Cherreads

Chapter 227 - La Séptima Generación

El interior de la garganta de Thorius no era un simple conducto biológico; era la antesala del infierno mismo. Aurion colgaba en la oscuridad absoluta, sus dedos, ensangrentados y con las uñas rotas, aferrados desesperadamente a las rugosidades de la carne palpitante y estriada de la bestia. Cada contracción del inmenso esófago amenazaba con triturarlo y enviarlo al abismo de los ácidos gástricos.

Pero el dolor físico de la presión no era lo peor. Era el aire. Estar dentro de aquella deidad reptiliana era como inhalar vapor de mercurio hirviente mezclado con azufre y muerte antigua. Cada bocanada que Aurion intentaba robarle al entorno tóxico le quemaba los alvéolos, corroyendo sus pulmones desde adentro. Sentía que sus manos se estaban derritiendo literalmente contra las paredes internas de la dragona. La fricción y los jugos segregados por la bestia disolvían la poca piel endurecida que le quedaba, dejando expuestos los nervios en carne viva.

Mientras su cuerpo biológico gritaba en agonía, su mente táctica, forjada en décadas de supervivencia y masacres, trabajaba a una velocidad febril. Sus ojos blancos y puros intentaban penetrar la oscuridad, buscando una lógica en medio del caos.

«Esto es imposible», pensó Aurion, tosiendo un coágulo de sangre negra y dorada que se perdió en la inmensidad del tracto digestivo. «No puede ser. Ninguna criatura de la Sexta Generación tiene esta resistencia.»

Él conocía las leyes. Las había estudiado, las había cazado, las había aniquilado. En la jerarquía de poder del mundo, las únicas generaciones capaces de regenerar tejido a niveles moleculares extremos eran las de Quinta Generación (la Singularidad Anacrónica) y la de Sexta Generación (La Cima Desconocida del Poder). Sin embargo, existía una regla universal, un dogma biológico inquebrantable para matar a los dioses: si destruías el corazón, el motor central de su energía, la regeneración se detenía y morían.

Aurion ya había hecho explotar a Thorius. Dos veces.

En la primera ocasión, la bestia fue desintegrada por su Sonzai no Shinseinaru Hikari, y aun así, su corazón se reescribió a partir del apéndice de una cola amputada. En el segundo encuentro, a las afueras de la realidad, la había reducido a cenizas, y el monstruo había tejido su inmensa masa continental a partir de una miserable, sucia e insignificante uña. Al hacerla explotar la primera vez, el corazón de la dragona se había evaporado con el resto del cuerpo. Por pura física, Thorius debió haber sido borrada de los registros de la existencia.

«Se regeneró sin un núcleo...», razonó Aurion, sintiendo cómo el ácido comenzaba a subir por las paredes musculares, lamiendo la suela de sus botas. El terror gélido, un miedo más antiguo que la propia humanidad, se apoderó de su mente destrozada. «No es una Sexta. Dios perdone a este mundo... es una Séptima Generación.»

La Séptima Generación. Un mito. Un susurro en los archivos más oscuros y clasificados de la Asociación de Héroes y de la familia Valmorth. La probabilidad matemática de que naciera un ser con esa mutación era del0.001% a nivel mundial. Criaturas que no estaban atadas a la biología, sino que eran la encarnación misma de los conceptos que representaban. No necesitaban un corazón para vivir, porque cada célula de su cuerpo era el universo entero.

Los músculos de la garganta de Thorius sufrieron un espasmo violento. Los dedos de Aurion, resbaladizos por su propia sangre y la mucosidad ácida, finalmente cedieron.

Aurion se dejó caer.

Fue un descenso aterrador a través del abismo interno, golpeando contra las válvulas carnosas hasta precipitarse de lleno en la zona gástrica de la bestia. El impacto fue blando, asqueroso y sofocante. Cayó en una piscina de proporciones dantescas llena de jugos gástricos de un color esmeralda radiactivo que burbujeaba con la intensidad de un reactor nuclear en fusión.

Su piel comenzó a derretirse al instante. El dolor fue tan absoluto, tan inabarcable, que sobrepasó los receptores nerviosos de su cerebro, dejándolo en un estado de parálisis sensorial. Veía cómo sus brazos se consumían, cómo la carne se separaba del hueso, siseando bajo el ácido.

Ya no le quedaba fuerza. Sus reservas de plasma estelar estaban en un cero absoluto. Su cuerpo estaba roto más allá de la muerte. Sin embargo, aferrado a ese último hilo de consciencia dictado por la voz de Leila y Angie en su cabeza, Aurion dedujo la única verdad que podía salvar a Noruega.

«Si se puede regenerar a niveles extremos desde una sola célula... entonces no debe quedar ninguna célula viva. Tengo que desintegrarla desde adentro. Tengo que borrar hasta el último átomo de su existencia simultáneamente.»

Pero Aurion ya no tenía energía. Sus cuatro soles estaban muertos. Estaba vacío.

Con el ácido carcomiendo su rostro y la visión nublándose, Aurion miró el líquido esmeralda que lo estaba disolviendo. Los jugos gástricos de una bestia de Séptima Generación contenían la energía cruda de milenios de evolución mágica. Era veneno puro, pero también era combustible.

No tenía otra opción.

Soportando la agonía de mover los músculos faciales medio derretidos, Aurion hundió el rostro en el lago de ácido y abrió la boca. Empezó a tragar.

El sabor era más que horrible; era la definición ontológica de la muerte, el asco, la putrefacción y el sufrimiento líquido. Sintió cómo el ácido devoraba su esófago, cómo perforaba sus paredes estomacales, pero, de alguna manera retorcida y gracias a su mutación de Cuarta Generación, su núcleo atómico comenzó a forzar la conversión del veneno de Thorius en energía bruta. Trago a trago, mientras se derretía por fuera, se recargaba por dentro. Sus entrañas ardían como si hubiera ingerido magma puro, pero sintió la chispa. Un último fósforo encendiéndose en la oscuridad de su alma.

Se concentró. Iba a activar su poder por tercera y última vez en toda la historia. Iba a invocar el SONZAI NO SHINSEINARU HIKARI. Ya no había cálculos tácticos; él mismo no sabía qué iba a pasar. Con su cuerpo a punto de disolverse y usando energía alienígena, las probabilidades de que su propio núcleo colapsara y lo borrara de la existencia eran del cien por ciento.

Y si todo salía mal, y él moría... al menos ya se habría ido al más allá.

En ese momento de quietud antes del fin, Aurion dejó de luchar contra sus demonios. Cerró sus ojos blancos. No sabía si iría al infierno o al paraíso. A lo largo de sus cuarenta años, había cometido atrocidades innombrables: había abusado de su poder, había violado la confianza de inocentes, había actuado como un tirano arrogante protegido por Lord Yoshino. No sabía si, cuando llegara al final del túnel y se encontrara ante el tribunal de lo divino, Dios se fijaría primero en sus pecados imperdonables antes que en las millones de vidas que había salvado deteniendo meteoritos y tsunamis.

Tal vez Dios no era un juez justo. Tal vez el Dr. Cooper tenía razón y solo existía la física fría. Y si no había un cielo, si no había un infierno, si detrás de la muerte solo le esperaba la "nada" absoluta e insonora... al menos se iría siendo feliz. Feliz de haberse arrepentido. Feliz de que, en su último suspiro, había dejado de ser la "Máxima Arma" para ser, simplemente, un hombre que quería proteger la voz de las mujeres que lo habían amado.

El núcleo de su pecho, alimentado por el ácido de Thorius, se encendió con un brillo cegador que traspasó la carne de la dragona.

—¡¡SONZAI NO SHINSEINARU HIKARI!! —gritó Aurion con todas las fuerzas de su alma destrozada.

El interior del estómago de Thorius se iluminó con la intensidad de una supernova. La explosión no fue un sonido, fue un borrado de la realidad. El poder sagrado de la existencia colisionó con la biología maldita de la Séptima Generación. Desde el exterior, la monstruosidad de dos kilómetros de largo dejó de rugir. Su inmenso cuerpo de obsidiana se infló por una fracción de segundo antes de estallar desde adentro hacia afuera.

Todos sus órganos, sus huesos, sus escamas ancestrales y su magia perversa desaparecieron, desintegrándose en un mar de partículas fotónicas que iluminaron el oscuro cielo escandinavo como si fuera el mediodía más brillante de la historia.

Aurion también recibió el impacto de su propio poder. Su cuerpo fue lanzado como un muñeco de trapo hacia el abismo del cielo, quemado, mutilado y carbonizado por el contragolpe de la luz divina.

Sin embargo, mientras caía en picada, con lo poquísimo que le quedaba de consciencia, sus ojos blancos captaron una anomalía en la luz. A cien metros de distancia, cayendo inerte hacia el suelo, una uña sobraba otra vez. Un maldito fragmento afilado de obsidiana que se negaba a morir.

Impulsado por la pura terquedad del espíritu humano, Aurion forzó a su cuerpo a moverse en el aire. Voló con una velocidad errática y desesperada, acercándose a la uña que ya comenzaba a palpitar y a segregar carne oscura. Aurion no iba a permitir que la historia se repitiera. De sus ojos, brotó un último y agónico rayo de luz concentrada, un láser de puro calor solar que impactó directamente en el centro del fragmento.

La uña crujió y se hizo polvo.

Aurion, flotando en el frío aire de Noruega, esperó unos segundos. Sus oídos zumbaban, su respiración era un estertor agónico. Miró a su alrededor, buscando cualquier indicio de carne, cualquier sombra sospechosa, cualquier palpitación en el viento.

Pero no se escuchaba nada. Puro, hermoso y absoluto silencio.

La pesadilla había terminado. El monstruo había sido purgado de la creación.

Y Aurion, finalmente en paz, con una sonrisa cansada dibujada en su rostro desfigurado, se desmayó. Dejó que la gravedad hiciera su trabajo y cayó libremente desde lo más alto del cielo hacia las ruinas ennegrecidas de la tierra.

Horas después, el frío inclemente del suelo noruego lo trajo de vuelta.

Aurion despertó con un dolor que trascendía la descripción médica. Cada terminación nerviosa de su cuerpo gritaba en agonía. Abrió los ojos lentamente, la visión borrosa tardando en enfocar el cielo gris y cargado de humo de la mañana.

Intentó moverse, pero sus extremidades no respondían. Giró la cabeza a duras penas hacia la derecha y se encontró con una escena que lo dejó paralizado.

A pocos metros de él, sentado sobre una roca carbonizada con las piernas cruzadas y una postura de elegancia perturbadora, estaba Arthur MaelMordha. El Rey de Irlanda ya no estaba desnudo. Llevaba puesto un abrigo militar de alta gama y unos pantalones tácticos gruesos que, a juzgar por las manchas de sangre en el cuello y el agujero de bala en el pecho del abrigo, habían sido arrancados de un guardia noruego que había tenido la mala suerte de cruzarse en su camino.

Arthur lo miraba con una expresión de fascinación absoluta, apoyando el mentón en el dorso de su mano. La Corona del Ojo Rojo latía suavemente en su frente.

—Podría matarte en estos instantes, ¿sabes? —dijo Arthur, rompiendo el silencio. Su voz era tranquila, melódica y cargada de una superioridad insultante—. Un simple paso, un pisotón en tu cráneo, y el Héroe Número Uno del mundo sería solo un charco de sesos en la nieve.

Aurion no respondió, solo lo miró con furia contenida, respirando con dificultad.

—Pero no lo haré —continuó Arthur, levantándose lentamente y sacudiéndose la ceniza de las botas—. La batalla que acabo de presenciar se podría considerar como la más legendaria de toda la historia de la humanidad. Un hombre contra un Dragón de esa magnitud... Fue arte. Sublime. Te has ganado el derecho a respirar unas horas más.

Arthur comenzó a caminar en círculos alrededor del cuerpo destrozado de Aurion, admirando la devastación que los rodeaba.

—Ahora, Noruega me pertenece —declaró el joven rey, abriendo los brazos hacia las montañas humeantes—. Y te prometo algo, perro de luz: no mataré a las personas de este país porque sí. No soy un bárbaro. Soy un administrador. Pero aún tengo un sueño más grande. Voy a conquistar toda Europa para mí solo. No me importa cuántos años me tarde. Si son 70 años o 90 años... voy a completar lo que ese idiota de Napoleón no pudo hacer. Voy a unificar este continente bajo el fuego de la corona.

Aurion escupió sangre al suelo. Sus ojos dorados, que apenas comenzaban a recuperar su color, se clavaron en el muchacho.

—Tarde o temprano... —susurró Aurion, su voz rasposa y quebrada— alguien te matará. Tu ambición te tragará vivo. Tienes suerte... mucha suerte de que yo esté malherido en este momento. Si no... ya estarías muerto hace varios segundos.

Arthur se detuvo. Miró a Aurion y, de repente, echó la cabeza hacia atrás y se rió. Fue una carcajada aguda, carente de cualquier empatía humana, resonando en el bosque como el aullido de una bestia.

—Tienes los ojos y la risa de un demonio —sentenció Aurion, sintiendo un profundo asco por el ser que tenía enfrente.

Arthur cortó la risa de golpe. Lo miró fijamente, con una seriedad que helaba la sangre.

—Por algo me llaman el "Little Demon King", Aurion —respondió Arthur, acercándose con paso decidido.

De su cinturón, Arthur sacó un cuchillo de combate que le había robado al soldado muerto. Sin ninguna advertencia, sin cambiar su expresión aburrida, se agachó y le clavó el cuchillo profundamente en el estómago a Aurion, retorciéndolo entre sus intestinos recién sanados.

Aurion dejó escapar un gruñido ahogado de puro dolor, cerrando los ojos con fuerza mientras la sangre brotaba a borbotones de la nueva herida.

—Eso es solo un recordatorio para que no olvides quién manda ahora —susurró Arthur al oído del héroe, dejando el cuchillo clavado en la carne—. Dentro de unas horas, tomaré un transporte y me iré a Irlanda. Regresaré con tropas, con barcos, con el ejército de MaelMordha para conquistar las demás ciudades de Noruega.

Arthur se puso de pie, mirando al héroe desde arriba.

—Dile a la Asociación de Héroes que, por favor, no se meta más en mis planes. Mi conquista no será violenta si se rinden; tienen mi palabra de rey. Pero si algún país, o algún héroe con complejo de salvador intenta detenerme... tengo dos dragones más.

Aurion abrió los ojos de golpe. El dolor del cuchillo pasó a un segundo plano. ¿Dos dragones más? El terror puro e inyectado de adrenalina corrió por sus venas. Las leyendas hablaban de los huevos que Thorius había dejado en Irlanda.

Arthur notó el pánico en los ojos del japonés y su sonrisa demoníaca regresó.

—Ah... ya veo que lo entiendes —se burló Arthur, inclinándose levemente—. La dragona que acabas de derrotar, a la que le dedicaste tu vida y tu alma para matar... era tan solo una anciana. Una reliquia cansada y lenta. Así que será mejor que Japón se quede en su isla y no se meta.

Sin añadir una palabra más, el Rey de Irlanda dio media vuelta y desapareció entre la bruma del bosque, dejando a Aurion desangrándose en la nieve.

Horas después, el sonido de los rotores de helicópteros rompió el silencio. Equipos de médicos de élite y unidades de extracción de la Asociación de Héroes descendieron sobre la zona cero, asegurando el perímetro y recogiendo el cuerpo apenas con vida de Aurion, estabilizándolo de emergencia para curarlo y llevarlo de regreso a Japón.

A miles de kilómetros de distancia, en la comodidad de una sala de estar iluminada por la luz de la televisión, una familia común y corriente cenaba en silencio, con los ojos pegados a la pantalla.

La transmisión de noticias internacionales mostraba imágenes satelitales de una Noruega irreconocible. Grandes extensiones del país eran zonas de exclusión biológica y volcánica.

—...y repetimos la información de último minuto —habló la reportera, con el rostro serio y la voz temblorosa, ajustándose el auricular—. Confirmamos que Noruega, tal como la conocíamos, ya no existe como estado soberano. En una sesión de emergencia y sin precedentes, el consejo de seguridad de la ONU ha decidido ceder ante las demandas y dejará que Irlanda tome control absoluto del territorio noruego.

Las imágenes en pantalla mostraban los restos de Oslo.

—Después de lo ocurrido con el ataque sorpresivo del dragón de clase cataclísmica —continuó la reportera—, bestia que por suerte el Héroe Número 1 de Japón, Aurion, pudo vencer a costa de graves heridas, los demás países vecinos y las potencias europeas han declarado estricta neutralidad. El temor a nuevas represalias ha provocado que nadie quiera meterse en problemas diplomáticos o militares con la corona irlandesa.

La toma cambió, mostrando una rueda de prensa improvisada a las afueras de los escombros de lo que solía ser la embajada. A lo lejos, flanqueado por guardias armados y vistiendo un elegante abrigo, se veía la figura de Arthur MaelMordha.

Un enjambre de micrófonos se abalanzó sobre él.

—¡Su Majestad! ¡Señor Arthur! —gritó la reportera de la cadena principal, logrando acercar su micrófono—. ¿Qué planes tiene para la reconstrucción de Noruega ahora que la ONU le ha otorgado el control?

Arthur se detuvo. Miró directamente a la lente de la cámara, sus ojos amarillos brillando con una soberbia que atravesaba la pantalla y helaba la sangre de los millones de espectadores que lo veían desde sus hogares.

—¿Noruega? —respondió Arthur, ladeando la cabeza con una sonrisa arrogante, su voz destilando un cinismo absoluto—. No conozco ese país. Creo que usted se refiere a "Thorius City".

Sin responder a los gritos histéricos de los demás periodistas, Arthur se dio la vuelta y se alejó con sus guardias, sumiéndose en las sombras de su nueva conquista, mientras el mundo entero comprendía, con terror, que la era del Sol Negro apenas acababa de comenzar.

More Chapters