No son naturales, padre. Ni siquiera parecen vivas."

Mis dedos se apretaron en torno a la pluma.

Recordé las garras, el rugido, los ojos vacíos. La sangre de mis hombres salpicando la nieve.

"Pero eso no es lo peor."

La pluma se detuvo. Me obligué a respirar antes de seguir.

"Nos encontramos con el marqués Shtile y sus hijas, y con los hijos del conde Vion. El conde con quien planeábamos reunirnos en la ciudad del Este… donde creímos que se encontraba Neyreth."

Mi corazón dolió al escribir su nombre.

Diez años… Diez años sin escucharlo en voz alta.

"Los hijos del conde me confirmaron lo que temía y lo que, a la vez, me da esperanza: Neyreth está aquí, en este bosque. Él venía con ellos. Pero la mujer de negro lo atacó. Lo separó de su grupo. Las bestias lo arrastraron y desaparecieron con él. Han pasado dos días desde entonces y aún no lo encontramos."

Las letras comenzaron a deformarse por las gotas que cayeron sobre el papel.

Me di cuenta de que eran lágrimas mías.

"Padre, sé que esto parece desesperado. Pero la hija del conde, Keny Vion, asegura que está vivo. Dice que Neyreth es fuerte, que puede sobrevivir incluso solo. Yo… le creo. Siempre supe que mi hermano no podría desaparecer tan fácilmente. Siempre lo sentí. Y ahora estoy tan cerca… tan cerca de verlo otra vez."

Tragué saliva, respirando con dificultad.

"Si esta carta llega a sus manos, puede que ya haya pasado una semana desde que la envié. Para entonces, quizá ya lo habré encontrado. O quizá…"

No pude terminar esa frase.

La taché con fuerza, dejando una mancha negra sobre el pergamino.

"No. Lo encontraré. No importa lo que cueste. No importa cuántas bestias se interpongan. No voy a perderlo otra vez."

Firmé la carta con mi nombre: Sivelle Vyrenthal.

La doblé con cuidado y murmuré un hechizo. De mis manos emergió una fina escarcha que se extendió en el aire, tomando forma: un pájaro de hielo, de alas largas y transparentes, tallado por el mana mismo. Dentro de su pecho, coloqué la carta, sellándola con un toque.

—Vuela… —susurré.

El pájaro alzó el vuelo con un sonido como el de cristales chocando entre sí. Miya, que había terminado de dar órdenes, levantó la mirada.

—¿Carta para el ducado?

Asentí. —Sí. Debe llegar a mi padre.

Ella sonrió con un gesto cansado y extendió su mano. Una corriente de viento envolvió al pájaro, acelerándolo, elevándolo hasta que desapareció entre las estrellas.

—Ahora volará más rápido —dijo Miya con suavidad—. Llegará antes del amanecer.

—Gracias… —murmuré.

Me quedé mirando el cielo nocturno, el brillo del pájaro de hielo perdiéndose en la distancia. Sentí que mi pecho se apretaba, como si las emociones contenidas durante años me golpearan todas al mismo tiempo.

Las lágrimas volvieron sin que pudiera detenerlas.

Las dejé caer.

Después de tanto tiempo, después de años de buscar entre rumores, de llorar frente a una tumba vacía, ahora estaba tan cerca de él.

Mi hermano.

Neyreth.

Casi podía escucharlo reír como cuando éramos niños.

Podía imaginar su voz, su sonrisa, la forma en que me llamaba hermana mayor mientras corría por los jardines del ducado.

Apreté los labios para contener un sollozo, pero fue inútil.

El peso de todo se rompió dentro de mí.

Me cubrí el rostro con las manos y lloré en silencio, mientras el viento frío del bosque del Este me rodeaba, llevando mi aliento y mis lágrimas hacia la oscuridad.

Tan cerca…

Tan cerca de reencontrarme con él, y a la vez, tan lejos.

***

[Eiren]

Mi cuerpo todavía dolía, pero al menos ya no sentía que me estuviera muriendo.

El aire dentro de la cueva era denso, frío y cargado de esa sensación pesada que deja el mana en reposo. Abrí los ojos despacio, con la espalda apoyada contra una roca, y lo primero que vi fue el brillo azul del dragón a unos metros de mí, recostado, observándome con esos enormes ojos que parecían contener todo el cielo nocturno.

Y frente a mí… había frutas.

Frutas.

Sí, frutas. En medio de una cueva helada.

Parpadeé un par de veces, todavía medio aturdido, mirando las esferas rojizas y doradas que el dragón había dejado caer de su boca.

—¿De dónde… demonios las sacaste tú? —murmuré, más para mí que para él.

El dragón solo exhaló una corriente de aire gélido que me despeinó el cabello.

Lo tomé como una respuesta: "no te importa de dónde, solo cómelas".

Y lo hice. Porque el hambre me estaba matando más rápido que las heridas.

La primera mordida fue… sorprendentemente buena. Dulce, jugosa, y, lo más importante, no me mató.

Así que devoré el resto como si fueran un banquete imperial. Mis manos temblaban, y no sabía si por debilidad o emoción, pero cada bocado me devolvía un poco de vida.

—Si esto resulta ser una ilusión mágica y muero envenenado, te juro que voy a venir a morderte en la próxima vida —le dije entre dientes al dragón, que ahora tenía los ojos entrecerrados, como si estuviera disfrutando de mi miseria.

Cuando terminé, me recosté contra la pared, con el estómago lleno y la cabeza mareada.

El dragón seguía ahí, inmóvil, su respiración profunda resonando en todo el lugar como un eco de trueno contenido.

Cerré los ojos un momento, y sin querer, recordé lo que había sentido antes de quedarme inconsciente: esa conexión.

El mana.

Su mana.

Pude sentirlo de nuevo, como un ritmo suave que se movía bajo mi piel, algo que no era mío pero que tampoco me dañaba. El flujo del dragón se entrelazaba con el mío, con mis nodos, y no era una invasión… era una especie de sincronía.

Como si nuestras energías hubiesen encontrado una frecuencia común.

—¿Qué demonios hiciste conmigo? —pregunté, levantando la vista.

El dragón ladeó la cabeza, emitiendo un sonido profundo, un gruñido grave que más que amenazante, sonó… curioso.

—¿Me estás entendiendo o solo te estás burlando de mí? —suspiré.

No hubo respuesta, pero su mirada era demasiado consciente.

Bajé la vista hacia mis brazos, al lugar donde antes las heridas eran profundas. Las cicatrices estaban cerradas, algunas tan limpias que parecía que nunca existieron. Las más graves, en cambio, seguían ahí, pero ya no sangraban, solo dolían al moverme.

Y, por extraño que suene, el frío que emanaba del dragón me resultaba… reconfortante.

Era el tipo de frío que no congela, sino que estabiliza. El tipo de frío que sentía cuando mi mana estaba en equilibrio.

Mi mente trató de encontrar una explicación lógica, pero no había ninguna.

El dragón había hecho algo.

Algo que no comprendía, pero que me había salvado.

—Así que… ¿me curaste? —dije al aire.

El dragón solo exhaló, haciendo que mi cabello se agitara otra vez.

—Supongo que eso es un sí.

Intenté ponerme de pie, pero mis piernas protestaron con un dolor agudo.

Tuve que apoyarme en la pared para no caer.

El dragón movió su cola, como si me vigilara para asegurarse de que no me desmoronara otra vez.

—Tranquilo, no voy a morir ahora —gruñí, aunque dudaba de mis propias palabras.

A cada paso, mis pensamientos se volvían más claros.

Podía sentir cómo mi mana fluía mejor, más estable, como si mis nodos se hubiesen ajustado de alguna manera.

No había despertado ningún poder nuevo, nada extraordinario, pero sí algo distinto: una armonía que antes no existía.

Me giré hacia él una vez más.

—No sé qué eres exactamente, pero… gracias. Supongo.

El dragón parpadeó lentamente, y luego soltó un resoplido que levantó una nube de escarcha.

Por un segundo juraría que su expresión, si es que un dragón puede tener una, era casi divertida.

Suspiré, dejándome caer de nuevo sobre una roca.

—Genial. Ahora hablo solo con dragones que probablemente me consideran su mascota. Qué honor.

El dragón rugió suavemente, y el sonido retumbó en la cueva como un eco cálido y vibrante.

No tenía idea de cuánto tiempo había pasado.

Podrían haber sido horas o días, y mi cuerpo no me lo diría.

Siempre era así cuando forzaba las variaciones… me quedaba dormido hasta que mi mana dejaba de fluctuar.

Pero esta vez era diferente. Me sentía demasiado bien.

Demasiado estable.

Y eso me daba miedo.

Me puse de pie, con algo de torpeza, y miré al dragón.

Seguía allí, enorme, majestuoso, respirando con lentitud.

Su pecho subía y bajaba con el ritmo de un trueno dormido.

Pero lo que más me inquietaba era la quietud de su mirada. Me observaba… como si esperara algo que yo no podía entender.

Suspiré y rompí el silencio.

—Oye… —mi voz sonó ronca, como si no la usara en días—. Tengo que irme.

No hubo respuesta.

Ni un rugido, ni un resoplido. Solo el eco sordo de su respiración.

Fruncí el ceño.

—¿Me escuchas? Tengo que salir de aquí.

Nada.

El dragón permanecía inmóvil, con la cabeza apoyada en el suelo, sus ojos entreabiertos como si ni siquiera le importara.

—Vamos… no pienso quedarme aquí encerrado hasta pudrirme —dije, dando unos pasos hacia él.

El aire tembló un poco por el cambio de temperatura.

Ni un movimiento.

—¿Podrías, no sé, ayudarme? —repetí, levantando la voz.

Nada.

Me llevé una mano al rostro y bufé.

—Genial. Un dragón que me cura pero decide ignorarme cuando más lo necesito. Perfecto.

Esperé unos segundos más, pero seguía igual.

Entonces di un paso hacia adelante.

—Está bien, si no me escuchas con palabras… —extendí mi mano, cerré los ojos y sentí mis nodos abrirse uno a uno.

El aire alrededor vibró.

El mana comenzó a circular en mi cuerpo, rítmico, afilado, punzante.

Una corriente que ya conocía.

La segunda variación.

Dejé que el flujo se expandiera en líneas delgadas, una red invisible de energía que se extendió hacia el dragón.

El esfuerzo me arrancó un jadeo.

—Vamos… reacciona…

El dragón movió una garra apenas, y su ojo se abrió un poco más.

Lo noté. Había respondido, aunque fuera débilmente.

—Ah, con que así sí te interesa, ¿eh? —murmuré con una sonrisa cansada.

Empujé mi mana más lejos, haciendo que las líneas se volvieran más gruesas, más densas.

No bastaba.

Necesitaba más fuerza.

Así que di el salto.

—Tercera variación… Icefire.

El aire a mi alrededor estalló con un sonido seco.

Mi mana se solidificó, transformándose en esa sustancia brillante, mezcla de fuego y escarcha, que sólo esa variación podía generar.

Los hilos de energía ardieron con un resplandor azulado, avanzando hasta tocar al dragón.

El contacto fue instantáneo.

Su mana respondió.

Lo sentí moverse, pesado y vasto, como un océano despertando.

Un rugido profundo resonó en mis oídos, aunque el dragón no abrió la boca.

Era su energía, vibrando, llamando a la mía.

—Sí… eso es —susurré, cerrando los ojos—. Escúchame. Necesito salir. Ayúdame a encontrar una salida.

Las corrientes se entrelazaron, y por un instante supe que me escuchaba.

Podía sentirlo.

El ritmo de su mana coincidía con el mío, latiendo como un segundo corazón.

Pero aún así, no se movía.

Solo me observaba, en silencio.

—¿Vas a hacerme suplicar? —pregunté entre jadeos.

Nada.

—¡Vamos, no tengo todo el día! Mi hermana podría estar… —me mordí la lengua. No terminé la frase.

El dragón parpadeó lentamente, y justo cuando pensé que lo había perdido, soltó un largo bufido.

El aire helado me golpeó de frente.

Luego, con un movimiento pesado, el dragón levantó su cuerpo y giró la cabeza hacia una pared de la cueva.

El sonido fue profundo, como el de una montaña moviéndose.

Ahí estaba.

Un agujero.

Oscuro, cubierto de escarcha, del tamaño de un oso adulto.

Lo miré, incrédulo.

—¿Todo este tiempo… y eso estaba ahí?

El dragón me miró de reojo.

Juro que su expresión era de pura burla.

—¿Y cómo diablos sales tú de aquí? —pregunté.

El dragón no contestó, pero su pecho comenzó a brillar.

Me quedé congelado.

Desde su centro, justo entre las escamas del pecho, un punto de luz azul comenzó a formarse.

Un nodo.

Lo reconocí de inmediato.

—¿Qué… estás haciendo?

El nodo pulsó, y de él emergieron hilos de mana que se enredaron alrededor de su cuerpo.

Una espiral perfecta, descendiendo desde su cuello hasta la cola.

El aire cambió.

Una presión mágica tan intensa que tuve que cubrirme el rostro.

El brillo aumentó, casi cegador, y por un instante creí que el dragón se estaba desintegrando.

Pero no.

Cuando el resplandor se disipó, lo que vi me dejó sin palabras.

Frente a mí ya no había un dragón.

Había un lobo.

Un lobo plateado del tamaño de un caballo, con ojos del mismo azul celeste que el dragón.

Su pelaje brillaba con destellos de escarcha, y su respiración era la misma: profunda, constante, poderosa.

—No puede ser… —murmuré, retrocediendo un paso—. ¿Esa era tu forma real?

El lobo inclinó la cabeza, y soltó un sonido entre gruñido y resoplido.

Como si se estuviera riendo.

—Ah, claro. Por supuesto que podías cambiar de forma. ¿Por qué no? —me pasé una mano por el cabello, agotado—. ¿Y podías haber hecho esto desde antes? ¿O esperaste a que casi me desmayara intentando hablar contigo?

El lobo me dio la espalda con total indiferencia y caminó hacia el agujero.

Luego se giró un poco, clavando su mirada en mí.

Una mirada que decía "¿Vienes o no?"

Sonreí, medio incrédulo, medio resignado.

—Supongo que eso significa que sí me vas a ayudar.

El lobo movió la cola una sola vez y se internó en el túnel.

Yo lo seguí, con el eco de mis pasos resonando en la roca.

Y mientras caminábamos, no pude evitar pensar que, aunque no lo admitiera, ese dragón, o lobo, o lo que fuera, me había salvado.

Otra vez.

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