El viento nocturno de las Islas Feroe aullaba con una melancolía ancestral, chocando contra los escarpados acantilados de roca negra y perdiéndose en la inmensidad del Océano Atlántico. Era una noche profunda, gélida, de esas que congelan el aliento antes de que escape de los labios. En la colorida mansión Valmorth, el silencio debería haber sido absoluto, pero para Ryuusei Kisaragi, el silencio siempre venía acompañado de fantasmas.
Había pasado de la medianoche y el sueño se negaba a llegar. Acostumbrado a dormir con un ojo abierto, con la adrenalina burbujeando en sus venas ante la amenaza constante de emboscadas, la paz absoluta de aquel rincón del mundo le resultaba extrañamente abrumadora. Vestido con un suéter grueso de lana oscura y unos pantalones holgados, Ryuusei salió por la puerta trasera de la casona y se sentó en el porche de madera. Frente a él, el mar era un abismo negro, y sobre su cabeza, un lienzo infinito de estrellas brillantes salpicaba el cielo despejado.
Ryuusei abrazó sus rodillas, exhalando una larga nube de vapor. En su mente, las pesadillas de sus masacres pasadas amenazaban con arrastrarlo. Las vidas que había tomado, las decisiones brutales que tuvo que forjar, pesaban sobre sus hombros como un bloque de plomo.
Desde el segundo piso, a través de la ventana empañada de su habitación, Hitomi Valmorth lo observaba. Sus ojos carmesí, que alguna vez estuvieron llenos del fuego y la altivez de la realeza, ahora solo reflejaban una profunda y suave preocupación. Sin hacer ruido, se puso un abrigo blanco sobre su ropa de dormir y bajó las escaleras.
El crujido de la madera detrás de él hizo que Ryuusei girara la cabeza instintivamente, sus músculos tensándose por una fracción de segundo antes de relajarse al verla. Hitomi caminó hacia él, envuelta en la brisa helada que hacía ondear su cabello blanco como la nieve, y se sentó a su lado en los escalones de madera, sin pedir permiso. Sus hombros se rozaron. El calor que emanaba de ella fue suficiente para disipar el frío que se había colado en los huesos de Ryuusei.
—¿Problemas para dormir, chico de los martillos? —preguntó ella, con una voz suave que competía con el sonido de las olas.
—Es el silencio —confesó Ryuusei, mirando de nuevo hacia el firmamento—. Mi cerebro está tan acostumbrado a buscar amenazas que, cuando no hay ninguna, se las inventa.
Hitomi sonrió con ternura. Deslizó su mano enguantada por la madera húmeda hasta encontrar la mano de Ryuusei, entrelazando sus dedos con los de él. El contacto fue eléctrico, una afirmación silenciosa de que ambos estaban allí, vivos y a salvo.
—A mí me pasa todo lo contrario —murmuró Hitomi, apoyando ligeramente la cabeza en el hombro de él—. Hoy... hoy me siento más ligera que nunca. Me hace tan feliz que Alberto te haya aceptado. Que un familiar, alguien de mi propia sangre, te vea como mi novio y nos dé su bendición... es algo que jamás pensé vivir. Mi madre jamás lo habría permitido. Ver a Alberto sonreír al vernos juntos curó una parte de mí que ni siquiera sabía que estaba rota.
Ryuusei sintió que un nudo se deshacía en su garganta. Apretó la mano de la chica con suavidad, esbozando una sonrisa sincera, de esas que solo ella lograba sacarle.
—A mí también me hace feliz —respondió él—. Es un anciano terco y ruidoso, pero tiene buen ojo. Al menos se dio cuenta de la suerte que tengo.
Hitomi soltó una risita cristalina. Levantó la vista hacia el cielo estrellado y luego hacia el mar oscuro. De repente, una chispa traviesa iluminó sus ojos rojos.
—Oye, Ryuusei... la noche está hermosa. ¿Qué te parece si vamos a dar un paseo por ahí? Solo nosotros dos. Las estrellas están perfectas para caminar.
Ryuusei la miró, un poco sorprendido por la energía repentina, pero asintió sin dudar. —Si es lo que quieres, vamos. No tengo nada mejor que hacer que seguirte.
Se pusieron de pie. Caminaron por los senderos de hierba que rodeaban la propiedad, sintiendo la escarcha crujir bajo sus botas. Hablaron de cosas triviales, de la textura de las nubes, del sonido del mar, evitando cualquier mención de guerras o poderes. Sin embargo, a medida que avanzaban, Ryuusei notó que Hitomi estaba inusualmente callada. Al mirarla de reojo, vio que el rostro de la chica estaba teñido de un rojo intenso que nada tenía que ver con el frío del Ártico.
Hitomi detuvo sus pasos. Se mordió el labio inferior, jugando nerviosamente con el borde de su abrigo. Sus ojos carmesí evitaron los dorados de Ryuusei.
—Ryuusei... —balbuceó, su voz apenas un susurro arrastrado por el viento—. Yo... me preguntaba si... bueno. Como hace mucho frío y mi habitación es bastante grande... ¿quieres... quieres dormir junto a mí esta noche?
El silencio cayó entre ellos, más pesado que antes. Hitomi estaba sonrojada a más no poder, el color escarlata extendiéndose hasta la punta de sus orejas. Ryuusei parpadeó un par de veces, procesando la información. Al ver a la guerrera más letal de la familia Valmorth, una chica capaz de invocar ocho lanzas ancestrales y destruir un ejército, reducida a un manojo de nervios y timidez adolescente, no pudo evitarlo. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
—¿La gran Hitomi Valmorth tiene miedo a dormir solita en la oscuridad? —se burló Ryuusei, cruzándose de brazos con una actitud arrogante y juguetona—. ¿O acaso soy tu oso de peluche personal para no pasar frío? Estás tan roja que pareces un tomate a punto de explotar.
El sonrojo de Hitomi pasó de la timidez a la indignación en un milisegundo. Sus ojos se afilaron y, sin mediar palabra, cerró el puño y le propinó un golpe directo y seco en el estómago.
¡Pum!
Ryuusei sintió que el aire abandonaba sus pulmones de golpe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras se doblaba por la mitad, agarrándose el abdomen, retorciéndose de dolor. Había olvidado por un segundo la regla de oro del mundo: las mujeres Valmorth son más fuertes que los hombres, y un golpe casual, incluso sin intención de matar, era como recibir el impacto de un camión a toda velocidad.
—¡Acepta la maldita invitación sin burlarte, idiota! —le gritó Hitomi, inflando las mejillas, aunque una pequeña sonrisa orgullosa se asomaba en sus labios al verlo toser.
—Acepto... acepto... —jadeó Ryuusei desde el suelo, levantando una mano en señal de rendición mientras intentaba recuperar el oxígeno—. Iremos... a tu cuarto. Solo... dame un segundo para asegurarme de que mis órganos siguen en su lugar.
Minutos después, la situación dio un giro cómico. Ahora era Ryuusei quien estaba rígido como una tabla, sudando frío mientras subía las escaleras de madera hacia la habitación de Hitomi. Al entrar, el cuarto estaba cálido, iluminado por la luz tenue de una pequeña lámpara de aceite. La cama era grande, cubierta con pieles y gruesas mantas de lana feroesa. Hitomi se quitó el abrigo y se sentó en el borde del colchón, riéndose por lo bajo al ver la cara de pánico absoluto del joven.
—Relájate, Ryuusei, no te voy a comer —se burló ella, devolviéndole la jugada de hace un rato. Palmeó el espacio a su lado—. Ven aquí.
Ryuusei tragó saliva, se quitó las botas con torpeza y se sentó a su lado. El ambiente, que segundos antes era cómico, se volvió íntimo y denso. Se acostaron bajo las pesadas mantas, manteniendo una distancia prudente al principio. Ryuusei miraba el techo de madera, su pecho subiendo y bajando lentamente.
—¿En serio tienes pesadillas? —preguntó Hitomi en un susurro, rompiendo el silencio.
Ryuusei cerró los ojos y asintió lentamente en la penumbra.
—Sí. Veo los rostros de la gente que no pude salvar. Veo la sangre en mis manos. A veces me despierto sintiendo que aún estoy en medio del coliseo, o que los Heraldos me están despedazando. Es difícil apagar el cerebro cuando llevas años usándolo como un radar de supervivencia.
Hitomi se movió bajo las sábanas. Se sentó, apoyando la espalda en el respaldo de la cama, y palmeó sus propias piernas cubiertas por la pijama.
—Pon tu cabeza aquí —ordenó suavemente.
Ryuusei dudó, pero la necesidad de paz fue mayor que su vergüenza. Se acomodó de lado, apoyando la cabeza en el regazo de Hitomi. La sensación de su calor y el aroma a lavanda y sal marina que desprendía su piel lo desarmaron por completo. Suspiró, sintiendo que los músculos de su cuello, siempre tensos, se relajaban por primera vez en meses.
Abrió los ojos para mirarla y agradecerle, pero su ángulo de visión lo traicionó. Desde su posición, mirando hacia arriba, la caída de la camisa de dormir de Hitomi dejaba en evidencia que la chica tenía un busto bastante generoso y voluptuoso, algo que su ropa de combate siempre lograba disimular. Ryuusei se quedó congelado, sus ojos dorados fijos en el escote, su mente de estratega quedándose en blanco.
Hitomi se dio cuenta casi de inmediato de hacia dónde estaba dirigida su mirada. Su rostro se incendió de nuevo. Rápidamente, bajó ambas manos y le tapó los ojos a Ryuusei con fuerza, bloqueándole la vista.
—¡Oye! ¡Mira hacia otro lado, pervertido! —le reprochó, su voz temblando entre la vergüenza y la risa—. Cierra los ojos. Te dije que vinieras a dormir, no a mirarme. Voy a sobar tu cabeza para que dejes de pensar en pesadillas.
—Yo no estaba... fue un accidente de perspectiva... —intentó defenderse Ryuusei, cerrando los ojos bajo sus manos mientras una sonrisa tonta aparecía en su rostro.
Hitomi apartó las manos de sus ojos y comenzó a acariciar su largo cabello negro, desenredándolo con sus dedos con una delicadeza infinita. El tacto era mágico. Ryuusei sentía que cada caricia borraba un fantasma de su mente. Estaba a punto de dejarse llevar por el sueño, envuelto en esa burbuja perfecta, cuando un pensamiento intrusivo y frío atravesó su cerebro como un rayo.
Ryuusei abrió los ojos de golpe y se sentó en la cama, sobresaltando a Hitomi.
—¡Maldición! —exclamó él, pasándose las manos por la cara con desesperación.
—¿Qué pasa? ¿Un enemigo? —Hitomi se puso en alerta instantánea, la energía de sus lanzas a punto de materializarse.
—No... no es un enemigo. Es peor —Ryuusei la miró con pánico—. Tenía que ir a una audiencia en Francia. Una reunión importante con algunas autoridades. Lo olvidé por completo. Debí haber estado allí hace tres días. ¡Van a pensar que me fugué o que estoy planeando un golpe de estado!
Hitomi parpadeó, la tensión abandonando su cuerpo, y soltó un suspiro profundo. Puso ambas manos sobre los hombros de Ryuusei y lo obligó a mirarla.
—Ryuusei, mírame. Tranquilízate —le dijo con una voz firme pero cariñosa—. El mundo no se va a acabar porque no fuiste a una reunión aburrida. Tal vez ni siquiera sea tan importante. Y si lo es, que esperen. Eres el chico que detuvo la guerra de mi familia. Tienes derecho a desaparecer unos días.
Ryuusei analizó sus palabras. La ansiedad se fue disipando. Tenía razón. Después de todo lo que había sacrificado por el equilibrio del mundo, unos burócratas en Francia podían esperar a que él terminara sus vacaciones. Exhaló con fuerza y volvió a recostarse, esta vez apoyando la cabeza en la almohada junto a ella.
—Tienes razón. Que se pudran en Francia —murmuró él, girando la cabeza para mirarla a los ojos—. Hitomi... quiero pedirte algo.
—Lo que sea.
—Si alguna vez tienes un pensamiento que te atormente, un miedo, una duda... compártelo conmigo. No te lo guardes. Quiero que hablemos de todo. Así es como reforzaremos nuestro amor, siendo el escudo del otro también en la mente, no solo en el campo de batalla.
Hitomi sintió que el corazón le latía con fuerza. Acarició la mejilla de Ryuusei con el pulgar, conmovida por la madurez y la vulnerabilidad de sus palabras.
—Lo haré. Te lo prometo —susurró ella.
—Y a cambio... —Ryuusei bostezó, el cansancio finalmente reclamando su cuerpo—. A partir de mañana, te voy a enseñar cómo regenerar tus células. No quiero que confíes solo en no ser golpeada. Te enseñaré a sanar, para que siempre vuelvas a mí.
Hitomi sonrió, se acurrucó contra su pecho, escondiendo el rostro en su cuello, y cerró los ojos. —Trato hecho, maestro.
Esa noche, bajo las gruesas mantas feroesas, durmieron abrazados. No hubo pesadillas, no hubo gritos del pasado, solo el compás rítmico de sus respiraciones sincronizadas.
A la mañana siguiente, la luz pálida del invierno escandinavo se filtró por las ventanas de la cocina. Hitomi se había levantado temprano, abrigándose bien para ir al pequeño pueblo pesquero a comprar algunas provisiones frescas para el día. Ryuusei, con el cabello alborotado y bostezando, bajó las escaleras y se encontró solo con Alberto Valmorth en la amplia cocina rústica.
El anciano estaba friendo unos huevos con tocino en una sartén de hierro fundido, tarareando una vieja canción feroesa. Al ver a Ryuusei entrar, le señaló una silla de madera frente a la mesa con la espátula.
—Siéntate, chico. El desayuno está casi listo —dijo Alberto con su voz rasposa.
Ryuusei obedeció, frotándose los ojos. El olor a café fuerte y carne frita inundaba el lugar. Alberto sirvió dos platos abundantes, dejó uno frente a Ryuusei, y se sentó al otro lado de la mesa, clavando sus brillantes ojos carmesí en el joven.
Tomó un sorbo de su café negro, lo bajó lentamente y preguntó con la casualidad de quien pregunta por el clima:
—Y bien, forastero... ¿ya lo hicieron?
Ryuusei, que estaba a punto de morder un trozo de tocino, se detuvo a medio camino. Parpadeó, genuinamente confundido, su mente puramente táctica buscando el significado oculto de la frase.
—¿Hacer qué? —preguntó Ryuusei con una inocencia casi infantil—. ¿Habla de organizar el inventario de la casa? ¿O de los entrenamientos de regeneración que le prometí a Hitomi anoche? Porque aún no hemos empezado con eso.
Alberto se le quedó mirando por unos tres largos segundos, procesando la absoluta ignorancia del chico. Luego, el anciano echó la cabeza hacia atrás y estalló en una sonora carcajada que hizo temblar las tazas sobre la mesa. Se reía con tantas ganas que tuvo que golpearse el pecho un par de veces para no atragantarse.
Ryuusei frunció el ceño, masticando su desayuno, tratando de analizar el contexto de la conversación. "La habitación, dormir juntos, Hitomi roja, la pregunta de Alberto..." Como piezas de un rompecabezas complejo, la comprensión finalmente golpeó su cerebro. La palabra "hicieron" cobró todo su peso biológico y reproductivo.
El rostro de Ryuusei se puso tan rojo que parecía a punto de emitir vapor. Escupió un poco de café, tosiendo violentamente.
—¡N-No! ¡Por supuesto que no! —exclamó Ryuusei, moviendo las manos frente a él a la defensiva, casi tirando su plato al suelo—. ¡Solo dormimos! ¡Lo juro por mi vida, señor Alberto! ¡No le falté el respeto a Hitomi de ninguna manera!
Alberto seguía riendo, secándose una lágrima de la comisura del ojo con el dorso de la mano.
—Cálmate, muchacho, cálmate. No te estoy juzgando, ni voy a sacar mi escopeta por eso —dijo el anciano, tomando un tono un poco más serio, aunque la diversión no abandonaba su rostro—. Solo era curiosidad de un viejo. Pero escúchame bien, Ryuusei, y tómalo como una advertencia y una lección de historia de nuestra familia.
Alberto se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la madera gastada de la mesa.
—Como bien sabes, en nuestro linaje, las mujeres Valmorth son más fuertes que los hombres en casi todos los aspectos. Pero esa fuerza tiene un precio en su biología. A partir de los diecinueve años, la edad que tiene mi niña ahora, las hormonas y la genética de las mujeres de nuestra familia se disparan de una manera salvaje. Su cuerpo, instintivamente, busca asegurar la supervivencia del linaje más fuerte.
Ryuusei escuchaba con atención clínica. Era información vital sobre la biología de una 6ta Generación que ningún libro de la Asociación de Héroes documentaba.
—Es una tradición en nuestra sangre —continuó Alberto, su voz grave—. Las mujeres Valmorth suelen tener hijos a una edad muy temprana. Y no tienen uno o dos. Sus cuerpos están diseñados genéticamente para soportar y albergar hasta cuatro hijos de una sola vez sin sufrir desgaste. No sé si es una maldición de la sangre o una adaptación evolutiva que llevamos desde hace siglos para no extinguirnos, pero es un hecho. Así que, muchacho, te lo digo para que lo sepas: Hitomi ya está en esa etapa. Su cuerpo y su mente, tarde o temprano, van a exigirle dar ese paso.
Ryuusei tragó grueso. La idea de Hitomi como madre de cuatro hijos era una imagen abrumadora, hermosa, pero que añadía un peso de responsabilidad monumental a su ya caótica vida.
Alberto sonrió, esta vez con una calidez genuina, y señaló a Ryuusei con su tenedor.
—Pero no te asustes. Te lo dije ayer y te lo repito hoy: tienes mi consentimiento. Sé que eres un buen hombre, a pesar de tus sombras. Yo ya no voy a estar aquí para ver cómo crían a esos cuatro niños, pero sé que estarán en buenas manos contigo.
El ambiente se aligeró mientras terminaban de desayunar. Al acabar, Alberto se levantó, tomó su grueso abrigo de lana y se puso un sombrero de ala ancha.
—Por cierto, Ryuusei —anunció el anciano, acomodándose el cuello del abrigo—. Cuando Hitomi regrese, dile que no voy a estar por aquí en estos dos días. La casa es toda suya.
En ese preciso instante, la puerta principal se abrió, dejando entrar una ráfaga de viento frío y a Hitomi, que cargaba un par de bolsas de papel.
—¿A dónde vas, Alberto? —preguntó ella, sacudiéndose la nieve de las botas y frunciendo el ceño con curiosidad.
El anciano le guiñó un ojo a Ryuusei de forma cómplice y se giró hacia su "niña" con la mejor de sus sonrisas pícaras.
—Tengo un par de "amigas" en el pueblo vecino que visitar. Ya sabes, cosas de viejos moribundos que aún tienen encanto. ¡Pórtense bien! —Y sin dar más explicaciones, Alberto salió por la puerta, perdiéndose en la niebla matutina.
Hitomi parpadeó, confundida, mientras Ryuusei intentaba ocultar una sonrisa tras su taza de café.
La tarde cayó sobre las Islas Feroe con una calma idílica. Los campos al aire libre, cubiertos de una hierba de un verde vibrante, brillaban bajo la luz oblicua de un sol tímido que lograba colarse entre las nubes. El aire olía a sal y a tierra mojada.
Hitomi había arrastrado a Ryuusei hasta la cima de una pequeña colina que dominaba el paisaje. Se detuvo y se giró hacia él, con las manos escondidas detrás de la espalda y una sonrisa emocionada que iluminaba todo su rostro.
—Cierra los ojos, Ryuusei —ordenó ella, dando pequeños saltitos de anticipación.
Ryuusei suspiró con fingida resignación, pero obedeció, cerrando los ojos y esperando pacientemente. Escuchó el crujido del papel de envoltura y, de pronto, sintió un peso frío y metálico colocándose sobre su cabeza.
—¡Ya puedes abrirlos! —exclamó ella.
Ryuusei abrió los ojos. Levantó las manos hacia su cabeza y palpó el objeto. Se lo quitó para mirarlo. Era un auténtico casco nórdico, forjado en hierro pulido, pero con una peculiaridad inconfundible: tenía dos enormes y curvados cuernos de carnero pegados a los lados.
Ryuusei se sorprendió genuinamente. Era un regalo ridículo, hermoso y completamente fuera de lugar para un asesino internacional, pero viniendo de ella, valía más que cualquier reliquia ancestral.
—Gracias, Hitomi. Es... asombroso —dijo él, esbozando una sonrisa amplia. Sin embargo, su mente de táctico y lector empedernido no pudo evitar hacer una acotación—. Aunque... como alguien que sabe de historia, me siento en la obligación de decirte que los verdaderos cascos vikingos jamás llevaron cuernos. Era una desventaja táctica en combate cerrado, el enemigo podía usarlos para romperles el cuello. Los cuernos son un invento de las óperas del siglo XIX.
Hitomi rodó los ojos con exageración, se acercó a él y le dio un golpecito en la nariz con el dedo índice.
—Ya lo sé, tontito. Conozco la historia de mi propia región mejor que tú. Pero los cascos reales son aburridos. Fui al herrero del pueblo esta mañana y le pagué el triple para que lo modificara y le soldara los cuernos. Quería que te vieras como un verdadero bárbaro, no como un aburrido soldado histórico. Póntelo, te ves lindo.
Ryuusei se rio, rindiéndose ante la lógica aplastante de su novia, y se colocó el casco con cuernos de vuelta en la cabeza. Hitomi lo tomó de la mano, entrelazando sus dedos con fuerza, y lo jaló cuesta abajo.
—¡Vamos! El pueblo está celebrando algo y tenemos que ir.
Caminaron hasta una pequeña plaza adoquinada en el centro del pueblo pesquero. El lugar estaba vivo. Guirnaldas de luces amarillas colgaban entre las casas de techos de hierba. El olor a carne de cordero asada, a pan recién horneado y a cerveza negra llenaba el aire. Hitomi y Ryuusei se perdieron en la multitud, comiendo brochetas de carne feroesa, riendo de los chistes locales que no entendían del todo y bebiendo cerveza oscura hasta que sus mejillas se tiñeron de un rojo suave y cálido.
Para cuando cayó la noche, el ambiente cambió. Los músicos locales guardaron sus instrumentos. Como dictaba la antigua tradición de la isla, todo el pueblo se puso de pie, formaron un gran círculo tomándose de las manos y comenzaron a bailar. Era la danza feroesa en cadena. Sin música de fondo, solo las voces graves de los isleños cantando antiguas baladas nórdicas marcaban el ritmo, mientras todos daban dos pasos a la izquierda y uno a la derecha, en una hipnótica marea humana.
Agarraron a Ryuusei desprevenido. Antes de que pudiera procesar la táctica de escape, un par de señoras lo jalaron a la cadena humana, y Hitomi se unió justo a su lado, riendo a carcajadas al ver la cara de pánico social del temible guerrero. Terminaron bailando durante horas, pisándose los pies al principio, pero dejándose llevar por la energía comunitaria y tribal del lugar.
Pasadas unas horas, la multitud se dispersó un poco y los cantos grupales dieron paso a murmullos suaves y melodías románticas improvisadas por algunos músicos que sacaron violines y acordeones. Las parejas comenzaron a abrazarse y a balancearse lentamente en el centro de la plaza.
Hitomi, con los ojos brillando bajo las luces de guirnalda, se paró frente a Ryuusei y le ofreció ambas manos.
—Baila conmigo —susurró ella.
Ryuusei retrocedió medio paso, tragando saliva. Sus manos, que podían invocar el caos puro, sudaban frío.
—Hitomi... yo no sé bailar esto. Mi entrenamiento incluyó artes marciales, balística, anatomía... pero nadie me enseñó a bailar en pareja. Voy a hacer el ridículo.
—No te preocupes por eso —respondió ella, dando un paso adelante y tomando sus manos con firmeza, guiando una de las manos de Ryuusei hacia su propia cintura y colocando su otra mano sobre el hombro de él—. Yo te voy a enseñar. Solo sígueme. Es más fácil que esquivar un golpe de Sylvan.
Ryuusei se dejó guiar. Al principio, sus movimientos eran mecánicos, tiesos como una tabla, preocupado por no pisar los pies de la chica. Pero lentamente, al sentir el calor del cuerpo de Hitomi contra el suyo, al percibir el olor a lavanda y el leve aroma a alcohol de su respiración, el mundo exterior desapareció. Dejaron de ser guerreros malditos. Dejaron de ser anomalías.
Empezaron a bailar juntos, fluyendo con la melodía melancólica del violín. Ryuusei levantó la vista y la miró a la cara. Ella también lo estaba mirando. En ese instante, ambos se sonrieron. Fue una sonrisa pura, desnuda de sarcasmos o miedos. Era el reflejo perfecto de un amor joven, inocente, de dos chicos que habían encontrado en el otro el hogar que el mundo les había negado. En medio de esa plaza perdida en el fin del mundo, solo existían ellos dos.
La caminata de regreso a la mansión fue lenta. La neblina nocturna envolvía los prados, y el sonido del mar era un arrullo constante. Ambos caminaban pegados el uno al otro para combatir el frío, un poco ebrios por la cerveza negra y mucho más ebrios por la cercanía.
Al entrar a la cálida mansión y cerrar la puerta tras de sí, la broma y las risas de la plaza se desvanecieron, dejando tras de sí un ambiente eléctrico, cargado de una intimidad abrumadora. Se quitaron los abrigos en silencio. Ryuusei dejó su casco vikingo sobre una mesa. Se miraron a la cara bajo la luz tenue de las velas que Alberto había dejado encendidas, y ambos se sonrojan al mismo tiempo, recordando de repente que estaban completamente solos en la gran casa.
Hitomi bajó la mirada por un segundo, jugando con los dedos de sus manos, antes de armarse del valor legendario de su linaje. Levantó la vista, clavando sus ojos carmesí en Ryuusei, decidida.
—Escuché la conversación que tuviste con Alberto esta mañana —confesó ella, su voz temblando ligeramente, pero manteniendo la firmeza en su mirada.
Ryuusei sintió que se le helaba la sangre. —Yo... Hitomi, yo no sabía nada de eso, yo...
—Lo sé —lo interrumpió ella, dando un paso hacia él hasta acortar la distancia a unos pocos centímetros. Levantó una mano y acarició la mejilla del joven—. Pero Alberto tenía razón. Toda mujer Valmorth está lista, biológica y mentalmente, para albergar cuatro hijos. Y... quiero que sepas que, si es contigo, yo ya estoy lista. Si quieres que tengamos hijos a esta edad, para mí no hay ningún problema, Ryuusei.
La declaración golpeó a Ryuusei con la fuerza de un terremoto. La oferta era el regalo de amor más absoluto y devoto que alguien le había hecho en su vida. Le estaba ofreciendo no solo su cuerpo, sino su futuro, su linaje, su vida entera.
Ryuusei tomó la mano que acariciaba su mejilla y le dio un beso suave en la palma. Luego, la miró a los ojos con una madurez que superaba con creces sus diecinueve años.
—Hitomi... te amo más de lo que soy capaz de expresar con palabras —dijo Ryuusei, su voz grave y cargada de emoción—. Pero no tenemos que apresurar nada, menos si no es algo que tú deseas desde el fondo de tu alma solo para ti, y no por una tradición de tu sangre. Tenemos una guerra que terminar, y luego... luego nos queda una vida entera por delante. Quiero estar contigo, pero quiero que vivamos nuestra juventud primero. No hay prisa para tener hijos. Solo te necesito a ti.
Las palabras de Ryuusei barrieron cualquier rastro de duda o presión en el corazón de Hitomi. Una lágrima solitaria de pura felicidad y alivio escapó de sus ojos rojos. Él no la veía como un recipiente de la sexta Generación, la veía como a su compañera de vida.
—Entonces... solo seamos tú y yo esta noche —susurró ella, poniéndose de puntillas para rozar sus labios con los de él.
Se tomaron de la mano y subieron juntos las escaleras, caminando lentamente hacia la habitación de la chica.
Ya en el cuarto, la luz de la luna se filtraba por el gran ventanal, iluminando la amplia cama de pieles. Se pararon uno frente al otro, mirándose tímidamente. No hubo brutalidad, ni la urgencia desesperada de los animales heridos. Fue un proceso lento de descubrimiento mutuo. Cuando sus ropas cayeron al suelo de madera, también cayeron las armaduras invisibles que habían llevado puestas toda su vida.
Fue la conexión de dos almas puras que se fusionaban en una sola entidad. Cada roce era una confesión, cada beso era un juramento silencioso. En el calor de sus cuerpos entrelazados, los miedos de Ryuusei se disolvieron en las manos protectoras de Hitomi, y las cargas del linaje de Hitomi se evaporaron en la devoción absoluta de Ryuusei. No usaron poderes, no fueron anomalías anacrónicas; fueron simplemente un chico y una chica, llorando lágrimas silenciosas de placer y alivio, encontrando la salvación en la vulnerabilidad extrema de entregarse por completo al otro.
A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol iluminaron la habitación. Ryuusei fue el primero en despertar. El dolor fantasma de sus cicatrices había desaparecido por primera vez en años. Sin embargo, al sentir el peso cálido y desnudo de Hitomi durmiendo sobre su pecho, un ligero pánico lo asaltó. Pensó, por una fracción de segundo, que tal vez se había sobrepasado, que tal vez había cruzado una línea que no debía.
Pero al bajar la mirada, esa preocupación se esfumó. Hitomi dormía plácidamente, su respiración era rítmica y tranquila. Su cabello blanco se esparcía como un halo de plata sobre el pecho bronceado de Ryuusei. Abrió lentamente sus ojos rojos, adormilada, y al verlo, esbozó una sonrisa lánguida y hermosa que le robó el aliento. Era una belleza de mujer, y ahora, de una forma profunda y mística, era suya, y él era de ella.
La mañana transcurrió entre abrazos perezosos y promesas susurradas bajo las sábanas. Fue recién ya entrada la tarde cuando se vistieron y bajaron a la sala de la mansión.
Ryuusei se dio cuenta de algo asombroso. La noche anterior no solo había sido una unión física; en ese intercambio, Hitomi se había convertido literalmente en una parte de él, y su energía espiritual se había entrelazado.
Estaban sentados en el sofá cuando Hitomi, por pura curiosidad y diversión, cerró los ojos, concentró su mente en el vínculo que ahora compartían, y extendió la mano. En un destello de energía dorada y negra, logró materializar de la nada la mítica máscara del Yin y el Yang que Ryuusei siempre usaba en combate.
Hitomi abrió los ojos, sorprendida por su propio logro. Se colocó la máscara sobre el rostro y adoptó una pose exagerada de guerrero ninja, tratando de imitar la voz profunda y amenazante de Ryuusei.
—Soy Ryuusei Kisaragi, ríndete ante mis martillos —dijo ella con voz ronca desde detrás de la máscara.
Ryuusei estalló en carcajadas, tirándose hacia atrás en el sofá, sosteniéndose el estómago. La imagen de la elegante princesa Valmorth imitando su modo asesino era demasiado cómica para soportarla.
—Creo que te queda mejor a ti que a mí —admitió él, aún riendo, mientras ella se quitaba la máscara, riendo junto con él.
El día se consumió lentamente, dando paso a un atardecer que tiñó el cielo de las Feroe de tonos naranjas, morados y dorados. Ryuusei se había sentado en el suelo de madera, frente al gran ventanal de la sala, observando cómo el sol se hundía en el Atlántico.
Hitomi se sentó en el sofá justo detrás de él, con las piernas cruzadas. Con una delicadeza extrema, comenzó a peinar el cabello negro de Ryuusei con sus dedos. Le había crecido mucho en los últimos meses, llegando casi hasta la mitad de su espalda.
Tarareando suavemente la melodía que habían bailado la noche anterior, Hitomi empezó a tejer pequeñas y elaboradas trenzas en el cabello del temible guerrero. Ryuusei cerró los ojos, dejando que ella trabajara, sintiendo una paz tan absoluta que dolía.
El guerrero y la reina. Dos almas rotas que, en el fin del mundo, por fin habían encontrado cómo sanarse mutuamente.
