El mundo ninja está obsesionado con el destello.
A los niños de la Academia se les enseña a admirar el fuego que sale de la boca, los rayos que cortan rocas y los dragones de agua.
Se les enseña que el poder debe verse y oírse.
Naruto Uzumaki, bajo la tutela silenciosa de la bestia en su interior, estaba aprendiendo lo contrario.
El verdadero poder no es un espectáculo de luces.
El verdadero poder es la capacidad de funcionar cuando todos los demás han colapsado.
Lejos de los campos de entrenamiento oficiales, donde los Uchiha practicaban el lanzamiento de shuriken y los Inuzuka corrían con sus perros, existía una franja de bosque denso en el límite de la Zona de Entrenamiento 44.
Era un lugar húmedo, lleno de raíces torcidas y sombras perpetuas.
Nadie iba allí.
No había dianas pintadas.
Ahí estaba Naruto.
No estaba lanzando golpes al aire.
No estaba gritando nombres de técnicas.
Estaba simplemente... existiendo.
Naruto corría a través de la maleza densa.
El objetivo no era la velocidad.
Era el silencio.
—Demasiado ruido —resonó la voz de Kurama en su cráneo. —Pisas como un humano asustado. Distribuye el peso. No rompas la rama; fluye sobre ella.
Naruto ajustó su postura.
Su sangre, respondiendo a la orden mental, cambió la densidad muscular en sus piernas.
Se volvió más ligero, más elástico.
Sus pies descalzos tocaron una hoja seca.
La hoja se dobló, pero no crujió.
Siguió corriendo.
Diez kilómetros.
Quince.
No usaba chakra para potenciarse.
Eso sería trampa.
Eso encendería una bengala para los sensores de la aldea.
Estaba usando pura resistencia cardiovascular.
Cualquier otro niño de nueve años habría colapsado con los pulmones ardiendo.
Naruto no.
Su sangre Uzumaki, saturada con la vitalidad anómala y la radiación del Kyūbi, actuaba como un sistema de refrigeración líquida.
Naruto sentía cómo su sangre capturaba el oxígeno con una codicia violenta y lo transportaba a sus músculos antes de que la fatiga pudiera instalarse.
No se cansaba; se calentaba.
Se detuvo junto a un arroyo.
Su piel brillaba con sudor, pero su respiración era controlada.
Inhalar en cuatro tiempos.
Exhalar en cuatro.
—Cierra los ojos —ordenó Kurama. —No mires con la vista. La vista engaña. Siente la circulación.
Naruto obedeció.
La oscuridad cayó.
Al principio, solo oyó el agua y los pájaros.
Luego, el "afinamiento" comenzó.
El Ketsuryūgan no estaba despierto.
Sus ojos no eran rojos.
Pero la mutación en su cerebro estaba empezando a procesar la información de una manera nueva.
Naruto podía oír su propio corazón:
bumb-bumb, bumb-bumb.
Podía sentir la presión de su sangre empujando contra las paredes de sus venas, un zumbido constante y tranquilizador.
Y entonces, lo sintió afuera.
A diez metros, un conejo estaba quieto entre los arbustos. Naruto no lo vio. No olió su chakra. Escuchó el ritmo cardíaco del animal. Un aleteo frenético y minúsculo.
Su sangre reconoció la sangre ajena.
Naruto giró la cabeza bruscamente hacia el arbusto, con los ojos aún cerrados.
—Bien —gruñó el zorro. —Tus sentidos se están agudizando. No buscas magia. Buscas vida. Y la vida siempre hace ruido por dentro.
Naruto abrió los ojos.
El azul de sus iris parecía más oscuro, más profundo.
Se miró las manos.
—Puedo hacerlo más lento —murmuró.
No era una pregunta.
Se sentó en posición de loto sobre una roca del río.
Se concentró en ese zumbido interno.
Calma.
Visualizó su corazón no como un músculo, sino como una bomba hidráulica que él podía operar manualmente.
Le ordenó que bajara el ritmo.
Más lento.
Más.
Su pulso bajó de 80 latidos por minuto a 60.
Luego a 40.
Luego a 30.
El mundo se volvió frío y nítido.
Su metabolismo entró en un estado de hibernación inducida.
Si un médico lo hubiera examinado en ese momento, habría pensado que el niño estaba entrando en coma o muriendo de hipotermia.
Pero Naruto estaba plenamente consciente.
Su mente estaba despejada como un cielo de invierno.
—Útil —comentó Kurama. —Si te escondes y bajas tu ritmo cardíaco a este nivel, ni siquiera un Hyūga o un Inuzuka te detectarán fácilmente. Parecerás una piedra.
Naruto mantuvo el estado durante diez minutos.
Luego, soltó el control.
Su corazón volvió a saltar a un ritmo normal con un golpe fuerte que le sacudió el pecho.
El calor volvió a sus extremidades.
Naruto jadeó, sintiendo el subidón de adrenalina.
Era embriagador.
No era un jutsu brillante.
No podía destruir una pared con esto.
Pero le daba control total sobre su propia biología.
Mientras volvía a la aldea, Naruto pasó cerca del campo de entrenamiento número 3.
Vio a Sasuke Uchiha practicando el Gōkakyū no Jutsu.
Una bola de fuego impresionante iluminó la tarde.
Un grupo de chicas aplaudió desde lejos.
Naruto se detuvo en las sombras, observando.
Su instinto le dijo que la bola de fuego era peligrosa.
Quemaba.
Pero también le dijo que Sasuke estaba jadeando.
Que su chakra estaba bajando rápido.
Que estaba gastando recursos para presumir.
Naruto se tocó el pecho.
Su respiración era invisible.
Su energía estaba intacta.
Su sangre fluía lista, cargada, esperando.
Sasuke estaba afilando una espada brillante y frágil. Naruto se estaba convirtiendo en el yunque que rompería esa espada.
Se puso las manos detrás de la cabeza, encorvó la espalda y sacó su sonrisa de payaso antes de salir a la luz.
—¡Vaya, qué humareda! —gritó con su voz chillona falsa—. ¡Alguien quemó la cena!
Sasuke lo miró con desdén y se dio la vuelta.
Naruto siguió caminando. Nadie notó que sus pasos no hacían ruido. Nadie notó que no estaba sudando.
Estaba entrenando a plena vista, y nadie lo veía.
