Capítulo 24
Los últimos días en Roa pasaron más rápido de lo que esperaba. Cada mañana, Ghislaine me hacía sudar hasta que sentía que mis brazos pesaban el doble, y cada tarde Eris buscaba cualquier excusa para retarme en algo.
En la sesión final, Ghislaine me hizo cruzar con ella una vez más. Esta vez no se contuvo: sus embestidas eran rápidas, potentes, y sus cambios de ritmo casi imposibles de seguir. Pero logré aguantar más que en cualquier otro duelo que habíamos tenido.
Cuando se apartó, sonrió apenas.
—Ya puedes considerarte un espadachín de rango intermedio en el estilo del Dios del Filo.
—¿En serio? —pregunté, intentando no sonar demasiado satisfecho.
—Sí. Y si entrenas igual, pronto llegarás al mismo nivel en los otros estilos. —Se cruzó de brazos—. Mi consejo: llévalos todos hasta el avanzado y después decide en cuál especializarte.
Asentí. No era solo un cumplido, era una meta que pensaba cumplir.
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—¡Mi turno! —exclamó Eris, que llevaba días insistiendo en mostrarme algo.
Se concentró, cerró los ojos y levantó la mano. Un pequeño chorro de agua salió disparado… directo contra la cara de un guardia que pasaba por el patio. El hombre dio un respingo y miró alrededor sin entender qué había pasado.
Eris se tapó la boca para contener la risa.
—Magia de agua básica… sin cantos —dijo con orgullo—. ¡Ahora puedo mojarte cuando quiera!
—Muy útil… —respondí con ironía, mientras Max inclinaba la cabeza, como evaluando si debía considerar eso una amenaza.
Eris había tenido dificultades para aprender esta magia sin usar cantos, parece que entrenó en secreto y finalmente lo logró.
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Reí con suavidad, aún con una chispa de diversión en la voz.
—Supongo que tendremos que dejarlo para la próxima vez que nos veamos.
—¡Promesa! —dijo Eris con entusiasmo, extendiendo la mano.
La estreché, pero de pronto mi expresión cambió. Me puse muy serio, como si estuviera a punto de iniciar un ritual importante.
—Eris… conozco una forma para que esta promesa se cumpla sí o sí.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿De verdad?
—De verdad. Es un método antiguo… y muy serio.
Eris se enderezó en el asiento. Al ver mi expresión tan decidida, tragó saliva y me miró como si estuviera a punto de enseñarle un hechizo prohibido.
—E-Estoy lista.
Tomé su mano y entrelacé nuestros meñiques.
—Ahora voy a decir un conjuro que ningún mortal puede romper.
Comencé a mover nuestros brazos arriba y abajo, hablando con voz grave y pausada:
> Meñique, meñique, de Asura a Shirone,
si rompes la palabra, el Maná te abandone,
caerás al Laberinto, sin luz ni camino,
y no lograrás salir ni en un siglo.
Las runas de Laplace marcarán tu condena,
y los Siete Grandes mirarán tu pena.
El mar de Begaritt ahogará tu voz,
y ningún dios tendrá piedad de los dos.
El eco de mis palabras pareció llenar el salón.
Alrededor, varios sirvientes y guardias que habían estado observando por pura curiosidad se quedaron petrificados. Primero intercambiaron miradas incrédulas, luego, como si una comprensión aterradora los golpeara, sus ojos se abrieron de par en par. Uno dejó caer una bandeja; otro retrocedió varios pasos. El murmullo se convirtió en un silencio tenso, roto solo por el sonido de su respiración agitada.
Eris me miraba con la boca entreabierta y los ojos brillantes.
—¿E-Eso es… una maldición de verdad? —preguntó en un susurro.
Me incliné un poco hacia ella, manteniendo la voz baja.
—Solo si rompes la promesa.
Ella apretó su meñique contra el mío como si su vida dependiera de ello.
—¡Entonces no la voy a romper nunca!
Solté su mano y me puse de pie. Al pasar junto a los sirvientes, añadí en voz lo bastante alta para que todos escucharan:
—Recuerden… las maldiciones no distinguen testigos.
Seguí mi camino hacia la puerta, dejando un silencio cargado tras de mí. Algunos sirvientes me miraban como si acabara de invocar magia prohibida.
Antes de que saliera, escuché la vocecita de Eris tratando de repetir el conjuro, aunque lo pronunciaba mal:
-"Meñi... meñi... de Ashura a Shiro... si
rompes... el mana... te come..."
La escuché detenerse, frustrada.
-¡Oye! ¡Me lo tienes que enseñar otra vez para que me salga bien! -dijo con tono serio, como si estuviera reclamando una lección importante.
En mi cabeza, no pude evitar sonreír para mis adentros.
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La mañana de nuestra partida, Max se encargó de dejar su huella. Mientras revisaba mi equipaje, escuché a Eris gritar desde el pasillo:
—¡Devuélveme eso, ladrón escamoso!
Max apareció corriendo, con algo brillante entre los dientes. Era el broche de pelo favorito de Eris. Dio un salto ágil, trepó hasta mi hombro y se quedó allí, orgulloso, mientras ella intentaba alcanzarlo sin éxito.
—Es su última victoria —dije, acariciando su cuello—. Un recuerdo para que no lo olvides.
—¡No pienso olvidarlo! —respondió Eris, medio enfadada, medio riendo.
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La despedida oficial comenzó en el gran salón, con Sauros, Philip, Hilda, Eris y Ghislaine reunidos. Los estandartes de la familia Boreas colgaban imponentes a cada lado, y la luz de la mañana entraba por los ventanales, dándole a la escena un aire solemne.
Sauros fue el primero en hablar.
—Muchacho, no me gusta despedirme de quienes me caen bien. Así que te daré esto para que tengas una excusa para volver. —Se acercó y me tendió una capa de viaje negra, con el escudo plateado de los Boreas bordado en el pecho—. Llévala con orgullo, y cualquiera en Fittoa sabrá que eres bienvenido aquí.
—Gracias —respondí, sintiendo el peso simbólico más que el real.
Philip asintió.
—Considera esto un pase para entrar a la mansión cuando quieras. No necesitarás presentar más credenciales.
Hilda, en cambio, se inclinó apenas.
—Gracias por enseñarle magia a Eris. Puede que no lo admita, pero la has motivado más que cualquier tutor que haya tenido.
—No fue nada —respondí, aunque sabía que sí lo había sido para ella.
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Despedidas personales
Ghislaine se me acercó con esa presencia firme que parecía llenar todo el espacio a su alrededor.
—Entrena duro. Y si algún día me superas… tendrás que probarlo en combate.
—Trato hecho —respondí, y ella sonrió apenas antes de apartarse.
Eris, en cambio, no se molestó en disimular.
—Cuando vuelvas, voy a ganarte con la espada y con la magia.
—Lo estaré esperando.
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Poco después, la caravana estaba lista frente a las puertas de la mansión. Sauros nos despidió con un golpe amistoso en el hombro y una última carcajada.
Mientras las ruedas comenzaban a girar sobre el empedrado y la ciudad quedaba atrás, miré hacia la puerta, donde Eris y Ghislaine seguían de pie. Eris agitaba la mano con energía; Ghislaine, con una leve inclinación de cabeza.
No lo dije en voz alta, pero sabía que ese lugar y esas personas ya habían dejado una marca importante en mi vida.
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La caravana avanzaba a buen ritmo. El camino de regreso parecía más tranquilo que a la ida: menos comerciantes, menos viajeros y un clima agradable que invitaba a la conversación.
Fue en una de esas pausas, mientras estaba a solas con mi madre, mamá rompió el silencio.
—Quiero que recuerdes algo, Alerion. La familia Boreas no es cualquier familia noble. Son una de las cuatro más importantes del Reino de Asura, además de la familia real.
Asentí, esperando que continuara.
—Philip… tu amiga Eris es su hija. Y Philip parece decidido a enfrentarse a su propio hermano por el liderazgo de la familia. Si eso pasa, no me sorprendería que intenten acercarse a ti para reforzar su posición.
—¿Por mi relación con Eris?
—Exacto. Puede que empiece como un asunto de amistad, pero si la política entra en juego… las cosas cambian.
Guardé silencio un momento. Me quedaba claro que, aunque éramos niños, los hilos de la política ya estaban entrelazando nuestras vidas.
—Pero —añadió mamá, con una leve sonrisa—, también me alegra que hayas hecho una amiga como ella. A veces, esos lazos son más fuertes que cualquier alianza escrita.
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Llegada a Delarus
Unos días después, las murallas familiares de Delarus aparecieron en el horizonte. La ciudad parecía igual… pero no del todo. Había más patrullas en las calles y el mercado central estaba más animado de lo habitual.
Cuando llegamos a casa, Zakhal nos recibió en la puerta, con esa sonrisa amplia que siempre llevaba antes de decir algo que no sabía si me iba a gustar.
—He oído hablar de ustedes por toda la región.
—¿Ah, sí? —pregunté, arqueando una ceja.
—En el círculo noble ya corren rumores de que el hijo de siete años de la capitana de la ciudad de Delarus domina magia intermedia sin cantos. —Se cruzó de brazos—. Y no solo eso: han llegado cartas de personas influyentes queriendo planificar una visita… o un encuentro.
No supe si reír o preocuparme. Lo único que pensé fue que, en menos de un mes, había pasado de entrenar en casa a convertirme en tema de conversación entre nobles.
Solo podía asumir que las personas se aburrían con facilidad.
