Unas semanas después, 28 de Enero
El viento cortante del norte soplaba sobre la capital, llevando consigo un eco helado que parecía susurrar el nombre de los muertos. Lo que alguna vez fue la próspera y vibrante ciudad de Oslo, el corazón de la extinta nación de Noruega, había sido transmutada. Las calles, antes llenas de historia escandinava, ahora pavimentadas con una mezcla de roca fundida y ceniza endurecida, marcaban el inicio de un nuevo imperio. El mapa del mundo había sido reescrito con sangre y fuego, y el centro de esa nueva realidad se llamaba ahora Thoriun.
En la inmensa plaza central, donde los escombros habían sido barridos por fuerzas que escapaban a la comprensión humana, se erguía un monumento que desafiaba la cordura. Era una estatua colosal, de proporciones titánicas, forjada en oro puro. Representaba a Thorius, la dragona de la Séptima Generación, con las alas extendidas y las fauces abiertas en un rugido silencioso que parecía congelar el alma de quien la mirara. Arthur MaelMordha había ordenado su construcción, fundiendo las reservas de los bancos nacionales y las riquezas de la realeza caída. Quería que la estatua fuera un recordatorio ineludible, brillante y opresivo bajo el sol pálido del invierno: que todos en la ciudad entendieran, cada vez que abrieran los ojos por la mañana, qué entidad superior les había arrebatado todo lo que conocían.
Frente a esa monstruosidad dorada, se había congregado un mar de personas. El decreto de la Corona del Ojo Rojo había sido absoluto. Todos los adultos debían asistir sin falta a la plaza central. Las calles circundantes estaban desiertas, patrulladas únicamente por la Guardia de Hierro de Arthur. Las únicas excepciones a esta regla draconiana habían sido dictadas con una precisión casi matemática: los niños y los jóvenes menores de dieciocho años debían permanecer en sus colegios y jardines de infancia, continuando su educación bajo los nuevos planes de estudio; las personas de la tercera edad y las mujeres embarazadas también tenían el permiso explícito de la Corona para faltar, resguardadas en el calor de sus hogares. Arthur no era un bárbaro sin sentido; su crueldad siempre tenía un propósito, y castigar a los débiles físicos no encajaba en su visión de un gobernante absoluto pero eficiente.
El silencio en la plaza era sepulcral. Miles de respiraciones se condensaban en el aire helado, formando una niebla baja que se aferraba a los abrigos de los ciudadanos. Entonces, las pesadas puertas del palacio improvisado se abrieron, y Arthur MaelMordha apareció.
No caminaba como un conquistador sediento de sangre, sino con la elegancia estoica de un monarca que simplemente tomaba lo que le pertenecía por derecho divino. Su mirada, fría e indescifrable, barrió a la multitud. Subió al estrado de obsidiana negra pulida, colocado estratégicamente bajo la sombra de la garra dorada de la estatua de Thorius. El silencio se volvió aún más denso, tan pesado que parecía aplastar los pulmones de los presentes.
Arthur ajustó el micrófono. Su voz, amplificada por el sistema de altavoces que resonaba en cada rincón de Thoriun, no tembló. Era suave, pero poseía un filo capaz de cortar el acero.
—Habitantes de esta nueva tierra —comenzó Arthur, y su tono no reflejaba odio, sino una superioridad abrumadora—. Muchos de ustedes aún tiemblan por las noches, recordando el fuego que devoró el cielo. Recordando al monstruo que arrasó sus montañas. Pero quiero que abran los ojos a la verdad. Ese temible dragón, que por la inmensa fortuna de ustedes el poderoso Aurion de Japón logró vencer, no era un dios invencible.
Arthur hizo una pausa deliberada, dejando que la mención de Aurion resonara en la multitud.
—Era tan solo una anciana —continuó, y un murmullo incrédulo recorrió la plaza, rápidamente sofocado por el miedo—. Thorius acababa de despertar de un letargo de siglos. Nació en el año 1691. Hasta el día de hoy, veintiocho de enero del dos mil veintiuno, vivió sus trescientos o cuatrocientos años en la oscuridad. Era una bestia vieja, cansada, un remanente de una era olvidada. Pero eso... eso ya no importa. Lo que importa es el legado de su fuego.
Arthur dio un paso adelante, apoyando ambas manos en los bordes del estrado. Sus ojos parecieron brillar con una intensidad rojiza por un instante.
—El viejo mundo fracasó. Sus políticos les robaron, sus leyes los dividieron y sus ejércitos no pudieron protegerlos de la verdadera fuerza del universo. Pero eso termina hoy. Bajo mi mandato en esta ciudad, la historia será diferente. Escúchenme bien: a partir de este instante, bajo la sombra de la Corona, ya no habrá más discriminación. No me importa a qué dios le recen en privado, ni el color de su piel, ni su linaje. No habrá menos crímenes; habrá cero robos. Y lo más importante, ya no habrá pobres.
Un jadeo colectivo se elevó desde las filas delanteras. Era una promesa imposible, una utopía pronunciada por los labios de un tirano.
—Yo financiaré sus vidas —afirmó Arthur, con la certeza de un dios—. La Corona proveerá. Habrá alimento, habrá refugio, habrá progreso. Pero que mi generosidad no sea confundida con debilidad. Envío este mensaje a cualquier remanente del ejército nórdico o a cualquier ciudadano que crea que puede formar una revolución en las sombras: sepan que Thorius no era única. Tengo bajo mi cuidado dos dragones más, de la misma sangre, de la misma Generación. Así que les sugiero, por la vida de sus hijos que hoy están seguros en las escuelas, que piensen muy bien lo que hacen antes de actuar.
La amenaza flotó en el aire, fría y letal. Nadie osó moverse.
—En este día, una identidad muere para que otra pueda nacer —prosiguió Arthur—. Oficialmente, ya no serán reconocidos como noruegos. Su himno ha dejado de sonar. Su bandera ha sido eliminada de todos los mástiles, edificios y registros administrativos. Serán ceniza en el viento. Sin embargo, no soy un salvaje que quema bibliotecas. Los libros de historia no los voy a tocar. Sus museos y sus textos quedarán intactos. Voy a respetar su historia pasada, pero no permitiré que interfiera con nuestro futuro. Desde hoy, ante el mundo, serán conocidos como Thorianos.
Para demostrar que su gobierno no era solo dominación, Arthur extendió un brazo hacia las lejanas montañas, donde inmensas columnas de vapor blanco se elevaban hacia las nubes grises.
—A cambio de su absoluta lealtad, la Corona les entregará el poder de la tierra. Thorius murió, pero su inmenso poder residual sigue vivo. El calor corporal de una entidad de la Séptima Generación, contenido en las profundidades de nuestras cuevas y túneles, es inagotable. A partir de mañana, cada hogar de esta ciudad, cada industria y cada hospital tendrá cien por ciento de energía gratuita. Una red eterna forjada por el calor de la bestia. Ese es mi regalo para ustedes. La luz, a cambio de su obediencia.
Arthur se apartó del micrófono por un segundo y asintió hacia uno de sus comandantes. El verdadero espectáculo estaba por comenzar. Arthur iba a hacer una demostración empírica y brutal de que iba absolutamente en serio.
El sonido del roce del metal contra la piedra interrumpió el silencio. Seis guardias de la Guardia de Hierro avanzaron hacia el centro de la plaza, arrastrando a cuatro hombres vestidos con harapos, unidos por pesadas cadenas de acero al cuello y las muñecas. Estaban desnutridos, con los rostros cubiertos de hollín, barro y hematomas. Al ver a la multitud, algunos bajaron la cabeza por la vergüenza, mientras otros temblaban de terror incontrolable.
—Miren a estos hombres —ordenó Arthur, su voz resonando como un trueno mecánico—. Estos esclavos que ven encadenados ante ustedes, alguna vez vistieron uniformes de gala. Alguna vez fueron mis hombres de mayor confianza, mis oficiales de guerra en la mesa de comando. Ellos preparaban mis estrategias, gestionaban mis recursos y prometieron lealtad eterna a la Corona.
Arthur bajó del estrado y caminó lentamente alrededor de los prisioneros, como un depredador evaluando a sus presas.
—Pero en el momento de la verdad... —continuó, deteniéndose frente al primero de los encadenados— ...en el preciso instante en que partí hacia estas tierras heladas para conquistar lo que me pertenecía, la lealtad se convirtió en polvo. Ningún soldado se movió de mis cuarteles en Irlanda. No mandaron los barcos de apoyo, ni las avionetas de reconocimiento, ni los batallones de infantería que ordené. Me dejaron solo frente a un país entero y frente a un dragón. ¿Por qué? Porque en su cobardía, hicieron cálculos. Pensaron que el joven rey iba a morir aplastado por Thorius, y querían heredar mi imperio.
La multitud observaba con horror fascinado. Los oficiales encadenados cayeron de rodillas, sollozando, suplicando un perdón que sabían que jamás llegaría.
—Traigan los calderos —ordenó Arthur, sin levantar la voz.
Una docena de guardias empujaron cuatro inmensos cuencos de hierro fundido sobre carritos de metal. El calor que emanaba de ellos era tan intenso que distorsionaba el aire alrededor. El contenido brillaba con un resplandor amarillento y cegador, burbujeando con una viscosidad letal. Eran calderos rebosantes de oro hirviendo, llevado a temperaturas que derretirían el acero.
El calor golpeó a los ciudadanos de las primeras filas, obligándolos a retroceder un paso. El olor a metal súper calentado inundó la plaza.
—La justicia del Ojo Rojo no es ciega —dijo Arthur, dándose la vuelta hacia la multitud—. Es absoluta. Hoy, el que tenga menos crímenes en su alma, se salvará de las llamas y caminará libre. Pero los que tengan más pecados, conocerán el abrazo de la avaricia. Meterán su cabeza a la fuerza en estos calderos de oro hirviendo.
El pánico se apoderó de los prisioneros. Gritaban, se retorcían contra las cadenas, pero los guardias los mantenían inmovilizados, forzándolos a arrodillarse frente a los calderos incandescentes.
Arthur se acercó al primer hombre, un general que alguna vez había lucido medallas de honor en su pecho. Ahora solo era un saco de huesos temblorosos. Arthur alzó su mano derecha, y un brillo escarlata, siniestro e hipnótico, comenzó a emanar de la joya de su Corona. Colocó la palma de su mano directamente sobre la cabeza sudorosa del oficial.
El general soltó un grito sordo, sus ojos se abrieron desmesuradamente como si estuviera reviviendo cada segundo de su existencia en un instante. Arthur cerró los ojos, leyendo el alma corrupta del hombre a través de su poder.
—General Kaelen —susurró Arthur, aunque el micrófono captó cada sílaba—. Veo tu traición. Pero más allá de eso... veo los fondos de la Corona que desviaste. Veo el mercado negro, veo cómo vendiste las armas de mis bóvedas a mercenarios rebeldes mientras yo luchaba. Veo la sangre de los inocentes que mandaste silenciar para encubrir tus robos.
Arthur retiró la mano, su rostro mostraba una repugnancia gélida.
—Culpable —sentenció.
Dos gigantescos guardias tomaron al general Kaelen por los hombros y el cabello. A pesar de los gritos desgarradores, de las patadas desesperadas y las súplicas a Dios, lo empujaron hacia adelante. Con una fuerza brutal, sumergieron su cabeza por completo en el caldero de oro hirviendo.
El sonido fue espeluznante. Un siseo ensordecedor de carne vaporizándose instantáneamente. El cuerpo del general se convulsionó violentamente durante tres segundos interminables antes de quedar completamente flácido, sostenido solo por los brazos de los guardias. Cuando lo sacaron, su cabeza ya no era humana; era una grotesca escultura de oro sólido, humeante y deforme.
La multitud estalló en gritos ahogados. Muchos apartaron la mirada, algunas personas se desmayaron en la plaza, pero la Guardia de Hierro las obligó a ponerse de pie. Arthur ni siquiera parpadeó.
Avanzó hacia el segundo oficial, el Comandante O'Brien. Repitió el proceso, tocando su frente.
—Comandante O'Brien... Cobardía. Asesinato de sus propios subalternos cuando intentaron advertirme de tu motín. Te quedaste con sus raciones y violaste el código de honor de la caballería. Culpable.
El mismo destino aguardaba al segundo hombre. Sus gritos fueron acallados por el oro líquido. La brutalidad de la escena estaba grabando a fuego una lección en las mentes de todos los Thorianos presentes: Arthur MaelMordha no era un político con el que se pudiera negociar. Era un juez implacable.
Llegó al tercer oficial, el Teniente Gallagher. El toque de la corona reveló traición, venta de secretos militares a países vecinos, e intentos de asesinato por envenenamiento hacia rivales dentro de la jerarquía militar.
—Culpable.
El tercer caldero se cobró su víctima. Tres esculturas macabras de oro reluciente y carne muerta yacían arrodilladas en la plaza central de Thoriun.
Arthur se paró frente al último prisionero. Era un hombre más joven, un soldado raso llamado Liam, que lloraba tan fuerte que apenas podía respirar. Arthur extendió la mano con el Ojo Rojo brillando en su máxima intensidad y tocó la frente del muchacho.
El silencio se prolongó. Arthur frunció el ceño ligeramente, buscando entre los recuerdos, explorando los rincones más oscuros del alma del joven. Luego, poco a poco, el brillo escarlata de la corona se atenuó. Arthur retiró la mano, limpiándose la palma en un pañuelo de seda que sacó de su bolsillo.
Arthur miró al joven y luego a la multitud.
—Un motín silencioso es traición —explicó Arthur—, pero el poder de la Corona no miente. Este soldado no planeó la traición. Fue obligado por sus superiores bajo amenaza de muerte. Al buscar en sus pecados, el peor crimen que he encontrado en su alma, la mancha más grande de su existencia... fue robar un pan de las cocinas reales hace tres años para dárselo a su madre enferma.
Arthur hizo un gesto con la mano.
—No es para tanto. La justicia de Thoriun es justa. Quítenle las cadenas. Se salva.
Los guardias desengancharon los grilletes. El soldado cayó a los pies de Arthur, besando el suelo, murmurando agradecimientos entre sollozos histéricos.
Arthur ignoró al muchacho y se giró hacia los tres cadáveres con cabezas de oro. Su voz, ahora sin micrófono, aún resonaba con autoridad letal en el gélido ambiente de la plaza.
—Córtenles las cabezas de oro a los tres oficiales —ordenó a la Guardia de Hierro—. Y cuélguenlas de las farolas más altas en los tres puentes principales que cruzan el río de la ciudad. Que cada persona que entre o salga de Thoriun vea el rostro de la traición y el precio de intentar engañar a la Corona. Retírense. El nuevo mundo ha comenzado.
Con esas palabras, Arthur dio media vuelta y caminó de regreso al palacio, dejando tras de sí una ciudad traumatizada, gobernada por el miedo y atada a las cadenas de una prosperidad obligatoria.
A miles de kilómetros de distancia, al otro lado del planeta, la atmósfera era radicalmente distinta. En el corazón palpitante de Tokio, ajeno al nuevo imperio europeo, el silencio reinaba dentro de las paredes blancas de una habitación de la unidad de cuidados intensivos de máxima seguridad.
Allí estaba Aurion, el hombre que hasta hace unas semanas era considerado la máxima arma de defensa de la humanidad, el Sol de Japón. Ahora, postrado en una cama médica articulada, apenas parecía humano. Las vendas cubrían el noventa por ciento de su cuerpo. La tecnología de curación más avanzada del país estaba conectada a sus venas, bombeando fluidos regenerativos y analgésicos que apenas lograban mantener a raya el sufrimiento.
Las quemaduras que había sufrido dentro del estómago de Thorius habían sobrepasado los límites de su cuerpo de Cuarta Generación. Pero lo que no sanaba, lo que emitía un dolor constante, palpitante y oscuro, era la profunda herida transversal en su estómago, allí donde la daga de Arthur MaelMordha había penetrado, infundiendo una magia oscura y antigua que desafiaba a la ciencia moderna.
Una doctora de mediana edad, con el rostro marcado por el cansancio de semanas sin dormir, ajustó uno de los goteros luminosos al lado de la cama. Suspiró profundamente, mirando los monitores de signos vitales que emitían un pitido rítmico y débil.
—Casi se muere, señor Aurion —dijo la doctora, su voz quebrándose ligeramente, mezclando el profesionalismo con una tristeza genuina—. Sus órganos internos estaban prácticamente cocinados. La herida en el abdomen presentó necrosis mágica. Tuvimos que usar toda la reserva de plasma de Primera Generación del país solo para estabilizar su presión arterial. Fue un milagro que saliera de esa dragona con pulso. Casi no lo logramos.
Aurion abrió lentamente los ojos. Ya no tenían aquel brillo cegador como un sol de mediodía; ahora eran faros apagados, opacos y cansados, rodeados de ojeras moradas. Giró la cabeza milímetros, sintiendo cómo cada músculo de su cuello gritaba en protesta.
—Eso... —susurró Aurion, su voz sonando como papel de lija rozando contra piedra volcánica—... eso hubiera sido mucho mejor que seguir vivo.
La doctora lo miró con reproche maternal.
—No hable de más, por favor. Su garganta aún se está regenerando. Necesita conservar toda la energía posible. Y para empeorar las cosas... hay visitas.
Ella señaló hacia la puerta de cristal opaco.
—Unos hombres con traje negro de la inteligencia gubernamental lo buscan. Les he dicho que usted está en estado crítico, que es inhumano interrogarlo ahora, pero dicen que es un asunto de seguridad global. Tienen órdenes de la directiva suprema.
Aurion cerró los ojos por un instante, tragando saliva con evidente agonía.
—Que pasen —ordenó débilmente.
La doctora asintió con resignación, abrió la puerta y salió, permitiendo la entrada a dos hombres impecablemente vestidos. Sus rostros eran neutros, carentes de emociones, el epítome de la burocracia gubernamental. Se pararon a los pies de la cama.
—Señor Aurion —comenzó el más alto de los dos, inclinando la cabeza brevemente—. Soy el agente Tanaka, y él es el agente Sato. Entendemos su condición médica y seremos breves. Venimos en representación del consejo de seguridad internacional.
El agente Sato sacó una tableta holográfica de su chaqueta.
—Necesitamos que nos proporcione toda la información táctica, biológica y de combate acerca de la pelea contra el dragón en Noruega. Varias asociaciones de héroes de otros países, especialmente los bloques de Sudamérica, Norteamérica y Europa Occidental, están entrando en pánico. Necesitan saber con detalle a qué nos enfrentamos. Quieren perfiles de debilidad, patrones de ataque, temperatura del fuego, resistencia de las escamas... todo.
Aurion los miró desde la cama. Podía ver el miedo oculto detrás de la fachada profesional de esos hombres. El mundo estaba aterrado porque su escudo más fuerte había sido aplastado, y el monstruo había sido erradicado no por la fuerza militar, sino por un adolescente con delirios de rey.
Aurion exhaló despacio. Hacer un informe detallado le tomaría horas, y reviviría horrores que su mente estaba intentando bloquear desesperadamente. No tenía fuerzas para explicarles la oscuridad de ese estómago, ni el poder del chico que lo apuñaló.
—Díganles a todos esos países... —habló Aurion, esforzándose para que su voz sonara clara en la fría habitación— ...a sus presidentes y a sus asociaciones... que ese dragón... era de la Séptima Generación.
Los dos agentes se congelaron. El color abandonó el rostro del agente Tanaka. La tableta holográfica en las manos de Sato tembló imperceptiblemente. En el mundo de los héroes y las clasificaciones metahumanas, la Quinta y Sexta Generación ya eran consideradas armas de destrucción masiva, anomalías geológicas vivientes. La mención de una Séptima Generación era un mito oscuro, una probabilidad estadística del cero coma cero cero ocho por ciento que los científicos teóricos usaban para describir escenarios del fin del mundo.
—S-séptima Generación... —murmuró Sato, tragando en seco.
—Sí. —Aurion tosió un poco de sangre en la mascarilla de oxígeno—. Solo con eso basta. Díganles eso... y ya se imaginarán qué tan poderoso era. No hay tácticas contra algo así. Tuvimos suerte de que estuviera vieja.
Los hombres, con solo esas palabras, ya sabían todo lo que necesitaban. Comprendieron que no existía plan de contingencia militar en la Tierra capaz de frenar algo de esa magnitud si volviera a aparecer. El silencio en la habitación se volvió fúnebre.
—Entendido, señor Aurion. Transmitiremos este informe de inmediato. Le deseamos una pronta recuperación —dijo Tanaka, preparándose para salir.
Se dieron la vuelta y caminaron hacia la puerta, pero la voz rasposa los detuvo.
—Esperen.
Ambos agentes giraron sobre sus talones.
—¿Si, señor? —preguntó Sato.
Aurion movió lentamente su brazo derecho, cubierto de yeso y vendajes tecnológicos, señalando hacia un pequeño bloc de notas digital en la mesa de noche.
—¿Me pueden hacer un favor personal? —preguntó Aurion—. ¿Pueden escribir una carta muy importante por mí? Necesito que se la entreguen directamente en la mano al presidente Yoshino.
El presidente Yoshino era la cabeza absoluta de la Asociación de Héroes de Japón. Un hombre que manejaba la carrera de Aurion desde que era un joven prodigio. Los agentes asintieron, honrados por la petición. Sato tomó el bloc de notas y preparó el puntero digital.
—Claro que sí. Dictenos, por favor.
Aurion cerró los ojos, encontrando finalmente una extraña paz en la decisión que había estado madurando desde que despertó en aquel infierno nórdico.
—"Presidente Yoshino. Estimado amigo. Las llamas que alguna vez mantuve encendidas para proteger a esta nación, finalmente se han apagado. Mi cuerpo ya no es el de un arma invencible, y mi alma está demasiado pesada para seguir volando. Lo que vi en el norte me ha dejado claro que el tiempo de los hombres como yo ha llegado a su fin. Te pido perdón por no poder ser más el Sol de este país. Haz lo necesario para proteger a las nuevas generaciones, porque yo ya no podré hacerlo."
Aurion tosió nuevamente y concluyó:
—Firma: Aurion.
Los hombres terminaron de escribir. Hubo una pausa larga mientras leían el texto en la pantalla. Al principio no entendían el significado detrás de la prosa poética y melancólica. Tanaka frunció el ceño.
—Señor Aurion... ¿qué es lo que quiere decir exactamente esta carta? —preguntó, temiendo la respuesta.
Aurion esbozó la primera sonrisa verdadera que había tenido en meses. Una sonrisa triste, rota, pero profundamente liberadora.
—Les respondo, muchachos: es mi carta de renuncia. —Las palabras cayeron como bloques de plomo—. Ya estoy muy viejo. Estoy cansado. Mi reloj se detuvo allá afuera. Solo quiero irme a descansar, lejos de los reflectores, lejos de las batallas. Ya no soy un héroe.
Los dos agentes se miraron, asimilando la magnitud del momento histórico del que estaban siendo testigos. El hombre más fuerte del país, el pilar sobre el que descansaba la seguridad de millones, acababa de dimitir frente a dos simples oficinistas. Ya no había insistencia corporativa ni patriotismo ciego que valiera. El héroe estaba roto irrevocablemente.
Con un movimiento sincronizado de profundo y genuino respeto, ambos hombres se quitaron los sombreros negros y los sostuvieron contra sus pechos, inclinando la cintura en una pronunciada reverencia tradicional japonesa.
—Ha sido el honor más grande de nuestras vidas servir en la misma era que usted, señor Aurion —dijo Tanaka, con la voz ahogada por la emoción.
Sato vaciló un segundo, rompiendo el protocolo profesional.
—Señor... sé que es inapropiado, pero mis hijos crecieron admirándolo. ¿Cree... cree que podríamos tomarnos una foto con usted? Una última vez.
Aurion miró a los hombres. Vio en ellos a los civiles que había jurado proteger, la gente normal que idolatró una imagen de perfección que él sabía que era falsa, manchada por sus pecados pasados. Asintió lentamente.
—Acérquense.
Los dos agentes se colocaron a los lados de la cama médica, cuidando de no rozar las máquinas ni los vendajes del héroe caído. Sato levantó su teléfono móvil y capturó la imagen. En la pantalla quedó inmortalizado el momento: dos agentes con sonrisas tristes y ojos llorosos, flanqueando a un hombre envuelto en vendajes, que sonreía con la serenidad de alguien que finalmente había soltado el mundo de sus hombros.
Los hombres hicieron una última reverencia, guardaron la carta con un cuidado casi sagrado y salieron de la habitación, dejando a Aurion a solas con el sonido del monitor cardíaco.
Pasaron unos días de rigurosa recuperación y silencio. Contra todo pronóstico médico, pero fiel a su linaje de Cuarta Generación, la regeneración celular de Aurion alcanzó un punto de estabilidad suficiente para sostener su propio peso. Las máquinas fueron desconectadas. Las vías intravenosas fueron retiradas.
La mañana de su alta médica, no hubo prensa afuera del hospital. No hubo conferencias. El presidente Yoshino había respetado su último deseo de mantener su salida en la más estricta confidencialidad.
Aurion salió por la puerta trasera del complejo médico. Ya no vestía el traje brillante y entallado que lo caracterizaba. Llevaba unos pantalones de tela holgados, unas botas cómodas, una bufanda gruesa que le cubría el cuello y parte de la mandíbula, y un largo abrigo gris que ocultaba la falta de musculatura que la atrofia mágica le había causado. Un sombrero de ala corta escondía sus ojos, que ahora lucían como los de un ciudadano más en el mar de gente.
Caminó por las calles de Tokio. La ciudad bullía con su energía caótica de siempre. Las enormes pantallas de neón en Shibuya y Shinjuku proyectaban noticias urgentes sobre tratados internacionales, alertas en Europa, e interminables debates sobre la aparición de la nueva nación liderada por Arthur MaelMordha. La gente pasaba a su lado rápidamente, con la mirada fija en sus teléfonos móviles, ajenos a la presencia del dios caído que caminaba entre ellos.
Nadie lo reconoció. Nadie le pidió un autógrafo ni le agradeció por salvar sus vidas. Y por primera vez en más de dos décadas, Aurion sintió que podía respirar de verdad.
Caminó durante un par de horas, dejando que el frío aire de la ciudad enfriara las cicatrices ocultas bajo su ropa. El olor a comida callejera lo sacó de sus pensamientos melancólicos. A la vuelta de un callejón estrecho y poco iluminado, encontró un pequeño puesto tradicional de ramen. Una tenue luz amarilla iluminaba la barra de madera desgastada, y el vapor del caldo hirviendo se escapaba por los bordes de la lona plástica que protegía a los clientes del viento.
Era un lugar humilde, de los que solía evitar cuando era el símbolo de la perfección física y mantenía dietas hiperestrictas para su metabolismo de combate. Apartó la lona y se sentó en un taburete al final de la barra.
El anciano dueño del puesto, secándose las manos en un delantal blanco, le ofreció una sonrisa afable.
—Buenas noches, señor. Hace mucho frío afuera. ¿Qué le sirvo?
—Un tazón de tonkotsu ramen, por favor. El más grande que tenga. Y mucho cerdo —pidió Aurion, con una voz suave, sintiendo el calor del lugar abrazando su cuerpo maltratado.
—Enseguida sale.
Mientras esperaba, Aurion observó el reflejo de sí mismo en un pequeño espejo colgado detrás del mostrador. Vio las vendas asomando por el cuello del abrigo, las líneas de expresión marcadas por el dolor y los recuerdos. Vio a un hombre que iba a comenzar un largo y doloroso viaje de penitencia, buscando a aquellas chicas del pasado para intentar enmendar lo inenmendable. Sabía que se acercaba una tormenta política en el mundo con Ryuusei, los Valmorth y Arthur, pero por primera vez, no era su problema.
El anciano colocó el gran tazón humeante frente a él. El aroma rico y espeso del caldo de cerdo llenó sus sentidos. Aurion tomó los palillos de madera, los separó con un crujido sordo, sopló suavemente los fideos y dio el primer bocado.
El sabor era intenso, terrenal, profundamente humano. Masticó en silencio, mientras una sola lágrima traicionera y silenciosa resbalaba por su mejilla, perdiéndose en la gruesa bufanda. Estaba vivo. Estaba roto, retirado y lleno de culpas, pero estaba en paz.
Afuera, la ciudad de Tokio seguía latiendo bajo las luces de neón, ignorando por completo que en ese oscuro y estrecho callejón, el sol se había sentado, finalmente, a descansar.
