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Chapter 15 - Capítulo 14: La espada

El taijutsu de la Academia tenía un defecto fundamental: estaba diseñado para incapacitar, no

para terminar.

Naruto, a sus nueve años casi diez, se dio cuenta de esto golpeando un árbol. 

Sus nudillos sangraron un instante antes de cerrarse. 

La corteza se rompió. 

Pero el árbol seguía en pie.

—Mis manos son rápidas —pensó, mirando su piel curada—. Pero son romas.

Si quería que su sangre reaccionara fuera de su cuerpo, necesitaba una apertura. 

Necesitaba que el enemigo sangrara. 

Y golpear con el puño era una forma ineficiente de conseguir líquido.

—Necesitas un colmillo —dijo la voz grave en su cabeza.

Naruto se detuvo, limpiándose el sudor. —Tengo kunais.

—Los kunais son juguetes arrojadizos. Se acaban. Se pierden.

Kurama se removió en su jaula. 

El Zorro había visto generaciones de ninjas. 

Había visto a los sabios lanzar montañas con chakra y a los espadachines cortar el viento.

—Escúchame, cachorro. Los ninjas modernos dependen demasiado del ninjutsu. Creen que si lanzan fuego, ganan. Pero el fuego se apaga con agua. El rayo se detiene con viento.

La presencia del Zorro se volvió didáctica, fría y pesada.

—El chakra es voluble. Cambia según tu estado de ánimo. Si dudas, tu jutsu se debilita. —La sangre es leal, recuerda quién eres, pero está encerrada bajo la piel. —El acero... el acero no miente.

Naruto visualizó la idea.

—El acero es una constante. No le importa si tienes miedo o si estás triste. Si empujas una hoja de metal contra carne blanda, la carne se abre. Es una verdad física absoluta. Y tú, con tu condición... necesitas abrir caminos.

Naruto entendió. 

No necesitaba un arma para pelear. 

Necesitaba una herramienta quirúrgica para exponer la sangre del mundo.

Naruto no fue a la armería famosa de los Higurashi, donde compraban los ninjas de élite. 

Allí hacían preguntas. 

Allí miraban apellidos.

Fue a los barrios bajos, a una tienda de empeños polvorienta llamada "El Gato Tuerto".

El dueño, un anciano civil que apenas veía, ni siquiera levantó la vista cuando sonó la campanilla. —No toques nada si no tienes dinero —gruñó.

Naruto caminó por los pasillos abarrotados de chatarra. 

Había katanas ornamentales con dragones dorados en las empuñaduras. 

Había espadas gigantes, oxidadas, que parecían lápidas. 

Había cuchillos curvos exóticos del País del Viento.

Naruto las ignoró todas.

—Demasiado brillo —pensó—. Demasiado peso. Demasiado teatro.

—Busca lo simple —guió Kurama. —Algo que no estorbe.

Al fondo, en un barril lleno de varillas de metal y herramientas de granja, Naruto vio un mango de madera negra, sin adornos.

La sacó.

Era una chokutō. 

Una espada recta, de un solo filo. 

No tenía la curva elegante de las katanas samurái.

No tenía una guarda (tsuba) elaborada, solo un pequeño disco de hierro para proteger los dedos. 

La hoja era gris mate, de unos sesenta centímetros. 

Ni muy larga, ni muy corta.

Era fea. Era un trozo de metal afilado con un mango. Era perfecta.

—Esta —dijo Naruto.

La sopesó. El equilibrio estaba ligeramente hacia la punta.

—Bien —aprobó Kurama. —Recta. Directa. Sirve para cortar, pero sobre todo, sirve para estocar. Es una aguja grande.

Naruto llevó la espada al mostrador. —¿Cuánto por esta cosa vieja? —preguntó, poniendo su mejor cara de niño tonto que quiere jugar a los samuráis.

El viejo entrecerró los ojos. —Esa porquería... Doscientos ryū. Y no acepto devoluciones si te cortas un dedo.

Naruto pagó.

Esa noche, en su apartamento, Naruto no trató la espada como un tesoro sagrado. 

La trató como lo que era: una extensión.

Se sentó en el suelo y sacó su kit de mantenimiento. 

Aceitó la hoja. 

Afiló el borde con una piedra de agua hasta que el metal gris brilló con una línea plateada letal.

—No tiene nombre —dijo Naruto, pasando el pulgar por el filo.

Una línea roja apareció en su yema. 

La sangre brotó.

Esta vez, Naruto no dejó que su herida se cerrara de inmediato. 

Dejó que la gota cayera sobre el acero.

Ocurrió algo extraño. 

El metal no repelió la sangre. 

La gota se deslizó por la hoja, pero no cayó al suelo. 

Se quedó adherida al filo, temblando, como si el acero hubiera ganado una carga magnética.

Naruto sintió una conexión sutil. 

No era chakra. 

Era conductividad. 

Su sangre reconocía el hierro de la espada.

—No le pongas nombre —dijo Kurama. —Los nombres dan cariño. Y esa cosa es para matar.

Naruto asintió. Limpió la sangre de la hoja con un trapo. La herida de su dedo se cerró en silencio.

Envainó la espada recta y se la ató a la espalda, en horizontal, oculta bajo su chaqueta naranja holgada.

Se miró al espejo. El bulto apenas se notaba. Parecía solo un pliegue más de su ropa desaliñada.

Naruto sonrió, esa sonrisa vacía y fría que solo él y el espejo conocían.

Ahora tenía garras. Y lo mejor de todo: nadie sabía que las llevaba puestas.

—El acero no miente, Naruto —repitió Kurama. —Asegúrate de que tu mano tampoco lo haga.

Naruto apagó la luz. Estaba listo para el siguiente paso.

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