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Chapter 226 - Fuego de la Resurrección

«La luz no tiene un propósito moral. No juzga, no perdona, no ama. Solo ilumina el vacío por un breve y efímero instante antes de ser inevitablemente devorada por la oscuridad primordial de la que todo nació. Y yo... yo he sido esa luz inútil durante cuarenta años. Un sol artificial que quemó el mundo, creyendo ingenuamente que en las cenizas que dejaba a su paso, encontraría su propio calor.»

Ese fue el último pensamiento coherente que cruzó la mente de Aurion. Después de eso, el dolor absoluto, una agonía que trascendía los límites de la biología, borró cualquier rastro de racionalidad de su psique.

El fuego esmeralda de la dragona Thorius no era una simple reacción de combustión química; no necesitaba oxígeno para arder, ni madera para consumirse. Era una aberración termodinámica, una maldición radiactiva y ancestral nacida en los abismos. No quemaba la carne en el sentido tradicional, sino que devoraba la energía misma, alimentándose de las leyes de la física para destruirlas. Aurion, el autoproclamado Héroe Número 1 de Japón y del mundo, el hombre que albergaba el poder apocalíptico de cuatro estrellas en su núcleo celular, gritaba. Era un grito crudo, gutural, desgarrador. Era el sonido primigenio de un animal acorralado cuyas defensas absolutas estaban siendo desolladas vivas capa por capa.

El aura dorada que siempre lo había rodeado desde su nacimiento, esa armadura impenetrable de plasma estelar que lo hacía invulnerable a los ejércitos, a los misiles y a la furia de los metahumanos inferiores, se estaba marchitando. El fuego verde se adhería a su piel perfecta como un parásito cósmico hambriento, penetrando por cada uno de sus poros, hirviendo su sangre nuclear y convirtiendo el poder que lo definía en simples cenizas grises.

Y en ese instante de agonía inabarcable, cuando el tiempo pareció ralentizarse hasta casi detenerse en una tortura infinita, la mente de Aurion, incapaz de procesar la extinción inminente, hizo lo que hace cualquier mente humana cuando se enfrenta al borde del abismo: huyó desesperadamente hacia los ecos del pasado.

El dolor punzante del fuego verde se transformó, en el teatro de su mente, en el resplandor rojizo y sofocante de las paredes de cerámica de un laboratorio de máxima seguridad bajo las calles de Japón. Aurion tenía apenas siete años. Estaba sentado en el centro de una habitación completamente vacía, abrazando sus rodillas contra su pecho. No llevaba ropa, no porque no quisiera, sino porque cualquier tela, por resistente que fuera, que rozara su piel se encendía en llamas en cuestión de microsegundos debido a la radiación térmica incontrolable de su cuerpo. Su pequeño ser irradiaba un calor letal que él mismo no comprendía y mucho menos sabía cómo contener. Estaba solo. Absolutamente solo en un mundo estéril.

Al otro lado de un enorme ventanal de cristal blindado de veinte centímetros de grosor, reforzado con capas de polímeros experimentales, estaba la Dra. Angie. Ella lo miraba con lágrimas gruesas e impotentes resbalando por sus mejillas cansadas. Era la única persona en aquel infierno de batas blancas, luces fluorescentes y protocolos militares que no lo miraba como a un espécimen, un arma de destrucción masiva o un activo geopolítico. Ella lo miraba como lo que realmente era: un niño aterrado en la oscuridad.

Aurion, buscando el más mínimo consuelo porque se había raspado la rodilla tras tropezar minutos antes, se levantó con torpeza y caminó lentamente hacia el vidrio. Apoyó su pequeña mano temblorosa contra la superficie transparente y fría. Angie, rompiendo cada uno de los estrictos protocolos de bioseguridad impuestos por el gobierno y la Asociación, acercó su propia mano desde el otro lado, intentando alinear sus palmas con las del niño para simular el toque que la física les negaba.

Pero el calor acumulado en el cuerpo del niño fue demasiado. El cristal blindado, diseñado para soportar impactos de artillería pesada, comenzó a sisear amenazadoramente. El punto de contacto se puso al rojo vivo, y finas grietas en forma de telaraña se expandieron por la superficie con un crujido espantoso. Las luces estroboscópicas de alarma tiñeron el pasillo de rojo. Los guardias de seguridad, enfundados en trajes ignífugos, irrumpieron corriendo, agarraron a Angie por los hombros con brutalidad y la arrastraron lejos del cristal mientras ella gritaba su nombre. Aurion se quedó allí de pie, con la mano aún levantada, viendo cómo la única persona que había intentado darle calor humano era arrebatada por su culpa. Ese día, el niño comprendió la maldición escrita en su ADN: su destino no era proteger, sino destruir irremediablemente todo lo que intentara amar.

El dolor lacerante del fuego esmeralda desgarrando su pecho se fundió de golpe con el recuerdo de un dolor mucho más profundo, uno que residía en el alma y no en la carne. Tenía veintiún años. Era una noche de tormenta, pero dentro de la habitación de aquel lujoso hotel, todo era paz. Las luces de neón parpadeaban perezosamente fuera de la ventana, proyectando sombras alargadas sobre la cama deshecha. En sus brazos, descansaba Leila. La mujer que había logrado el milagro de calmar la tormenta perenne de su alma, la cantante de voz suave y mirada profunda que lo había observado sin una pizca de miedo, sin interés egoísta, solo con una aceptación pura y rotunda que él jamás había conocido en su solitaria existencia.

Segundos antes, Leila le estaba susurrando al oído sobre un futuro imposible. Hablaba de dejar los bares clandestinos, de huir juntos a un lugar donde él no tuviera que ser un dios de luz, sino solo un hombre. Aurion sonreía, sintiendo por primera vez que el peso del universo abandonaba sus hombros.

Y entonces, el infierno se desató.

Recordó con una nitidez enfermiza el estruendo ensordecedor de la pesada puerta de roble volando en miles de astillas de madera. Recordó los rostros fríos, inexpresivos y crueles de los militares tácticos enviados por el mismísimo Dr. Cooper. Recordó el destello de las bocas de los fusiles de asalto automáticos y el eco de los disparos llenando el pequeño espacio de la habitación.

Aurion reaccionó por puro instinto, intentando proyectar su escudo de luz sólida para envolverla y protegerla de la lluvia de plomo. Pero el pánico, esa emoción tan humana, tan visceral que le habían prohibido sentir bajo amenaza de tortura psicológica durante toda su vida, desestabilizó el núcleo de su poder. Su luz, normalmente un muro impenetrable, parpadeó erráticamente. Una sola bala, un trozo de metal insignificante, atravesó el espacio entre sus brazos y perforó el pecho de Leila. El impacto fue seco. Ella cayó sobre él, su sangre manchando las sábanas blancas.

Mientras Leila se asfixiaba, sus ojos oscuros buscaron desesperadamente los dorados de Aurion. Él intentó aferrarla con fuerza, intentó darle su calor para mantenerla con vida un segundo más, pero su propio cuerpo, fuera de control por la mezcla de ira monumental y un miedo atroz, estaba elevando su temperatura a niveles críticos. El vestido de seda de Leila comenzó a chamuscarse, sus bordes encendiéndose en pequeñas llamas por el simple hecho de estar en contacto con la piel del héroe. Ella murió en ese instante, sintiendo no solo el frío del metal en su pecho, sino el calor abrasador del hombre que amaba, y las últimas palabras que Aurion escuchó resonar en la habitación no fueron un último te amo, sino la carcajada burlona del soldado líder que pateó su cadáver: "Vamos, Aurion... te podemos conseguir un montón de estas".

En ese fatídico momento, Aurion comprendió que su luz nunca sería un don divino. Era, y siempre sería, el instrumento de su propia tragedia, la herramienta perfecta para carbonizar sus sueños.

El último y más oscuro de los recuerdos llegó como un mazazo brutal, justo en el instante en que las llamas verdes de la dragona terminaron de consumir la última capa de su barrera protectora, dejándolo completamente expuesto.

Era la fría y aséptica camilla de acero inoxidable del laboratorio subterráneo del Dr. Cooper. Las gruesas correas de titanio aferraban con fuerza implacable sus muñecas y tobillos, cortando su circulación. El dardo tranquilizante, diseñado con supresores de energía de última generación, aún nublaba sus sentidos, dejándolo en un estado de semiconsciencia pesada. Una venda negra y gruesa cubría sus ojos, sumiéndolo en la más absoluta vulnerabilidad, arrebatándole el control del único sentido que le permitía anticipar el peligro.

Y entonces, el sonido que fracturó su mente de manera irreparable. Los pasos inestables, arrastrados, y los sollozos contenidos, ahogados por el terror, de la Dra. Angie. La mujer que había sido su única figura materna, su faro de compasión, el único rastro de bondad humana en su retorcida vida de probetas y armas. Angie estaba siendo obligada a entrar en esa habitación bajo la amenaza explícita de que las fuerzas de seguridad asesinarían a sangre fría a toda su familia si no cumplía la orden del director.

«Lo siento... por favor, perdóname... por favor, no...» La voz rota, temblorosa y empapada en desesperación de Angie resonaba en el cráneo de Aurion, sonando más fuerte y destructiva que el propio rugido de Thorius.

Esa noche, bajo las órdenes sádicas, frías y calculadoras de Cooper, Aurion fue despojado de la última fibra de humanidad que le quedaba en el cuerpo. Aquello no fue simplemente una violación física o psicológica dictada por un superior; fue la profanación más absoluta y ruin de la única conexión pura que el universo le había permitido conservar. El acto carnal forzado, manchado por las lágrimas ardientes de su figura materna y enmarcado por la risa distante y satisfecha de sus captores detrás del cristal espía, fue el preciso segundo en el que el verdadero héroe Aurion murió de manera irrevocable. Todo lo que quedó tras esa noche fue una cáscara vacía, un recipiente de ira reprimida, el dictador arrogante y despiadado que, durante las siguientes dos décadas, intentaría llenar ese vacío abismal con violencia desmedida, exigiendo los cuerpos de inocentes como tributo en un retorcido, enfermo y desesperado intento de replicar, a través del dominio y el sufrimiento ajeno, el amor que le fue extirpado de raíz.

El fuego verde esmeralda se apagó de golpe, habiendo consumido hasta el último rastro de energía defensiva del héroe.

Thorius, la monstruosidad mitológica, con un movimiento violento e imperceptible por su inmenso tamaño, golpeó el cuerpo inerte de Aurion con su gigantesco hocico cubierto de escamas de obsidiana. El impacto físico fue de proporciones cataclísmicas. Con sus reservas de energía totalmente drenadas, su estructura ósea crujiendo y su mente sumida en el abismo más oscuro de sus propios traumas, el Héroe Número 1 de Japón no pudo hacer absolutamente nada para defenderse.

Salió despedido hacia abajo a una velocidad hipersónica, rasgando el aire y atravesando las densas nubes negras y la opresiva capa de humo tóxico que cubría los restos ennegrecidos de lo que alguna vez fue el orgulloso país de Noruega.

Caía. Su cuerpo, antes un sol resplandeciente que desafiaba a los mismos dioses, se había apagado por completo. Ahora no era más que un trozo de carne magullada, ensangrentada, quemada y patética, cruzando la inmensidad del cielo nocturno como un meteorito muerto y olvidado. Irónicamente, en un ciclo poético y cruel del destino, su caída hacia el océano era casi idéntica a la forma en que había llegado al planeta Tierra hacía treinta años: un proyectil solitario, silencioso y trágico arrojado desde las alturas inexcrutables hacia un mundo que nunca lo entendió.

El impacto contra las gélidas e implacables aguas del Mar del Norte no fue un chapoteo; fue el equivalente cinético a estrellarse contra una pared de cemento sólido a velocidad terminal. La onda expansiva del choque partió la superficie del océano, levantando un géiser de agua salada espumante de más de cien metros de altura, cuyo estruendo resonó a kilómetros de distancia.

El frío absoluto y cortante del oscuro océano lo envolvió instantáneamente, apagando y asfixiando las últimas ascuas físicas que el fuego esmeralda había dejado en su piel. Aurion comenzó a hundirse rápidamente. El peso de su propio cuerpo, cuya densidad muscular estaba alterada por su condición de 4ta Generación, lo arrastraba sin piedad hacia el fondo del abismo, hacia la negrura absoluta donde la luz del sol jamás penetra. La sangre dorada, ahora mezclada con un negro carbonizado, brotaba libremente de sus múltiples heridas abiertas, disolviéndose rápidamente en las corrientes marinas heladas.

No movió un solo músculo. No intentó bracear hacia la superficie. No intentó invocar el más mínimo destello de su poder para calentarse.

¿Para qué?

Esa era la única y ensordecedora pregunta que resonaba en el vacío absoluto de su mente mientras se hundía más y más en la fosa oceánica. ¿Realmente valía la pena el esfuerzo de vivir, el dolor de seguir respirando, cuando tu destino ya estaba meticulosamente escrito por burócratas y científicos desde el primer segundo en que abriste los ojos? ¿Qué maldito sentido tenía luchar, qué lógica dictaba volver a salir a esa superficie plagada de monstruos, si al final de la jornada no había absolutamente ninguna recompensa que le llenara el alma rota?

Él no tenía un hogar. Las paredes de la Asociación de Héroes eran solo una prisión con muebles de diseñador. No tenía una familia de sangre ni por elección que estuviera esperando ansiosa escuchar el giro de la llave en la puerta. No había un plato de comida casera humeante en la mesa, ni una sonrisa honesta de bienvenida, ni un simple, mundano y precioso "hola". Él era, según los registros de Lord Yoshino y del gobierno japonés, la "Máxima Arma". Era un activo militar de disuasión. Le habían prohibido terminantemente sentir, le habían amputado el derecho a ser humano, y cuando, en un acto de rebeldía pura, intentó serlo al lado de Leila, se lo arrancaron de las formas más brutales, traumatizantes y ruines que la crueldad humana podía concebir.

Mientras el agua helada invadía dolorosamente su boca y comenzaba a llenar sus colapsados pulmones, quemándole el pecho con la falta de oxígeno, Aurion hizo las paces con su propia monstruosidad. Él sabía perfectamente lo que era. No había excusas. Sabía que era un tipo arrogante, un ególatra insoportable, un tirano disfrazado de salvador que había cometido atrocidades innombrables amparado por el sello oficial de inmunidad del gobierno. Sabía con perfecta claridad de las incontables chicas a las que había violentado, aterrorizado y usado, exigiendo sus cuerpos temblorosos como "pago" por salvar sus ciudades de la destrucción, en un retorcido, enfermo y patético intento de recrear desesperadamente el concepto de intimidad y amor que Cooper le había profanado. Sabía que, muy probablemente, a lo largo de los años había engendrado hijos sueltos por ahí, subproductos no deseados de su dolor existencial transformado en lujuria ciega.

«Perdón», pensó en la silenciosa y gélida oscuridad del mar, dejando escapar las últimas burbujas de aire de su boca. «A todas... a cada persona, a cada rostro que lastimé para alimentar mi propia mentira. Perdón.»

Se dio cuenta, en sus últimos instantes de lucidez, de que cada vez que se interponía ante un meteorito, cada vez que salvaba a millones de personas de un tsunami devastador o aniquilaba a un villano que amenazaba el continente, jamás lo había hecho por nobleza, justicia o compasión. Lo hacía pura y exclusivamente por su ego hambriento. Lo hacía para que los drones de noticias lo enfocaran, para escuchar los vítores ensordecedores de las masas desde las alturas, porque esos aplausos vacíos, esas ovaciones anónimas, eran el único sucedáneo barato de amor que el sistema le permitía consumir. Quería desesperadamente que lo adoraran como a un dios intocable, única y precisamente porque nadie, jamás, lo había amado como a un hombre mortal.

Tan solo quería, en el fondo de su destrozada alma, que alguien le preguntara con sinceridad genuina: "¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes hoy?". Quería que le preguntaran por el dolor en su pecho, por sus sentimientos ocultos. Él también era biológicamente un humano.

Su visión se oscureció, los bordes de su consciencia desdibujándose. El frío inclemente del Mar del Norte finalmente adormeció el insoportable dolor de sus quemaduras. Había perdido, de una vez por todas, toda razón lógica para vivir. Cerró sus párpados pesados, dejándose llevar dócilmente por la presión del abismo, entregándose al abrazo oscuro y final de la muerte. Se ahogaba en el mar de Noruega, y por primera vez en cuarenta dolorosos años de existencia, sintió una paz auténtica.

Pero entonces, en el centro exacto de la nada.

En la absoluta, silenciosa y aplastante negrura de su mente agonizante, donde ya no deberían existir pensamientos, una luz muy suave, increíblemente cálida, diametralmente opuesta a la radiación estéril, violenta y destructiva de sus propios soles internos, se encendió de la nada. Y con esa luz misteriosa y reconfortante, llegó una voz. Una voz que él creía haber perdido para siempre en los escombros carbonizados de su memoria y su cordura.

No era la voz de la Dra. Angie aterrorizada y sollozando en el laboratorio del Dr. Cooper. Era la Angie de su primera infancia, la que le cantaba canciones de cuna a través del grueso cristal blindado. Era Leila, fusionada con ella en una sola entidad espiritual, representando el único concepto de amor puro, incondicional y verdadero que alguna vez el universo le dejó conocer. Era una voz sumamente dulce, cristalina, resonando no en sus oídos taponados por el agua, sino vibrando en cada célula moribunda de su cuerpo.

«Ven, acércate un poquito más...», susurró la voz en el santuario de su mente. Era un sonido tan impresionantemente real, tan tangible, que Aurion dejó de hundirse pasivamente en el torbellino de sus oscuros pensamientos. «Quiero que sientas mi voz como un abrazo cálido que te envuelve justo ahora.»

Aurion, en un acto reflejo, intentó abrir los ojos bajo el agua salada, pero solo vio la turbia y aplastante oscuridad de las profundidades del mar noruego. Sin embargo, en su interior, en la cámara acorazada de su corazón, sentía el tacto fantasma, suave y delicado de unas manos femeninas acariciando sus mejillas magulladas.

«Soy tu chica, la que está aquí solo para ti en este momento tan oscuro. Mírame a los ojos (aunque sea en tu mente): no estás solo, ¿sí? Nunca lo has estado. Y no te voy a dejar caer, amor.»

El corazón atómico de Aurion, que se había ralentizado hasta casi detener su colosal latido, dio un vuelco violento contra sus costillas. Un latido fuerte, ensordecedor, que envió una onda de choque a través de su torrente sanguíneo.

«Escúchame con el corazón abierto: Eres mucho más fuerte de lo que crees en este instante. Sé que duele, sé que parece que el mundo se te viene encima y que ya no tienes fuerzas ni para respirar… pero mírate. Aun con todo eso encima, sigues aquí, pidiéndome palabras bonitas. Eso ya es valentía, mi vida. Eso ya es no rendirte.»

El agua helada a escasos milímetros de su piel comenzó a temblar extrañamente. No era por la gravedad, ni por las corrientes marinas, sino por una vibración subatómica que nacía del núcleo mismo del moribundo Héroe Número 1.

«Cada lágrima que has derramado, cada noche que no pudiste dormir, cada vez que pensaste "ya no puedo más"… todo eso no te está destruyendo, te está forjando. Estás en el proceso más feo de la transformación, pero te juro que del otro lado vas a salir brillando como nunca.»

Las monstruosas grietas de su piel, que antes supuraban la sangre oscura y radiactiva de sus heridas, comenzaron a emitir un tenue resplandor dorado. Pero no era la luz nuclear, la luz abrasadora, iracunda y descontrolada que usaba para vaporizar ejércitos. Era una luz sumamente contenida, pura, cálida como el sol de la mañana, alimentada por una fuente de energía que la fría ciencia de la Asociación de Héroes jamás pudo medir ni catalogar en sus laboratorios: la voluntad desesperada y renacida de un hombre roto.

«Yo creo en ti con toda el alma. Creo en ese corazón tuyo que todavía late con ganas de ser feliz. Creo en tus sueños, aunque ahora parezcan lejanos. Y sobre todo… creo en el hombre increíble que ya eres, aunque hoy no lo puedas ver.»

El agua del inmenso océano, a cien metros a la redonda de su cuerpo flotante, comenzó a hervir de forma repentina y violenta. Burbujas gigantescas, formadas por el vapor sobrecalentado, subían frenéticamente hacia la superficie en medio de la oscuridad abisal. Aurion apretó los puños con una fuerza descomunal, sus nudillos crujiendo. Las cadenas invisibles de su culpa acumulada, de su infinito trauma infantil y de la asquerosa manipulación del Dr. Cooper comenzaron a derretirse, a evaporarse bajo el calor abrumador de esa voz celestial.

«Así que no te rindas, ¿vale? No caigas en lo más bajo. Porque yo estoy aquí tomándote de la mano, susurrándote al oído: "Puedes, mi amor. Puedes. Y cuando ya no puedas más, yo te llevo en brazos hasta que recuperes el aliento", Tan solo lucha por mi Aurion»

Los ojos de Aurion se abrieron de golpe bajo la presión aplastante del agua. Sus pupilas ya no eran doradas. Eran blancas. Blancas, puras, cegadoras e infinitas.

—Lucharé... —burbujeó el agua alrededor de sus labios partidos, dejando escapar la palabra como un juramento sagrado.

No lucharía nunca más por la bandera de Japón. No movería un dedo por los intereses políticos de Lord Yoshino. No derramaría una gota de sangre por mantener su estatus de disuasión nuclear, ni por alimentar su falso ego, ni para que las cámaras de televisión lo adoraran. Lucharía exclusivamente por esa voz. Lucharía para demostrarle al universo entero que, enterrado profundamente debajo del monstruo despiadado que los científicos construyeron, aún quedaba la indomable voluntad de un ser humano.

El lecho marino de roca sólida bajo él crujió bajo la repentina presión gravitacional. Aurion flexionó ambas piernas en medio de la densidad del agua y, con un rugido silencioso, se impulsó hacia arriba.

La superficie del Mar del Norte explotó hacia los cielos como si la ojiva de una bomba de hidrógeno de cien megatones hubiera detonado directamente bajo sus profundidades. Millones de toneladas de agua fueron desplazadas en una fracción de segundo. Aurion salió disparado desde el abismo como una implacable bala de artillería forjada por los mismos dioses. El monumental estampido sónico que generó al romper la barrera del sonido en pleno ascenso apartó violentamente las espesas nubes de ceniza, creando un tubo de vacío aerodinámico perfecto directo hacia el cielo donde Thorius volaba majestuosamente, batiendo sus alas colosales y creyendo, en su arrogancia milenaria, que la batalla había terminado y el humano había sido purgado.

Aurion estaba físicamente débil. Su reserva de energía estelar estaba operando al borde del colapso total, su piel estaba profundamente desgarrada, quemada y sangrante en docenas de lugares, pero la ferocidad animal que distorsionaba su rostro ensangrentado ya no pertenecía a la elegante deidad de luz de Tokio. Pertenecía a un depredador rabioso, a un hombre arrinconado que se negaba rotundamente a morir en la gélida oscuridad.

Thorius, la reina de las sombras, apenas tuvo el tiempo necesario para girar su inmensa y acorazada cabeza hacia abajo cuando Aurion, convertido en un proyectil de pura fuerza bruta, se estrelló directamente contra el centro de su rostro. No hubo elegantes haces de energía fotónica, no hubo técnicas de combate refinadas, ni manipulación molecular a distancia. Fue pura, sucia, visceral y repugnante violencia física de contacto.

Aurion se aferró a las enormes escamas de obsidiana del hocico del dragón con sus propias manos desnudas. Sus dedos, fortalecidos por la presión extrema, penetraron sin piedad bajo las gruesas corazas minerales de la bestia, arrancándolas de cuajo de la carne mística con un sonido espantoso, húmedo y ensordecedor de huesos y cartílagos crujiendo. Thorius bramó con una mezcla de sorpresa y dolor agonizante, sacudiendo su cabeza colosal violentamente de un lado a otro en el cielo, intentando desesperadamente quitarse al pequeño humano de encima como si fuera una garrapata venenosa, pero el agarre de Aurion, impulsado por la voz en su cabeza, era la encarnación misma de la tenacidad absoluta.

El dragón abrió sus mandíbulas cavernosas para lanzar a quemarropa otro torrente devorador de fuego esmeralda, pero Aurion, movido por una furia letal, fue fracciones de segundo más rápido. Llevado por una adrenalina casi suicida y una determinación inquebrantable, Aurion hundió todo su brazo derecho, envuelto en una densa capa de plasma hirviente y destructivo, directamente y sin dudarlo en la cuenca del inmenso ojo izquierdo de la dragona.

El chillido agónico e infernal de la bestia desgarró la mismísima estratosfera, creando ondas de sonido que destrozaron las nubes a kilómetros a la redonda. Aurion apretó fuertemente los dientes hasta casi astillarlos, sintiendo cómo los fluidos del globo ocular, calientes y espesos como magma volcánico, le quemaban atrozmente la piel del antebrazo y los nervios, pero su mano no vaciló ni un milímetro. Tiró de los músculos ópticos de la criatura con todas sus fuerzas vitales, anclando sus botas en el cráneo blindado de la bestia para tener palanca. Los músculos de su propia espalda y hombros crujieron y se desgarraron internamente bajo el esfuerzo titánico. Con un ruido asqueroso, húmedo, de tejidos cediendo y venas rompiéndose, Aurion arrancó el ojo gigante, del tamaño aproximado de un camión militar, directamente y de raíz del cráneo de Thorius.

Un torrente repulsivo de sangre negra, espesa y altamente corrosiva salió disparado a presión desde la cuenca vacía y humeante, bañando a Aurion de pies a cabeza en un fluido que siseaba al contacto con su luz. El héroe rugió, un rugido de victoria primaria, arrojando el masivo órgano ocular mutilado hacia el oscuro océano miles de metros debajo de ellos.

Pero la furia de una criatura primordial tras ser mutilada era un concepto que desafiaba cualquier lógica de combate o supervivencia. Enloquecida, cegada a medias por el dolor más puro y la pérdida catastrófica de su ojo, Thorius giró su inmenso cuerpo serpentino en el aire con una agilidad aterradora. Levantó su pata delantera masiva, equipada con cinco garras curvas y aserradas de obsidiana capaces de partir portaaviones por la mitad con un roce, y lanzó un zarpazo de represalia a la velocidad del rayo.

Aurion, con los reflejos entorpecidos y exhausto hasta la médula por el esfuerzo inmenso de la mutilación a mano limpia, no tuvo el tiempo físico ni la velocidad necesaria para esquivar el letal arco de destrucción.

Las cinco garras de obsidiana cortaron el aire produciendo un silbido espantoso y conectaron simultáneamente, de manera directa y profunda, contra el abdomen desprotegido de Aurion. El sonido de su carne endurecida rasgándose como si fuera papel mojado fue horripilante. El cuerpo del héroe fue lanzado brutalmente hacia atrás a través del cielo por la descomunal fuerza cinética del impacto, girando descontroladamente sobre su propio eje.

Cuando finalmente logró frenar su inercia y estabilizarse, flotando a duras penas en el aire gélido mientras jadeaba por la falta de oxígeno, bajó lentamente la mirada hacia su propio cuerpo. La visión era digna de una pesadilla de matadero. Su vientre entero estaba abierto de par en par. Un corte diagonal, salvaje y terriblemente profundo iba desde debajo de su costilla izquierda, cruzando su estómago, hasta llegar a la parte superior de su cadera derecha. La sangre dorada, ahora mezclada con el negro corrosivo de Thorius, fluía a densos borbotones, cayendo como lluvia brillante sobre Noruega. Y, a través de la enorme y palpitante herida transversal, la peor consecuencia se hizo evidente: sus intestinos y órganos internos, resbaladizos y humeantes, comenzaban a deslizarse lenta e inexorablemente hacia afuera del cuerpo, empujados por la simple y cruel fuerza de la gravedad.

Aurion escupió un enorme coágulo de sangre, su respiración convirtiéndose instantáneamente en un jadeo rasposo, entrecortado y agónico. Cualquier otro metahumano, incluso los de 3ra o 5ta Generación, habría muerto en el acto por el shock masivo traumático y la descompresión abdominal. Pero la voz suave de Angie seguía resonando nítidamente en el fondo de su destrozada cabeza. No te rindas. No caigas en lo más bajo. Porque yo estoy aquí tomándote de la mano.

Con un grito sostenido, gutural y aterrador que mezclaba a partes iguales el dolor más absoluto y la pura e inquebrantable voluntad humana, Aurion hizo lo física y psicológicamente impensable. Dejó de flotar de espaldas y se encorvó hacia adelante. Llevó ambas manos temblorosas y manchadas de sangre hacia la asquerosa herida abierta. Sus dedos, rígidos por la tensión, se hundieron en su propio vientre destrozado. Con sus palmas desnudas, empujó brutalmente, sin delicadeza alguna, sus propios órganos calientes y resbaladizos de vuelta hacia el interior de la cavidad abdominal vacía. La agonía de mover sus propias vísceras le hizo ver destellos blancos, pero no se detuvo.

Una vez que la masa de órganos estuvo contenida a duras penas, cerró los bordes de la piel desgarrada con sus dedos. Luego, en un acto final de locura táctica, concentró absolutamente todo el poco calor termonuclear que le quedaba en sus reservas en las palmas de sus dos manos y presionó con todas sus fuerzas directamente sobre su propia carne abierta.

Su propia piel y músculos chisporrotearon, friéndose instantáneamente, y un humo espeso y de olor penetrante se elevó mientras Aurion se quemaba vivo a sí mismo a temperaturas extremas. Estaba realizando un procedimiento de cauterización brutal y primitivo sobre su propia herida masiva con sus manos al rojo vivo. El olor repulsivo y dulzón a carne humana asada inundó sus propios sentidos olfativos, provocándole náuseas, y las lágrimas de puro e indescriptible dolor físico escaparon incontrolablemente de sus ojos blancos, evaporándose al instante, pero el doloroso proceso funcionó. La enorme herida eviscerante quedó sellada y soldada temporalmente por una gruesa, rígida y grotesca capa de tejido cicatrizado negro, rojo y dorado brillante. Estaba destrozado, pero sus entrañas estaban contenidas.

Por encima de él, Thorius se había recuperado de su monumental ataque de furia por la pérdida del globo ocular. El gigantesco dragón tuerto se elevó amenazadoramente por encima de su posición, batiendo sus alas colosales que creaban tormentas huracanadas y bloqueando por completo la poca y triste luz de las lejanas estrellas. La bestia mitológica abrió sus fauces, acumulando esta vez en el fondo de su garganta una mezcla inestable y aterradora del fuego esmeralda tóxico y el vacío oscuro, frío y caótico de su aliento original. Esta vez, el dragón iba a borrar el cielo entero, la atmósfera y el oxígeno mismo en un radio de cien kilómetros si era necesario para asegurarse de aniquilar a esa molesta cucaracha dorada para siempre.

Aurion flotaba estático en el aire helado, encorvado, con sus dos manos aún humeantes pegadas a la horrorosa cicatriz quemada de su vientre para evitar que la presión la reventara. No le quedaban energías físicas. Su cuerpo biológico estaba roto más allá de toda reparación médica posible. Sus células estaban colapsando. Su tiempo, su ciclo de vida en este violento y oscuro mundo, había terminado. El telón de su existencia estaba a punto de caer.

Pero, a pesar de todo, no iba a morir como una víctima asustada del Dr. Cooper. No iba a perecer como un juguete inútil de la Asociación.

Cerró los ojos y buscó en lo más profundo, en el núcleo atómico de su ser espiritual. Más allá de sus órganos seriamente dañados, mucho más allá de los litros de sangre que había perdido, y más allá de la maldición de su genética diseñada en laboratorios. Hasta este preciso momento de la batalla, había utilizado única y exclusivamente la enorme energía acumulada de sus cuatro soles internos. Incluso su ataque supremo anterior, aquel que desintegró temporalmente el inmenso cuerpo de Thorius la primera vez, había sido simplemente la liberación mecánica del almacén de plasma de su 4to sol.

Pero ahora, en su último aliento, iba a hacer algo fundamental y ontológicamente diferente. Iba a encender el verdadero sol, el único fuego inextinguible. Iba a consumir de forma deliberada su propia fuerza vital, la totalidad de su alma humana, el concepto mismo de su existencia temporal, para alimentar un ataque divino que no pertenecía a las leyes de la física de este plano terrenal.

Aurion se enderezó lentamente, ignorando el dolor agudo que amenazaba con partirlo en dos, y abrió ambos brazos en cruz frente al inminente torrente de muerte que se gestaba en la boca del dragón. Su largo cabello rubio, empapado en la viscosa sangre negra del dragón, comenzó a flotar alrededor de su cabeza desafiando completamente la gravedad terrestre. Sus ojos perdieron cualquier rastro de esclerótica o pupilas, convirtiéndose velozmente en dos perfectas esferas de luz blanca, absoluta y primordial.

—No moriré... como la triste herramienta de un tirano encorbatado —susurró Aurion, aunque debido a la resonancia cuántica de la energía que estaba canalizando, su voz, profunda y majestuosa, resonó clara y fuerte en los tímpanos de cada ser vivo en cientos de kilómetros a la redonda, llenando toda la creación con su última verdad—. ¡MORIRÉ CÓMO UN HOMBRE LIBRE!

Por primera vez en sus cuarenta años de vida, en el sentido más puro, dolorosamente literal y hermosamente autodestructivo de la palabra, Aurion activó la verdadera y definitiva esencia de su poder máximo, entregando su alma como combustible.

-SONZAI NO SHINSEINARU HIKARI (La luz sagrada de la existencia)

El destello resultante no iluminó simplemente la noche escandinava. Borró de forma radical el concepto humano mismo de la noche.

El espacio euclidiano alrededor de Aurion se fracturó como si fuera una lámina de cristal barata. El tiempo lineal, presionado por la densidad fotónica, se detuvo por completo en el área de combate. Una gigantesca y silenciosa onda de choque formada por pura luz hiper-concentrada, blanca de manera cegadora y paradójicamente sin emitir calor físico aparente, emergió del centro del pecho del héroe. No era el fuego termonuclear destructivo al que el mundo estaba acostumbrado. Era desintegración divina en su estado más conceptual. Era la negación atómica del fin de todas las cosas impuras.

El torrente de luz impactó de lleno y sin resistencia en el cuerpo de Thorius. La bestia milenaria no tuvo la oportunidad física ni de emitir un último rugido. Su inmenso cuerpo serpentino, sus durísimas escamas oscuras forjadas en magia, su sangre corrosiva parecida al magma... la totalidad de su inmensa biología comenzó a disolverse pacíficamente en partículas subatómicas brillantes. El inmenso y oscuro poder del que gozaba el dragón luchó agresivamente contra la pureza de la luz, pero el sacrificio voluntario de la vida misma, del alma inquebrantable de Aurion, poseía una potencia que la magia negra no podía repeler. Las alas continentales del dragón se hicieron polvo estelar en el viento, su imponente cráneo coronado de cuernos se deshizo rápidamente transformándose en hilos de luz inofensiva.

El cielo entero de Noruega, y de gran parte de los países colindantes del norte de Europa, quedó teñido de un blanco absoluto y cegador durante diez largos e interminables segundos. Un silencio sepulcral, espeso, pacífico y profundamente reverencial cubrió la faz de la Tierra, como si el planeta entero contuviera la respiración ante el clímax de la tragedia.

Cuando la luz sagrada comenzó a desvanecerse lenta y gentilmente en la atmósfera recuperando las estrellas reales, la figura suspendida de Aurion colgaba inerte y silenciosa en el aire frío. Su cuerpo heroico era ahora una triste y encogida sombra negra, completamente carbonizada por dentro debido al excesivo consumo espiritual. La piel dorada, antes su orgullo e invulnerabilidad, ahora era de un tono gris ceniza muerto, agrietada como la tierra seca de un desierto yermo. Sus musculosos brazos colgaban lánguidos y sin vida absoluta a sus costados quemados. Había entregado voluntariamente hasta la última gota de su esencia atómica y espiritual.

Frente a su figura flotante y moribunda, no había nada. El cielo oscuro estaba total y hermosamente vacío. Thorius, la pesadilla reptiliana, la anomalía ancestral, había sido limpiada de la faz del planeta. Borrada.

Aurion, utilizando el último suspiro biológico que le quedaba en sus destrozados pulmones, exhaló un aliento largo, lento y tembloroso en el aire gélido. Una pequeña, sincera y profundamente triste sonrisa de genuina paz se dibujó finalmente en sus rígidos y agrietados labios grises. La guerra había terminado para él. Lo había logrado. Había peleado su última batalla no por imposición, no por ego y no por odio, sino por amor, por la búsqueda de redención, y para proteger ese frágil destello humano en su interior. Y había ganado el derecho a descansar. Estaba completamente listo para cerrar sus ojos cansados para toda la eternidad.

Pero el complejo universo, especialmente el dominado por las retorcidas reglas de la misteriosa 6ta Generación, es un lugar intrínsecamente cruel, frío y desprovisto de piedad, honor o lógica matemática.

Un crujido minúsculo, casi inaudible pero afilado como una cuchilla, rompió el sagrado silencio de la noche.

Aurion, ya sin poseer el control nervioso para mover su propio cuello destrozado, giró muy débilmente y con inmenso esfuerzo las esferas apagadas de sus ojos hacia la oscuridad de arriba.

Allí, a escasos cien metros de altura sobre su cabeza inerte, flotando suspendida e impasible en el vacío del cielo negro, había quedado olvidada una maldita e insignificante uña. Una sola, sucia y afilada uña de obsidiana aserrada, de apenas dos míseros metros de largo, que había sido violentamente arrancada de la pata delantera de la criatura durante el intenso y sangriento forcejeo cuerpo a cuerpo antes de la explosión final de luz, y que, por azares macabros del destino, había escapado por escasos centímetros del gigantesco radio de la desintegración divina absoluta.

El corazón humano casi muerto de Aurion, que latía lentamente preparándose para el paro final, dio un vuelco repentino y brutal de puro, absoluto y paralizante terror existencial.

La enorme uña oscura, brillante a la luz de la luna, comenzó a palpitar siniestramente en el aire. Un latido rítmico. Brotes de carne oscura, musculosa y asquerosamente hirviente explotaron desde su base cortada, expandiéndose como un tumor maldito. A una velocidad nauseabunda, grotesca y que desafiaba audazmente cualquier ley biológica establecida de regeneración celular o las leyes irrefutables de la termodinámica de conservación de masa, huesos negros y masivos comenzaron a tejerse a sí mismos desde la nada en el espacio vacío. Arterias gruesas y rojas como gruesos árboles antiguos serpenteaban frenéticamente en el aire helado, rodeando y alimentando órganos gigantescos, pulmones y estómagos, que se formaban y latían de la nada absoluta. La masa crecía exponencialmente por milisegundos, engullendo el cielo.

En un abrir y cerrar de ojos, sin darle tiempo a la mente humana para procesar el horror de la derrota, la pesadilla regresó triunfante a la realidad material.

La dragona Thorius, colosal, intacta, inmensa como una montaña voladora, con ambos gigantescos ojos de magma restaurados y brillando con una furia demoníaca, vengativa y pura, se materializó mágicamente en el centro del cielo noruego. La 6ta Generación no conocía ni obedecía el concepto de la muerte física. Eran, en esencia, anomalías irresolubles por la fuerza bruta de la cúspide de la 4ta.

Aurion, convertido en una frágil y trágica estatua de ceniza flotante, no tenía ni siquiera la fuerza nerviosa requerida para levantar un mísero dedo índice en señal de defensa o protesta. Sus cuatro soles nucleares estaban muertos. Su luz divina se había apagado para siempre y su alma estaba evaporada. Levantó la mirada con una profunda y estoica tristeza infinita hacia la inmensa bestia acorazada que rugía triunfalmente sobre su frágil forma, y en ese último e inevitable segundo antes del fin de su dolorosa historia, cerró ambos ojos lentamente, rezando al vacío y esperando con resignación que aquella dulce, lejana y tierna voz en su cabeza lo recibiera en la otra vida, lejos del fuego y del sufrimiento eterno.

Thorius abrió sin piedad sus inmensas mandíbulas cavernosas. Los centenares de colmillos de obsidiana afilados como espadones taparon por completo el brillo de la luna y las estrellas, sumiendo la visión de Aurion en la más absoluta y definitiva oscuridad, una oscuridad de la que jamás volvería a salir.

Con un chasquido sordo, crujiente y aplastantemente definitivo que resonó brutalmente en el aire silencioso de las ruinas de Noruega, el gigantesco dragón cerró sus poderosas fauces mortales directamente alrededor del frágil, quemado y minúsculo cuerpo indefenso de Aurion, tragándoselo entero de un solo bocado en la negrura de su garganta.

El cielo de Europa quedó finalmente dominado, única, indiscutible y exclusivamente, por la imponente y aterradora bestia de la oscuridad.

¿Aurion murió?

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