—Base del volcán, entrada de la cueva—
El aire quemaba.
No metafóricamente.
Quemaba de verdad.
Cada respiración raspaba la garganta como si tragaran polvo caliente.
El suelo era roca negra, resquebrajada, con vetas rojas brillando entre las grietas como si el mundo tuviera venas abiertas bajo sus pies.
Aoi dio un paso al frente.
Las suelas de sus botas crujieron.
Detrás de ella, nadie se movió.
—…Aoi —murmuró Hina.
No era su tono habitual.
No era burla.
No era risa.
Era… tensión.
Kaede habló más bajo aún.
—No deberíamos entrar.
Aoi giró apenas la cabeza.
—¿Por qué?
Ambas intercambiaron una mirada.
Como si no quisieran decirlo en voz alta.
—Este lugar… —empezó Hina—. Lo conocemos.
Aoi parpadeó.
—¿Eh?
Kaede señaló la entrada de la cueva.
Oscura.
Profunda.
Demasiado grande para ser natural.
—Los foros la llaman "la zona muerta".
El viento caliente sopló desde dentro.
No traía sonido.
No traía criaturas.
Nada.
Y eso era lo peor.
—Grupos veteranos vienen aquí a farmear —continuó Kaede—. Materiales raros. Núcleos de alto nivel.
—Pero ninguno se queda mucho —añadió Hina.
—¿Por qué?
Silencio.
Entonces:
—Porque hay algo dentro —dijo Hina—. Algo que no deberían haber puesto tan temprano en el mapa.
Kaede terminó la frase.
—Un Final Boss legendario.
Aoi sintió un escalofrío.
No de miedo.
Sino de reconocimiento.
Como si esa información… no fuera nueva.
—Nadie ha podido derrotarlo —continuó Kaede—. Ni clanes completos. Ni jugadores top.
—Los borran en segundos —dijo Hina—. Literalmente.
Fen soltó un gruñido bajo.
Lyn no quiso volar más alto.
Puddle tembló.
Sus bestias lo sentían.
El peligro.
Aoi lo notó.
Y aun así…
Su pecho dolía.
Ese mismo hilo invisible.
Tirando.
Llamándola.
Más fuerte.
Más cerca.
—…yo tengo que entrar —dijo.
—¡Aoi! —protestó Hina.
—No sé por qué —continuó ella, apretando los puños—. Pero hay alguien ahí.
Kaede frunció el ceño.
—¿La voz?
Aoi asintió.
—Está más fuerte.
El silencio cayó entre las tres.
El volcán rugió a lo lejos.
Lava cayendo como lluvia espesa.
Hina soltó un suspiro largo.
—…no te vamos a dejar sola.
Kaede asintió.
—Pero si las cosas se salen de control… corremos.
Aoi sonrió débilmente.
—Gracias.
Y cruzaron el umbral.
—Interior de la cueva—
Oscuridad.
No una oscuridad de "falta de luz".
Era una oscuridad densa.
Pesada.
Como si el aire mismo absorbiera el brillo.
Solo el resplandor rojo de la lava iluminaba el camino.
El eco de sus pasos retumbaba demasiado fuerte.
Cada sonido parecía ajeno.
—No hay mobs… —susurró Hina.
Eso era raro.
Muy raro.
En cualquier zona normal, habría criaturas menores.
Aquí…
Nada.
Ni insectos.
Ni sonidos.
Ni vida.
Solo calor.
Aoi caminaba al frente.
Como si conociera el camino.
Como si sus pies supieran hacia dónde ir.
Kaede lo notó.
—Aoi… ¿estás siguiendo algo?
—…sí.
—¿Qué?
Aoi dudó.
—No lo sé.
Siguieron avanzando.
El túnel se ensanchó.
Las paredes se abrieron.
Y entonces—
Llegaron.
El fondo.
Un espacio gigantesco se extendía ante ellas.
Como una catedral subterránea.
Un lago de lava ocupaba casi todo el terreno, extendiéndose decenas de metros en todas direcciones.
Burbujas ardientes explotaban lentamente en la superficie.
Cascadas de magma caían desde grietas del techo, iluminando todo con destellos anaranjados.
El calor era brutal.
Aoi sintió que incluso el sistema estaba simulando el sudor.
—Esto… no es una dungeon normal —murmuró Hina.
Kaede tragó saliva.
—Es un campo de jefe…
Fen retrocedió un paso.
Lyn no quiso descender.
Puddle se escondió detrás de la pierna de Aoi.
Aoi no.
Ella seguía mirando al frente.
Fija.
—Aoi… —susurró Kaede—. ¿Qué ves?
No respondió.
Señaló.
Frente a ellas.
Detrás de una de las cascadas de lava.
Oscuridad.
Pero no total.
Algo brilló.
Dos puntos.
Lentos.
Estables.
Observándolas.
Ojos.
Gigantes.
Hina sintió el cuerpo congelarse.
—…no puede ser…
Un instinto primitivo gritó dentro de su cabeza.
Corre.
Pero sus piernas no respondieron.
La lava se movió.
Como si algo enorme hubiera dado un paso dentro.
Luego otro.
Un sonido pesado.
Profundo.
Cada pisada hacía vibrar el suelo.
La cascada de magma se partió.
Y la figura emergió.
Escamas negras rojizas, como hierro al rojo vivo.
Garras que se hundían en la lava como si fuera agua.
Un cuello largo, cubierto de cicatrices antiguas.
Alas plegadas… demasiado grandes.
Demasiado masivas.
El aire ardió.
El sistema vibró.
Un mensaje apareció.
Pero ni siquiera tuvieron tiempo de leerlo.
Porque cuando el dragón levantó la cabeza—
El mundo entero se sintió pequeño.
Sus ojos ardían como hornos.
Antiguos.
Inteligentes.
Aterradores.
No era un monstruo.
No era un mob.
No era un enemigo.
Era—
Un jefe final.
De esos que sabes, con solo verlo,
que te va a destruir antes de que puedas reaccionar.
El dragón dio un paso.
La lava se abrió a su alrededor.
La cascada cayó sobre su cuerpo…
Y no le hizo nada.
El calor aumentó.
El aire tembló.
Hina apenas pudo susurrar:
—…esto es imposible…
Kaede apretó el bastón.
—Aoi… retrocede…
Pero Aoi…
No podía.
Porque mientras sus hermanas sentían miedo…
Ella sentía otra cosa.
Dolor.
Y esa voz.
Más clara que nunca.
—…madre…
El dragón la estaba mirando.
Solo a ella.
Y no parecía listo para atacar.
Parecía…
esperar.
El suelo tembló.
Una vibración lenta.
Profunda.
Como el latido de algo gigantesco.
El dragón terminó de emerger del lago de lava.
Cada paso desplazaba el magma como si fuera agua.
No se quemaba.
No se hundía.
La lava simplemente… lo aceptaba.
Como si ese lugar le perteneciera.
El aire ardió.
Entonces—
El sistema reaccionó.
Un estruendo digital atravesó el entorno.
Una alerta que Aoi jamás había visto.
Ni siquiera en zonas de alto nivel.
Un panel rojo oscuro se desplegó frente a todas.
Más grande.
Más pesado.
Como si costara mostrarlo.
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⚠ ENTIDAD LEGENDARIA DETECTADA ⚠
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[NOMBRE: Ignivar, Corazón de la Caldera]
[TÍTULO:
Uno de los Siete Hermanos de la Calamidad
Dragón de Fuego
Padre de todos los Dragones de Fuego]
[NIVEL: ???]
[HP: ▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓▓]
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La barra no terminaba.
Seguía.
Y seguía.
Y seguía.
Como si no tuviera límite.
Como si el sistema se hubiera rendido al intentar medirla.
—…no… —susurró Hina.
Kaede apretó el bastón con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Eso no es un jefe… —murmuró—. Eso es… contenido final del juego…
—Ni siquiera —dijo Hina—. Esto está fuera de escala…
Ambas eran jugadoras del beta.
Habían visto:
mini-jefes,
raids,
eventos especiales,
dragones élite.
Nada.
Nada se acercaba a esto.
—Con razón nadie pudo farmear aquí… —murmuró Kaede—. No es una zona de farmeo… es una sentencia de muerte.
El calor aumentó.
Fen retrocedió.
Lyn chilló nerviosa.
Puddle se escondió detrás de Aoi.
Instinto puro.
Huye.
Pero Aoi…
No podía.
Su pecho dolía.
No miedo.
No terror.
Dolor.
Como si estuviera viendo a alguien que había olvidado.
—Aoi —dijo Hina, desesperada—. Nos vamos.
—Ahora.
—No podemos pelear eso.
—Ni aunque reuniéramos un clan entero.
—¡AOI!
No respondió.
Dio un paso.
Luego otro.
Hacia el lago.
Hacia el dragón.
—¡¿QUÉ HACES?! —gritó Kaede.
—¡Vuelve!
Pero Aoi no escuchaba.
El mundo sonaba lejano.
Como bajo el agua.
Solo esa sensación.
Ese hilo.
Tirando.
El dragón también avanzó.
Cada paso hacía vibrar la cueva.
Las cascadas de lava se partían contra su cuerpo.
Las escamas brillaban como metal fundido.
Cuando se detuvo frente a ella…
Aoi era del tamaño de una de sus garras.
Ridículamente pequeña.
Frágil.
Podría morir con un simple suspiro.
El dragón bajó la cabeza lentamente.
Las hermanas contuvieron la respiración.
—Va a atacar… —susurró Hina.
—Aoi… por favor… —murmuró Kaede.
El hocico descendió.
Más.
Más.
Hasta quedar a la altura de Aoi.
El calor era insoportable.
El aire vibraba.
Pero…
No había hostilidad.
No había agresión.
Solo…
espera.
Aoi levantó la mano.
Sin pensar.
Sin dudar.
La apoyó sobre las escamas ardientes.
Debería haber dolido.
Debería haberse quemado.
Pero no pasó nada.
Solo calor.
Como tocar piedra calentada por el sol.
Y entonces—
El dragón tembló.
Un sonido bajo escapó de su garganta.
No era un rugido.
Era…
un gemido.
Las hermanas se quedaron paralizadas.
Una gota cayó.
Luego otra.
Lágrimas.
Grandes.
Brillantes.
Al tocar la lava se evaporaban al instante.
Pero eran demasiadas.
Imposible confundirlo.
El dragón…
estaba llorando.
—…¿eh…? —susurró Hina.
—Eso no… —murmuró Kaede—. Eso no tiene sentido…
El dragón cerró los ojos.
Como aliviado.
Como si hubiera estado conteniendo algo durante siglos.
Cuando habló—
No fue un rugido.
No fue una voz monstruosa.
Fue…
suave.
Profunda.
Y extrañamente…
femenina.
—…al fin…
La cueva entera vibró con cada palabra.
—…al fin…
El corazón de Aoi se detuvo un segundo.
—…te encontré…
Su mano seguía apoyada en el hocico.
El dragón inclinó más la cabeza.
Como si buscara contacto.
Como si tuviera miedo de que desapareciera.
—Esperé… —dijo— …quinientos años…
Las hermanas no podían moverse.
No podían respirar.
No podían entender.
—…esperé a que volvieras…
La voz se quebró.
—…madre…
El mundo pareció detenerse.
El magma dejó de burbujear.
El aire dejó de soplar.
El sistema no mostró mensajes.
Nada.
Solo esa palabra.
Madre.
Aoi abrió los ojos, confundida.
—…yo no… —susurró.
Pero el dragón ya estaba llorando otra vez.
Como una criatura perdida.
Como un niño que por fin encontró algo que creía muerto.
—…regresaste…
Y por primera vez desde que comenzó el juego…
Aoi sintió algo que no tenía explicación.
No era miedo.
No era sorpresa.
Era…
nostalgia.
Como si ese lugar,
ese dragón,
esa voz…
hubieran sido parte de su vida
mucho antes de ponerse el casco.
El silencio duró apenas un segundo.
Pero fue el segundo más largo de sus vidas.
—…madre…
La palabra aún flotaba en el aire.
Hina fue la primera en reaccionar.
—…¿QUÉ?
Señaló al dragón.
Luego a Aoi.
Luego al dragón otra vez.
—¡¿ACABA DE DECIR MADRE?!
Kaede estaba peor.
Su expresión, siempre serena, se había quebrado por completo.
—Eso… eso no puede ser un diálogo de jefe —murmuró—. Los Final Boss no… no hablan así…
Fen tenía el pelaje erizado.
Lyn no se acercaba.
Puddle vibraba temblando.
Instinto absoluto:
Eso no es enemigo.
Eso es algo más grande.
Entonces—
El mundo se sacudió.
Pero no físicamente.
Digitalmente.
El aire parpadeó.
Como una pantalla con interferencia.
▓▓▓▓▓
▓ ERROR ▓
▓▓▓▓▓
El cielo de la cueva mostró líneas rojas.
El sonido ambiente se distorsionó.
Como un archivo corrupto.
Las hermanas miraron sus interfaces.
—¿Qué…? —susurró Hina.
Sus menús aparecían y desaparecían.
El mapa dejó de cargar.
Los nombres de objetos se volvieron símbolos extraños.
Kaede abrió los ojos.
—Esto no es lag…
—Es del servidor… —dijo Hina.
Un mensaje apareció.
Global.
No local.
══════════════════
⚠ ANOMALÍA DETECTADA ⚠
══════════════════
[Evento no registrado]
[Reescribiendo datos…]
[Sincronización fallida]
[—ERROR—]
Muy lejos de allí.
En Lunvar.
En el bosque inicial.
En ciudades.
En mazmorras.
Todos los jugadores se detuvieron.
El cielo parpadeó.
NPCs se congelaron.
El sonido se cortó un segundo.
—¿Se cayó el server?
—¿Evento?
—¿Bug?
—¿Qué fue eso?
Nadie entendía.
Nadie sabía.
Excepto…
Las tres personas dentro de la cueva.
Porque ellas…
estaban viendo la causa.
El dragón no apartó la mirada de Aoi.
Sus pupilas ardían como brasas antiguas.
Pero no había furia.
Solo…
tristeza.
Profunda.
Antigua.
—…no recuerdas… —murmuró.
Aoi negó lentamente.
—Yo… no… entiendo nada…
El dragón cerró los ojos.
Como si esperara esa respuesta.
—Hace quinientos años… —empezó.
Su voz no rugía.
Contaba.
Como una historia vieja.
Como alguien recordando un sueño.
—Antes de que este mundo tuviera reinos… antes de las ciudades… antes de los aventureros…
El magma burbujeó suavemente.
—Solo existíamos nosotros.
—Siete.
—Siete crías… recién nacidas…
—Perdidas.
Imágenes borrosas comenzaron a parpadear en el aire.
Como recuerdos proyectados.
Sombras.
Siluetas.
Pequeños dragones.
Frágiles.
No monstruos.
No bestias legendarias.
Cachorros.
—Las razas nos llamaban "legendarios".
—No por respeto…
—Sino por precio.
Las escenas cambiaron.
Cadenas.
Lanzas.
Jaulas.
—Nos cazaban.
—Nos vendían.
—Nos separaban.
—Nos usaban como armas.
Hina apretó los dientes.
Kaede bajó la mirada.
—No entendíamos…
—¿Por qué nos odiaban…?
—¿Por qué huían…?
—¿Por qué dolía…?
El magma iluminó el hocico del dragón.
—Hasta que apareciste tú.
Silencio.
Las imágenes cambiaron otra vez.
Una silueta humana.
Pequeña.
Insignificante al lado de ellos.
Sin armas.
Sin armadura.
Solo…
una manta.
—No nos miraste como monstruos.
—No nos llamaste armas.
—No huiste.
Su voz tembló.
—Nos diste comida.
—Nos diste calor.
—Nos curaste las heridas.
—Nos protegiste.
—Nos llamaste…
hijos.
El pecho de Aoi dolió.
Sin razón.
Sin recuerdo.
Pero dolía.
—Para el mundo… eras solo humana.
—Para nosotros…
fuiste madre.
Las cascadas de lava parecían más suaves ahora.
—Nos criaste.
—Nos enseñaste a volar.
—Nos enseñaste a no odiar.
—Nos enseñaste a vivir.
Una pausa.
Pesada.
—Y entonces…
Tu tiempo terminó.
La palabra cayó como piedra.
—Los humanos mueren.
—Nosotros no lo entendíamos.
—Intentamos salvarte.
—Intentamos compartir nuestro fuego.
—Intentamos romper el cielo.
—Pero éramos jóvenes.
—Débiles.
—Y no pudimos hacer nada.
La lava chisporroteó violentamente.
—Te fuiste.
Silencio absoluto.
—Pero nos prometimos algo.
El dragón volvió a mirarla.
—Esperar.
—Porque sabíamos…
—que volverías.
Sus lágrimas volvieron a caer.
Evaporándose.
—Quinientos años…
—Esperé.
—Dormí bajo esta montaña.
—Protegiendo el fuego.
—Esperando…
Aoi sintió el calor subirle al pecho.
No recuerdos.
Pero…
una sensación.
Como cuando oyes una canción que no escuchabas desde la infancia.
—…y ahora…
El dragón apoyó suavemente su frente contra su mano.
—Has regresado.
Su voz se quebró.
—Madre.
La cueva entera guardó silencio.
Y por primera vez desde que empezó el juego…
Aoi no sintió que estuviera jugando.
Sintió…
que alguien
la había estado esperando
toda una eternidad.
