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Chapter 12 - capítulo 12

Capítulo 12

No sabría decir cuándo Maximus pasó de ser una simple invocación curiosa a convertirse en una parte esencial de mi día a día. Lo que sí sé es que, con cada semana, su vínculo conmigo se hacía más fuerte… y más extraño.

Descubrí que no solo me seguía por todas partes: se alimentaba de mí. No de mi comida, sino de mi maná.

Al principio pensé que era coincidencia. Siempre estaba cerca cuando practicaba, y asumí que el calor residual de la magia lo atraía. Pero después de varias noches sintiendo un leve cosquilleo en el brazo donde dormía, activé mis ojos demoníacos mientras fingía estar dormido. Fue entonces cuando lo vi: finos hilos de luz —mi maná— fluyendo suavemente hacia él.

No era una absorción violenta, más bien un sorbo lento y constante. Y lejos de debilitarme, esa pequeña transferencia parecía… cómoda. Reconfortante, incluso. Como si compartir mi maná con Max fuera tan natural como respirar.

Con el tiempo, noté cambios. Su cuerpo creció un poco: de ocupar apenas mi antebrazo, pasó a alcanzar desde mi hombro hasta la mitad de mi torso. Sus escamas brillaban más, y las garras, aunque seguían siendo pequeñas, parecían más firmes.

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Su inteligencia también estaba evolucionando. Al principio reaccionaba solo a gestos, pero luego empezó a responder a palabras simples.

—Max, aquí —y se acercaba.

—Quieto —y se detenía, girando la cabeza como si preguntara “¿y ahora qué?”.

Lo realmente interesante fue su oído para los idiomas. Pasaba horas conmigo mientras estudiaba con mi padre, escuchando los ejercicios en idioma humano y demoníaco. Un día, durante una lección con Zakhal, mencioné la palabra “khal’sha” —que en demoníaco significa “espera”— y Max se quedó inmóvil, exactamente igual que cuando le decía “quieto” en humano.

Mi padre levantó una ceja.

—Creo que tu mascota acaba de demostrar que entiende dos idiomas.

No era poca cosa. Que un animal entendiera palabras en dos lenguas sugería un nivel de comprensión inusual. Y en mi experiencia previa… animales así siempre terminaban siendo más valiosos de lo que uno imaginaba.

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La vida en la casa se volvió más animada.

Un guardia veterano, que ya había superado el susto inicial, bromeaba diciendo que Max era “el verdadero jefe de seguridad”. A veces le lanzaba trozos de carne desde la puerta del patio, y Max los atrapaba en el aire con precisión.

Una de las criadas temporales que vienen a limpiar la oficina de mamá intentó “consentirlo” con dulces, pero Max los olfateó, le dio la espalda y volvió a mí, como diciendo “eso no es comida”. La pobre mujer no volvió a intentarlo.

El mensajero más joven de la guardia fue víctima de su curiosidad: Max se subió a su hombro de repente, y el chico, en pánico, tropezó con un jarrón. Mi madre, que presenció la escena, no se molestó. De hecho, estaba sonriendo, como si le alegrara que Max impusiera respeto sin necesidad de gruñir.

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No todo era juego, claro.

En más de una ocasión, Zakhal me recordaba que Max no era una mascota común.

—Nunca olvides que nació de una invocación. Por ahora es dócil, pero si su vínculo contigo se rompe o se ve amenazado… no puedo garantizar cómo reaccionará.

Yo lo entendía, pero lo cierto es que cada vez que Max se acomodaba a mi lado para dormir, no podía imaginarlo atacándome. Y algo me decía que él pensaba lo mismo.

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Las rutinas diarias también cambiaron. Mis mañanas empezaban con un entrenamiento ligero —nada demasiado intenso, solo para no oxidarme—, seguido de estudios con mi padre o mi madre según el día. Max siempre estaba presente, ya fuera observando desde una repisa o siguiéndome como una sombra silenciosa.

A veces, cuando Aelinne recibía a comerciantes o visitantes, Max se quedaba en la habitación conmigo. En otras ocasiones, ella lo dejaba entrar en la sala principal, y era casi cómico ver cómo hombres rudos y mujeres curtidas en viajes evitaban acercarse demasiado. No porque él hiciera algo… sino por esos seis ojos que parecían evaluarlo todo.

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Recuerdo un día en particular. Estaba revisando un pergamino con Zakhal cuando Max, que dormía a mi lado, levantó la cabeza de golpe. Sus ojos se enfocaron en la puerta. Un instante después, antes de que alguien llamara, el mensajero entró con un recado.

—Aelinne-sama, noticias desde el puerto —dijo, sin aliento.

Zakhal me miró.

—¿Te diste cuenta?

—Sí. Lo sintió antes de que tocara la puerta.

No era la primera vez que Max reaccionaba antes que nosotros a algo que ocurría fuera de nuestro campo de visión. Y cada vez me convencía más de que había mucho sobre él que aún no entendía.

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En medio de todo esto, yo seguía entrenando, pero no quiero aburrirme contando cada sesión. Lo técnico quedaba en segundo plano. Me interesaba más lo que aprendía fuera de los manuales: cómo mi maná respondía de forma distinta según el estado de ánimo, cómo ciertos hechizos eran más fáciles de moldear después de otros… pequeños patrones que empezaban a repetirse.

Max, curiosamente, parecía captar esos cambios. Si un hechizo me costaba, se acercaba más; si estaba concentrado y todo fluía, se quedaba tranquilo, observando.

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La vida cotidiana tenía sus momentos simples que me gustaban.

Un almuerzo con mi madre, hablando de cosas sin importancia; un intercambio de bromas con un guardia; una tarde fría leyendo en la biblioteca con Max dormido sobre mi regazo.

Eran detalles pequeños, pero me hacían sentir que, a pesar de mis planes y metas, esta etapa también merecía ser vivida con calma.

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Pasaron seis meses.

Y en ese tiempo, el invierno dio paso a una primavera corta, luego a un verano tibio y, cuando me di cuenta, el frío volvía a colarse por las rendijas de las ventanas.

Yo también había cambiado. Ahora tenía algo más de cuatro años —cuatro y un par de meses—, y aunque mi cuerpo seguía siendo el de un niño pequeño, mi resistencia y control mágico eran muy distintos a los de medio año atrás.

Max también había crecido. Ya no era el lagarto que cabía en mi antebrazo. Si se acomodaba en mi hombro, su cola podía llegar a rodearme la cintura. Sus escamas brillaban más, sus garras eran más firmes y, lo que era más curioso, sus movimientos parecían más calculados.

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Resultados del entrenamiento

Zakhal me llevó hasta el límite de la magia intermedia. Ahora podía moldear hechizos sin canto con una naturalidad que me habría parecido imposible un año antes.

Podía mantener una barrera durante varios minutos contra impactos considerables, y mi magia de curación había pasado de ser una serie de intentos torpes a algo confiable.

Pero lo más importante era que había empezado a notar patrones.

No eran lecciones que mi padre me diera directamente, sino cosas que veía gracias a mis ojos demoníacos: cómo el maná de un elemento reaccionaba si antes había usado otro distinto.

Si lanzaba viento antes de fuego, la llama era más rápida.

Si el agua iba seguida de viento, se volvía más fría, casi en camino de convertirse en hielo.

Tierra y fuego juntos producían vapor más denso que el normal.

En mi vida pasada, lo habría llamado “reacción química”. Aquí no parecía existir tal concepto, al menos no de forma documentada.

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Una mañana, mientras anotaba observaciones en un cuaderno, Mela entró con una bandeja.

—Panecillos dulces y té caliente. Si te los comes antes de que se enfríen, te traigo más.

—¿Intentas sobornarme para que haga una siesta después? —le pregunté.

Ella sonrió.

—No sería mala idea.

Max bajó de mi hombro, olfateó un panecillo, lo ignoró y se acurrucó junto a mis pies.

Unos minutos después, Lyne apareció en la puerta con los brazos cruzados.

—Tu padre te espera en el patio. Dice que no tardes.

—¿Tan serio? —pregunté, mordiéndole una esquina al panecillo.

—Tan serio como siempre —respondió, aunque sus labios se curvaron apenas, un gesto raro en ella—. No hagas esperar a tu maestro.

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El patio estaba preparado: un círculo de invocación trazado con tiza, un pergamino abierto en el suelo y mis padres a cada lado.

—Concéntrate —dijo mi padre.

—Controla el flujo —añadió mi madre.

Inicié el proceso. El maná comenzó a moverse, y mis ojos demoníacos me mostraban las líneas brillantes del círculo. Pero algo estaba mal: un pulso irregular en el borde derecho.

—El círculo se está saliendo de control—advertí.

Max, que observaba desde detrás de mi madre, levantó la cabeza y siseó. Ese sonido fue suficiente para que mi padre me ordenara:

—Corta el vínculo.

Obedecí. El círculo se apagó como una llama sofocada.

—Por eso no practicas esto solo —dijo Zakhal, mirándome fijo.

—Lo sé —admití. Max se acercó y me rozó con la cola, como si aprobara mi decisión.

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La vida no era solo entrenamiento.

Algunas tardes acompañaba a Mela a la cocina, donde me enseñaba a cortar pan o medir especias. Max, por supuesto, intentaba robar cualquier cosa que oliera interesante.

—No es para ti —decía Mela, apartándolo suavemente—.

Lyne me dejaba observar cómo revisaba el armamento de la casa. En una ocasión, Max encontró un casco y se metió dentro. Cuando lo levanté, sus seis ojos brillaban a través de la ranura frontal.

Lyne, siempre animada, soltó una risa breve.

—Ese sí que impondría respeto en el gremio.

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Al final de esos seis meses, no solo era más fuerte. Había aprendido que la magia no era un conjunto de trucos fijos, sino un lenguaje que podía modificarse.

Si mi teoría sobre combinar elementos era correcta, podría llevar la magia en direcciones que nadie en este mundo había explorado.

Max dormía a mi lado mientras escribía notas. Sus seis ojos se abrieron un momento, brillaron como si entendiera lo que pensaba… y luego se cerraron otra vez.

—Ya veremos, Max —susurré—. Ya veremos.

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